Queremos estar despiertos y vigilantes, porque tu traes la luz mas clara, la paz mas profunda y la alegria verdadera ! ven Señor Jesús! ! ven Señor Jesús!
__________________________________________________________________________

ENCONTRANOS TAMBIÉN EN FACEBOOK

encontramos en : pagina Adonai
https://www.facebook.com/adonaisitiooficial
escucha el programa en vivo todos los Domingos de 18:30 a 20:30hs de Argentina en :

______________________________________________________________________________

sábado, 19 de diciembre de 2015

LA NAVIDAD DEL SEÑOR ESTÁ CERCA De los sermones de san Máximo de Turín (Sermón 61a)



Hermanos, aunque yo callara, el tiempo nos advierte que la Navidad de Cristo, el Señor, está cerca, pues la misma brevedad de los días se adelanta a mi predicación. El mundo con sus mismas angustias nos está indicando la inminencia de algo que lo mejorará, y desea, con impaciente espera, que el resplandor de un sol más espléndido ilumine sus tinieblas.

Pues mientras este sol, y teniendo en cuenta la brevedad de las horas, teme que su curso se esté acabando, indica que abriga cierta esperanza de que su ciclo anual sufra una transformación. Esta expectación de la criatura nos persuade también a nosotros a esperar que el nacimiento de Cristo, nuevo sol, ilumine las tinieblas de nuestros pecados; a desear que el sol de justicia disipe, con la fuerza de su nacimiento, la densa niebla de nuestras culpas; a pedir que no consienta que el curso de nuestra vida se cierre con una trágica brevedad, sino más bien se prolongue gracias a su poder.

Así pues, ya que hemos llegado a conocer la Navidad del Señor incluso por las indicaciones que el mundo nos ofrece, hagamos también nosotros lo que acostumbra a hacer el mundo: como en ese día el mundo empieza a incrementar la duración de su luz, también nosotros ensanchemos las lindes de nuestra justicia; y al igual que la claridad de ese día es común a ricos y pobres, sea también una nuestra liberalidad para con los indigentes y peregrinos; y del mismo modo que el mundo comienza en esa fecha a disminuir la oscuridad de sus noches, amputemos nosotros las tinieblas de nuestra avaricia.

Estando, hermanos, a punto de celebrar la Navidad del Señor, vistámonos con puras y nítidas vestiduras. Hablo de las vestiduras del alma, no del cuerpo. Adornémonos no con vestidos de seda, sino con obras preciosas. Los vestidos suntuosos pueden cubrir los miembros, pero son incapaces de adornar la conciencia, si bien es cierto que ir impecablemente vestido mientras se procede con sentimientos corrompidos es vergüenza mucho más odiosa. Por tanto, adornemos antes el afecto del hombre interior, para que el vestido del hombre exterior esté igualmente adornado; limpiemos las manchas espirituales, para que nuestros vestidos sean resplandecientes. De nada sirve ir espléndidamente vestidos si la infamia mancilla el alma. Cuando la conciencia está en tinieblas, el cuerpo entero estará a oscuras. Tenemos un poderoso detergente para limpiar las manchas de la conciencia. Está escrito en efecto: Dad limosna y lo tendréis todo limpio. Buen mandato éste de la limosna: trabajan las manos y queda limpio el corazón.
Pensamiento franciscano:

Dice santa Clara en su Regla: «Por amor del santísimo y amadísimo Niño envuelto en pobrecillos pañales, acostado en un pesebre, y de su santísima Madre, amonesto, ruego y exhorto a mis hermanas que se vistan siempre de ropas viles» (RCl 2,25).

Para rescatar al esclavo diste a tu hijo , gracias Dios , Enséñanos a tener Navidad.


Grandes cosas haz echo en mi ,siempre proclamare tu grandeza Señor , Puedo contar con tu poder en cada momento de mi ser,puedo contar contigo Dios poderoso eres tu, puedo vivir sabiendo que mi futuro esta en ti , puedo contar contigo Dios poderoso eres tu.






lunes, 2 de noviembre de 2015

Hermanos estamos en Twitter, hacete seguidor

CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS



La Iglesia, después de celebrar ayer la fiesta de todos sus hijos bienaventurados ya en el cielo, se interesa hoy ante el Señor en favor de las almas de todos cuantos nos precedieron en el signo de la fe y duermen en la esperanza de la resurrección, para que, purificados de toda mancha de pecado, puedan gozar de la felicidad eterna. Celebramos, pues, la victoria de Cristo, y de nosotros con Él, sobre la muerte. Y hacemos memoria de cuantos, habiendo compartido ya la muerte de Jesucristo, están llamados a compartir también con Él la gloria de la resurrección. El primer prefacio de difuntos nos enseña que «en Cristo brilla la esperanza de nuestra feliz resurrección; y así, aunque la certeza de morir nos entristece, nos consuela la promesa de la futura inmortalidad; porque la vida de los que creemos en el Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo». Mientras nosotros pedimos por los difuntos, ellos interceden por nosotros.-


Oración: Escucha, Señor, nuestras súplicas para que, al confesar la resurrección de Jesucristo, tu Hijo, se afiance también nuestra esperanza de que todos tus hijos resucitarán. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.- O bien: Oh Dios, gloria de los fieles y vida de los justos, nosotros los redimidos por la muerte y resurrección de tu Hijo, te pedimos que acojas con bondad a tus siervos difuntos, y pues creyeron en la resurrección futura, merezcan alcanzar los gozos de la eterna bienaventuranza. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.-

O bien: Oh Dios, que resucitaste a tu Hijo para que, venciendo la muerte, entrara en tu reino, concede a tus siervos difuntos que, superada su condición mortal, puedan contemplarte para siempre como su Creador y Salvador. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS DIFUNTOS DE LA ORDEN FRANCISCANA.




A semejanza de la Iglesia universal, que celebra a todos los santos el 1 de noviembre y conmemora a todos los difuntos el 2 del mismo mes, la gran Familia franciscana festeja a todos sus santos el 29 de noviembre y antes recuerda a todos sus difuntos el día en que, después del 2 de noviembre, no lo impida otra celebración. San Francisco y santa Clara mandan en su correspondientes Reglas a sus hermanos y hermanas que oren por los difuntos. Este mandato, que es de aplicación constante, adquiere en esta fecha una dimensión litúrgica y universal: es el recuerdo orante de todos cuantos han seguido a Francisco y a Clara en cualquiera de sus ramas y formas.-


Oración: Oh Dios, gloria de los fieles y vida de los justos; nosotros, los redimidos por la muerte y resurrección de tu Hijo, te pedimos que acojas con bondad a nuestros hermanos franciscanos y a nuestros parientes y bienhechores difuntos, y, pues creyeron en la futura resurrección, merezcan alcanzar los gozos de la eterna bienaventuranza. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

LA MUERTE COMO ENCUENTRO CON EL PADRE


De la catequesis de S. S. el beato Juan Pablo II
en la audiencia general del miércoles 2 de junio de 1999

1. Después de haber reflexionado sobre el destino común de la humanidad, tal como se realizará al final de los tiempos, hoy queremos dirigir nuestra atención a otro tema que nos atañe de cerca: el significado de la muerte. Actualmente resulta difícil hablar de la muerte porque la sociedad del bienestar tiende a apartar de sí esta realidad, cuyo solo pensamiento le produce angustia. Pero sobre esta realidad la palabra de Dios, aunque de modo progresivo, nos brinda una luz que esclarece y consuela.

En el Antiguo Testamento las primeras indicaciones nos las ofrece la experiencia común de los mortales, todavía no iluminada por la esperanza de una vida feliz después de la muerte. Por lo general se pensaba que la existencia humana concluía en el «sheol», lugar de sombras, incompatible con la vida en plenitud.

2. En esta visión dramática de la muerte se va abriendo camino lentamente la revelación de Dios, y la reflexión humana descubre un nuevo horizonte, que recibirá plena luz en el Nuevo Testamento.

Se comprende, ante todo, que, si la muerte es el enemigo inexorable del hombre, que trata de dominarlo y someterlo a su poder, Dios no puede haberla creado, pues no puede recrearse en la destrucción de los hombres. El proyecto originario de Dios era diverso, pero quedó alterado a causa del pecado cometido por el hombre bajo el influjo del demonio, como explica el libro de la Sabiduría: «Dios creó al hombre para la incorruptibilidad; le hizo imagen de su misma naturaleza; mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen» (Sab 2,23-24). Esta concepción se refleja en las palabras de Jesús y en ella se funda la enseñanza de san Pablo sobre la redención de Cristo, nuevo Adán. Con su muerte y resurrección, Jesús venció el pecado y la muerte, que es su consecuencia.

3. A la luz de lo que Jesús realizó, se comprende la actitud de Dios Padre frente a la vida y la muerte de sus criaturas. Ya el salmista había intuido que Dios no puede abandonar a sus siervos fieles en el sepulcro, ni dejar que su santo experimente la corrupción. Isaías anuncia un futuro en el que Dios eliminará la muerte para siempre, enjugando «las lágrimas de todos los rostros» y resucitando a los muertos para una vida nueva. Así, en vez de la muerte como realidad que acaba con todos los seres vivos, se impone la imagen de la tierra que, como madre, se dispone al parto de un nuevo ser vivo y da a luz al justo destinado a vivir en Dios. Por esto, «aunque los justos, a juicio de los hombres, sufran castigos, su esperanza está llena de inmortalidad» (Sab 3,4).

La esperanza de la resurrección es afirmada magníficamente en el segundo libro de los Macabeos, cap. 7, por siete hermanos y su madre en el momento de sufrir el martirio. Uno de ellos declara: «Del cielo recibí la lengua y las manos y por sus leyes los desprecio; espero recobrarlas del mismo Dios». Otro, «cuando estaba a punto de morir, dijo: "Vale la pena morir a manos de hombres, cuando se tiene la esperanza de que Dios mismo nos resucitará"». Heroicamente su madre los anima a afrontar la muerte con esta esperanza.

4. Ya en la perspectiva del Antiguo Testamento los profetas exhortaban a esperar «el día del Señor» con rectitud, pues de lo contrario sería «tinieblas y no luz». En la revelación plena del Nuevo Testamento se subraya que todos serán sometidos a juicio. Pero ante ese juicio los justos no deberán temer, dado que, en cuanto elegidos, están destinados a recibir la herencia prometida; serán colocados a la diestra de Cristo, que los llamará «benditos de mi Padre» (Mt 25,34).

