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jueves, 29 de diciembre de 2016

EN LA PLENITUD DE LOS TIEMPOS VINO LA PLENITUD DE LA DIVINIDAD


San Bernardo, Sermón 1 en la Epifanía del Señor

Ha aparecido la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor al hombre. Gracias sean dadas a Dios, que ha hecho abundar en nosotros el consuelo en medio de esta peregrinación, de este destierro, de esta miseria.

Antes de que apareciese la humanidad de nuestro Salvador, su bondad se hallaba también oculta, aunque ésta ya existía, pues la misericordia del Señor es eterna. ¿Pero cómo, a pesar de ser tan inmensa, iba a poder ser reconocida? Estaba prometida, pero no se la alcanzaba a ver; por lo que muchos no creían en ella. Efectivamente, en distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios por los profetas. Y decía: Yo tengo designios de paz y no de aflicción. Pero ¿qué podía responder el hombre que sólo experimentaba la aflicción e ignoraba la paz? ¿Hasta cuándo vais a estar diciendo: «Paz, paz», y no hay paz? A causa de lo cual los mensajeros de paz lloraban amargamente, diciendo: Señor, ¿quién creyó nuestro anuncio? Pero ahora los hombres tendrán que creer a sus propios ojos, ya que los testimonios de Dios se han vuelto absolutamente creíbles. Pues para que ni una vista perturbada pueda dejar de verlo, puso su tienda al sol.

Pero de lo que se trata ahora no es de la promesa de la paz, sino de su envío; no de la dilatación de su entrega, sino de su realidad; no de su anuncio profético, sino de su presencia. Es como si Dios hubiera vaciado sobre la tierra un saco lleno de su misericordia; un saco que habría de desfondarse en la pasión, para que se derramara nuestro precio, oculto en él; un saco pequeño, pero lleno. Ya que un niño se nos ha dado, pero en quien habita toda la plenitud de la divinidad. Ya que, cuando llegó la plenitud del tiempo, hizo también su aparición la plenitud de la divinidad. Vino en carne mortal para que, al presentarse así ante quienes eran carnales, en la aparición de su humanidad se reconociese su bondad. Porque, cuando se pone de manifiesto la humanidad de Dios, ya no puede mantenerse oculta su bondad. ¿De qué manera podía manifestar mejor su bondad que asumiendo mi carne? La mía, no la de Adán, es decir, no la que Adán tuvo antes del pecado.

¿Hay algo que pueda declarar más inequívocamente la misericordia de Dios que el hecho de haber aceptado nuestra miseria? ¿Qué hay más rebosante de piedad que la Palabra de Dios convertida en tan poca cosa por nosotros? Señor, ¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder? Que deduzcan de aquí los hombres lo grande que es el cuidado que Dios tiene de ellos; que se enteren de lo que Dios piensa y siente sobre ellos. No te preguntes, tú, que eres hombre, por lo que has sufrido, sino por lo que sufrió él. Deduce de todo lo que sufrió por ti, en cuánto te tasó, y así su bondad se te hará evidente por su humanidad. Cuanto más pequeño se hizo en su humanidad, tanto más grande se reveló en su bondad; y cuanto más se dejó envilecer por mí, tanto más querido me es ahora. Ha aparecido -dice el Apóstol- la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor al hombre. Grandes y manifiestos son, sin duda, la bondad y el amor de Dios, y gran indicio de bondad reveló quien se preocupó de añadir a la humanidad el nombre de Dios.

lunes, 26 de diciembre de 2016

LA NAVIDAD Y SAN ESTEBAN


Benedicto XVI, Ángelus del 26 de diciembre de 2009

Queridos hermanos y hermanas:

Con el corazón aún lleno de asombro e inundado de la luz que proviene de la gruta de Belén, donde con María, José y los pastores, hemos adorado a nuestro Salvador, hoy recordamos al diácono san Esteban, el primer mártir cristiano. Su ejemplo nos ayuda a penetrar más en el misterio de la Navidad y nos testimonia la maravillosa grandeza del nacimiento de aquel Niño, en el que se manifiesta la gracia de Dios, que trae la salvación a los hombres (cf. Tt 2,11). De hecho, el niño que da vagidos en el pesebre es el Hijo de Dios hecho hombre, que nos pide que testimoniemos con valentía su Evangelio, como lo hizo san Esteban, quien, lleno de Espíritu Santo, no dudó en dar la vida por amor a su Señor. Como su Maestro, muere perdonando a sus perseguidores y nos ayuda a comprender que la llegada del Hijo de Dios al mundo da origen a una nueva civilización, la civilización del amor, que no se rinde ante el mal y la violencia, y derriba las barreras entre los hombres, haciéndolos hermanos en la gran familia de los hijos de Dios.

San Esteban es también el primer diácono de la Iglesia, que haciéndose servidor de los pobres por amor a Cristo, entra progresivamente en plena sintonía con él y lo sigue hasta el don supremo de sí. El testimonio de san Esteban, como el de los mártires cristianos, indica a nuestros contemporáneos, a menudo distraídos y desorientados, en quién deben poner su confianza para dar sentido a la vida. De hecho, el mártir es quien muere con la certeza de saberse amado por Dios y, sin anteponer nada al amor de Cristo, sabe que ha elegido la mejor parte. Configurándose plenamente a la muerte de Cristo, es consciente de que es germen fecundo de vida y abre en el mundo senderos de paz y de esperanza. Hoy, presentándonos al diácono san Esteban como modelo, la Iglesia nos indica asimismo que la acogida y el amor a los pobres es uno de los caminos privilegiados para vivir el Evangelio y testimoniar a los hombres de modo creíble el reino de Dios que viene.

La fiesta de san Esteban nos recuerda igualmente a los numerosos creyentes que en varias partes del mundo se ven sometidos a pruebas y sufrimientos a causa de su fe. Encomendándolos a su celestial protección, comprometámonos a sostenerlos con la oración y a realizar sin cesar nuestra vocación cristiana, poniendo siempre en el centro de nuestra vida a Jesucristo, a quien en estos días contemplamos en la sencillez y en la humildad del pesebre. Por eso, invoquemos la intercesión de María, Madre del Redentor y Reina de los mártires, con la oración del Ángelus.

