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martes, 31 de marzo de 2015







Esta Misa, llamada precisamente Crismal, es la manifestación solemne de la Iglesia local, que celebra al Señor Jesús, sacerdote de su mismo sacrificio, ofrecido al Padre como supremo acto de adoración y amor filial.
Por tanto, es significativo que en esta fiesta tan singular del sacerdocio de Cristo y de sus ministros, los presbíteros renueven juntos, ante el pueblo cristiano, las promesas sacerdotales.
Con el santo Crisma consagrado por el Obispo, son ungidos los nuevos bautizados y son signados los que son confirmados. Con el óleo de los catecúmenos se prepara y se dispone a éstos para el bautismo. Con el óleo de los enfermos, éstos son aliviados en su enfermedad.
La liturgia cristiana ha hecho suyo el uso del Antiguo Testamento, según el cual los reyes y profetas eran ungidos con el óleo de la consagración, pues ellos prefiguraban a Cristo, cuyo nombre significa precisamente "Ungido del Señor".
De manera semejante el santo Crisma significa que, por el bautismo, los cristianos fueron injertados en el Misterio Pascual de Cristo, han muerto, han sido sepultados y resucitados con él, hechos partícipes de su sacerdocio profético y real, El crisma es también un signo de la unción espiritual del Espíritu Santo que les es dado a los cristianos en la confirmación.
El óleo de los catecúmenos prolonga el efecto de los exorcismos ya que fortalece a los bautizados para que puedan renunciar al demonio y al pecado, antes de acercarse a la fuente de la Vida para renacer en ella.
El óleo de los enfermos cuyo uso atestigua el apóstol Santiago, sirve de remedio para las enfermedades del cuerpo y del alma y permite a los enfermos soportar con fortaleza, combatir sus males y alcanzar el perdón de sus pecados.

viernes, 27 de marzo de 2015

!! Francisco enséñanos a orar !!



¡FRANCISCO, ENSÉÑANOS A ORAR!
con San Francisco al encuentro de Cristo
por Francesco Saverio Toppi, OFMCap



Para renovarnos en el espíritu y en la vida de oración, según las directrices del Concilio (PC 2,2b), debemos conocer y recobrar el espíritu y la vida de oración de nuestro santo Fundador y adaptarlos a nuestro tiempo. Debemos acercarnos a él, como los primeros hermanos, y pedirle que nos enseñe a orar, que nos introduzca en el secreto de su espíritu y de su vida de oración (1 Cel 45).

Tal secreto se desvela en la que fue la vuelta decisiva y determinante de su itinerario de conversión: el encuentro con Cristo en el camino de Espoleto, que significó para Francisco algo así como la visión de Damasco para Pablo (TC 5-6). Allí Francisco fue atrapado por Cristo, que se le presentó como «el Señor» por antonomasia y le provocó un vuelco radical de todos sus proyectos.

La conversión de san Francisco tuvo desde luego un desarrollo gradual; pero el punto de partida, que se identificó con el punto de llegada, el medio principal y el fin supremo, fue indiscutiblemente el amor a Cristo.

Jesús arrolló literalmente al joven Francisco, se posesionó de todos sus sentidos, de todas sus fibras, se adueñó de todas las palpitaciones de su corazón en todos los momentos de su vida. La clave de la espiritualidad del Serafín de Asís se encuentra en el célebre testimonio de Celano: «Los hermanos que vivieron en su compañía saben lo muy duradera y continua que era su conversación acerca de Jesús, y cuán agradable y suave, cuán tierna y llena de amor. Su boca hablaba de la abundancia de su corazón, y volcaba al exterior aquel torrente de encendida caridad que lo abrasaba en su interior. Estaba íntimamente unido con Jesús: a Jesús llevaba siempre en el corazón, a Jesús en los labios, a Jesús en los oídos, a Jesús en los ojos, a Jesús en las manos, a Jesús en todos los miembros de su cuerpo» (1 Cel 115).

