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miércoles, 4 de julio de 2018

LA VIDA DEL EVANGELIO

por Julio Micó, OFMCap


Cómo vivió san Francisco en Evangelio

Francisco era un hombre práctico. Si había optado por el Evangelio no era sólo para conocerlo intelectualmente, sino sobre todo para practicarlo. Pero a la hora de saber qué tipo de evangelismo fue el vivido por Francisco, habrá que preguntarse también desde dónde lo vivió o desde qué imagen lo actuó.

Los Sinópticos traen unos logia o dichos de Jesús que, vividos y transmitidos por el llamado Movimiento de Jesús, proponen un tipo de seguimiento desarraigado y radical. Estos textos radicales, que forman el eje del Evangelio, permiten al que ha optado por Jesús la posibilidad de volver a sus propias raíces personales y, desde ahí, reconstruir todo su proyecto humano según el programa ofrecido por Jesús.

Todos estos dichos radicales que aparecen en los Sinópticos, excepto la frase sobre los eunucos (Mt 19,12) y la otra sobre el escándalo (Mc 9,43-48), aparecen también en los Escritos de Francisco, principalmente en sus dos Reglas. Esto nos aclara la influencia que pudiera tener Francisco sobre sus colaboradores a la hora de buscar y aplicar las citas evangélicas a sus Escritos, aunque él no fuera el ejecutor material de esa trascripción.

Los textos radicales aparecen casi todos en la Regla no bulada. Así pues, se insiste en el esfuerzo para entrar por la puerta estrecha (1 R 11,13), dejando en segundo lugar al padre, a la madre e incluso a sí mismo (1 R 1,4); en negarse y tomar la propia cruz para seguir a Jesús (1 R 1,3), perdiendo la propia vida para encontrarla (1 R 16,11), pues de nada sirve ganar el mundo si uno pierde la propia vida (1 R 7,1). Por tanto, hay que convertirse (1 R 21,3), dejando que los muertos entierren a sus muertos (1 R 22,18), olvidándose de todas las preocupaciones para mejor servir al Reino (1 R 8,2).

El seguidor de Jesús debe ser constructor de la paz (Adm 15; 1 R 14,2), libre frente a los legalismos (1 R 9,13-16) y alegre cuando ayuna (1 R 3,2). Confesará a Jesús delante de los hombres (1 R 16,8), aunque tal actitud le acarree persecución (1 R 16,16). Antes que defenderse o resistir (1 R 14,4), será como una oveja entre lobos (1 R 16,1-2), esforzándose por no reaccionar de forma violenta (1 R 22,21-23), sino amando a sus enemigos (Adm 14,4), perdonándolos siempre (1 R 21,6; 22,28) y no temiendo a los que matan el cuerpo (1 R 16,17-18).

El que pretenda seguir a Jesús deberá cumplir la ley desde dentro (1 R 11,4) y saber que el mal no viene de fuera, sino del corazón mismo del hombre (1 R 22,7-8). De cara a Dios y de cara a los hombres, se considerará un esclavo que hace lo que debe y de quien se puede prescindir (1 R 11,3; 23,7). Y si tiene algún cargo de responsabilidad que le da poder, lejos de aceptar el título de padre o de maestro (1 R 22,33-35), se considerará servidor e inferior a todos (1 R 5,10-11), a ejemplo de Jesús el Señor, que vino para servir. El que quiera unirse a la comunidad de Jesús abandonará lo que posee en favor de los pobres (1 R 1,2) y se pondrá en camino para la misión, libre de todo lo que estorba (1 R 14,1). Una vez que haya puesto la mano en el arado, no mirará atrás (1 R 2,10), sino que seguirá adelante, seguro de que el Señor cumplirá sus promesas (1 R 1,5). Y, por encima de todo, amará al Señor Dios (2CtaF 18), sabiendo que, si persevera hasta el final, obtendrá la salvación (1 R 16,21).

Entre los textos no sinópticos que piden la misma radicalidad están los de san Juan sobre Dios Espíritu, al que hay que adorar en espíritu y verdad (1 R 22,30-31), y el mandamiento del amor (1 R 11,5), así como el de lavarse los pies mutuamente (1 R 6,4).

De las Cartas de san Pedro y de las Cartas Pastorales aparece el tema del seguimiento como una marcha sobre las huellas de Jesús (1 R 22,2), en plena sumisión a toda criatura (1 R 16,6), sin vanas disputas ni querellas verbales (1 R 11,1), sino con benevolencia y dulzura (1 R 11,7-9).

A partir de este mosaico de textos, en el que se nos dibuja la imagen del verdadero seguidor de Jesús, podemos percatamos de la fidelidad con que Francisco captó lo esencial del Evangelio, contribuyendo a ello el tipo socio-religioso de vida itinerante que adoptó a la hora de construir su proyecto de vida.

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