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domingo, 20 de septiembre de 2015

DE POCO VALE LA FRAGANCIA DE LA FLOR, SI NO VA ACOMPAÑADA DE LA CARIDAD


San Buenaventura, "Vitis mystica", cap. 32

La caridad, que nunca puede estar ociosa, se manifiesta siempre por las obras, como afirma san Gregorio: «La prueba del amor está en sus frutos». Y san Juan, el discípulo predilecto de Jesús, dice: Si alguno que posee bienes de la tierra ve a su hermano padecer necesidad y le cierra el corazón, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios? El que no ama a su hermano, a quien ve, ¿cómo puede amar a Dios, a quien no ve?

La misma Verdad, el buen Jesús, se cuidó de expresar con claridad las obras de misericordia, que demuestran el amor al prójimo, y que servirán, al final de los tiempos, de salvación o de reprobación, al decir: Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo y en la cárcel, y vinisteis a verme. Pues cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis. Éstas son las obras de misericordia, que tienen su raíz en la caridad. Es bueno, pues, pararse despacio a considerar cuál sea la dignidad de estas obras de caridad, que adquieren, en el juicio final, la categoría máxima de la salvación. Incluso de nada valdrá entonces la fragancia de la flor, es decir, la integridad de la virginidad, si a ésta le falta el aroma de las obras de caridad.

Examine cada uno su conciencia y vea si tiene esta disposición de mente. Cuando te encuentras con un pobre, con un enfermo, con un forastero, y pasas delante de ellos sin que te muevas a compasión, ni ruegas por sus necesidades, ni te unes a sus lamentos, ¿crees que estás lleno de compasión? Si no eres capaz de compartir tus bienes con el necesitado, tampoco sabes lo que es padecer privaciones. Recuerda que Cristo está presente en el pobre porque es miembro suyo, y, cuando te pide socorro, ayúdale, porque es él mismo quien te lo suplica; además el pobre es tu hermano. No cierres tus sentimientos a la verdadera compasión, que por la amplitud de ésta conocerás cuál es la medida de tu amor a Dios.

Mayor compasión merecen los que se apartaron de la fe o del recto proceder, o los que se sumergieron voluntaria o involuntariamente en el pecado; éstos precisan más del pan celestial de los ángeles, el dulce Jesús; dádselo con ardientes súplicas, con gemidos, con los ardores de vuestra caridad. Igualmente, quienes recibieron del Espíritu el don de la ciencia y de la sabiduría les deben dispensar el alimento de la palabra de Dios, que se contiene en los libros sagrados, para que, junto con su ferviente oración elevada al Señor, se digne abrirles los ojos del entendimiento, le conozcan y le saboreen, degustando la suavidad y dulzura del buen Dios, y se les abran de nuevo los ojos en la fracción del pan, es decir, al proporcionarles el recto conocimiento de esa palabra divina, que se desprende de la sabia interpretación de las sagradas Escrituras.

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