San Francisco podía afirmar con toda verdad a una con san Pablo: «Ya no vivo yo, vive en mí Cristo» (Gál 2,20). Una vez que se ha encontrado con Él, el Señor, Francisco se despoja de todo para ser pobre como Él. Acepta 1a humillación, el desprecio, la convivencia con los marginados, los mendigos, los rechazados por la sociedad, los leprosos..., para ser como Él. Macera al hombre viejo, para que viva en él el Hombre nuevo. Abraza y besa al leproso, superando la repugnancia irresistible de la naturaleza, porque sabe que abraza y besa a Aquel que se presentó como un leproso por amor a nosotros.

San Francisco siguió, imitó, reprodujo al vivo a Jesucristo, y quiso que ésta fuese la norma fundamental y la regla suprema de su Fraternidad. Cuanto se diga sobre la oración sólo puede ser viable dentro de esta perspectiva: un compromiso operativo y coherente de modelarse sobre Cristo, compromiso de conversión continua, radical, transformante, tensa en profundidad hacia la persona viva del Señor Jesús.

Es necesario dejar bien sentado que la oración y la vida constituyen una unidad indivisible, que la una depende de la otra, que la una autentica a la otra. La separación entre oración y vida es principio de crisis de la oración; para resolverla, se precisa unificarlas y unificarlas en Cristo. Una recuperación del valor de la oración que se limitase únicamente a la oración sería, no sólo unilateral, sino además inevitablemente estéril. La auténtica oración se reconoce por los frutos de vida. Pretender recuperar el valor de la oración sin comprometerse seriamente en la conversión de la vida es utópico.

La vida cristiana, la ascesis, hay que plantearla desde la teología paulina del Cuerpo Místico y desde la tensión joánica del permanecer en Cristo, descrita en la alegoría de la vid y los sarmientos. Las virtudes han de ser presentadas, se ha de estimular a adquirirlas, como aspectos de la conformidad con Cristo, movimientos dinámicos hacia la asimilación de Cristo, modos de expresar el amor a Cristo. Precisamente, como las vio y las practicó Francisco de Asís.

DÍA DEL NIÑO POR NACER (25 de marzo de 2012) Cardenal Jorge M. Bergoglio,Arzobispo de Buenos Aires,





Desgravación de la homilía del cardenal Jorge M. Bergoglio,Arzobispo de Buenos Aires, en la misa celebrada en la catedral metropolitana, tras la cual se rezó un rosario por la vida (25 de marzo de 2012)

… la gracia de participar generosamente de ese amor que llevó a su Hijo Jesús a entregarse a la muerte para darnos la vida a nosotros.

La gracia de hacer nuestro este mensaje del Evangelio, de hacer nuestro el camino que Jesús siguió. Dar su vida para que nosotros tuviéramos vida, negarse a sí mismo en favor de nosotros.

Un camino nada fácil, que los llevó por tortuosos senderos de incomprensión,  persecución, incluso con angustias. En este pasaje que acabamos de escuchar, Jesús dice: Mi alma ahora esta turbada, pero he llegado para esto. Y acá se proyecta esa turbación, esa tristeza, esa angustia del Corazón de Jesús, esa soledad enorme en el huerto de los Olivos, que lo hace sudar sangre. Y eso por nosotros, para que tengamos vida… y vida en abundancia. Y para que no tengamos dudas de que éste es el camino y no otro, nos habla del grano de trigo: Si el grano de trigo no muere, permanece solo, no da fruto.

Y nos dice que va a atraer todo cuando vaya a ser levantado en alto, es decir, cuando esté pagando con su vida nuestro rescate. Obviamente, estamos frente al misterio más grande. Dios que se hace hombre, que toma nuestra condición humana, para pagar nuestras deudas, para defender nuestra vida, para darnos vida.

Y este es el camino para cuidar la vida, entregar la propia. El que tiene apego a su vida la perderá. El que no está apegado a su vida en el este mundo la conservará  para la vida eterna.