[Después del Ángelus] En esta fiesta de san Esteban, que no vaciló en derramar su sangre para confesar su fe y amor a Cristo Jesús, nacido en Belén, supliquemos fervientemente en nuestra oración que nunca falten en la Iglesia hombres y mujeres sabios, audaces y sencillos, que den testimonio del Evangelio de la salvación allá donde se encuentren, para que, con la fuerza de la caridad y la luz de la verdad, se construya una sociedad cada vez más fraterna, justa y en paz. Santa y feliz Navidad a todos.

domingo, 25 de diciembre de 2016

Dice la Leyenda de Perusa:




Francisco de Asís, celebraba la fiesta de Navidad con mayor reverencia que cualquier otra fiesta del Señor, porque, si bien en las otras solemnidades el Señor ha obrado nuestra salvación, sin embargo, como él decía, comenzamos a ser salvos desde el día en que nació el Señor. Por eso quería que en ese día todo cristiano se alegrase en el Señor y que, por amor de Aquel que se nos dio a sí mismo, todo hombre fuese alegremente dadivoso no sólo con los pobres, sino también con los animales y las aves (LP 14).

FELIZ NAVIDAD


NOS HA NACIDO EL SALVADOR 






NATIVIDAD DEL SEÑOR.
«A Cristo, que por nosotros ha nacido, venid, adorémosle».


El Evangelio según san Lucas nos cuenta así lo sucedido: «En aquellos días salió un decreto del emperador Augusto, ordenando hacer un censo del mundo entero, y todos iban a inscribirse, cada cual a su ciudad. También José, que era de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret en Galilea a la ciudad de David, que se llama Belén, para inscribirse con su esposa María, que estaba encinta. Y mientras estaban allí le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada. En aquella región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño. Y un ángel del Señor se les presentó y les dijo: "No temáis, os traigo la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre". De pronto apareció una legión del ejército celestial que alababa a Dios diciendo: "Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que Dios ama". Cuando los ángeles los dejaron, los pastores fueron corriendo a Belén y encontraron a María y a José y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, les contaron lo que les habían dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón».-

Oración A los que celebramos con alegría cristiana el nacimiento de tu Hijo, concédenos, Señor, penetrar con fe profunda en este misterio y amarlo cada vez con amor más entrañable. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo, nuestro Señor. Amén






martes, 20 de septiembre de 2016

SANTOS Y BEATOS DEL DIA


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SAN ANDRÉS KIM TAEGON, SAN PABLO CHONG HASANG Y COMPAÑEROS.

Este día la Iglesia venera en una misma celebración a los 103 Mártires de Corea que canonizó Juan Pablo II el 6 de mayo de 1984 en Seúl. Ellos testificaron valerosamente la fe cristiana en aquel país y consagraron con su sangre preciosa las primicias de aquella Iglesia, en distintos lugares y en diferentes fechas de 1839 a 1867. A principios del siglo XVII, desde China, penetró en Corea la fe cristiana, introducida primero por algunos laicos y después alimentada y reafirmada por la predicación y celebración de los sacramentos por medio de los misioneros. En el siglo XIX se sucedieron las persecuciones contra los cristianos y fueron miles los que perdieron la vida por su fe. Entre los canonizados figuran 3 obispos, 8 sacerdotes y 92 laicos; había hombres y mujeres, casados o no, pobres y ricos, ancianos, jóvenes y niños de diversas clases sociales; 10 eran franceses (sacerdotes de las Misiones Extranjeras de París) y 93 coreanos. San Andrés Kim Taegon, hijo de padre mártir, fue el primer sacerdote coreano, y murió decapitado el 16 de septiembre de 1846 en Seúl. San Pablo Chong Hasang, seglar de noble familia, abrazó la fe antes de la llegada de los misioneros, por obra de un grupo laical. Su padre y su hermano mayor dieron la vida por la fe. Asumió con entusiasmo la tarea de catequista e insistió ante la Santa Sede para que enviara misioneros. Fue martirizado el 22 de septiembre de 1839.- Oración Oh Dios, creador y salvador de todos los hombres, que en Corea, de modo admirable, llamaste a la fe católica a un pueblo de adopción y lo acrecentaste por la gloriosa profesión de fe de los santos mártires Andrés, Pablo y sus compañeros, concédenos, por su ejemplo e intercesión, perseverar también nosotros hasta la muerte en el cumplimiento de tus mandatos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

SAN JOSÉ MARÍA DE YERMO Y PARRES.

Nació en Malinalco, Estado de México, en 1851. Después de una experiencia en los Paúles, ingresó en el seminario de la diócesis de León (Gto.), donde fue ordenado de sacerdote en 1879. Sus comienzos en la vida pastoral fueron fecundos y brillantes, hasta que el obispo lo destinó a iglesitas de la periferia de León, lo que puso a prueba su humildad. Allí vio de cerca la extrema pobreza en que vivía mucha gente, y decidió consagrar su vida al servicio de los marginados. En 1885 fundó la Congregación de Siervas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Pobres. A lo largo de su vida, a veces agitada y entre contrariedades, fundó escuelas, hospitales, casas de descanso para ancianos, orfanatos, una casa para la regeneración de la mujer, y finalmente llevó a su familia religiosa a la difícil misión entre los indígenas tarahumaras del norte de México. Murió el 20 de septiembre de 1904 en Puebla de los Ángeles. Lo canonizó Juan Pablo II el año 2000.

