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martes, 2 de junio de 2015

«TENER EL ESPÍRITU DEL SEÑOR» (I)


por Ignace-Étienne Motte, ofm

La vida evangélica exige una transformación radical, un «cambio de espíritu»:
-Liberarse del espíritu terreno, que propulsa al hombre por los falsos caminos del tener, del parecer y del poder.
-Acoger al Espíritu del Señor, que compromete al hombre a caminar por la senda de la pobreza y la minoridad, y desemboca en la acción de gracias, el servicio y la misericordia.
Se trata de un «nuevo nacimiento», fruto de la Pascua de Jesús, mediante el cual el hombre es introducido en el mundo de Dios-Trinidad: un mundo de comunión, participación, amor gratuito, misericordia.

«Aplíquense los hermanos a lo que por encima de todo deben anhelar: tener el Espíritu del Señor y su santa operación» (2 R 10,8). He aquí el objetivo supremo de la vida evangélica según san Francisco: dejar todo el espacio de uno mismo a la libre disposición del Espíritu Santo, de modo que Éste se convierta de verdad en la fuente viva de donde broten las relaciones, pensamientos, opciones, acciones..., en una palabra, toda la existencia del ser, del cual se ha adueñado.

Francisco y sus hermanos saben que el «seguimiento de Cristo» al que están llamados no se limita a una copia externa y tosca del modelo, sino que tiende a una comunión lo más profunda posible, que haga en cierto modo coincidir la persona del discípulo con Jesús, conformándola gradualmente desde dentro a su «prototipo», a su Cabeza (cf. Col 1,18). «A fin de que, interiormente purgados, iluminados interiormente y encendidos por el fuego del Espíritu Santo, podamos seguir las huellas de tu amado Hijo...» (CtaO 51). En el pensamiento de Francisco las expresiones «seguir las huellas de Cristo» y «tener el Espíritu del Señor» parecen íntimamente unidas.

CAMBIAR DE ESPÍRITU

Para que esta «invasión» del Espíritu sea posible, hay que dejar el espacio libre, es decir, hay que desprender al hombre pecador del espíritu terreno que lo propulsa por caminos distintos a los del Evangelio:

«Amonesto y exhorto en el Señor Jesucristo a que se guarden los hermanos de toda soberbia, vanagloria, envidia, avaricia, preocupación y solicitud de este mundo, difamación y murmuración, y no se preocupen de hacer estudios los que no los hayan hecho. Aplíquense, en cambio, a lo que por encima de todo deben anhelar: tener el Espíritu del Señor y su santa operación» (2 R 10,7-8).

En pleno centro de la vida espiritual hay una transformación radical: pasar del espíritu terreno al Espíritu del Señor, cambiar de espíritu. Sin tal vez saberlo, Francisco repite como un eco la misma palabra del Evangelio «meta-noïete» en griego, que según Marcos es la primera llamada de la predicación de Jesús: «Convertíos y creed la Buena Noticia» (Mc 1,15).

Este «cambio de espíritu» constituye un tema capital del mensaje de Francisco. Lo encontramos desarrollado expresamente en algunos de los principales pasajes de sus escritos: la primera Regla: 1 R 17,5-16 (resumido en 2 R 10,7-12, que hemos citado parcialmente antes), 1 R 22; y la Carta a los Fieles: 2CtaF 45-60. Tengamos en cuenta que estos tres fragmentos se presentan como cumbres del pensamiento de Francisco: 1 R 17 es la conclusión de la Regla en una de las etapas de su redacción; 1 R 22 es el testamento de Francisco cuando marcha a Tierra Santa; 2CtaF 45-60 describe el punto final de la plenitud de la Eucaristía en la vida del cristiano. Como prueba de ello, estos tres importantes textos desembocan en otras tantas solemnes doxologías, oraciones a la Gloria de Dios: 1 R 17,17-19; 1 R 23; 2CtaF 61-62.

LA SANTÍSIMA TRINIDAD




Benedicto XVI, Ángelus del 11 de junio de 2006

Queridos hermanos y hermanas:

Gracias al Espíritu Santo, que ayuda a comprender las palabras de Jesús y guía a la verdad completa (cf. Jn 14,26; 16,13), los creyentes pueden conocer, por decirlo así, la intimidad de Dios mismo, descubriendo que él no es soledad infinita, sino comunión de luz y de amor, vida dada y recibida en un diálogo eterno entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo, como dice san Agustín, Amante, Amado y Amor.
En este mundo nadie puede ver a Dios, pero él mismo se dio a conocer de modo que, con el apóstol san Juan, podemos afirmar: «Dios es amor» (1 Jn 4,8.16), «hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él» (cf. 1 Jn 4,16). Quien se encuentra con Cristo y entra en una relación de amistad con él, acoge en su alma la misma comunión trinitaria, según la promesa de Jesús a los discípulos: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Jn 14,23).
Todo el universo, para quien tiene fe, habla de Dios uno y trino. Desde los espacios interestelares hasta las partículas microscópicas, todo lo que existe remite a un Ser que se comunica en la multiplicidad y variedad de los elementos, como en una inmensa sinfonía. Todos los seres están ordenados según un dinamismo armonioso, que analógicamente podemos llamar «amor». Pero sólo en la persona humana, libre y racional, este dinamismo llega a ser espiritual, llega a ser amor responsable, como respuesta a Dios y al prójimo en una entrega sincera de sí. En este amor, el ser humano encuentra su verdad y su felicidad. Entre las diversas analogías del misterio inefable de Dios uno y trino que los creyentes pueden vislumbrar, quisiera citar la de la familia, la cual está llamada a ser una comunidad de amor y de vida, en la que la diversidad debe contribuir a formar una «parábola de comunión».
Obra maestra de la santísima Trinidad es, entre todas las criaturas, la Virgen María: en su corazón humilde y lleno de fe, Dios se preparó una morada digna para realizar el misterio de la salvación. El Amor divino encontró en ella una correspondencia perfecta, y en su seno el Hijo unigénito se hizo hombre. Con confianza filial dirijámonos a María, para que, con su ayuda, progresemos en el amor y hagamos de nuestra vida un canto de alabanza al Padre por el Hijo en el Espíritu Santo.