El egoísmo nos lleva a apegarnos a nuestra propia vida, hasta tal punto de disimular la situación de peligro o de injusticia de otras vidas, vidas que están en camino, están por nacer, vidas que están creciendo y que corren el riesgo de caer en manos que les deformen en corazón. La vida de nuestros chicos, las vidas de nuestros jóvenes, vidas que empiezan a trabajar y tienen que aprender a sortear las dificultades sin vender su conciencia, vidas a las que hay que acompañar y enseñarles a no venderse. Siempre hay un sobrecito tentador que se da a cambio de aceptar una idea o de hacerse el distraído mirando hacia otro lado. Vidas que tiene que engendrar y dar como herencia valores, valores humanos y valores divinos. Vidas que se van añejando en esa sabiduría de los ancianos que nos piden por favor que los cuidemos, que no los abandonemos, que no los despachemos para sacárnoslos de encima.

Cuidar la vida, y solamente se la cuida como la cuidó Jesús. Y cuidar la vida entraña el cuidarnos entre nosotros, el más pequeñito, que apenas se ve en una ecografía, el más anciano, añejo de sabiduría por haber caminado y trabajado con dignidad.

Y también cuidar la vida de aquel que se desvió, no condenar, rezar por él, hacer penitencia por él, pedir la misericordia de Dios por él.

Tantos Herodes que no sólo no se ocupan de la vida de los demás sino que la limitan, la acotan o la matan. Pedir, orar, todo eso es morir a uno mismo, para que la vida crezca en los demás, todo eso es morir como Jesús para que la vida sea cuidada.

Escuchemos la voz de Jesús en el Evangelio, el que tiene apego a su vida la va a perder. Cuidar la vida de mi hermano, cuidar la vida de cualquier ser humano supone  sacrificio, supone cruz, supone no cuidarme yo. Supone que nos sea concedida esa gracia. Le pedimos al comenzar la misa: “Padre, danos la gracia de participar generosamente de este amor que llevó a tu Hijo a entregarse por nosotros.

En esta misa pidamos la gracia de cuidarnos mutuamente, de cuidar toda la vida, de trabajar para que tantos Herodes que se dan a lo largo del transcurso de una vida, no logren su cometido: facilitemos huidas a Egipto para cuidar a los hermanos, desde los más chiquitos hasta los más grandes.
La que nos da un ejemplo de cómo se cuida la vida es Ella, que cuidó a Dios chiquitito y cuidó a Dios clavado en una Cruz, de pie y de pie, con fortaleza y generosidad.

Madre, enséñanos a cuidar la vida.

Card. Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires

LA DEVOCIÓN MARIANA DE SAN FRANCISCO


MARÍA Y CRISTO
por Kajetan Esser, ofm



«Rodeaba de amor indecible a la madre de Jesús, por haber hecho hermano nuestro al Señor de la majestad» (2 Cel 198), «y por habernos alcanzado misericordia» (LM 9,3). Estas sencillas palabras de sus biógrafos expresan el motivo más profundo de la devoción de san Francisco a la Virgen.

Puesto que la encarnación del Hijo de Dios constituía el fundamento de toda su vida espiritual, y a lo largo de su vida se esforzó con toda diligencia en seguir en todo las huellas del Verbo encarnado, debía mostrar un amor agradecido a la mujer que no sólo nos trajo a Dios en forma humana, sino que hizo «hermano nuestro al Señor de la majestad». Esto hacía que ella estuviera en íntima relación con la obra de nuestra redención; y le agradecemos el que por su medio hayamos conseguido la misericordia de Dios.

Francisco expresa esta gratitud en su gran Credo, cuando, al proclamar las obras de salvación, dice: «Omnipotente, santísimo, altísimo y sumo Dios, Padre santo y justo, Señor rey del cielo y de la tierra, te damos gracias por ti mismo... Por el santo amor con que nos amaste, quisiste que Él, verdadero Dios y verdadero hombre, naciera de la gloriosa siempre Virgen beatísima santa María» (1 R 23,1-3).

