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lunes, 2 de noviembre de 2015

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CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS



La Iglesia, después de celebrar ayer la fiesta de todos sus hijos bienaventurados ya en el cielo, se interesa hoy ante el Señor en favor de las almas de todos cuantos nos precedieron en el signo de la fe y duermen en la esperanza de la resurrección, para que, purificados de toda mancha de pecado, puedan gozar de la felicidad eterna. Celebramos, pues, la victoria de Cristo, y de nosotros con Él, sobre la muerte. Y hacemos memoria de cuantos, habiendo compartido ya la muerte de Jesucristo, están llamados a compartir también con Él la gloria de la resurrección. El primer prefacio de difuntos nos enseña que «en Cristo brilla la esperanza de nuestra feliz resurrección; y así, aunque la certeza de morir nos entristece, nos consuela la promesa de la futura inmortalidad; porque la vida de los que creemos en el Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo». Mientras nosotros pedimos por los difuntos, ellos interceden por nosotros.-


Oración: Escucha, Señor, nuestras súplicas para que, al confesar la resurrección de Jesucristo, tu Hijo, se afiance también nuestra esperanza de que todos tus hijos resucitarán. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.- O bien: Oh Dios, gloria de los fieles y vida de los justos, nosotros los redimidos por la muerte y resurrección de tu Hijo, te pedimos que acojas con bondad a tus siervos difuntos, y pues creyeron en la resurrección futura, merezcan alcanzar los gozos de la eterna bienaventuranza. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.-

O bien: Oh Dios, que resucitaste a tu Hijo para que, venciendo la muerte, entrara en tu reino, concede a tus siervos difuntos que, superada su condición mortal, puedan contemplarte para siempre como su Creador y Salvador. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS DIFUNTOS DE LA ORDEN FRANCISCANA.




A semejanza de la Iglesia universal, que celebra a todos los santos el 1 de noviembre y conmemora a todos los difuntos el 2 del mismo mes, la gran Familia franciscana festeja a todos sus santos el 29 de noviembre y antes recuerda a todos sus difuntos el día en que, después del 2 de noviembre, no lo impida otra celebración. San Francisco y santa Clara mandan en su correspondientes Reglas a sus hermanos y hermanas que oren por los difuntos. Este mandato, que es de aplicación constante, adquiere en esta fecha una dimensión litúrgica y universal: es el recuerdo orante de todos cuantos han seguido a Francisco y a Clara en cualquiera de sus ramas y formas.-


Oración: Oh Dios, gloria de los fieles y vida de los justos; nosotros, los redimidos por la muerte y resurrección de tu Hijo, te pedimos que acojas con bondad a nuestros hermanos franciscanos y a nuestros parientes y bienhechores difuntos, y, pues creyeron en la futura resurrección, merezcan alcanzar los gozos de la eterna bienaventuranza. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

LA MUERTE COMO ENCUENTRO CON EL PADRE


De la catequesis de S. S. el beato Juan Pablo II
en la audiencia general del miércoles 2 de junio de 1999

1. Después de haber reflexionado sobre el destino común de la humanidad, tal como se realizará al final de los tiempos, hoy queremos dirigir nuestra atención a otro tema que nos atañe de cerca: el significado de la muerte. Actualmente resulta difícil hablar de la muerte porque la sociedad del bienestar tiende a apartar de sí esta realidad, cuyo solo pensamiento le produce angustia. Pero sobre esta realidad la palabra de Dios, aunque de modo progresivo, nos brinda una luz que esclarece y consuela.

En el Antiguo Testamento las primeras indicaciones nos las ofrece la experiencia común de los mortales, todavía no iluminada por la esperanza de una vida feliz después de la muerte. Por lo general se pensaba que la existencia humana concluía en el «sheol», lugar de sombras, incompatible con la vida en plenitud.

2. En esta visión dramática de la muerte se va abriendo camino lentamente la revelación de Dios, y la reflexión humana descubre un nuevo horizonte, que recibirá plena luz en el Nuevo Testamento.