BEATA MARÍA TERESA DE SAN JOSÉ TAUSCHER VAN DEN BOSCH
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Nació en Sandow (Brandeburgo, hoy Polonia) el año 1855, de padres luteranos muy creyentes. En su juventud vivió años de intensa y laboriosa búsqueda religiosa que la llevó al catolicismo en 1888. Esta opción le costó la exclusión de la familia y el cese como directora del manicomio de Colonia. Se quedó sin casa ni trabajo y, después de un largo vagar por Berlín, encontró su «camino». Comenzó a dedicarse a los «jóvenes de la calle», muchos hijos de italianos que estaban abandonados. Cada vez sentía más intensamente el deseo de consagrarse completamente a Dios, y se orientó hacia el Carmelo. Con el tiempo vio claro que el Señor la llamaba a fundar una congregación que, impregnada del espíritu carmelitano de oración y reparación, se dedicara a la asistencia a los niños huérfanos, pobres y abandonados, y a todos los indigentes, y fundó la Congregación de Carmelitas del Divino Corazón de Jesús. Sufrió mucho, incluso la expulsión temporal de Alemania. Murió en Sittard (Holanda) el 20 de septiembre de 1938. Fue beatificado el 2006.

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San Dorimedonte.
Sufrió el martirio en Sínnada de Frigia (en la actual Turquía), en el siglo III.

San Eustaquio
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Sufrió el martirio en Roma, en una fecha desconocida de los primeros siglos cristianos, y su nombre es el título de una de las antiguas diaconías de la misma Roma.

Santos Hipacio, Asiano y Andrés.
Hipacio y Asiano eran obispos, Andrés era sacerdote. Por defender el culto a las sagradas imágenes frente a los iconoclastas, los tres fueron horriblemente martirizados y sus restos arrojados a los perros en Constantinopla hacia el año 740, en tiempo del emperador León el Isáurico.

San Juan Carlos Cornay.
Nació en Loudun (Francia) el año 1809. Ingresó en el seminario diocesano de Poitiers, del que luego pasó al seminario del Instituto de Misiones Extranjeras de París. En 1832 lo enviaron a China, pero se quedó en Hanoi (Vietnam) y allí recibió la ordenación sacerdotal en 1834. Su trabajo pastoral lo desarrolló en Bau-No, pero pronto lo arrestaron durante la persecución del emperador Minh Mang. Lo sometieron a interrogatorios y torturas, sin conseguir que apostatara. Condenado a muerte, lo mutilaron y por último lo decapitaron en Son-Tây el 20 de septiembre de 1837.

Santos Lorenzo Han I-hyong y seis compañeros.

Los siete eran cristianos seglares de Corea, y fueron ahorcados en diversas cárceles de Seúl por su condición de cristianos. Su memoria se celebra este día, junto a la de los otros mártires de Corea. Estos son sus nombres: Lorenzo era catequista; Pedro Nam Kyong-mun, catequista; Teresa Kim Im-i, virgen; Susana U Sur-im y Águeda Yi Kan-nan, viudas; Catalina Chong Ch'or-yom y José Im Ch'i-baeg, bautizado en la cárcel.

Beato Adalpreto
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Fue elegido obispo de Trento (Italia) el año 1157. Hombre ejemplar, padre de los pobres y de los huérfanos, defensor de la libertad de la Iglesia, predicador fiel del Evangelio, fue perseguido y asesinado por sus enemigos en Arco, provincia de Trento, entre 1172 y 1177.

Beatos Cristóbal Iturriaga-Echevarría Irazola y Pedro Vega Ponce.

Son dos religiosos Dominicos que, al estallar la persecución religiosa en julio de 1936, formaban parte de la comunidad de Corias (Asturias, España) y fueron detenidos con otros religiosos de la misma comunidad. Estos dos fueron martirizados la noche del 19 al 20 de septiembre de 1936 en «Pinar de Lada», Langreo (Asturias), y beatificados el año 2007. Cristóbal nació en Abadiano (Vizcaya) el año 1915. Ingresó en los Dominicos y, ante las dificultades para los estudios, profesó como hermano cooperador en 1934. Lo destinaron a Corias, donde se le confió la panadería y otros trabajos. Pedro nació en Mayorga de Campos (Valladolid) el año 1915 en el seno de una familia muy pobre, por lo que tuvo que trabajar y no pudo estudiar. Tomó el hábito el 31 de marzo de 1935. Fue aprobado por unanimidad para hacer la profesión religiosa, pero no la pudo realizar al sorprenderle la persecución.

Beato Francisco de Posadas.
Nació en Córdoba (España) en 1644. Ingresó en la Orden de Predicadores o Dominicos en 1672 y, hechos los estudios, se ordenó de sacerdote en 1678. Lo destinaron al convento cordobés de Scala Coeli, en plena sierra, y se dedicó al apostolado por tierras de Andalucía. Era penitente, humilde y caritativo, y fue un ardiente propagador del Rosario, incansable predicador del Evangelio muchos años, excelente director espiritual. Rehusó por humildad ser obispo de Algheró (Cerdeña) y Cádiz. Murió el 20 de septiembre de 1713.

Beata Teresa Cejudo Redondo.

Nació en Pozablanco (Córdoba, España) en 1890. Se educó en el colegio de las religiosas Concepcionistas, y contrajo matrimonio en 1925. Tuvo una hija. Desde muy joven formó parte de varias asociaciones y cofradías religiosas, además de ser cooperadora salesiana. El 22 de agosto de 1936 fue arrestada en su casa por su condición de mujer católica y comprometida. La condenaron a muerte junto con otras 17 personas católicas. Con el ejemplo y la palabra animó a sus compañeros de martirio, y murió en Pozoblanco el 20 de septiembre de 1936, perdonando a los verdugos. Fue beatificada el año 2007.

Beato Tomás Johnson.
Era sacerdote y monje de la Cartuja de Londres. Diez de los monjes de esa Cartuja se negaron a suscribir el Acta de Supremacía, que significaba reconocer al rey Enrique VIII como cabeza suprema de la Iglesia de Inglaterra y romper la comunión con el Papa, por lo que fueron encarcelados. Tomás era uno de ellos. Lo encerraron en la prisión londinense de Newport y allí murió el 20 de septiembre de 1537, consumido por el hambre y la enfermedad.

