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domingo, 20 de septiembre de 2015

«LOS SIERVOS DE DIOS HONREN A LOS CLÉRIGOS» (III) por Kajetan Esser, OFM



Veneremos a los sacerdotes por su ministerio

Pues cuanto más grande es el ministerio
que los sacerdotes tienen del santísimo cuerpo
y sangre de nuestro Señor Jesucristo,
que ellos reciben y ellos solos administran a otros,
tanto más pecado tienen los que pecan contra ellos
que los que lo hacen contra todos los otros hombres de este mundo.

Una vez más, Francisco expresa su más profunda preocupación. Una vez más advierte a sus seguidores que no deben juzgar a aquellos sobre quienes el Señor en persona se ha reservado todo juicio. Una vez más queda bien claro que la sublimidad y dignidad del sacerdote se basa sobre su ministerio, especialmente sobre la potestad de celebrar la eucaristía y administrar a los hombres el cuerpo y la sangre de Cristo: «Y lo hago por este motivo: porque en este siglo nada veo corporalmente del mismo altísimo Hijo de Dios sino su santísimo cuerpo y santísima sangre, que ellos reciben y solos ellos administran a otros» (Test 10). El ministerio eucarístico que el sacerdote debe desempeñar en la Iglesia es algo que lo eleva por encima de todo; gracias a él, el sacerdote puede hacer lo mismo que hizo Cristo; en este ministerio, el sacerdote está tan identificado con Cristo que su palabra se vuelve palabra de Cristo y él mismo se hace uno con Él. Por eso mira Francisco en el sacerdote al Hijo de Dios.

Por esta dignidad recibida con miras a su ministerio, Francisco considera que cuando alguien se arroga el derecho de juzgar a los sacerdotes, cae en la máxima arrogancia: dado que los sacerdotes están tan íntimamente unidos a Cristo que hacen sus veces y pueden realizar su misión en la Iglesia, quienes pecan contra ellos cometen un pecado mayor que si lo cometieran contra todos los otros hombres de este mundo.

Es evidente que Francisco dirigió su Admonición 26 a los hombres de su tiempo. En aquella época había quienes sostenían que lo decisivo no es la ordenación sacerdotal, sino la vida virtuosa del individuo. Por tanto, si no había ningún sacerdote virtuoso, el ministerio sacerdotal podía ejercerlo un laico de vida santa. Según esta mentalidad, la sucesión apostólica no depende del sacramento del orden, sino de la vida apostólica de los individuos. Los sacramentos administrados por un sacerdote válidamente ordenado pero que vive en pecado, son inválidos. Frente a esta manera de pensar, Francisco dice claramente: «y ellos solos administran a otros» (Adm 26,3); «y solos ellos administran a otros» (Test 10); «y sólo ellos deben administrarlos y no otros» (2CtaF 35). La dignidad del sacerdote se basa sobre su ordenación y ministerio. Este contexto subraya la importancia que esta «palabra de amonestación» tiene también para nuestro tiempo.

[Cf. Texto completo en http://www.franciscanos.org/iglesia/esserk2.html]

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