La muerte que el creyente experimenta como miembro del Cuerpo místico abre el camino hacia el Padre, que nos demostró su amor en la muerte de Cristo, «víctima de propiciación por nuestros pecados». Como reafirma el Catecismo de la Iglesia católica, la muerte, «para los que mueren en la gracia de Cristo, es una participación en la muerte del Señor, para poder participar también en su resurrección» (n. 1006).

Jesús «nos ama y nos ha lavado de nuestros pecados con su sangre, y ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes para su Dios y Padre» (Ap 1,5-6). Ciertamente es preciso pasar por la muerte, pero ya con la certeza de que nos encontraremos con el Padre cuando «este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y este ser mortal se revista de inmortalidad» (1 Cor 15,54). Entonces se verá claramente que «la muerte ha sido absorbida en la victoria» y se la podrá afrontar con una actitud de desafío, sin miedo: «¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?» (1 Cor 15,54-55).

Precisamente por esta visión cristiana de la muerte, san Francisco de Asís pudo exclamar en el Cántico de las criaturas: «Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal». Frente a esta consoladora perspectiva, se comprende la bienaventuranza anunciada en el libro del Apocalipsis, casi como coronación de las bienaventuranzas evangélicas: «Bienaventurados los que mueren en el Señor. Sí dice el Espíritu, descansarán de sus fatigas, porque sus obras los acompañan» (Ap 14,13).

EL PADRENUESTRO, ARQUETIPO DE LA ORACIÓN DEL CRISTIANO (I)


(San Francisco: Paráfrasis del Padrenuestro)
por Lázaro Iriarte, OFMCap

Cuando Jesús se retiraba a orar, se alejaba de sus discípulos; en ciertas ocasiones llevaba consigo a los tres confidentes Pedro, Santiago y Juan; pero aun éstos quedaban a cierta distancia; y esperaban a que regresara. El Maestro no tuvo prisa por introducirlos en la práctica de la oración personal. Ciertamente acudía con ellos a la sinagoga cada sábado para el recitado de los salmos y la lectura de los libros sagrados; santificaba con el rezo la comida y demás momentos de la jornada, como lo hacía todo buen israelita. Les había hecho comprender el valor de la oración secreta, a puerta cerrada, bajo la sola mirada del Padre del cielo, muy preferible a la recitación mecánica de multitud de fórmulas exteriores (Mt 6,5-8).

Había de venir de ellos el deseo de orar, como una maduración de las enseñanzas recibidas de él. Por fin un día en que, como tantas veces, volvía de la oración, uno de ellos se aventuró a decirle: Señor, enséñanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos (Lc 11,1-3). Ese momento esperaba Jesús. Pedagogía digna de tenerse en cuenta: de poco sirve iniciar en la oración a quien no siente hambre de orar. Fue entonces cuando, según Lucas, Jesús enseñó a los apóstoles el Padrenuestro, que Mateo coloca en el contexto del sermón de la montaña. En efecto, la intención del Maestro no fue proporcionarles una fórmula ideal para recitarla, sino más bien facilitarles el paradigma esencial del diálogo filial con el Padre.

Puede ser muy útil una meditación pausada, parte por parte, de ésta que viene llamada «la oración del Señor»; es ella la que une a todos los cristianos. Nos servirá de guía el seráfico Padre que, con los primeros hermanos que le dio el Señor, hizo del Padrenuestro la expresión permanente de su piedad: «Movidos por el fuego del Espíritu Santo, rezaban cantando el Padrenuestro, adaptándole una melodía espiritual, no sólo en los tiempos prescritos (de las horas canónicas), sino a cualquier hora» (1 Cel 47). Pero Francisco nutría su contemplación con cada una de las peticiones; fruto de esa luz infusa es la profunda paráfrasis que ha llegado hasta nosotros.

Padre nuestro que estás en el cielo. La primera palabra es la más importante: Padre nuestro. Jesús, como primogénito de la multitud de hermanos (Rom 8,29), se une a nosotros en comunión de amor al Padre. Comprendemos la emoción del joven Francisco cuando, viéndose repudiado por su padre terreno, exclamó: «De ahora en adelante podré decir a boca llena: ¡Padre nuestro que estás en el cielo!» (2 Cel 12).

En el cielo. El alma del Poverello se llena de suavidad trasladándose con el deseo a esa morada celestial, llena del resplandor de la gloria de Dios, de la cual todos estamos llamados a ser ciudadanos:

«Que estás en el cielo: en los ángeles y en los santos; iluminándolos para el conocimiento, porque tú, Señor, eres luz; inflamándolos para el amor, porque tú, Señor, eres amor; habitando en ellos y colmándolos para la bienaventuranza, porque tú, Señor, eres sumo bien, eterno bien, del cual viene todo bien, sin el cual no hay ningún bien» (ParPN 2).

Siguen las peticiones distribuidas en dos planos, uno que tiene por mira la gloria de Dios y su plan salvífico, otro que se proyecta sobre la tarea del existir humano aquí abajo.

Una oración bien ordenada no pone en primer plano nuestra persona, nuestros afanes, nuestras necesidades, nuestros temores..., sino que piensa ante todo en Dios y sus intereses. Pero, sabiendo que nos ama como Padre y tiene sus ojos fijos en nuestra situación, es muy justo que, en un segundo tiempo, se la expongamos con confianza.

Santificado sea tu nombre. El nombre de Dios, en la Biblia, es un término que encierra todo cuanto es para los hombres el ser de Dios. Y pedimos que él sea conocido, celebrado, respetado, bendecido... El Hijo de Dios se hizo hombre, ante todo, para glorificar al Padre. Pudo decir al final de su vida: Yo te he glorificado sobre la tierra... He dado a conocer tu nombre a los hombres que tú me has dado... (Jn 17,5s).

La misión fundamental que Francisco asigna a sus hermanos es la de ir por el mundo como testigos y pregoneros del nombre de Dios (CtaO 8s). En su paráfrasis refleja su propia experiencia contemplativa de ese conocimiento del misterio de Dios en todas sus dimensiones, evocando un profundo texto de san Pablo (Ef 3,18):

«Clarificada sea en nosotros tu noticia, para que conozcamos cuál es la anchura de tus beneficios, la largura de tus promesas, la sublimidad de tu majestad y la profundidad de tus juicios» (ParPN 3).

viernes, 2 de octubre de 2015

Programa, La Gracia de la Conversión 27_09_2015.

QUE TE GUARDEN EN TUS CAMINOS


De un sermón de san Bernardo de Claraval

A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos. Den gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres. Den gracias y digan entre los gentiles: «El Señor ha estado grande con ellos». Señor, ¿qué es el hombre para que le des importancia, para que te ocupes de él? Porque te ocupas ciertamente de él, demuestras tu solicitud y tu interés para con él. Llegas hasta enviarle tu Hijo único, le infundes tu Espíritu, incluso le prometes la visión de tu rostro. Y, para que ninguno de los seres celestiales deje de tomar parte en esta solicitud por nosotros, envías a los espíritus bienaventurados para que nos sirvan y nos ayuden, los constituyes nuestros guardianes, mandas que sean nuestros ayos.

A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos. Estas palabras deben inspirarte una gran reverencia, deben infundirte una gran devoción y conferirte una gran confianza. Reverencia por la presencia de los ángeles, devoción por su benevolencia, confianza por su custodia. Porque ellos están presentes junto a ti, y lo están para tu bien. Están presentes para protegerte, lo están en beneficio tuyo. Y, aunque lo están porque Dios les ha dado esta orden, no por ello debemos dejar de estarles agradecidos, pues que cumplen con tanto amor esta orden y nos ayudan en nuestras necesidades, que son tan grandes.

Seamos, pues, devotos y agradecidos a unos guardianes tan eximios; correspondamos a su amor, honrémoslos cuanto podamos y según debemos. Sin embargo, no olvidemos que todo nuestro amor y honor ha de tener por objeto a aquel de quien procede todo, tanto para ellos como para nosotros, gracias al cual podemos amar y honrar, ser amados y honrados.

En él, hermanos, amemos con verdadero afecto a sus ángeles, pensando que un día hemos de participar con ellos de la misma herencia y que, mientras llega este día, el Padre los ha puesto junto a nosotros, a manera de tutores y administradores. En efecto, ahora somos ya hijos de Dios, aunque ello no es aún visible, ya que, por ser todavía menores de edad, estamos bajo tutores y administradores, como si en nada nos distinguiéramos de los esclavos.

Por lo demás, aunque somos menores de edad y aunque nos queda por recorrer un camino tan largo y tan peligroso, nada debemos temer bajo la custodia de unos guardianes tan eximios. Ellos, los que nos guardan en nuestros caminos, no pueden ser vencidos ni engañados, y menos aún pueden engañarnos. Son fieles, son prudentes, son poderosos: ¿por qué espantarnos? Basta con que los sigamos, con que estemos unidos a ellos, y viviremos así a la sombra del Omnipotente.

domingo, 20 de septiembre de 2015

DIOS ES AMOR MISERICORDIOSO


Benedicto XVI, Ángelus del día 16-IX-2007

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy la liturgia vuelve a proponer a nuestra meditación el capítulo XV del evangelio de san Lucas, una de las páginas más elevadas y conmovedoras de toda la sagrada Escritura. Es hermoso pensar que en todo el mundo, dondequiera que la comunidad cristiana se reúne para celebrar la Eucaristía dominical, resuena hoy esta buena nueva de verdad y de salvación: Dios es amor misericordioso. El evangelista san Lucas recogió en este capítulo tres parábolas sobre la misericordia divina: las dos más breves, que tiene en común con san Mateo y san Marcos, son las de la oveja perdida y la moneda perdida; la tercera, larga, articulada y sólo recogida por él, es la célebre parábola del Padre misericordioso, llamada habitualmente del «hijo pródigo».

En esta página evangélica nos parece escuchar la voz de Jesús, que nos revela el rostro del Padre suyo y Padre nuestro. En el fondo, vino al mundo para hablarnos del Padre, para dárnoslo a conocer a nosotros, hijos perdidos, y para suscitar en nuestro corazón la alegría de pertenecerle, la esperanza de ser perdonados y de recuperar nuestra plena dignidad, y el deseo de habitar para siempre en su casa, que es también nuestra casa.