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DE POCO VALE LA FRAGANCIA DE LA FLOR, SI NO VA ACOMPAÑADA DE LA CARIDAD


San Buenaventura, "Vitis mystica", cap. 32

La caridad, que nunca puede estar ociosa, se manifiesta siempre por las obras, como afirma san Gregorio: «La prueba del amor está en sus frutos». Y san Juan, el discípulo predilecto de Jesús, dice: Si alguno que posee bienes de la tierra ve a su hermano padecer necesidad y le cierra el corazón, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios? El que no ama a su hermano, a quien ve, ¿cómo puede amar a Dios, a quien no ve?

La misma Verdad, el buen Jesús, se cuidó de expresar con claridad las obras de misericordia, que demuestran el amor al prójimo, y que servirán, al final de los tiempos, de salvación o de reprobación, al decir: Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo y en la cárcel, y vinisteis a verme. Pues cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis. Éstas son las obras de misericordia, que tienen su raíz en la caridad. Es bueno, pues, pararse despacio a considerar cuál sea la dignidad de estas obras de caridad, que adquieren, en el juicio final, la categoría máxima de la salvación. Incluso de nada valdrá entonces la fragancia de la flor, es decir, la integridad de la virginidad, si a ésta le falta el aroma de las obras de caridad.

Examine cada uno su conciencia y vea si tiene esta disposición de mente. Cuando te encuentras con un pobre, con un enfermo, con un forastero, y pasas delante de ellos sin que te muevas a compasión, ni ruegas por sus necesidades, ni te unes a sus lamentos, ¿crees que estás lleno de compasión? Si no eres capaz de compartir tus bienes con el necesitado, tampoco sabes lo que es padecer privaciones. Recuerda que Cristo está presente en el pobre porque es miembro suyo, y, cuando te pide socorro, ayúdale, porque es él mismo quien te lo suplica; además el pobre es tu hermano. No cierres tus sentimientos a la verdadera compasión, que por la amplitud de ésta conocerás cuál es la medida de tu amor a Dios.

Mayor compasión merecen los que se apartaron de la fe o del recto proceder, o los que se sumergieron voluntaria o involuntariamente en el pecado; éstos precisan más del pan celestial de los ángeles, el dulce Jesús; dádselo con ardientes súplicas, con gemidos, con los ardores de vuestra caridad. Igualmente, quienes recibieron del Espíritu el don de la ciencia y de la sabiduría les deben dispensar el alimento de la palabra de Dios, que se contiene en los libros sagrados, para que, junto con su ferviente oración elevada al Señor, se digne abrirles los ojos del entendimiento, le conozcan y le saboreen, degustando la suavidad y dulzura del buen Dios, y se les abran de nuevo los ojos en la fracción del pan, es decir, al proporcionarles el recto conocimiento de esa palabra divina, que se desprende de la sabia interpretación de las sagradas Escrituras.

DIOS ES AMOR MISERICORDIOSO


Benedicto XVI, Ángelus del día 16-IX-2007

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy la liturgia vuelve a proponer a nuestra meditación el capítulo XV del evangelio de san Lucas, una de las páginas más elevadas y conmovedoras de toda la sagrada Escritura. Es hermoso pensar que en todo el mundo, dondequiera que la comunidad cristiana se reúne para celebrar la Eucaristía dominical, resuena hoy esta buena nueva de verdad y de salvación: Dios es amor misericordioso. El evangelista san Lucas recogió en este capítulo tres parábolas sobre la misericordia divina: las dos más breves, que tiene en común con san Mateo y san Marcos, son las de la oveja perdida y la moneda perdida; la tercera, larga, articulada y sólo recogida por él, es la célebre parábola del Padre misericordioso, llamada habitualmente del «hijo pródigo».

En esta página evangélica nos parece escuchar la voz de Jesús, que nos revela el rostro del Padre suyo y Padre nuestro. En el fondo, vino al mundo para hablarnos del Padre, para dárnoslo a conocer a nosotros, hijos perdidos, y para suscitar en nuestro corazón la alegría de pertenecerle, la esperanza de ser perdonados y de recuperar nuestra plena dignidad, y el deseo de habitar para siempre en su casa, que es también nuestra casa.

Jesús narró las tres parábolas de la misericordia porque los fariseos y los escribas hablaban mal de él, al ver que permitía que los pecadores se le acercaran, e incluso comía con ellos (cf. Lc 15,1-3). Entonces explicó, con su lenguaje típico, que Dios no quiere que se pierda ni siquiera uno de sus hijos y que su corazón rebosa de alegría cuando un pecador se convierte.

La verdadera religión consiste, por tanto, en entrar en sintonía con este Corazón «rico en misericordia», que nos pide amar a todos, incluso a los lejanos y a los enemigos, imitando al Padre celestial, que respeta la libertad de cada uno y atrae a todos hacia sí con la fuerza invencible de su fidelidad. El camino que Jesús muestra a los que quieren ser sus discípulos es este: «No juzguéis..., no condenéis...; perdonad y seréis perdonados...; dad y se os dará; sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6, 36-38). En estas palabras encontramos indicaciones muy concretas para nuestro comportamiento diario de creyentes.

En nuestro tiempo, la humanidad necesita que se proclame y testimonie con vigor la misericordia de Dios. El amado Juan Pablo II, que fue un gran apóstol de la Misericordia divina, intuyó de modo profético esta urgencia pastoral. Dedicó al Padre misericordioso su segunda encíclica, y durante todo su pontificado se hizo misionero del amor de Dios a todos los pueblos. Después de los trágicos acontecimientos del 11 de septiembre de 2001, que oscurecieron el alba del tercer milenio, invitó a los cristianos y a los hombres de buena voluntad a creer que la misericordia de Dios es más fuerte que cualquier mal, y que sólo en la cruz de Cristo se encuentra la salvación del mundo.