Aquí, «el homenaje que el hombre rinde a la majestad divina desde lo más profundo de su ser», característica de la antigua edad media, se funde en desbordante plenitud con el amor reconocido del hombre atraído a la intimidad de Dios. Otro tanto sucede en el salmo navideño que Francisco, a tono con la piedad sálmica de la primera edad media, compuso valiéndose de los himnos redactados por los cantores del Antiguo Testamento: «Glorificad a Dios, nuestra ayuda; cantad al Señor, Dios vivo y verdadero, con voz de alegría... Porque el santísimo Padre del cielo... envió a su amado Hijo de lo alto, y nació de la bienaventurada Virgen santa María» (OfP 15,1-3).

Con alabanza desbordante de alegría, Francisco da gracias al Padre celestial por el don de la maternidad divina concedido a María. Este es el primero y más importante motivo de su devoción mariana: «Escuchad, hermanos míos; si la bienaventurada Virgen es tan honrada, como es justo, porque lo llevó en su santísimo seno...» (CtaO 21). En aquella época campeaba por sus respetos la herejía cátara, que, aferrada a su principio dualista, explicaba la encarnación del Hijo de Dios en sentido docetista y, por consiguiente, anulaba la participación de María en la obra de la salvación. Para manifestar su oposición a la herejía, Francisco, devoto de María, no se cansaba de proclamar, con extrema claridad, la verdad de la maternidad divina real de María: «Este Verbo del Padre, tan digno, tan santo y glorioso, anunciándolo el santo ángel Gabriel, fue enviado por el mismo altísimo Padre desde el cielo al seno de la santa y gloriosa Virgen María, y en él recibió la carne verdadera de nuestra humanidad y fragilidad» (2CtaF 4). Y en el Saludo a la bienaventurada Virgen María celebra esta verdadera y real maternidad con frases siempre nuevas, dirigiéndose a ella de un modo exquisitamente concreto y expresivo, llamándola: «palacio de Dios», «tabernáculo de Dios», «casa de Dios», «vestidura de Dios», «esclava de Dios», «Madre de Dios».

No estará de más recordar aquí que el santo no trató de combatir la herejía con la lucha o la confrontación, sino con la oración. Tal vez también en esto seguía el mismo principio que estableció respecto al honor de Dios: «Y si vemos u oímos decir o hacer mal o blasfemar contra Dios, nosotros bendigamos, hagamos bien y alabemos a Dios, que es bendito por los siglos» (1 R 17,19).

Cosa sorprendente: la mayor parte de las afirmaciones de Francisco sobre la Madre de Dios se encuentran en sus oraciones y cantos espirituales. A su aire, sigue con sencillez y simplicidad la exhortación del Apóstol: «No os dejéis vencer por el mal, sino venced el mal con el bien» (Rm 12,21).

LA ANUNCIACIÓN DEL SEÑOR.

Fiesta conjunta de Cristo y de la Virgen:

La Encarnación del Hijo del eterno Padre en el seno de la Virgen por obra del Espíritu Santo.           El Verbo se hace hijo de María y ésta se convierte en Madre de Dios. San Lucas refiere que el ángel Gabriel, enviado por Dios a la Virgen María, se le presentó en Nazaret y le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se conturbó, pero al ángel añadió: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir y a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús, que será llamado Hijo del Altísimo». María aclaró que no conocía varón, y el ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios». Entonces María dijo: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». San Juan cierra así la escena: «Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros».-








Oración: Señor, tú has querido que la Palabra se encarnase en el seno de la Virgen María; concédenos, en tu bondad, que cuantos confesamos a nuestro Redentor, como Dios y como hombre verdadero, lleguemos a hacernos semejantes a él en su naturaleza divina. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.