Queremos estar despiertos y vigilantes, porque tu traes la luz mas clara, la paz mas profunda y la alegria verdadera ! ven Señor Jesús! ! ven Señor Jesús!
__________________________________________________________________________

ENCONTRANOS TAMBIÉN EN FACEBOOK

encontramos en : pagina Adonai
https://www.facebook.com/adonaisitiooficial
escucha el programa en vivo todos los Domingos de 18:30 a 20:30hs de Argentina en :

______________________________________________________________________________

martes, 13 de enero de 2015

AXANA KULIK EN ADONAI


Este Jueves 15/01/2015 entrevista exclusiva con Axana Kulik, Cantautora Católica Rusa que vive en España, Bienvenida a Adonai !!!



lunes, 12 de enero de 2015

Programa Especial del Domingo 11

LA HUMANIDAD DE DIOS QUE IRRADIA DEL ROSTRO DE CRISTO


por Martín Steiner, o.f.m.






Francisco frecuenta, pues, el trato de los leprosos, cuida sus llagas. La vista diaria de su rostro desfigurado le prepara al descubrimiento de otro Rostro.

En esta época, a Francisco le gusta sumergirse en la contemplación de un icono del Crucificado, en la capilla ruinosa de San Damián, situada algo a las afueras de Asís. Un día, este icono recobra vida para él y lo interpela: «Francisco, ve y repara mi iglesia que, como ves, se derrumba en ruinas». Francisco queda conmovido por esta voz. Se consagrará con todas sus fuerzas a la ejecución de la orden recibida. Pero Francisco ha quedado fascinado, tanto o aún más, por el rostro del Señor. De estilo bizantino, el icono que contempla representa ciertamente a un Crucificado. Pero sus rasgos no evocan al hombre de dolores en cuanto tal. Lo que Francisco descubre en el rostro vuelto hacia él, es la humanidad de Dios. Ya no es el Dios de majestad, el todopoderoso, cuyos señoríos, los tenga el Imperio o la Iglesia, son, y muy a gusto, los garantes seguros de su poder. Tampoco el Dios que debía salir fiador del nuevo orden de cosas instaurado por el «común». Del Crucificado irradia una nueva gloria, la de la humildad de Dios. Dios hecho tan humilde que, en adelante, será el hermano de todos, pero principalmente del más pequeño, del más pobre. Se desposa con el destino humano hasta compartir la suerte del más miserable. ¡Humanización de Dios que es revelación suprema de su gloria! Sólo en Dios el amor es suficientemente poderoso para hacer suya la experiencia total del ser amado, incluida hasta la muerte.

Tal es el Rostro cuyos rasgos se imprimen de forma indeleble en el corazón de Francisco. En adelante, su vida entera puede ser considerada como una búsqueda de la luz de ese Rostro, hasta la experiencia transformante de La Verna, hasta el encuentro final cuando, «cumplidos, por fin, en Francisco todos los misterios, liberada su alma santísima de las ataduras de la carne y sumergida en el abismo de la divina claridad, se durmió en el Señor este varón bienaventurado» (LM 14,6; cf. 1 Cel 110).

Por el momento, Francisco no aparta la vista de la mirada de bondad infinita del Crucificado que reposa sobre él. En esta luz divina, evalúa mejor aún las tinieblas en que está sumergido: búsqueda angustiosa de su camino, que el mandato del Crucificado comienza a esclarecer; recuerdos de su pasado, perdido para Dios, del que sólo la misericordia del Señor podría preservarlo en el futuro; a ello se añade, sin embargo, la convicción de que Aquel que le ha dado la orden de reparar la iglesia -¡y solo Él!- puede concederle el llevar a buen término una tarea para la que se siente tan poco preparado.

Pide entonces incesantemente ser iluminado por ese Rostro para tomar de su luz la fe, la esperanza y el amor necesarios y para discernir cada vez mejor el alcance de la orden recibida de lo alto de la cruz:

Sumo, glorioso Dios,
ilumina las tinieblas de mi corazón
y dame fe recta, esperanza cierta y caridad perfecta,
sentido y conocimiento, Señor,
para que cumpla
tu santo y verdadero mandamiento (OrSD).

¡La faz del Señor toda radiante de humanidad de Dios! ¡Claridad que ilumina progresivamente un mundo inhumano, esclavizado por la sed de dominio y de placer! ¡Experiencia que marca definitivamente el caminar de Francisco! Señalaremos aquí solamente algunas de las consecuencias en que se prolonga esa experiencia.

Adonai ,Programa del Jueves 08/01/2015

EL BAUTISMO DEL SEÑOR Benedicto XVI, Ángelus del 7-I-07



Queridos hermanos y hermanas:

Se celebra hoy la fiesta del Bautismo del Señor, con la que concluye el tiempo de Navidad. La liturgia nos propone el relato del bautismo de Jesús en el Jordán según la redacción de san Lucas (cf. Lc 3,15-16.21-22). El evangelista narra que, mientras Jesús estaba en oración, después de recibir el bautismo entre las numerosas personas atraídas por la predicación del Precursor, se abrió el cielo y, en forma de paloma, bajó sobre él el Espíritu Santo. En ese momento resonó una voz de lo alto: «Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto» (Lc 3,22).

Todos los evangelistas, aunque con matices diversos, recuerdan y ponen de relieve el bautismo de Jesús en el Jordán. En efecto, formaba parte de la predicación apostólica, ya que constituía el punto de partida de todo el arco de los hechos y de las palabras de que los Apóstoles debían dar testimonio (cf. Hch 1,21-22; 10,37-41). La comunidad apostólica lo consideraba muy importante, no sólo porque en aquella circunstancia, por primera vez en la historia, se había producido la manifestación del misterio trinitario de manera clara y completa, sino también porque desde aquel acontecimiento se había iniciado el ministerio público de Jesús por los caminos de Palestina.

El bautismo de Jesús en el Jordán es anticipación de su bautismo de sangre en la cruz, y también es símbolo de toda la actividad sacramental con la que el Redentor llevará a cabo la salvación de la humanidad. Por eso la tradición patrística se interesó mucho por esta fiesta, la más antigua después de la Pascua. «Cristo es bautizado -canta la liturgia de hoy- y el universo entero se purifica; el Señor nos obtiene el perdón de los pecados: limpiémonos todos por el agua y el Espíritu» (Antífona del Benedictus, oficio de Laudes).

Hay una íntima correlación entre el bautismo de Cristo y nuestro bautismo. En el Jordán se abrió el cielo (cf. Lc 3,21) para indicar que el Salvador nos ha abierto el camino de la salvación, y nosotros podemos recorrerlo precisamente gracias al nuevo nacimiento «de agua y de Espíritu» (Jn 3,5), que se realiza en el bautismo. En él somos incorporados al Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia, morimos y resucitamos con él, nos revestimos de él, como subraya repetidamente el apóstol san Pablo (cf. 1 Co 12,13; Rm 6,3-5; Ga 3,27).

Por tanto, del bautismo brota el compromiso de «escuchar» a Jesús, es decir, de creer en él y seguirlo dócilmente, cumpliendo su voluntad. De este modo cada uno puede tender a la santidad, una meta que, como recordó el concilio Vaticano II, constituye la vocación de todos los bautizados. Que María, la Madre del Hijo predilecto de Dios, nos ayude a ser siempre fieles a nuestro bautismo.