La Virgen María, Madre de la Misericordia, a quien ayer [día 15] contemplamos como Virgen de los Dolores al pie de la cruz, nos obtenga el don de confiar siempre en el amor de Dios y nos ayude a ser misericordiosos como nuestro Padre que está en los cielos.

lunes, 1 de agosto de 2016

SILEM


ENTREVISTA EXCLUSIVA PARA ARGENTINA CON LA SALMISTA Y CANTAUTORA CRISTIANA, SILEM DESDE SAN ANTONIO TEXAS,!! DOMINGO 07 DE AGOSTO !!! NO TE LO PIERDAS !!!
PAGINA DE FACEBOOK DE SILEM facebook.com/silemmusic
SU CANAL youtube.com/silemmusic
BENDICIONES .

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domingo, 26 de junio de 2016

ALEX DE BOGA EN ADONAI 17/07/2016




ENTREVISTA EXCLUSIVA CON ALEX DE BOGA , CANTAUTOR Y ADORADOR CATÓLICO DE MEXICO, NO TE LO PIERDAS, ALEX DE BOGA EN ADONAI DOMINGO 17 /07/2016, BENDICIONES.

jueves, 23 de junio de 2016


DOMINGO 03/07/2016 ENTREVISTA EXCLUSIVA PARA ARGENTINA, ROBERT LOUIS CANTAUTOR CATOLICO  DESDE El BRONX, NUEVA YORK



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viernes, 17 de junio de 2016

SANTA CLARA DE ASÍS Y LA EUCARISTÍA (V)


por René-Charles Dhont, ofm

FRECUENCIA DE LA COMUNIÓN

El fervor de Clara respecto del banquete eucarístico confirma lo que refiere sor Bienvenida de Perusa: «Madonna Clara se confesaba frecuentemente y con gran devoción y temblor recibía el santo sacramento del Cuerpo de nuestro Señor Jesucristo, hasta el extremo de que, cuando lo recibía, temblaba toda» (Proceso 2,11).

Acostumbrados a pensar, desde los decretos de Pío X, en la recepción diaria de la eucaristía, la palabra «frecuentemente» o «con frecuencia» nos resulta extraña. Encuadrada en su contexto histórico, revela, por el contrario, una frecuencia poco común.

En el siglo XIII, a la vez que progresa rápidamente el culto de Cristo presente en el Santísimo Sacramento, se constata un «enfriamiento casi general en la frecuentación de la Eucaristía». Los Pastores, los Concilios se ven obligados a intervenir para que los fieles se acerquen al banquete eucarístico en las fiestas de Pascua, Pentecostés, Navidad; por lo menos, una vez al año.

Si, a pesar de todo, los seglares no iban mucho más lejos, el caso de las religiosas era algo distinto. ¿De dónde provenía esta actitud de reserva del pueblo respecto a la Eucaristía? «El temor, la obligación (nueva entonces) de la confesión previa, la exigencia de continencia para las personas casadas habían reducido prácticamente la participación eucarística de los laicos al viático de los moribundos» (R. Beraudy). Aparte un temor respetuoso que acompañaba a su amor a Cristo, ninguno de estos motivos podía poner dificultades a las contemplativas. Las diversas Reglas que profesan obligan a algunas comuniones. Se trata de un mínimo que no excluye una participación más asidua. Aunque ésta se dejase al juicio de los confesores y de las superioras, las religiosas tendían de hecho a comulgar mucho más frecuentemente. La Regla de Isabel, en cuya elaboración colaboró san Buenaventura, aprobada por Urbano IV en 1263 para el monasterio de clarisas de Longchamp, prevé la comunión dos veces al mes, e incluso todos los domingos durante el adviento y la cuaresma.

El amor lleno de ternura a Cristo en su humanidad, base de la espiritualidad sobre todo a partir de san Bernardo y que alcanza su vértice con Francisco y Clara de Asís, debía hacer a estos últimos ávidos del encuentro con el «pan sagrado» en el cual se muestra ahora a nuestros ojos, pues «de esta manera está siempre el Señor con sus fieles» (Adm 1,19-22).

La Regla de santa Clara prescribe la comunión siete veces al año, en las fiestas de Navidad, Jueves Santo, Pascua, Pentecostés, Asunción, san Francisco, Todos los Santos (RCl 3). Algunos historiadores creen que este texto es una ley restrictiva. Todo induce a pensar que se trata de definir los días en los cuales se imponía a todas las religiosas la obligación de comulgar, sin excluir una mayor asiduidad; como también el concilio IV de Letrán, cuando obligó a la participación anual de la eucaristía, no quiso excluir el hacerlo más veces.

Hay, por otra parte, más de un testimonio sobre la práctica franciscana de la época. Francisco comulgaba «con frecuencia», tal vez cada semana o incluso cada día, si nos atenemos a su Carta a los clérigos: «¿No nos mueven a piedad todas estas cosas, siendo así que el mismo piadoso Señor se entrega en nuestras manos, y lo tocamos y tomamos diariamente en nuestra boca?» (CtaCle 8). Fray Gil ( 1263), conocido de Clara, comulgaba cada semana y en las principales fiestas. En este clima franciscano de devoción al Cuerpo de Cristo, Clara, enardecida de amor a su Señor y deseosa de permanecer en plena armonía con la primera Orden, debió comprometerse con entusiasmo en este movimiento que arrastraba a la comunión frecuente.

Lejos de obstaculizarla, los Doctores y los Papas eran favorables a la comunión frecuente, diaria incluso. San Buenaventura la recomienda a todos aquellos cuya alma es pura y cuya caridad es ardiente. Alejandro de Hales y santo Tomás comparten esta opinión que es común a los teólogos contemporáneos. En la Regula novitiorum, Buenaventura aconseja a los novicios la comunión semanal. En todos los tiempos las presiones sociológicas tienen un extremo influjo sobre las personas. Y la práctica eucarística era rara en el siglo XIII. Clara pudo ser también parcialmente víctima de tales presiones. Sin embargo, su poderosa personalidad, que no tenía miedo de ninguna iniciativa legítima, no podía dejarse esclavizar en este punto que debió ser muy importante para ella. El mismo Papa Inocencio III, con quien estuvo relacionada Clara (LCl 14), plantea la cuestión de la comunión diaria. Concluye invitando a que cada cual obre según conciencia: «Algunos dicen que hay que comulgar cada día; otros que no. Que cada cual haga lo que, en su piedad, juzgue bueno hacer».

