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miércoles, 13 de enero de 2016

domingo, 10 de enero de 2016

SANTORAL DEL DIA

SAN GREGORIO DE NISA.

Es uno de los Padres más importantes de la Iglesia de Oriente. Hermano de san Basilio Magno, nació en Cesarea de Capadocia (hoy Turquía) hacia el año 335. De joven se dedicó al estudio de la filosofía y la retórica, y luego a su enseñanza. Contrajo matrimonio, y más tarde abrazó la vida monástica junto a su hermano y a san Gregorio Nacianceno. Cuando Basilio fue elegido arzobispo de Cesarea, puso a su hermano Gregorio el año 371 como obispo de Nisa. La oposición y acusaciones de los arrianos lo tuvieron desterrado dos años. Su elocuencia y sus conocimientos teológicos le permitieron trabajar en la erradicación de las herejías y en la pacificación y unidad de la Iglesia, campos en los que prestó una valiosa ayuda a las autoridades imperiales católicas. Participó de forma muy notable en el Concilio de Constantinopla de 381. Dejó escritas muchas e importantes obras de teología y espiritualidad. Murió en Nisa el año 395.





Santoral del día.




SAN PABLO,

primer ermitaño. Tenemos muy pocas noticias seguras de su vida, que se desarrolló entre los siglos III y IV. San Jerónimo escribió su vida. Nació hacia el año 228 en la Baja Tebaida (Egipto), de familia cristiana y acomodada. Pronto quedó huérfano de padre y madre, y heredó una gran fortuna. Cuando arreció la persecución de Decio, que obligaba a rendir culto a los dioses del imperio bajo pena de muerte, Pablo prefirió retirarse al desierto, donde pasó, en solitario, el resto de sus días llevando una vida de austeridad y penitencia, dedicado por completo a la contemplación de las cosas divinas. San Antonio Abad lo visitó en una ocasión. Murió más que centenario. La leyenda y el arte han adornado su vida con episodios extraordinarios.

EFUSIÓN DEL ESPÍRITU SANTO SOBRE TODA CARNE


Del comentario de san Cirilo de Alejandría
sobre el evangelio de san Juan

Cuando el Creador del universo decidió restaurar todas las cosas en Cristo, dentro del más maravilloso orden, y devolver a su anterior estado la naturaleza del hombre, prometió que, al mismo tiempo que los restantes bienes, le otorgaría también ampliamente el Espíritu Santo, ya que de otro modo no podría verse reintegrado a la pacífica y estable posesión de aquellos bienes.

Determinó, por tanto, el tiempo en que el Espíritu Santo habría de descender hasta nosotros, a saber, el del advenimiento de Cristo, y lo prometió al decir: En aquellos días -se refiere a los del Salvador- derramaré mi Espíritu sobre toda carne.

Y cuando el tiempo de tan gran munificencia y libertad produjo para todos al Unigénito encarnado en el mundo, como hombre nacido de mujer -de acuerdo con la divina Escritura-, Dios Padre otorgó a su vez el Espíritu, y Cristo, como primicia de la naturaleza renovada, fue el primero que lo recibió. Y esto fue lo que atestiguó Juan Bautista cuando dijo: He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo y se posó sobre él.

Decimos que Cristo, por su parte, recibió el Espíritu, en cuanto se había hecho hombre, y en cuanto convenía que el hombre lo recibiera; y, aunque es el Hijo de Dios Padre, engendrado de su misma substancia, incluso antes de la encarnación -más aún, antes de todos los siglos-, no se da por ofendido de que el Padre le diga, después que se hizo hombre: Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy.

Dice haber engendrado hoy a quien era Dios, engendrado de él mismo desde antes de los siglos, a fin de recibirnos por su medio como hijos adoptivos; pues en Cristo, en cuanto hombre, se encuentra significada toda la naturaleza: y así también el Padre, que posee su propio Espíritu, se dice que se lo otorga a su Hijo, para que nosotros nos beneficiemos del Espíritu en él. Por esta causa perteneció a la descendencia de Abrahán, como está escrito, y se asemejó en todo a sus hermanos.