Jesús narró las tres parábolas de la misericordia porque los fariseos y los escribas hablaban mal de él, al ver que permitía que los pecadores se le acercaran, e incluso comía con ellos (cf. Lc 15,1-3). Entonces explicó, con su lenguaje típico, que Dios no quiere que se pierda ni siquiera uno de sus hijos y que su corazón rebosa de alegría cuando un pecador se convierte.

La verdadera religión consiste, por tanto, en entrar en sintonía con este Corazón «rico en misericordia», que nos pide amar a todos, incluso a los lejanos y a los enemigos, imitando al Padre celestial, que respeta la libertad de cada uno y atrae a todos hacia sí con la fuerza invencible de su fidelidad. El camino que Jesús muestra a los que quieren ser sus discípulos es este: «No juzguéis..., no condenéis...; perdonad y seréis perdonados...; dad y se os dará; sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6, 36-38). En estas palabras encontramos indicaciones muy concretas para nuestro comportamiento diario de creyentes.

En nuestro tiempo, la humanidad necesita que se proclame y testimonie con vigor la misericordia de Dios. El amado Juan Pablo II, que fue un gran apóstol de la Misericordia divina, intuyó de modo profético esta urgencia pastoral. Dedicó al Padre misericordioso su segunda encíclica, y durante todo su pontificado se hizo misionero del amor de Dios a todos los pueblos. Después de los trágicos acontecimientos del 11 de septiembre de 2001, que oscurecieron el alba del tercer milenio, invitó a los cristianos y a los hombres de buena voluntad a creer que la misericordia de Dios es más fuerte que cualquier mal, y que sólo en la cruz de Cristo se encuentra la salvación del mundo.

La Virgen María, Madre de la Misericordia, a quien ayer [día 15] contemplamos como Virgen de los Dolores al pie de la cruz, nos obtenga el don de confiar siempre en el amor de Dios y nos ayude a ser misericordiosos como nuestro Padre que está en los cielos.

[Después del Ángelus] Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Os invito a cultivar sentimientos de reconciliación y perdón, como nos indica el evangelio que hemos leído hoy, para fortalecer nuestra condición de hijos de Dios y la fraternidad entre los hombres.

«LOS SIERVOS DE DIOS HONREN A LOS CLÉRIGOS» (III) por Kajetan Esser, OFM



Veneremos a los sacerdotes por su ministerio

Pues cuanto más grande es el ministerio
que los sacerdotes tienen del santísimo cuerpo
y sangre de nuestro Señor Jesucristo,
que ellos reciben y ellos solos administran a otros,
tanto más pecado tienen los que pecan contra ellos
que los que lo hacen contra todos los otros hombres de este mundo.

Una vez más, Francisco expresa su más profunda preocupación. Una vez más advierte a sus seguidores que no deben juzgar a aquellos sobre quienes el Señor en persona se ha reservado todo juicio. Una vez más queda bien claro que la sublimidad y dignidad del sacerdote se basa sobre su ministerio, especialmente sobre la potestad de celebrar la eucaristía y administrar a los hombres el cuerpo y la sangre de Cristo: «Y lo hago por este motivo: porque en este siglo nada veo corporalmente del mismo altísimo Hijo de Dios sino su santísimo cuerpo y santísima sangre, que ellos reciben y solos ellos administran a otros» (Test 10). El ministerio eucarístico que el sacerdote debe desempeñar en la Iglesia es algo que lo eleva por encima de todo; gracias a él, el sacerdote puede hacer lo mismo que hizo Cristo; en este ministerio, el sacerdote está tan identificado con Cristo que su palabra se vuelve palabra de Cristo y él mismo se hace uno con Él. Por eso mira Francisco en el sacerdote al Hijo de Dios.

Por esta dignidad recibida con miras a su ministerio, Francisco considera que cuando alguien se arroga el derecho de juzgar a los sacerdotes, cae en la máxima arrogancia: dado que los sacerdotes están tan íntimamente unidos a Cristo que hacen sus veces y pueden realizar su misión en la Iglesia, quienes pecan contra ellos cometen un pecado mayor que si lo cometieran contra todos los otros hombres de este mundo.

Es evidente que Francisco dirigió su Admonición 26 a los hombres de su tiempo. En aquella época había quienes sostenían que lo decisivo no es la ordenación sacerdotal, sino la vida virtuosa del individuo. Por tanto, si no había ningún sacerdote virtuoso, el ministerio sacerdotal podía ejercerlo un laico de vida santa. Según esta mentalidad, la sucesión apostólica no depende del sacramento del orden, sino de la vida apostólica de los individuos. Los sacramentos administrados por un sacerdote válidamente ordenado pero que vive en pecado, son inválidos. Frente a esta manera de pensar, Francisco dice claramente: «y ellos solos administran a otros» (Adm 26,3); «y solos ellos administran a otros» (Test 10); «y sólo ellos deben administrarlos y no otros» (2CtaF 35). La dignidad del sacerdote se basa sobre su ordenación y ministerio. Este contexto subraya la importancia que esta «palabra de amonestación» tiene también para nuestro tiempo.

[Cf. Texto completo en http://www.franciscanos.org/iglesia/esserk2.html]

DE POCO VALE LA FRAGANCIA DE LA FLOR, SI NO VA ACOMPAÑADA DE LA CARIDAD


San Buenaventura, "Vitis mystica", cap. 32

La caridad, que nunca puede estar ociosa, se manifiesta siempre por las obras, como afirma san Gregorio: «La prueba del amor está en sus frutos». Y san Juan, el discípulo predilecto de Jesús, dice: Si alguno que posee bienes de la tierra ve a su hermano padecer necesidad y le cierra el corazón, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios? El que no ama a su hermano, a quien ve, ¿cómo puede amar a Dios, a quien no ve?

La misma Verdad, el buen Jesús, se cuidó de expresar con claridad las obras de misericordia, que demuestran el amor al prójimo, y que servirán, al final de los tiempos, de salvación o de reprobación, al decir: Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo y en la cárcel, y vinisteis a verme. Pues cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis. Éstas son las obras de misericordia, que tienen su raíz en la caridad. Es bueno, pues, pararse despacio a considerar cuál sea la dignidad de estas obras de caridad, que adquieren, en el juicio final, la categoría máxima de la salvación. Incluso de nada valdrá entonces la fragancia de la flor, es decir, la integridad de la virginidad, si a ésta le falta el aroma de las obras de caridad.

Examine cada uno su conciencia y vea si tiene esta disposición de mente. Cuando te encuentras con un pobre, con un enfermo, con un forastero, y pasas delante de ellos sin que te muevas a compasión, ni ruegas por sus necesidades, ni te unes a sus lamentos, ¿crees que estás lleno de compasión? Si no eres capaz de compartir tus bienes con el necesitado, tampoco sabes lo que es padecer privaciones. Recuerda que Cristo está presente en el pobre porque es miembro suyo, y, cuando te pide socorro, ayúdale, porque es él mismo quien te lo suplica; además el pobre es tu hermano. No cierres tus sentimientos a la verdadera compasión, que por la amplitud de ésta conocerás cuál es la medida de tu amor a Dios.

Mayor compasión merecen los que se apartaron de la fe o del recto proceder, o los que se sumergieron voluntaria o involuntariamente en el pecado; éstos precisan más del pan celestial de los ángeles, el dulce Jesús; dádselo con ardientes súplicas, con gemidos, con los ardores de vuestra caridad. Igualmente, quienes recibieron del Espíritu el don de la ciencia y de la sabiduría les deben dispensar el alimento de la palabra de Dios, que se contiene en los libros sagrados, para que, junto con su ferviente oración elevada al Señor, se digne abrirles los ojos del entendimiento, le conozcan y le saboreen, degustando la suavidad y dulzura del buen Dios, y se les abran de nuevo los ojos en la fracción del pan, es decir, al proporcionarles el recto conocimiento de esa palabra divina, que se desprende de la sabia interpretación de las sagradas Escrituras.

* * *

domingo, 9 de agosto de 2015

LANZAMIENTO EXCLUSIVO PARA TODA LATINOAMERICA, DE LA NUEVA CANCIÓN DE ALAN BECERRA




EN ADONAI, LANZAMIENTO EXCLUSIVO PARA TODA LATINOAMERICA Y EL RESTO DE LOS PAÍSES, DE LA NUEVA CANCIÓN DE ALAN BECERRA, " AUN LATES SEÑOR!!!
NO TE LO PIERDAS , HOY DE 18:30 A 20:30HS ADONAI,FM 90.7 RADIO MARÍA DEL ROSARIO, LA RADIO DEL PUEBLO DE DIOS , BENDICIONES,
TE ESPERAMOS!!!


martes, 4 de agosto de 2015

Adonai, Entrevista a Adrian Portes

ENTREVISTA AXANA KULIK

Entrevista,Padre Jose Antonio Medina Pellegrini

HERMOSA OBLIGACIÓN DEL HOMBRE: ORAR Y AMAR


de una catequesis de san Juan María Vianney

Consideradlo, hijos míos: el tesoro del hombre cristiano no está en la tierra, sino en el cielo. Por esto, nuestro pensamiento debe estar siempre orientado hacia allí donde está nuestro tesoro.

El hombre tiene un hermoso deber y obligación: orar y amar. Si oráis y amáis, habréis hallado la felicidad en este mundo.

La oración no es otra cosa que la unión con Dios. Todo aquel que tiene el corazón puro y unido a Dios experimenta en sí mismo como una suavidad y dulzura que lo embriaga, se siente como rodeado de una luz admirable. En esta íntima unión, Dios y el alma son como dos trozos de cera fundidos en uno solo, que ya nadie puede separar. Es algo muy hermoso esta unión de Dios con su pobre criatura; es una felicidad que supera nuestra comprensión.

Nosotros nos habíamos hecho indignos de orar, pero Dios, por su bondad, nos ha permitido hablar con él. Nuestra oración es el incienso que más le agrada.

Hijos míos, vuestro corazón es pequeño, pero la oración lo dilata y lo hace capaz de amar a Dios. La oración es una degustación anticipada del cielo, hace que una parte del paraíso baje hasta nosotros. Nunca nos deja sin dulzura; es como una miel que se derrama sobre el alma y lo endulza todo. En la oración hecha debidamente, se funden las penas como la nieve ante el sol.

