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martes, 5 de enero de 2016

FRANCISCO Y CLARA DE ASÍS CONTEMPLAN EL MISTERIO DE MARÍA


por Michel Hubaut, o.f.m.

La contemplación del misterio de la madre de Dios enriqueció constantemente la vida evangélica y la oración de Francisco y de Clara. María es la inspiradora de su vida. ¿No fue ella la primera en dejarse transformar por la imprevisible irrupción del Espíritu de Dios en su vida? ¿No fue acaso ella la primera en conocer las alegrías y las angustias, las certezas e interrogantes de todo buscador de Dios? ¿No tuvo que caminar también María en el claroscuro de la fe?: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» (Lc 1,13); «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando» (Lc 2,39). ¿No tuvo que caminar, también ella, en la noche de la duda y de las pruebas hasta llegar al alba de Pascua? De la anunciación a su asunción gloriosa, pasando por el Calvario, María es ya toda la aventura de la Iglesia y de cada uno de los creyentes. Con asombrosa y precoz intuición teológica, Francisco escribe: «¡Salve, Señora, santa Reina, santa Madre de Dios, María, que eres virgen hecha Iglesia!» (SalVM 1). Esta intuición será ampliamente desarrollada en el concilio Vaticano II (LG VIII).

María, ejemplo perfecto de todas las virtudes evangélicas, es la primera criatura humana que acoge con fe y con amor incondicional el don de la salvación y los bienes del reino. De ahí que, habiendo recibido en plenitud todas las «santas virtudes, que, por la gracia e iluminación del Espíritu Santo, son infundidas en los corazones de los fieles, para hacerlos, de infieles, fieles a Dios» (SalVM 6), María será para Francisco y para Clara el faro luminoso de su vida cristiana. María, espejo purísimo de las exigencias del Evangelio de Cristo, nos arrastra a seguir sus huellas.

Ella ilumina los dos grandes polos de la misión de la Iglesia y de cada uno de nosotros. El primero de ellos consiste en acoger a Cristo y los tesoros de su reino. El segundo es el deber de dar a luz a Cristo en el corazón de los hombres mediante la radiación de nuestra vida. Francisco y Clara comparan con frecuencia, con gran realismo, la misión del cristiano y la maternidad de María. Invitan a sus hermanos y hermanas a vivir espiritualmente lo que la Virgen vivió en su carne.

Escribe Clara a Inés de Praga: «La gloriosa Virgen de las vírgenes lo llevó materialmente: tú, siguiendo sus huellas, principalmente las de la humildad y la pobreza, puedes llevarlo espiritualmente siempre, fuera de toda duda, en tu cuerpo casto y virginal» (3CtaCl 24-25; cf. 1CtaCl 12-14 y 19-24).

Por su parte, Francisco no duda en afirmar: Somos «madres, cuando lo llevamos en el corazón y en nuestro cuerpo por el amor y por una conciencia pura y sincera; lo damos a luz por las obras santas, que deben ser luz para ejemplo de otros» (2CtaF 53).

Según Francisco y Clara, toda vida cristiana, abierta y fiel a la fuerza del Espíritu, es teofanía de Dios, portadora de vida. El mismo san Pablo empleó este lenguaje refiriéndose a su apostolado entre sus hermanos: «Yo... os engendré en Cristo Jesús» (1 Cor 4,15).

Si Clara se declara con frecuencia esclava de Cristo, no teme llamarse también madre, en el Espíritu, de sus hermanas: «Os bendigo en mi vida y después de mi muerte, en cuanto puedo y más aún de lo que puedo, con todas las bendiciones... con las que el padre y la madre espirituales bendijeron y bendecirán a sus hijos e hijas espirituales» (BendCl).

Y uno de los biógrafos de Francisco escribe refiriéndose a éste: «Alza en todo momento las manos al cielo por los verdaderos israelitas, y, aun olvidándose de sí, busca, antes que todo, la salvación de los hermanos..., compadece con amor a la pequeña grey atraída en pos de él... Le parecía desmerecer la gloria para sí si no hacía gloriosos a una con él a los que se le habían confiado, a quienes su espíritu engendraba más trabajosamente que las entrañas de la madre cuando los había dado a luz» (2 Cel 174).

Así, contemplando la virginidad y la maternidad de María, Francisco y Clara comprendieron mejor la misteriosa y secreta fecundidad de la paternidad y de la maternidad espiritual. Su celibato consagrado no es esterilidad. La multitud de hermanos y hermanas que ellos han engendrado desde hace siete siglos manifiesta que la fecundidad de una vida supera la simple procreación carnal. A sus ojos, la maternidad de María rebasa ampliamente el misterio de la Natividad. Ella es la figura viviente de la Iglesia, esclava y pobre, que da a Jesús al mundo y, luego, se eclipsa. Junto a la Virgen descubrieron los fundamentos de toda vida misionera y contemplativa: el amor, la fe, la adoración y la pobreza (cf. 2 Cel 164). Como la Virgen madre, vivir para dar a Cristo al mundo: ¡He aquí toda la piedad mariana de Francisco y de Clara!



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