De manera que el Hijo unigénito recibe el Espíritu Santo no para sí mismo -pues es suyo, habita en él, y por su medio se comunica, como ya dijimos antes-, sino para instaurar y restituir a su integridad a la naturaleza entera, ya que, al haberse hecho hombre, la poseía en su totalidad. Puede, por tanto, entenderse -si es que queremos usar nuestra recta razón, así como los testimonios de la Escritura- que Cristo no recibió el Espíritu para sí, sino más bien para nosotros en sí mismo: pues por su medio nos vienen todos los bienes.

martes, 5 de enero de 2016

FRANCISCO Y CLARA DE ASÍS CONTEMPLAN EL MISTERIO DE MARÍA


por Michel Hubaut, o.f.m.

La contemplación del misterio de la madre de Dios enriqueció constantemente la vida evangélica y la oración de Francisco y de Clara. María es la inspiradora de su vida. ¿No fue ella la primera en dejarse transformar por la imprevisible irrupción del Espíritu de Dios en su vida? ¿No fue acaso ella la primera en conocer las alegrías y las angustias, las certezas e interrogantes de todo buscador de Dios? ¿No tuvo que caminar también María en el claroscuro de la fe?: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» (Lc 1,13); «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando» (Lc 2,39). ¿No tuvo que caminar, también ella, en la noche de la duda y de las pruebas hasta llegar al alba de Pascua? De la anunciación a su asunción gloriosa, pasando por el Calvario, María es ya toda la aventura de la Iglesia y de cada uno de los creyentes. Con asombrosa y precoz intuición teológica, Francisco escribe: «¡Salve, Señora, santa Reina, santa Madre de Dios, María, que eres virgen hecha Iglesia!» (SalVM 1). Esta intuición será ampliamente desarrollada en el concilio Vaticano II (LG VIII).

María, ejemplo perfecto de todas las virtudes evangélicas, es la primera criatura humana que acoge con fe y con amor incondicional el don de la salvación y los bienes del reino. De ahí que, habiendo recibido en plenitud todas las «santas virtudes, que, por la gracia e iluminación del Espíritu Santo, son infundidas en los corazones de los fieles, para hacerlos, de infieles, fieles a Dios» (SalVM 6), María será para Francisco y para Clara el faro luminoso de su vida cristiana. María, espejo purísimo de las exigencias del Evangelio de Cristo, nos arrastra a seguir sus huellas.

Ella ilumina los dos grandes polos de la misión de la Iglesia y de cada uno de nosotros. El primero de ellos consiste en acoger a Cristo y los tesoros de su reino. El segundo es el deber de dar a luz a Cristo en el corazón de los hombres mediante la radiación de nuestra vida. Francisco y Clara comparan con frecuencia, con gran realismo, la misión del cristiano y la maternidad de María. Invitan a sus hermanos y hermanas a vivir espiritualmente lo que la Virgen vivió en su carne.

Escribe Clara a Inés de Praga: «La gloriosa Virgen de las vírgenes lo llevó materialmente: tú, siguiendo sus huellas, principalmente las de la humildad y la pobreza, puedes llevarlo espiritualmente siempre, fuera de toda duda, en tu cuerpo casto y virginal» (3CtaCl 24-25; cf. 1CtaCl 12-14 y 19-24).

Por su parte, Francisco no duda en afirmar: Somos «madres, cuando lo llevamos en el corazón y en nuestro cuerpo por el amor y por una conciencia pura y sincera; lo damos a luz por las obras santas, que deben ser luz para ejemplo de otros» (2CtaF 53).

Según Francisco y Clara, toda vida cristiana, abierta y fiel a la fuerza del Espíritu, es teofanía de Dios, portadora de vida. El mismo san Pablo empleó este lenguaje refiriéndose a su apostolado entre sus hermanos: «Yo... os engendré en Cristo Jesús» (1 Cor 4,15).