Otro beneficio de la oración es que hace que el tiempo transcurra tan aprisa y con tanto deleite, que ni se percibe su duración. Mirad: cuando era párroco en Bresse, en cierta ocasión, en que casi todos mis colegas habían caído enfermos, tuve que hacer largas caminatas, durante las cuales oraba al buen Dios, y, creedme, el tiempo se me hacía corto.

Hay personas que se sumergen totalmente en la oración, como los peces en el agua, porque están totalmente entregadas al buen Dios. Su corazón no está dividido. ¡Cuánto amo a estas almas generosas! San Francisco de Asís y santa Coleta veían a nuestro Señor y hablaban con él, del mismo modo que hablamos entre nosotros.

Nosotros, por el contrario, ¡cuántas veces venimos a la iglesia sin saber lo que hemos de hacer o pedir! Y, sin embargo, cuando vamos a casa de cualquier persona, sabemos muy bien para qué vamos. Hay algunos que incluso parece como si le dijeran al buen Dios: «Sólo dos palabras, para deshacerme de ti...». Muchas veces pienso que, cuando venimos a adorar al Señor, obtendríamos todo lo que le pedimos si se lo pidiéramos con una fe muy viva y un corazón muy puro.

SAN JUAN MARÍA VIANNEY, CURA DE ARS


De la catequesis de Benedicto XVI del 5 de agosto de 2009

Queridos hermanos y hermanas:

Juan María Vianney nació en la pequeña aldea de Dardilly (Francia) el 8 de mayo de 1786, en el seno de una familia campesina, pobre en bienes materiales, pero rica en humanidad y fe. Bautizado el mismo día de su nacimiento, consagró los años de su niñez y de su adolescencia a trabajar en el campo y a apacentar animales, hasta el punto de que, a los diecisiete años, aún era analfabeto. No obstante, se sabía de memoria las oraciones que le había enseñado su piadosa madre y se alimentaba del sentido religioso que se respiraba en su casa.

Los biógrafos refieren que, desde los primeros años de su juventud, trató de conformarse a la voluntad de Dios incluso en las ocupaciones más humildes. Albergaba en su corazón el deseo de ser sacerdote, pero no le resultó fácil realizarlo. Llegó a la ordenación presbiteral, después de no pocas vicisitudes e incomprensiones, gracias a la ayuda de prudentes sacerdotes, que no se detuvieron a considerar sus límites humanos, sino que supieron mirar más allá, intuyendo el horizonte de santidad que se perfilaba en aquel joven realmente singular. Así, el 23 de junio de 1815, fue ordenado diácono y, el 13 de agosto siguiente, sacerdote. Por fin, a la edad de 29 años, después de numerosas incertidumbres, no pocos fracasos y muchas lágrimas, pudo subir al altar del Señor y realizar el sueño de su vida.

El santo cura de Ars manifestó siempre una altísima consideración del don recibido. Afirmaba: «¡Oh, qué cosa tan grande es el sacerdocio! No se comprenderá bien más que en el cielo... Si se entendiera en la tierra, se moriría, no de susto, sino de amor». Además, de niño había confiado a su madre: «Si fuera sacerdote, querría conquistar muchas almas». Y así sucedió. En el servicio pastoral, tan sencillo como extraordinariamente fecundo, este anónimo párroco de una aldea perdida del sur de Francia logró identificarse tanto con su ministerio que se convirtió, también de un modo visible y reconocible universalmente, en alter Christus, imagen del buen Pastor que, a diferencia del mercenario, da la vida por sus ovejas (cf. Jn 10,11). A ejemplo del buen Pastor, dio su vida en los decenios de su servicio sacerdotal. Su existencia fue una catequesis viviente, que cobraba una eficacia muy particular cuando la gente lo veía celebrar la misa, detenerse en adoración ante el sagrario o pasar muchas horas en el confesonario.

El centro de toda su vida era la Eucaristía, que celebraba y adoraba con devoción y respeto. Otra característica fundamental de esta extraordinaria figura sacerdotal era el ministerio asiduo de las confesiones. En la práctica del sacramento de la Penitencia reconocía el cumplimiento lógico y natural del apostolado sacerdotal, en obediencia al mandato de Cristo: «A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20,23). Así pues, san Juan María Vianney se distinguió como óptimo e incansable confesor y maestro espiritual. Pasando, «con un solo movimiento interior, del altar al confesonario», donde transcurría gran parte de la jornada, intentó por todos los medios, en la predicación y con consejos persuasivos, que sus feligreses redescubriesen el significado y la belleza de la Penitencia sacramental, mostrándola como una íntima exigencia de la Presencia eucarística.

Logró tocar el corazón de la gente no gracias a sus dotes humanas, ni basándose exclusivamente en un esfuerzo de voluntad, por loable que fuera; conquistó las almas, incluso las más refractarias, comunicándoles lo que vivía íntimamente, es decir, su amistad con Cristo. Estaba «enamorado» de Cristo, y el verdadero secreto de su éxito pastoral fue el amor que sentía por el Misterio eucarístico anunciado, celebrado y vivido, que se transformó en amor por la grey de Cristo, los cristianos, y por todas las personas que buscan a Dios.

jueves, 30 de julio de 2015

ADRIAN PORTES CANTANTE CATÓLICA EN ADONAI.


ADRIAN PORTES EN ADONAI !!!

video


ADRIAN PORTES , CANTANTE CATÓLICA DE  SANTIAGO DE LOS SEBALLEROS, SANTIAGO, REPÚBLICA DOMINICANA!!!! NO TE LO PIERDAS !!!! DOMINGO 02 DE AGOSTO EN ADONAI.

Cuando tengas claro donde quieres ir sabrás qué camino escoger







¿En cuántas ocasiones nos encontramos en situaciones que no nos gustan, que nos incomodan o que nos hacen sentir mal? y ni siquiera nos planteamos cómo cambiarlas. Nos basta con quejarnos o ponernos excusas para no hacer nada.
Cada día encuentro más gente molesta con la vida que lleva. Están estresados por sus circunstancias, su trabajo, sus familias o sus responsabilidades. Pero cuando les preguntas lo que quieren en sus vidas no saben realmente qué contestar. Hablan en genérico: una vida mejor, más tranquilidad, menos trabajo, más dinero o más amor, pero pocos concretan realmente su mundo idílico.
El primer paso que tenemos que aclarar es saber dónde queremos ir. Lo primero que debemos hacer es analizar qué deseamos en realidad, dónde nos gustaría estar dentro de 5, 10 o 30 años.

Para alcanzar cualquier sueño, tanto en nuestra vida personal, familiar, como en lo profesional y cristiana, el primer paso es determinar nuestro objetivo. Piensa en tu futuro, sueña con él y comprométete con tu proyecto. Y cuando tengas claro donde quieres ir, sabrás qué camino escoger.
Por eso es bueno plantearse que:
- Nadie alcanza la meta con un solo intento, ni perfecciona la vida con una sola rectificación, ni alcanza altura con un solo vuelo
- Nadie mira la vida sin acobardarse en muchas ocasiones, ni se mete en el barco sin temerle a la tempestad, ni llega al puerto sin remar muchas veces.

- Nadie llega a la otra orilla sin haber ido haciendo puentes para pasar
- Nadie puede juzgar sin conocer primero su propia debilidad.
- Nadie siente el amor sin probar sus lágrimas, ni recoge rosas sin sentir sus espinas.
- Nadie recoge cosechas sin probar muchos sabores, enterrar muchas semillas y abonar mucha tierra
- Nadie reconoce la oportunidad hasta que ésta pasa por su lado y la deja ir.
- Nadie consigue su ideal sin haber pensado muchas veces que perseguía un imposible.
- Nadie deja el alma lustrosa sin el pulimento diario de Dios.
- Nadie hace obras sin martillar sobre su edificio, ni cultiva amistad sin renunciar a sí mismo, ni se hace hombre sin sentir a Dios.
- Nadie encuentra el pozo de DIOS hasta caminar por la sed del desierto.
- Nadie deja de llegar, cuando se tiene la claridad de un don, el crecimiento de su voluntad, la abundancia de la vida, el poder para realizarse y el impulso de DIOS.

- Nadie deja de llegar cuando de verdad se lo propone. Si sacas todo lo que tienes y estas con DIOS...!Vas a llegar!
P. Oscar Chavarria.

SAN PEDRO CRISÓLOGO

, obispo y doctor de la Iglesia.

Nació hacia el año 380 en Imola (Emilia-Romaña, Italia), y entró a formar parte del clero de aquella ciudad. El año 424 fue elegido obispo de Ravena, e instruyó a su grey, de la que era pastor celosísimo, con su ejemplo y con abundantes sermones y escritos; poseemos unos 180 sermones suyos. Mantuvo unas fructíferas relaciones con la emperatriz Gala Plácida, con los obispos de su tiempo y sobre todo con el papa san León Magno. El título de Crisólogo, "palabra de oro", le fue dado en consonancia con la erudición y elocuencia de sus sermones. Murió en Imola el 31 de julio, hacia el año 450.


-Oración: Señor Dios, que hiciste de tu obispo san Pedro Crisólogo un insigne predicador de la Palabra encarnada, concédenos, por su intercesión, guardar y meditar en nuestros corazones los misterios de la salvación y vivirlos en la práctica con fidelidad. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

EL MISTERIO DE LA ENCARNACIÓN




Del Sermón 148 de san Pedro Crisólogo

El hecho de que una virgen conciba y continúe siendo virgen en el parto y después del parto es algo totalmente insólito y milagroso; es algo que la razón no se explica sin una intervención especial del poder de Dios; es obra del Creador, no de la naturaleza; se trata de un caso único, que se sale de lo corriente; es cosa divina, no humana. El nacimiento de Cristo no fue un efecto necesario de la naturaleza, sino obra del poder de Dios; fue la prueba visible del amor divino, la restauración de la humanidad caída. El mismo que, sin nacer, había hecho al hombre del barro intacto tomó, al nacer, la naturaleza humana de un cuerpo también intacto; la mano que se dignó coger barro para plasmarnos también se dignó tomar carne humana para salvarnos. Por tanto, el hecho de que el Creador esté en su criatura, de que Dios esté en la carne, es un honor para la criatura, sin que ello signifique afrenta alguna para el Creador.