EUCARISTÍA: JESÚS, EL VERDADERO CORDERO INMOLADO


Benedicto XVI, Exhortación «Sacramentum caritatis», nn. 9-11

La misión para la que Jesús vino a nosotros llega a su cumplimiento en el Misterio pascual. Desde lo alto de la cruz, donde atrae todo hacia sí, antes de «entregar el espíritu» dice: «Todo está cumplido» (Jn 19,30). En el misterio de su obediencia hasta la muerte, y una muerte de cruz, se ha cumplido la nueva y eterna alianza. La libertad de Dios y la libertad del hombre se han encontrado definitivamente en su carne crucificada, en un pacto indisoluble y válido para siempre. También el pecado del hombre ha sido expiado una vez por todas por el Hijo de Dios. Como he tenido ya oportunidad de decir: «En su muerte en la cruz se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es el amor en su forma más radical» (Enc. Deus caritas est, 12).

En el Misterio pascual se ha realizado verdaderamente nuestra liberación del mal y de la muerte. En la institución de la Eucaristía, Jesús mismo habló de la «nueva y eterna alianza», estipulada en su sangre derramada. Esta meta última de su misión era ya bastante evidente al comienzo de su vida pública. En efecto, cuando a orillas del Jordán Juan Bautista ve venir a Jesús, exclama: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,19). Es significativo que la misma expresión se repita cada vez que celebramos la santa Misa, con la invitación del sacerdote para acercarse a comulgar: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor». Jesús es el verdadero cordero pascual que se ha ofrecido espontáneamente a sí mismo en sacrificio por nosotros, realizando así la nueva y eterna alianza. La Eucaristía contiene en sí esta novedad radical, que se nos propone de nuevo en cada celebración.

De este modo llegamos a reflexionar sobre la institución de la Eucaristía en la última Cena. Sucedió en el contexto de una cena ritual con la que se conmemoraba el acontecimiento fundamental del pueblo de Israel: la liberación de la esclavitud de Egipto. Esta cena ritual, relacionada con la inmolación de los corderos, era conmemoración del pasado, pero, al mismo tiempo, también memoria profética, es decir, anuncio de una liberación futura. En efecto, el pueblo había experimentado que aquella liberación no había sido definitiva, puesto que su historia estaba todavía demasiado marcada por la esclavitud y el pecado. El memorial de la antigua liberación se abría así a la súplica y a la esperanza de una salvación más profunda, radical, universal y definitiva. Éste es el contexto en el cual Jesús introduce la novedad de su don. En la oración de alabanza, la Berakah, da gracias al Padre no sólo por los grandes acontecimientos de la historia pasada, sino también por la propia «exaltación».

Al instituir el sacramento de la Eucaristía, Jesús anticipa e implica el Sacrificio de la cruz y la victoria de la resurrección. Al mismo tiempo, se revela como el verdadero cordero inmolado, previsto en el designio del Padre desde la creación del mundo, como se lee en la primera Carta de San Pedro (cf. 1,18-20). Situando en este contexto su don, Jesús manifiesta el sentido salvador de su muerte y resurrección, misterio que se convierte en el factor renovador de la historia y de todo el cosmos. En efecto, la institución de la Eucaristía muestra cómo aquella muerte, de por sí violenta y absurda, se ha transformado en Jesús en un supremo acto de amor y de liberación definitiva del mal para la humanidad.

De este modo Jesús inserta su novum [nuevo] radical dentro de la antigua cena sacrificial judía. Para nosotros los cristianos, ya no es necesario repetir aquella cena. Como dicen con precisión los Padres, figura transit in veritatem: lo que anunciaba realidades futuras, ahora ha dado paso a la verdad misma. El antiguo rito ya se ha cumplido y ha sido superado definitivamente por el don de amor del Hijo de Dios encarnado. El alimento de la verdad, Cristo inmolado por nosotros, dat... figuris terminum. Con el mandato «Haced esto en conmemoración mía», nos pide corresponder a su don y representarlo sacramentalmente. Por tanto, el Señor expresa con estas palabras, por decirlo así, la esperanza de que su Iglesia, nacida de su sacrificio, acoja este don, desarrollando bajo la guía del Espíritu Santo la forma litúrgica del Sacramento.

En efecto, el memorial de su total entrega no consiste en la simple repetición de la última Cena, sino propiamente en la Eucaristía, es decir, en la novedad radical del culto cristiano. Jesús nos ha encomendado así la tarea de participar en su «hora». «La Eucaristía nos adentra en el acto oblativo de Jesús. No recibimos solamente de modo pasivo el Logos encarnado, sino que nos implicamos en la dinámica de su entrega» (Enc. Deus caritas est, 13). Él «nos atrae hacia sí». La conversión sustancial del pan y del vino en su cuerpo y en su sangre introduce en la creación el principio de un cambio radical, como una forma de «fisión nuclear», por usar una imagen bien conocida hoy por nosotros, que se produce en lo más íntimo del ser; un cambio destinado a suscitar un proceso de transformación de la realidad, cuyo término último será la transfiguración del mundo entero, el momento en que Dios será todo para todos.


Pensamiento bíblico:

Dijo san Pablo a los Corintios: -Quien coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma así el pan y beba de la copa. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo (1 Cor 11,27-29).

Pensamiento franciscano:

Dice san Francisco: -Ved que diariamente se humilla el Hijo de Dios, como cuando desde el trono real vino al seno de la Virgen; diariamente viene a nosotros él mismo apareciendo humilde; diariamente desciende del seno del Padre sobre el altar en las manos del sacerdote. Y como se mostró a los santos apóstoles en carne verdadera, así también ahora se nos muestra a nosotros en el pan sagrado (Adm 1,16-19).

miércoles, 13 de enero de 2016

domingo, 10 de enero de 2016

SANTORAL DEL DIA

SAN GREGORIO DE NISA.