Si Clara se declara con frecuencia esclava de Cristo, no teme llamarse también madre, en el Espíritu, de sus hermanas: «Os bendigo en mi vida y después de mi muerte, en cuanto puedo y más aún de lo que puedo, con todas las bendiciones... con las que el padre y la madre espirituales bendijeron y bendecirán a sus hijos e hijas espirituales» (BendCl).

Y uno de los biógrafos de Francisco escribe refiriéndose a éste: «Alza en todo momento las manos al cielo por los verdaderos israelitas, y, aun olvidándose de sí, busca, antes que todo, la salvación de los hermanos..., compadece con amor a la pequeña grey atraída en pos de él... Le parecía desmerecer la gloria para sí si no hacía gloriosos a una con él a los que se le habían confiado, a quienes su espíritu engendraba más trabajosamente que las entrañas de la madre cuando los había dado a luz» (2 Cel 174).

Así, contemplando la virginidad y la maternidad de María, Francisco y Clara comprendieron mejor la misteriosa y secreta fecundidad de la paternidad y de la maternidad espiritual. Su celibato consagrado no es esterilidad. La multitud de hermanos y hermanas que ellos han engendrado desde hace siete siglos manifiesta que la fecundidad de una vida supera la simple procreación carnal. A sus ojos, la maternidad de María rebasa ampliamente el misterio de la Natividad. Ella es la figura viviente de la Iglesia, esclava y pobre, que da a Jesús al mundo y, luego, se eclipsa. Junto a la Virgen descubrieron los fundamentos de toda vida misionera y contemplativa: el amor, la fe, la adoración y la pobreza (cf. 2 Cel 164). Como la Virgen madre, vivir para dar a Cristo al mundo: ¡He aquí toda la piedad mariana de Francisco y de Clara!



EPIFANÍA DEL SEÑOR Benedicto XVI, Ángelus del 6-I-08



Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos con alegría la Epifanía del Señor, es decir, su manifestación a los pueblos del mundo entero, representados por los Magos que llegaron de Oriente para adorar al Rey de los judíos. Estos misteriosos personajes, observando los fenómenos celestes, vieron aparecer una nueva estrella e, instruidos también por las antiguas profecías, reconocieron en ella la señal del nacimiento del Mesías, descendiente de David (cf. Mt 2,1-12).

Por consiguiente, desde su primera aparición, la luz de Cristo comienza a atraer hacia sí a los hombres «que ama el Señor» (Lc 2,14), de toda lengua, pueblo y cultura. Es la fuerza del Espíritu Santo que mueve los corazones y las inteligencias que buscan la verdad, la belleza, la justicia y la paz. Es lo que afirma el siervo de Dios Juan Pablo II en la encíclica Fides et ratio: «El hombre se encuentra en un camino de búsqueda, humanamente interminable: búsqueda de verdad y búsqueda de una persona de quien fiarse» (n. 33): los Magos encontraron ambas realidades en el Niño de Belén.

Los hombres y las mujeres de toda generación, en su peregrinación, necesitan orientarse: entonces, ¿qué estrella podemos seguir? La estrella que había guiado a los Magos, después de detenerse «encima del lugar donde se encontraba el niño» (Mt 2,9), terminó su función, pero su luz espiritual está siempre presente en la palabra del Evangelio, que también hoy puede guiar a todo hombre a Jesús.

La Iglesia hace resonar con autoridad esa palabra, que no es más que el reflejo de Cristo, verdadero hombre y verdadero Dios, para toda alma bien dispuesta. También la Iglesia, por tanto, desempeña en favor de la humanidad la misión de la estrella. Asimismo, algo semejante se puede decir de todo cristiano, llamado a iluminar, con la palabra y el testimonio de su vida, los pasos de los hermanos.

Por eso, ¡cuán importante es que los cristianos seamos fieles a nuestra vocación! Todo auténtico creyente está siempre en camino en su itinerario personal de fe y, al mismo tiempo, con la pequeña luz que lleva dentro de sí, puede y debe ayudar a quien se encuentra a su lado y tal vez no logra encontrar el camino que conduce a Cristo.

ADONAI REFLEXIONES ," EL AMOR DE JESÚS"