Hombre, ¿por qué te consideras tan vil, tú que tanto vales a los ojos de Dios? ¿Por qué te deshonras de tal modo, tú que has sido tan honrado por Dios? ¿Por qué te preguntas tanto de dónde has sido hecho, y no te preocupas de para qué has sido hecho? ¿Por ventura todo este mundo que ves con tus ojos no ha sido hecho precisamente para que sea tu morada? Para ti ha sido creada esta luz que aparta las tinieblas que te rodean; para ti ha sido establecida la ordenada sucesión de días y noches; para ti el cielo ha sido iluminado con este variado fulgor del sol, de la luna, de las estrellas; para ti la tierra ha sido adornada con flores, árboles y frutos; para ti ha sido creada la admirable multitud de seres vivos que pueblan el aire, la tierra y el agua, para que una triste soledad no ensombreciera el gozo del mundo que empezaba.

Y el Creador encuentra el modo de acrecentar aún más tu dignidad: pone en ti su imagen, para que de este modo hubiera en la tierra una imagen visible de su Hacedor invisible y para que hicieras en el mundo sus veces, a fin de que un dominio tan vasto no quedara privado de alguien que representara a su Señor. Más aún, Dios, por su clemencia, tomó en sí lo que en ti había hecho por sí y quiso ser visto realmente en el hombre, en el que antes sólo había podido ser contemplado en imagen; y concedió al hombre ser en verdad lo que antes había sido solamente en semejanza.

Nace, pues, Cristo para restaurar con su nacimiento la naturaleza corrompida; se hace niño y consiente ser alimentado, recorre las diversas edades para instaurar la única edad perfecta, permanente, la que él mismo había hecho; carga sobre sí al hombre para que no vuelva a caer; lo había hecho terreno, y ahora lo hace celeste; le había dado un principio de vida humana, ahora le comunica una vida espiritual y divina. De este modo lo traslada a la esfera de lo divino, para que desaparezca todo lo que había en él de pecado, de muerte, de fatiga, de sufrimiento, de meramente terreno; todo ello por el don y la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina con el Padre en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, ahora y siempre y por los siglos inmortales. Amén.

martes, 2 de junio de 2015

«TENER EL ESPÍRITU DEL SEÑOR» (I)


por Ignace-Étienne Motte, ofm

La vida evangélica exige una transformación radical, un «cambio de espíritu»:
-Liberarse del espíritu terreno, que propulsa al hombre por los falsos caminos del tener, del parecer y del poder.
-Acoger al Espíritu del Señor, que compromete al hombre a caminar por la senda de la pobreza y la minoridad, y desemboca en la acción de gracias, el servicio y la misericordia.
Se trata de un «nuevo nacimiento», fruto de la Pascua de Jesús, mediante el cual el hombre es introducido en el mundo de Dios-Trinidad: un mundo de comunión, participación, amor gratuito, misericordia.

«Aplíquense los hermanos a lo que por encima de todo deben anhelar: tener el Espíritu del Señor y su santa operación» (2 R 10,8). He aquí el objetivo supremo de la vida evangélica según san Francisco: dejar todo el espacio de uno mismo a la libre disposición del Espíritu Santo, de modo que Éste se convierta de verdad en la fuente viva de donde broten las relaciones, pensamientos, opciones, acciones..., en una palabra, toda la existencia del ser, del cual se ha adueñado.

Francisco y sus hermanos saben que el «seguimiento de Cristo» al que están llamados no se limita a una copia externa y tosca del modelo, sino que tiende a una comunión lo más profunda posible, que haga en cierto modo coincidir la persona del discípulo con Jesús, conformándola gradualmente desde dentro a su «prototipo», a su Cabeza (cf. Col 1,18). «A fin de que, interiormente purgados, iluminados interiormente y encendidos por el fuego del Espíritu Santo, podamos seguir las huellas de tu amado Hijo...» (CtaO 51). En el pensamiento de Francisco las expresiones «seguir las huellas de Cristo» y «tener el Espíritu del Señor» parecen íntimamente unidas.

CAMBIAR DE ESPÍRITU

Para que esta «invasión» del Espíritu sea posible, hay que dejar el espacio libre, es decir, hay que desprender al hombre pecador del espíritu terreno que lo propulsa por caminos distintos a los del Evangelio:

«Amonesto y exhorto en el Señor Jesucristo a que se guarden los hermanos de toda soberbia, vanagloria, envidia, avaricia, preocupación y solicitud de este mundo, difamación y murmuración, y no se preocupen de hacer estudios los que no los hayan hecho. Aplíquense, en cambio, a lo que por encima de todo deben anhelar: tener el Espíritu del Señor y su santa operación» (2 R 10,7-8).

En pleno centro de la vida espiritual hay una transformación radical: pasar del espíritu terreno al Espíritu del Señor, cambiar de espíritu. Sin tal vez saberlo, Francisco repite como un eco la misma palabra del Evangelio «meta-noïete» en griego, que según Marcos es la primera llamada de la predicación de Jesús: «Convertíos y creed la Buena Noticia» (Mc 1,15).

Este «cambio de espíritu» constituye un tema capital del mensaje de Francisco. Lo encontramos desarrollado expresamente en algunos de los principales pasajes de sus escritos: la primera Regla: 1 R 17,5-16 (resumido en 2 R 10,7-12, que hemos citado parcialmente antes), 1 R 22; y la Carta a los Fieles: 2CtaF 45-60. Tengamos en cuenta que estos tres fragmentos se presentan como cumbres del pensamiento de Francisco: 1 R 17 es la conclusión de la Regla en una de las etapas de su redacción; 1 R 22 es el testamento de Francisco cuando marcha a Tierra Santa; 2CtaF 45-60 describe el punto final de la plenitud de la Eucaristía en la vida del cristiano. Como prueba de ello, estos tres importantes textos desembocan en otras tantas solemnes doxologías, oraciones a la Gloria de Dios: 1 R 17,17-19; 1 R 23; 2CtaF 61-62.

LA SANTÍSIMA TRINIDAD




Benedicto XVI, Ángelus del 11 de junio de 2006

Queridos hermanos y hermanas:

Gracias al Espíritu Santo, que ayuda a comprender las palabras de Jesús y guía a la verdad completa (cf. Jn 14,26; 16,13), los creyentes pueden conocer, por decirlo así, la intimidad de Dios mismo, descubriendo que él no es soledad infinita, sino comunión de luz y de amor, vida dada y recibida en un diálogo eterno entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo, como dice san Agustín, Amante, Amado y Amor.
En este mundo nadie puede ver a Dios, pero él mismo se dio a conocer de modo que, con el apóstol san Juan, podemos afirmar: «Dios es amor» (1 Jn 4,8.16), «hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él» (cf. 1 Jn 4,16). Quien se encuentra con Cristo y entra en una relación de amistad con él, acoge en su alma la misma comunión trinitaria, según la promesa de Jesús a los discípulos: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Jn 14,23).
Todo el universo, para quien tiene fe, habla de Dios uno y trino. Desde los espacios interestelares hasta las partículas microscópicas, todo lo que existe remite a un Ser que se comunica en la multiplicidad y variedad de los elementos, como en una inmensa sinfonía. Todos los seres están ordenados según un dinamismo armonioso, que analógicamente podemos llamar «amor». Pero sólo en la persona humana, libre y racional, este dinamismo llega a ser espiritual, llega a ser amor responsable, como respuesta a Dios y al prójimo en una entrega sincera de sí. En este amor, el ser humano encuentra su verdad y su felicidad. Entre las diversas analogías del misterio inefable de Dios uno y trino que los creyentes pueden vislumbrar, quisiera citar la de la familia, la cual está llamada a ser una comunidad de amor y de vida, en la que la diversidad debe contribuir a formar una «parábola de comunión».
Obra maestra de la santísima Trinidad es, entre todas las criaturas, la Virgen María: en su corazón humilde y lleno de fe, Dios se preparó una morada digna para realizar el misterio de la salvación. El Amor divino encontró en ella una correspondencia perfecta, y en su seno el Hijo unigénito se hizo hombre. Con confianza filial dirijámonos a María, para que, con su ayuda, progresemos en el amor y hagamos de nuestra vida un canto de alabanza al Padre por el Hijo en el Espíritu Santo.

lunes, 4 de mayo de 2015

Ntra. Sra. de Lujan


La nueva túnica de la Virgen tiene bordada en el pecho a La Sagrada Familia. Porque se le ha encomendado a Nuestra Señora de Lujan interceder por el Sínodo de la Familia que culmina este año en el mes de octubre.

























LA BENDICIÓN DEL PADRE HA BRILLADO PARA LOS HOMBRES POR MEDIO DE MARÍA


San Sofronio de Jerusalén, Sermón 2,
en la Anunciación de la Santísima Virgen (21-22.26)

Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo. ¿Y qué puede ser más sublime que este gozo, oh Virgen Madre? ¿O qué cosa puede ser más excelente que esta gracia, que, viniendo de Dios, sólo tú has obtenido? ¿Acaso se puede imaginar una gracia más agradable o más espléndida? Todas las demás no se pueden comparar a las maravillas que se realizan en ti; todas las demás son inferiores a tu gracia; todas, incluso las más excelsas, son secundarias y gozan de una claridad muy inferior.

El Señor está contigo. ¿Y quién es el que puede competir contigo? Dios proviene de ti; ¿quién no te cederá el paso, quién habrá que no te conceda con gozo la primacía y la precedencia? Por todo ello, contemplando tus excelsas prerrogativas, que destacan sobre las de todas las criaturas, te aclamo con el máximo entusiasmo: Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo. Pues tú eres la fuente del gozo no sólo para los hombres, sino también para los ángeles del cielo.

Verdaderamente, bendita tú entre las mujeres, pues has cambiado la maldición de Eva en bendición; pues has hecho que Adán, que yacía postrado por una maldición, fuera bendecido por medio de ti.

Verdaderamente, bendita tú entre las mujeres, pues por medio de ti la bendición del Padre ha brillado para los hombres y los ha liberado de la antigua maldición.

Verdaderamente, bendita tú entre las mujeres, pues por medio de ti encuentran la salvación tus progenitores, pues tú has engendrado al Salvador que les concederá la salvación eterna.

Verdaderamente, bendita tú entre las mujeres, pues sin concurso de varón has dado a luz aquel fruto que es bendición para todo el mundo, al que ha redimido de la maldición que no producía sino espinas.