Es uno de los Padres más importantes de la Iglesia de Oriente. Hermano de san Basilio Magno, nació en Cesarea de Capadocia (hoy Turquía) hacia el año 335. De joven se dedicó al estudio de la filosofía y la retórica, y luego a su enseñanza. Contrajo matrimonio, y más tarde abrazó la vida monástica junto a su hermano y a san Gregorio Nacianceno. Cuando Basilio fue elegido arzobispo de Cesarea, puso a su hermano Gregorio el año 371 como obispo de Nisa. La oposición y acusaciones de los arrianos lo tuvieron desterrado dos años. Su elocuencia y sus conocimientos teológicos le permitieron trabajar en la erradicación de las herejías y en la pacificación y unidad de la Iglesia, campos en los que prestó una valiosa ayuda a las autoridades imperiales católicas. Participó de forma muy notable en el Concilio de Constantinopla de 381. Dejó escritas muchas e importantes obras de teología y espiritualidad. Murió en Nisa el año 395.





Santoral del día.




SAN PABLO,

primer ermitaño. Tenemos muy pocas noticias seguras de su vida, que se desarrolló entre los siglos III y IV. San Jerónimo escribió su vida. Nació hacia el año 228 en la Baja Tebaida (Egipto), de familia cristiana y acomodada. Pronto quedó huérfano de padre y madre, y heredó una gran fortuna. Cuando arreció la persecución de Decio, que obligaba a rendir culto a los dioses del imperio bajo pena de muerte, Pablo prefirió retirarse al desierto, donde pasó, en solitario, el resto de sus días llevando una vida de austeridad y penitencia, dedicado por completo a la contemplación de las cosas divinas. San Antonio Abad lo visitó en una ocasión. Murió más que centenario. La leyenda y el arte han adornado su vida con episodios extraordinarios.

EFUSIÓN DEL ESPÍRITU SANTO SOBRE TODA CARNE


Del comentario de san Cirilo de Alejandría
sobre el evangelio de san Juan

Cuando el Creador del universo decidió restaurar todas las cosas en Cristo, dentro del más maravilloso orden, y devolver a su anterior estado la naturaleza del hombre, prometió que, al mismo tiempo que los restantes bienes, le otorgaría también ampliamente el Espíritu Santo, ya que de otro modo no podría verse reintegrado a la pacífica y estable posesión de aquellos bienes.

Determinó, por tanto, el tiempo en que el Espíritu Santo habría de descender hasta nosotros, a saber, el del advenimiento de Cristo, y lo prometió al decir: En aquellos días -se refiere a los del Salvador- derramaré mi Espíritu sobre toda carne.

Y cuando el tiempo de tan gran munificencia y libertad produjo para todos al Unigénito encarnado en el mundo, como hombre nacido de mujer -de acuerdo con la divina Escritura-, Dios Padre otorgó a su vez el Espíritu, y Cristo, como primicia de la naturaleza renovada, fue el primero que lo recibió. Y esto fue lo que atestiguó Juan Bautista cuando dijo: He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo y se posó sobre él.

Decimos que Cristo, por su parte, recibió el Espíritu, en cuanto se había hecho hombre, y en cuanto convenía que el hombre lo recibiera; y, aunque es el Hijo de Dios Padre, engendrado de su misma substancia, incluso antes de la encarnación -más aún, antes de todos los siglos-, no se da por ofendido de que el Padre le diga, después que se hizo hombre: Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy.

Dice haber engendrado hoy a quien era Dios, engendrado de él mismo desde antes de los siglos, a fin de recibirnos por su medio como hijos adoptivos; pues en Cristo, en cuanto hombre, se encuentra significada toda la naturaleza: y así también el Padre, que posee su propio Espíritu, se dice que se lo otorga a su Hijo, para que nosotros nos beneficiemos del Espíritu en él. Por esta causa perteneció a la descendencia de Abrahán, como está escrito, y se asemejó en todo a sus hermanos.

De manera que el Hijo unigénito recibe el Espíritu Santo no para sí mismo -pues es suyo, habita en él, y por su medio se comunica, como ya dijimos antes-, sino para instaurar y restituir a su integridad a la naturaleza entera, ya que, al haberse hecho hombre, la poseía en su totalidad. Puede, por tanto, entenderse -si es que queremos usar nuestra recta razón, así como los testimonios de la Escritura- que Cristo no recibió el Espíritu para sí, sino más bien para nosotros en sí mismo: pues por su medio nos vienen todos los bienes.

martes, 5 de enero de 2016

FRANCISCO Y CLARA DE ASÍS CONTEMPLAN EL MISTERIO DE MARÍA


por Michel Hubaut, o.f.m.

La contemplación del misterio de la madre de Dios enriqueció constantemente la vida evangélica y la oración de Francisco y de Clara. María es la inspiradora de su vida. ¿No fue ella la primera en dejarse transformar por la imprevisible irrupción del Espíritu de Dios en su vida? ¿No fue acaso ella la primera en conocer las alegrías y las angustias, las certezas e interrogantes de todo buscador de Dios? ¿No tuvo que caminar también María en el claroscuro de la fe?: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» (Lc 1,13); «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando» (Lc 2,39). ¿No tuvo que caminar, también ella, en la noche de la duda y de las pruebas hasta llegar al alba de Pascua? De la anunciación a su asunción gloriosa, pasando por el Calvario, María es ya toda la aventura de la Iglesia y de cada uno de los creyentes. Con asombrosa y precoz intuición teológica, Francisco escribe: «¡Salve, Señora, santa Reina, santa Madre de Dios, María, que eres virgen hecha Iglesia!» (SalVM 1). Esta intuición será ampliamente desarrollada en el concilio Vaticano II (LG VIII).