Se comprende, ante todo, que, si la muerte es el enemigo inexorable del hombre, que trata de dominarlo y someterlo a su poder, Dios no puede haberla creado, pues no puede recrearse en la destrucción de los hombres. El proyecto originario de Dios era diverso, pero quedó alterado a causa del pecado cometido por el hombre bajo el influjo del demonio, como explica el libro de la Sabiduría: «Dios creó al hombre para la incorruptibilidad; le hizo imagen de su misma naturaleza; mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen» (Sab 2,23-24). Esta concepción se refleja en las palabras de Jesús y en ella se funda la enseñanza de san Pablo sobre la redención de Cristo, nuevo Adán. Con su muerte y resurrección, Jesús venció el pecado y la muerte, que es su consecuencia.

3. A la luz de lo que Jesús realizó, se comprende la actitud de Dios Padre frente a la vida y la muerte de sus criaturas. Ya el salmista había intuido que Dios no puede abandonar a sus siervos fieles en el sepulcro, ni dejar que su santo experimente la corrupción. Isaías anuncia un futuro en el que Dios eliminará la muerte para siempre, enjugando «las lágrimas de todos los rostros» y resucitando a los muertos para una vida nueva. Así, en vez de la muerte como realidad que acaba con todos los seres vivos, se impone la imagen de la tierra que, como madre, se dispone al parto de un nuevo ser vivo y da a luz al justo destinado a vivir en Dios. Por esto, «aunque los justos, a juicio de los hombres, sufran castigos, su esperanza está llena de inmortalidad» (Sab 3,4).

La esperanza de la resurrección es afirmada magníficamente en el segundo libro de los Macabeos, cap. 7, por siete hermanos y su madre en el momento de sufrir el martirio. Uno de ellos declara: «Del cielo recibí la lengua y las manos y por sus leyes los desprecio; espero recobrarlas del mismo Dios». Otro, «cuando estaba a punto de morir, dijo: "Vale la pena morir a manos de hombres, cuando se tiene la esperanza de que Dios mismo nos resucitará"». Heroicamente su madre los anima a afrontar la muerte con esta esperanza.

4. Ya en la perspectiva del Antiguo Testamento los profetas exhortaban a esperar «el día del Señor» con rectitud, pues de lo contrario sería «tinieblas y no luz». En la revelación plena del Nuevo Testamento se subraya que todos serán sometidos a juicio. Pero ante ese juicio los justos no deberán temer, dado que, en cuanto elegidos, están destinados a recibir la herencia prometida; serán colocados a la diestra de Cristo, que los llamará «benditos de mi Padre» (Mt 25,34).

La muerte que el creyente experimenta como miembro del Cuerpo místico abre el camino hacia el Padre, que nos demostró su amor en la muerte de Cristo, «víctima de propiciación por nuestros pecados». Como reafirma el Catecismo de la Iglesia católica, la muerte, «para los que mueren en la gracia de Cristo, es una participación en la muerte del Señor, para poder participar también en su resurrección» (n. 1006).

Jesús «nos ama y nos ha lavado de nuestros pecados con su sangre, y ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes para su Dios y Padre» (Ap 1,5-6). Ciertamente es preciso pasar por la muerte, pero ya con la certeza de que nos encontraremos con el Padre cuando «este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y este ser mortal se revista de inmortalidad» (1 Cor 15,54). Entonces se verá claramente que «la muerte ha sido absorbida en la victoria» y se la podrá afrontar con una actitud de desafío, sin miedo: «¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?» (1 Cor 15,54-55).

Precisamente por esta visión cristiana de la muerte, san Francisco de Asís pudo exclamar en el Cántico de las criaturas: «Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal». Frente a esta consoladora perspectiva, se comprende la bienaventuranza anunciada en el libro del Apocalipsis, casi como coronación de las bienaventuranzas evangélicas: «Bienaventurados los que mueren en el Señor. Sí dice el Espíritu, descansarán de sus fatigas, porque sus obras los acompañan» (Ap 14,13).

EL PADRENUESTRO, ARQUETIPO DE LA ORACIÓN DEL CRISTIANO (I)


(San Francisco: Paráfrasis del Padrenuestro)
por Lázaro Iriarte, OFMCap

Cuando Jesús se retiraba a orar, se alejaba de sus discípulos; en ciertas ocasiones llevaba consigo a los tres confidentes Pedro, Santiago y Juan; pero aun éstos quedaban a cierta distancia; y esperaban a que regresara. El Maestro no tuvo prisa por introducirlos en la práctica de la oración personal. Ciertamente acudía con ellos a la sinagoga cada sábado para el recitado de los salmos y la lectura de los libros sagrados; santificaba con el rezo la comida y demás momentos de la jornada, como lo hacía todo buen israelita. Les había hecho comprender el valor de la oración secreta, a puerta cerrada, bajo la sola mirada del Padre del cielo, muy preferible a la recitación mecánica de multitud de fórmulas exteriores (Mt 6,5-8).