Verdaderamente, bendita tú entre las mujeres, pues a pesar de ser una mujer, criatura de Dios como todas las demás, has llegado a ser, de verdad, Madre de Dios. Pues lo que nacerá de ti es, con toda verdad, el Dios hecho hombre, y, por lo tanto, con toda justicia y con toda razón, te llamas Madre de Dios, pues de verdad das a luz a Dios.

Tú tienes en tu seno al mismo Dios, hecho hombre en tus entrañas, quien, como un esposo, saldrá de ti para conceder a todos los hombres el gozo y la luz divina.

Dios ha puesto en ti, oh Virgen, su tienda como en un cielo puro y resplandeciente. Saldrá de ti como el esposo de su alcoba e, imitando el recorrido del sol, recorrerá en su vida el camino de la futura salvación para todos los vivientes, y, extendiéndose de un extremo a otro del cielo, llenará con calor divino y vivificante todas las cosas.

martes, 31 de marzo de 2015







Esta Misa, llamada precisamente Crismal, es la manifestación solemne de la Iglesia local, que celebra al Señor Jesús, sacerdote de su mismo sacrificio, ofrecido al Padre como supremo acto de adoración y amor filial.
Por tanto, es significativo que en esta fiesta tan singular del sacerdocio de Cristo y de sus ministros, los presbíteros renueven juntos, ante el pueblo cristiano, las promesas sacerdotales.
Con el santo Crisma consagrado por el Obispo, son ungidos los nuevos bautizados y son signados los que son confirmados. Con el óleo de los catecúmenos se prepara y se dispone a éstos para el bautismo. Con el óleo de los enfermos, éstos son aliviados en su enfermedad.
La liturgia cristiana ha hecho suyo el uso del Antiguo Testamento, según el cual los reyes y profetas eran ungidos con el óleo de la consagración, pues ellos prefiguraban a Cristo, cuyo nombre significa precisamente "Ungido del Señor".
De manera semejante el santo Crisma significa que, por el bautismo, los cristianos fueron injertados en el Misterio Pascual de Cristo, han muerto, han sido sepultados y resucitados con él, hechos partícipes de su sacerdocio profético y real, El crisma es también un signo de la unción espiritual del Espíritu Santo que les es dado a los cristianos en la confirmación.
El óleo de los catecúmenos prolonga el efecto de los exorcismos ya que fortalece a los bautizados para que puedan renunciar al demonio y al pecado, antes de acercarse a la fuente de la Vida para renacer en ella.
El óleo de los enfermos cuyo uso atestigua el apóstol Santiago, sirve de remedio para las enfermedades del cuerpo y del alma y permite a los enfermos soportar con fortaleza, combatir sus males y alcanzar el perdón de sus pecados.

viernes, 27 de marzo de 2015

!! Francisco enséñanos a orar !!



¡FRANCISCO, ENSÉÑANOS A ORAR!
con San Francisco al encuentro de Cristo
por Francesco Saverio Toppi, OFMCap



Para renovarnos en el espíritu y en la vida de oración, según las directrices del Concilio (PC 2,2b), debemos conocer y recobrar el espíritu y la vida de oración de nuestro santo Fundador y adaptarlos a nuestro tiempo. Debemos acercarnos a él, como los primeros hermanos, y pedirle que nos enseñe a orar, que nos introduzca en el secreto de su espíritu y de su vida de oración (1 Cel 45).

Tal secreto se desvela en la que fue la vuelta decisiva y determinante de su itinerario de conversión: el encuentro con Cristo en el camino de Espoleto, que significó para Francisco algo así como la visión de Damasco para Pablo (TC 5-6). Allí Francisco fue atrapado por Cristo, que se le presentó como «el Señor» por antonomasia y le provocó un vuelco radical de todos sus proyectos.

La conversión de san Francisco tuvo desde luego un desarrollo gradual; pero el punto de partida, que se identificó con el punto de llegada, el medio principal y el fin supremo, fue indiscutiblemente el amor a Cristo.

Jesús arrolló literalmente al joven Francisco, se posesionó de todos sus sentidos, de todas sus fibras, se adueñó de todas las palpitaciones de su corazón en todos los momentos de su vida. La clave de la espiritualidad del Serafín de Asís se encuentra en el célebre testimonio de Celano: «Los hermanos que vivieron en su compañía saben lo muy duradera y continua que era su conversación acerca de Jesús, y cuán agradable y suave, cuán tierna y llena de amor. Su boca hablaba de la abundancia de su corazón, y volcaba al exterior aquel torrente de encendida caridad que lo abrasaba en su interior. Estaba íntimamente unido con Jesús: a Jesús llevaba siempre en el corazón, a Jesús en los labios, a Jesús en los oídos, a Jesús en los ojos, a Jesús en las manos, a Jesús en todos los miembros de su cuerpo» (1 Cel 115).

San Francisco podía afirmar con toda verdad a una con san Pablo: «Ya no vivo yo, vive en mí Cristo» (Gál 2,20). Una vez que se ha encontrado con Él, el Señor, Francisco se despoja de todo para ser pobre como Él. Acepta 1a humillación, el desprecio, la convivencia con los marginados, los mendigos, los rechazados por la sociedad, los leprosos..., para ser como Él. Macera al hombre viejo, para que viva en él el Hombre nuevo. Abraza y besa al leproso, superando la repugnancia irresistible de la naturaleza, porque sabe que abraza y besa a Aquel que se presentó como un leproso por amor a nosotros.

San Francisco siguió, imitó, reprodujo al vivo a Jesucristo, y quiso que ésta fuese la norma fundamental y la regla suprema de su Fraternidad. Cuanto se diga sobre la oración sólo puede ser viable dentro de esta perspectiva: un compromiso operativo y coherente de modelarse sobre Cristo, compromiso de conversión continua, radical, transformante, tensa en profundidad hacia la persona viva del Señor Jesús.

Es necesario dejar bien sentado que la oración y la vida constituyen una unidad indivisible, que la una depende de la otra, que la una autentica a la otra. La separación entre oración y vida es principio de crisis de la oración; para resolverla, se precisa unificarlas y unificarlas en Cristo. Una recuperación del valor de la oración que se limitase únicamente a la oración sería, no sólo unilateral, sino además inevitablemente estéril. La auténtica oración se reconoce por los frutos de vida. Pretender recuperar el valor de la oración sin comprometerse seriamente en la conversión de la vida es utópico.

La vida cristiana, la ascesis, hay que plantearla desde la teología paulina del Cuerpo Místico y desde la tensión joánica del permanecer en Cristo, descrita en la alegoría de la vid y los sarmientos. Las virtudes han de ser presentadas, se ha de estimular a adquirirlas, como aspectos de la conformidad con Cristo, movimientos dinámicos hacia la asimilación de Cristo, modos de expresar el amor a Cristo. Precisamente, como las vio y las practicó Francisco de Asís.

DÍA DEL NIÑO POR NACER (25 de marzo de 2012) Cardenal Jorge M. Bergoglio,Arzobispo de Buenos Aires,





Desgravación de la homilía del cardenal Jorge M. Bergoglio,Arzobispo de Buenos Aires, en la misa celebrada en la catedral metropolitana, tras la cual se rezó un rosario por la vida (25 de marzo de 2012)

… la gracia de participar generosamente de ese amor que llevó a su Hijo Jesús a entregarse a la muerte para darnos la vida a nosotros.

La gracia de hacer nuestro este mensaje del Evangelio, de hacer nuestro el camino que Jesús siguió. Dar su vida para que nosotros tuviéramos vida, negarse a sí mismo en favor de nosotros.

Un camino nada fácil, que los llevó por tortuosos senderos de incomprensión,  persecución, incluso con angustias. En este pasaje que acabamos de escuchar, Jesús dice: Mi alma ahora esta turbada, pero he llegado para esto. Y acá se proyecta esa turbación, esa tristeza, esa angustia del Corazón de Jesús, esa soledad enorme en el huerto de los Olivos, que lo hace sudar sangre. Y eso por nosotros, para que tengamos vida… y vida en abundancia. Y para que no tengamos dudas de que éste es el camino y no otro, nos habla del grano de trigo: Si el grano de trigo no muere, permanece solo, no da fruto.

Y nos dice que va a atraer todo cuando vaya a ser levantado en alto, es decir, cuando esté pagando con su vida nuestro rescate. Obviamente, estamos frente al misterio más grande. Dios que se hace hombre, que toma nuestra condición humana, para pagar nuestras deudas, para defender nuestra vida, para darnos vida.

Y este es el camino para cuidar la vida, entregar la propia. El que tiene apego a su vida la perderá. El que no está apegado a su vida en el este mundo la conservará  para la vida eterna.

El egoísmo nos lleva a apegarnos a nuestra propia vida, hasta tal punto de disimular la situación de peligro o de injusticia de otras vidas, vidas que están en camino, están por nacer, vidas que están creciendo y que corren el riesgo de caer en manos que les deformen en corazón. La vida de nuestros chicos, las vidas de nuestros jóvenes, vidas que empiezan a trabajar y tienen que aprender a sortear las dificultades sin vender su conciencia, vidas a las que hay que acompañar y enseñarles a no venderse. Siempre hay un sobrecito tentador que se da a cambio de aceptar una idea o de hacerse el distraído mirando hacia otro lado. Vidas que tiene que engendrar y dar como herencia valores, valores humanos y valores divinos. Vidas que se van añejando en esa sabiduría de los ancianos que nos piden por favor que los cuidemos, que no los abandonemos, que no los despachemos para sacárnoslos de encima.

Cuidar la vida, y solamente se la cuida como la cuidó Jesús. Y cuidar la vida entraña el cuidarnos entre nosotros, el más pequeñito, que apenas se ve en una ecografía, el más anciano, añejo de sabiduría por haber caminado y trabajado con dignidad.

Y también cuidar la vida de aquel que se desvió, no condenar, rezar por él, hacer penitencia por él, pedir la misericordia de Dios por él.

Tantos Herodes que no sólo no se ocupan de la vida de los demás sino que la limitan, la acotan o la matan. Pedir, orar, todo eso es morir a uno mismo, para que la vida crezca en los demás, todo eso es morir como Jesús para que la vida sea cuidada.