María, ejemplo perfecto de todas las virtudes evangélicas, es la primera criatura humana que acoge con fe y con amor incondicional el don de la salvación y los bienes del reino. De ahí que, habiendo recibido en plenitud todas las «santas virtudes, que, por la gracia e iluminación del Espíritu Santo, son infundidas en los corazones de los fieles, para hacerlos, de infieles, fieles a Dios» (SalVM 6), María será para Francisco y para Clara el faro luminoso de su vida cristiana. María, espejo purísimo de las exigencias del Evangelio de Cristo, nos arrastra a seguir sus huellas.

Ella ilumina los dos grandes polos de la misión de la Iglesia y de cada uno de nosotros. El primero de ellos consiste en acoger a Cristo y los tesoros de su reino. El segundo es el deber de dar a luz a Cristo en el corazón de los hombres mediante la radiación de nuestra vida. Francisco y Clara comparan con frecuencia, con gran realismo, la misión del cristiano y la maternidad de María. Invitan a sus hermanos y hermanas a vivir espiritualmente lo que la Virgen vivió en su carne.

Escribe Clara a Inés de Praga: «La gloriosa Virgen de las vírgenes lo llevó materialmente: tú, siguiendo sus huellas, principalmente las de la humildad y la pobreza, puedes llevarlo espiritualmente siempre, fuera de toda duda, en tu cuerpo casto y virginal» (3CtaCl 24-25; cf. 1CtaCl 12-14 y 19-24).

Por su parte, Francisco no duda en afirmar: Somos «madres, cuando lo llevamos en el corazón y en nuestro cuerpo por el amor y por una conciencia pura y sincera; lo damos a luz por las obras santas, que deben ser luz para ejemplo de otros» (2CtaF 53).

Según Francisco y Clara, toda vida cristiana, abierta y fiel a la fuerza del Espíritu, es teofanía de Dios, portadora de vida. El mismo san Pablo empleó este lenguaje refiriéndose a su apostolado entre sus hermanos: «Yo... os engendré en Cristo Jesús» (1 Cor 4,15).

Si Clara se declara con frecuencia esclava de Cristo, no teme llamarse también madre, en el Espíritu, de sus hermanas: «Os bendigo en mi vida y después de mi muerte, en cuanto puedo y más aún de lo que puedo, con todas las bendiciones... con las que el padre y la madre espirituales bendijeron y bendecirán a sus hijos e hijas espirituales» (BendCl).

Y uno de los biógrafos de Francisco escribe refiriéndose a éste: «Alza en todo momento las manos al cielo por los verdaderos israelitas, y, aun olvidándose de sí, busca, antes que todo, la salvación de los hermanos..., compadece con amor a la pequeña grey atraída en pos de él... Le parecía desmerecer la gloria para sí si no hacía gloriosos a una con él a los que se le habían confiado, a quienes su espíritu engendraba más trabajosamente que las entrañas de la madre cuando los había dado a luz» (2 Cel 174).

Así, contemplando la virginidad y la maternidad de María, Francisco y Clara comprendieron mejor la misteriosa y secreta fecundidad de la paternidad y de la maternidad espiritual. Su celibato consagrado no es esterilidad. La multitud de hermanos y hermanas que ellos han engendrado desde hace siete siglos manifiesta que la fecundidad de una vida supera la simple procreación carnal. A sus ojos, la maternidad de María rebasa ampliamente el misterio de la Natividad. Ella es la figura viviente de la Iglesia, esclava y pobre, que da a Jesús al mundo y, luego, se eclipsa. Junto a la Virgen descubrieron los fundamentos de toda vida misionera y contemplativa: el amor, la fe, la adoración y la pobreza (cf. 2 Cel 164). Como la Virgen madre, vivir para dar a Cristo al mundo: ¡He aquí toda la piedad mariana de Francisco y de Clara!



EPIFANÍA DEL SEÑOR Benedicto XVI, Ángelus del 6-I-08



Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos con alegría la Epifanía del Señor, es decir, su manifestación a los pueblos del mundo entero, representados por los Magos que llegaron de Oriente para adorar al Rey de los judíos. Estos misteriosos personajes, observando los fenómenos celestes, vieron aparecer una nueva estrella e, instruidos también por las antiguas profecías, reconocieron en ella la señal del nacimiento del Mesías, descendiente de David (cf. Mt 2,1-12).

Por consiguiente, desde su primera aparición, la luz de Cristo comienza a atraer hacia sí a los hombres «que ama el Señor» (Lc 2,14), de toda lengua, pueblo y cultura. Es la fuerza del Espíritu Santo que mueve los corazones y las inteligencias que buscan la verdad, la belleza, la justicia y la paz. Es lo que afirma el siervo de Dios Juan Pablo II en la encíclica Fides et ratio: «El hombre se encuentra en un camino de búsqueda, humanamente interminable: búsqueda de verdad y búsqueda de una persona de quien fiarse» (n. 33): los Magos encontraron ambas realidades en el Niño de Belén.

Los hombres y las mujeres de toda generación, en su peregrinación, necesitan orientarse: entonces, ¿qué estrella podemos seguir? La estrella que había guiado a los Magos, después de detenerse «encima del lugar donde se encontraba el niño» (Mt 2,9), terminó su función, pero su luz espiritual está siempre presente en la palabra del Evangelio, que también hoy puede guiar a todo hombre a Jesús.

La Iglesia hace resonar con autoridad esa palabra, que no es más que el reflejo de Cristo, verdadero hombre y verdadero Dios, para toda alma bien dispuesta. También la Iglesia, por tanto, desempeña en favor de la humanidad la misión de la estrella. Asimismo, algo semejante se puede decir de todo cristiano, llamado a iluminar, con la palabra y el testimonio de su vida, los pasos de los hermanos.

Por eso, ¡cuán importante es que los cristianos seamos fieles a nuestra vocación! Todo auténtico creyente está siempre en camino en su itinerario personal de fe y, al mismo tiempo, con la pequeña luz que lleva dentro de sí, puede y debe ayudar a quien se encuentra a su lado y tal vez no logra encontrar el camino que conduce a Cristo.

ADONAI REFLEXIONES ," EL AMOR DE JESÚS"