Había de venir de ellos el deseo de orar, como una maduración de las enseñanzas recibidas de él. Por fin un día en que, como tantas veces, volvía de la oración, uno de ellos se aventuró a decirle: Señor, enséñanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos (Lc 11,1-3). Ese momento esperaba Jesús. Pedagogía digna de tenerse en cuenta: de poco sirve iniciar en la oración a quien no siente hambre de orar. Fue entonces cuando, según Lucas, Jesús enseñó a los apóstoles el Padrenuestro, que Mateo coloca en el contexto del sermón de la montaña. En efecto, la intención del Maestro no fue proporcionarles una fórmula ideal para recitarla, sino más bien facilitarles el paradigma esencial del diálogo filial con el Padre.

Puede ser muy útil una meditación pausada, parte por parte, de ésta que viene llamada «la oración del Señor»; es ella la que une a todos los cristianos. Nos servirá de guía el seráfico Padre que, con los primeros hermanos que le dio el Señor, hizo del Padrenuestro la expresión permanente de su piedad: «Movidos por el fuego del Espíritu Santo, rezaban cantando el Padrenuestro, adaptándole una melodía espiritual, no sólo en los tiempos prescritos (de las horas canónicas), sino a cualquier hora» (1 Cel 47). Pero Francisco nutría su contemplación con cada una de las peticiones; fruto de esa luz infusa es la profunda paráfrasis que ha llegado hasta nosotros.

Padre nuestro que estás en el cielo. La primera palabra es la más importante: Padre nuestro. Jesús, como primogénito de la multitud de hermanos (Rom 8,29), se une a nosotros en comunión de amor al Padre. Comprendemos la emoción del joven Francisco cuando, viéndose repudiado por su padre terreno, exclamó: «De ahora en adelante podré decir a boca llena: ¡Padre nuestro que estás en el cielo!» (2 Cel 12).

En el cielo. El alma del Poverello se llena de suavidad trasladándose con el deseo a esa morada celestial, llena del resplandor de la gloria de Dios, de la cual todos estamos llamados a ser ciudadanos:

«Que estás en el cielo: en los ángeles y en los santos; iluminándolos para el conocimiento, porque tú, Señor, eres luz; inflamándolos para el amor, porque tú, Señor, eres amor; habitando en ellos y colmándolos para la bienaventuranza, porque tú, Señor, eres sumo bien, eterno bien, del cual viene todo bien, sin el cual no hay ningún bien» (ParPN 2).

Siguen las peticiones distribuidas en dos planos, uno que tiene por mira la gloria de Dios y su plan salvífico, otro que se proyecta sobre la tarea del existir humano aquí abajo.

Una oración bien ordenada no pone en primer plano nuestra persona, nuestros afanes, nuestras necesidades, nuestros temores..., sino que piensa ante todo en Dios y sus intereses. Pero, sabiendo que nos ama como Padre y tiene sus ojos fijos en nuestra situación, es muy justo que, en un segundo tiempo, se la expongamos con confianza.

Santificado sea tu nombre. El nombre de Dios, en la Biblia, es un término que encierra todo cuanto es para los hombres el ser de Dios. Y pedimos que él sea conocido, celebrado, respetado, bendecido... El Hijo de Dios se hizo hombre, ante todo, para glorificar al Padre. Pudo decir al final de su vida: Yo te he glorificado sobre la tierra... He dado a conocer tu nombre a los hombres que tú me has dado... (Jn 17,5s).

La misión fundamental que Francisco asigna a sus hermanos es la de ir por el mundo como testigos y pregoneros del nombre de Dios (CtaO 8s). En su paráfrasis refleja su propia experiencia contemplativa de ese conocimiento del misterio de Dios en todas sus dimensiones, evocando un profundo texto de san Pablo (Ef 3,18):

«Clarificada sea en nosotros tu noticia, para que conozcamos cuál es la anchura de tus beneficios, la largura de tus promesas, la sublimidad de tu majestad y la profundidad de tus juicios» (ParPN 3).