Escuchemos la voz de Jesús en el Evangelio, el que tiene apego a su vida la va a perder. Cuidar la vida de mi hermano, cuidar la vida de cualquier ser humano supone  sacrificio, supone cruz, supone no cuidarme yo. Supone que nos sea concedida esa gracia. Le pedimos al comenzar la misa: “Padre, danos la gracia de participar generosamente de este amor que llevó a tu Hijo a entregarse por nosotros.

En esta misa pidamos la gracia de cuidarnos mutuamente, de cuidar toda la vida, de trabajar para que tantos Herodes que se dan a lo largo del transcurso de una vida, no logren su cometido: facilitemos huidas a Egipto para cuidar a los hermanos, desde los más chiquitos hasta los más grandes.
La que nos da un ejemplo de cómo se cuida la vida es Ella, que cuidó a Dios chiquitito y cuidó a Dios clavado en una Cruz, de pie y de pie, con fortaleza y generosidad.

Madre, enséñanos a cuidar la vida.

Card. Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires

LA DEVOCIÓN MARIANA DE SAN FRANCISCO


MARÍA Y CRISTO
por Kajetan Esser, ofm



«Rodeaba de amor indecible a la madre de Jesús, por haber hecho hermano nuestro al Señor de la majestad» (2 Cel 198), «y por habernos alcanzado misericordia» (LM 9,3). Estas sencillas palabras de sus biógrafos expresan el motivo más profundo de la devoción de san Francisco a la Virgen.

Puesto que la encarnación del Hijo de Dios constituía el fundamento de toda su vida espiritual, y a lo largo de su vida se esforzó con toda diligencia en seguir en todo las huellas del Verbo encarnado, debía mostrar un amor agradecido a la mujer que no sólo nos trajo a Dios en forma humana, sino que hizo «hermano nuestro al Señor de la majestad». Esto hacía que ella estuviera en íntima relación con la obra de nuestra redención; y le agradecemos el que por su medio hayamos conseguido la misericordia de Dios.

Francisco expresa esta gratitud en su gran Credo, cuando, al proclamar las obras de salvación, dice: «Omnipotente, santísimo, altísimo y sumo Dios, Padre santo y justo, Señor rey del cielo y de la tierra, te damos gracias por ti mismo... Por el santo amor con que nos amaste, quisiste que Él, verdadero Dios y verdadero hombre, naciera de la gloriosa siempre Virgen beatísima santa María» (1 R 23,1-3).

Aquí, «el homenaje que el hombre rinde a la majestad divina desde lo más profundo de su ser», característica de la antigua edad media, se funde en desbordante plenitud con el amor reconocido del hombre atraído a la intimidad de Dios. Otro tanto sucede en el salmo navideño que Francisco, a tono con la piedad sálmica de la primera edad media, compuso valiéndose de los himnos redactados por los cantores del Antiguo Testamento: «Glorificad a Dios, nuestra ayuda; cantad al Señor, Dios vivo y verdadero, con voz de alegría... Porque el santísimo Padre del cielo... envió a su amado Hijo de lo alto, y nació de la bienaventurada Virgen santa María» (OfP 15,1-3).

Con alabanza desbordante de alegría, Francisco da gracias al Padre celestial por el don de la maternidad divina concedido a María. Este es el primero y más importante motivo de su devoción mariana: «Escuchad, hermanos míos; si la bienaventurada Virgen es tan honrada, como es justo, porque lo llevó en su santísimo seno...» (CtaO 21). En aquella época campeaba por sus respetos la herejía cátara, que, aferrada a su principio dualista, explicaba la encarnación del Hijo de Dios en sentido docetista y, por consiguiente, anulaba la participación de María en la obra de la salvación. Para manifestar su oposición a la herejía, Francisco, devoto de María, no se cansaba de proclamar, con extrema claridad, la verdad de la maternidad divina real de María: «Este Verbo del Padre, tan digno, tan santo y glorioso, anunciándolo el santo ángel Gabriel, fue enviado por el mismo altísimo Padre desde el cielo al seno de la santa y gloriosa Virgen María, y en él recibió la carne verdadera de nuestra humanidad y fragilidad» (2CtaF 4). Y en el Saludo a la bienaventurada Virgen María celebra esta verdadera y real maternidad con frases siempre nuevas, dirigiéndose a ella de un modo exquisitamente concreto y expresivo, llamándola: «palacio de Dios», «tabernáculo de Dios», «casa de Dios», «vestidura de Dios», «esclava de Dios», «Madre de Dios».

No estará de más recordar aquí que el santo no trató de combatir la herejía con la lucha o la confrontación, sino con la oración. Tal vez también en esto seguía el mismo principio que estableció respecto al honor de Dios: «Y si vemos u oímos decir o hacer mal o blasfemar contra Dios, nosotros bendigamos, hagamos bien y alabemos a Dios, que es bendito por los siglos» (1 R 17,19).

Cosa sorprendente: la mayor parte de las afirmaciones de Francisco sobre la Madre de Dios se encuentran en sus oraciones y cantos espirituales. A su aire, sigue con sencillez y simplicidad la exhortación del Apóstol: «No os dejéis vencer por el mal, sino venced el mal con el bien» (Rm 12,21).

LA ANUNCIACIÓN DEL SEÑOR.

Fiesta conjunta de Cristo y de la Virgen:

La Encarnación del Hijo del eterno Padre en el seno de la Virgen por obra del Espíritu Santo.           El Verbo se hace hijo de María y ésta se convierte en Madre de Dios. San Lucas refiere que el ángel Gabriel, enviado por Dios a la Virgen María, se le presentó en Nazaret y le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se conturbó, pero al ángel añadió: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir y a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús, que será llamado Hijo del Altísimo». María aclaró que no conocía varón, y el ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios». Entonces María dijo: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». San Juan cierra así la escena: «Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros».-








Oración: Señor, tú has querido que la Palabra se encarnase en el seno de la Virgen María; concédenos, en tu bondad, que cuantos confesamos a nuestro Redentor, como Dios y como hombre verdadero, lleguemos a hacernos semejantes a él en su naturaleza divina. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

martes, 17 de febrero de 2015

CELEBRAR EL MISTERIO PASCUAL Cuándo celebrar


Antes de entrar en el tiempo de Cuaresma, vamos a recordar brevemente qué es el AÑO LITÚRGICO, tomando como punto de referencia algunos textos de la Constitución Sacrosanctum Concilium sobre la sagrada liturgia (en adelante SC), por su riqueza doctrinal, su expresión sintética y su fecundidad normativa en la reforma litúrgica.

El capítulo I de la SC (n. 5-7) nos manifiesta el designio benevolente de Dios de salvar a todos los hombres y a todo el hombre por medio de la obra salvífica de su Hijo que es continuada por la Iglesia en la Liturgia, donde Él está siempre presente, podemos decir que la Liturgia es la Historia de la salvación en acto: se expresa en los textos y en los ritos de cada una de las celebraciones, teniendo como culmen el Misterio Pascual, como realidad eternamente presente que se comunica a todas las acciones litúrgicas.

«La clave de comprensión de la Historia de la salvación es precisamente la proclamación sistemática de la Palabra de Dios que recuerda y actualiza esta historia y la celebración de estos acontecimientos en la oración y en los sacramentos. Concentrando toda la historia de la salvación en el misterio de Cristo, la Iglesia lee, celebra, actualiza las maravillas de Dios, mirabilia Dei, con una programación sistemática en el Año Litúrgico, a través de las diversas formas celebrativas, tanto en la liturgia de la palabra de la Eucaristía y de los sacramentos como en la Liturgia de las Horas.
El Año Litúrgico es, pues, la realidad donde ampliamente se celebra esta historia al proclamarla y actualizarla.»1
La Iglesia, en el Año Litúrgico, hace memoria agradecida celebrando la obra de salvación de su divino Esposo: Cristo Jesús: «Cada semana, en el día que ha llamado “del Señor”, conmemora su resurrección, que una vez al año celebra también, junto con su santa pasión, en la máxima solemnidad de la PASCUA. Además, en el círculo del año desarrolla todo el misterio de Cristo, desde la Encarnación y la Navidad hasta la Ascensión, Pentecostés y la expectativa de la dichosa esperanza y venida del Señor. Conmemorando así los misterios de la redención, abre las riquezas del poder santificador y de los méritos de su Señor, de tal manera que, en cierto modo, se hacen presentes en todo tiempo para que puedan los fieles ponerse en contacto con ellos y llenarse de la gracia de la salvación». (SC 102




CUARESMA camino hacia la PASCUA

El tiempo de CUARESMA abarca desde el Miércoles de Ceniza hasta el Jueves Santo antes de la Misa de la Cena del Señor. La Cuaresma es un tiempo favorable por cuya observancia, cada an o, se asciende al monte santo de la Pascua. La razo n de ser del tiempo de Cuaresma es la preparacio n del pueblo de Dios para la Pascua; tanto los catecúmenos que en este tiempo pasan por los ritos propios que los conducen a la iniciacio n cristiana como los fieles ya bautizados que rememoran su bautismo y hacen penitencia, todos se encaminan a revivir los Misterios ma ximos de la fe en el Triduo Pascual. Este es el tiempo para recordar especialmente las consecuencias sociales del pecado, valorar y asumir la genuina naturaleza de la penitencia y progresar en la ofrenda de sí mismos a Dios. La accio n penitencial de la Iglesia y la oracio n especial por la conversio n de todos es tambie n una caracterí stica del tiempo de Cuaresma.2 Los domingos reciben el nombre de domingo I, II, III, IV, V de Cuaresma.

QUÉ SIGNIFICA CUARESMA CUARESMA,

 quadragesima, significa cuarenta días. En la Biblia se habla varias veces de la cuarentena –de días o de años– como período de preparación a un acontecimiento importante: los 40 días del diluvio universal, los 40 días de Moisés en el monte antes de sellar la Alianza, los 40 años de Israel por el desierto hasta llegar a la tierra prometida, los 40 días de Elías en su huida, los 40 días de plazo que Jonás dio a Nínive para su conversión, los 40 días de Cristo en el desierto, los 40 días entre la Resurrección y la Ascensión de Jesús.

SEMANA SANTA

El domingo VI, en que comienza la Semana Santa, es llamado DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR. La Semana Santa tiene la finalidad de recordar la Pasión de Cristo desde su entrada mesiánica en Jerusalén. El Lunes, Martes y Miércoles Santo prolongan el ambiente prepascual del domingo de Ramos. El Jueves Santo por la mañana, el Obispo, que concelebra la Misa con sus presbíteros, bendice los santos óleos y consagra el crisma.3

2 Misal Romano Cotidiano 3 Cfr. Normas universales del año litúrgico y el calendario general romano (1969) nn. 27-31

QUÉ CELEBRAR

QUÉ CELEBRAR La TEOLOGÍA está expresada en los textos escogidos de la Palabra de Dios y en los textos eucológicos.

El MISTERIO DE CRISTO La Cuaresma, a través de la pedagogía de la Iglesia, hace una primera referencia a Cristo que se encamina hacia Jerusalén, hacia el cumplimiento de su misterio pascual. Es la celebración de este doloroso y luminoso itinerario hacia la Pascua en el que se anticipa 'la vivencia concreta del misterio de dolor y de gloria, de muerte y de vida. Cristo, sin embargo, caminando hacia Jerusalén, atrae consigo a toda la Iglesia hacia el momento decisivo en la historia de la salvación. Se puede ver la Cuaresma en una perspectiva cristológica con tres palabras claves: Cristo protagonista, modelo, maestro de la Cuaresma. Los evangelios de los domingos de Cuaresma, en los tres ciclos, pero sobre todo en el A, que es el modelo para la Iglesia, nos presenta a CRISTO como PROTAGONISTA1. Él se retira al desierto para orar, se transfigura en la montaña, encuentra a la Samaritana y la salva, le presentan al ciego de nacimiento y lo cura, llora la muerte del amigo Lázaro y lo resucita. Él es dueño de la historia y avanza hacia el misterio pascual sembrando la salvación. La lectura del evangelio de Juan, a partir de la IV semana de Cuaresma, pone de relieve este camino que Jesús cumple conscientemente hacia la Pascua y de su sacrificio «para reunir a los hijos de Dios dispersos por el mundo» (Cf. Jn 11,52).

Los cuarenta días tienen en CRISTO su MODELO que se retira al desierto para orar y ayunar, que combate y vence al diablo con la palabra de Dios. Es emblemático que el Evangelio del 1er domingo de Cuaresma en los tres ciclos ponga de relieve esta ejemplaridad. Una idéntica y complementaria dimensión del misterio pascual nos la proponen en los tres ciclos los Evangelios del 2do domingo con el relato de la Transfiguración. Aquí aparece Jesús en oración, una oración que es gloria y anticipa de alguna manera su glorificación definitiva. Por lo tanto, es modelo de oración donde se manifiesta la lucha y la gloria, la tentación y la glorificación: imagen simbólica y real de la pasión y resurrección del Cuerpo místico. La distribución de las lecturas evangélicas durante las ferias de Cuaresma refleja el deseo de la Iglesia de orientar a toda la comunidad a la escucha del CRISTO MAESTRO en los temas fundamentales de la vida cristiana, especialmente en las exigencias del seguimiento y del discipulado. De este modo Jesús es a la vez maestro, modelo y protagonista. Esta dimensión cristológica es puesta de relieve en la colecta del primer domingo de Cuaresma al proponer como objetivo: «avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo y vivirlo en su plenitud». También el ESPÍRITU SANTO es protagonista del camino de Jesús hacia la Pascua: lo impulsa al desierto, lo lleva a Jerusalén, lo consuela en el huerto de los olivos –según la interpretación patrística- hasta dar la vida en virtud de un Espíritu eterno (Cfr. Lc 4,1-2; Lc 22,43; Heb 9,14). Es ese mismo Espíritu quien conduce a la Iglesia a entrar en el desierto para caminar con Dios, y renovar en la Pascua la fe, don del Bautismo. En la oración y en la escucha de la Palabra, el Espíritu la anima.




El MISTERIO DE LA IGLESIA en Cuaresma

Para la Iglesia, la Cuaresma es el memorial de Cristo y es también un tiempo propicio para participar en su misterio de camino hacia la Pascua. Toda la Iglesia está comprometida, pero de modo especial los que se preparan al bautismo, a los que la comunidad acompaña participando en las celebraciones particulares hechas para ellos; un camino abierto a la participación incluso de todos aquellos que quieren cumplir un itinerario de reconciliación en la Iglesia y rehacer el camino de la fe bautismal.

Es tiempo para vivir la CONVERSIÓN, pero sabiendo que esta METANOIA, conversión radical de mentalidad, es siempre un confrontarse con Cristo. En los evangelios de Cuaresma, como en los escrutinios bautismales que acompañan a los Evangelios de los domingos III, IV, V, aparece siempre Cristo con su palabra de revelación, con ese ‘Yo soy’ que es una fórmula de revelación que nos invita a una confrontación personal. Convertirse es dejarse mirar y salvar por Cristo. Para cumplir este camino de conversión, la Iglesia se compromete a vivir tres dimensiones de vida evangélica:

UN CAMINO DE FE MÁS CONSCIENTE Este tiempo nos invita a revivir con intensidad la dimensión bautismal que es un itinerario de escucha constante de la palabra de Dios, con el cual el cristiano está siempre comprometido en una continua conversión. Cristo es siempre el Revelador en este camino de fe. La Cuaresma comienza con un acto en el cual la Iglesia repite la palabra evangélica que es también la palabra de los apóstoles al comienzo de su ministerio en Pentecostés: «Conviértanse y crean en el Evangelio» (Mc 1,15), junto con la imposición de las cenizas y las palabras: «Acuérdate que eres polvo y al polvo volverás» con el gesto de al Evangelio. Convertirse, para la Iglesia, significa medirse con Cristo, la Palabra del Padre.

UNA ESCUCHA MÁS ASIDUA DE LA PALABRA Un camino de fe no puede ser hecho sin una referencia a la palabra que la Iglesia distribuye con abundancia en este tiempo. En el desierto el pueblo de Dios recibe la ley, en el monte de la Cuarentena Jesús vence con la palabra de Dios y demuestra que la palabra que sale de la boca de Dios es el verdadero alimento del creyente. En la Transfiguración se oye la voz del Padre que revela su Palabra: «Escúchenlo». Así como antiguamente los catecúmenos eran instruidos con la explicación de los textos bíblicos, de manera similar, en este tiempo, la Iglesia quiere dar un espacio más amplio a la palabra leída y meditada, con el pan cotidiano de la palabra en la Eucaristía y en la Liturgia de las Horas y con apropiadas celebraciones de catequesis bíblica.

UNA ORACIÓN MÁS INTENSA El Cristo orante que se nos presenta en los dos primeros domingos de la Cuaresma pone a la Iglesia ante una exigencia interior. La oración personalizada e historizada, por así decir, a partir de la palabra escuchada. Jesús vive así su misterio pascual. Y la Iglesia es llamada a una oración más intensa, en este desierto en el que, como en la experiencia del pueblo de Israel, de los profetas y de Jesús, la oración puede ser lucha (ascesis-purificación), pero puede ser también experiencia de gloria (mística-iluminación). Siempre comunión con Dios.

«El Pueblo de Dios se reúne para entrar en el Misterio. Ésta es la Liturgia» Papa Francisco


COMISIÓN DE LITURGIA, MÚSICA Y ARTE SACRO – DIÓCESIS DE LOMAS DE ZAMORA

TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR Benedicto XVI, Ángelus del 17 de febrero de 2008



Queridos hermanos y hermanas:

Hoy, segundo domingo de Cuaresma, prosiguiendo el camino penitencial, la liturgia, después de habernos presentado el domingo pasado el evangelio de las tentaciones de Jesús en el desierto, nos invita a reflexionar sobre el acontecimiento extraordinario de la Transfiguración en el monte. Considerados juntos, ambos episodios anticipan el misterio pascual: la lucha de Jesús con el tentador preludia el gran duelo final de la Pasión, mientras la luz de su cuerpo transfigurado anticipa la gloria de la Resurrección. Por una parte, vemos a Jesús plenamente hombre, que comparte con nosotros incluso la tentación; por otra, lo contemplamos como Hijo de Dios, que diviniza nuestra humanidad. De este modo, podríamos decir que estos dos domingos son como dos pilares sobre los que se apoya todo el edificio de la Cuaresma hasta la Pascua, más aún, toda la estructura de la vida cristiana, que consiste esencialmente en el dinamismo pascual: de la muerte a la vida.

El monte -tanto el Tabor como el Sinaí- es el lugar de la cercanía con Dios. Es el espacio elevado, con respecto a la existencia diaria, donde se respira el aire puro de la creación. Es el lugar de la oración, donde se está en la presencia del Señor, como Moisés y Elías, que aparecen junto a Jesús transfigurado y hablan con él del "éxodo" que le espera en Jerusalén, es decir, de su Pascua.

La Transfiguración es un acontecimiento de oración: orando, Jesús se sumerge en Dios, se une íntimamente a él, se adhiere con su voluntad humana a la voluntad de amor del Padre, y así la luz lo invade y aparece visiblemente la verdad de su ser: él es Dios, Luz de Luz. También el vestido de Jesús se vuelve blanco y resplandeciente. Esto nos hace pensar en el Bautismo, en el vestido blanco que llevan los neófitos. Quien renace en el Bautismo es revestido de luz, anticipando la existencia celestial, que el Apocalipsis representa con el símbolo de las vestiduras blancas (cf. Ap 7,9.13).

Aquí está el punto crucial: la Transfiguración es anticipación de la resurrección, pero esta presupone la muerte. Jesús manifiesta su gloria a los Apóstoles, a fin de que tengan la fuerza para afrontar el escándalo de la cruz y comprendan que es necesario pasar a través de muchas tribulaciones para llegar al reino de Dios. La voz del Padre, que resuena desde lo alto, proclama que Jesús es su Hijo predilecto, como en el bautismo en el Jordán, añadiendo: «Escuchadlo» (Mt 17,5). Para entrar en la vida eterna es necesario escuchar a Jesús, seguirlo por el camino de la cruz, llevando en el corazón, como él, la esperanza de la resurrección. Spe salvi, salvados en esperanza. Hoy podemos decir: «Transfigurados en esperanza».

Dirigiéndonos ahora con la oración a María, reconozcamos en ella a la criatura humana transfigurada interiormente por la gracia de Cristo, y encomendémonos a su guía para recorrer con fe y generosidad el itinerario de la Cuaresma.

En este segundo domingo de Cuaresma, la Iglesia nos invita a contemplar a Cristo, transfigurado en el monte Tabor, para que, iluminados por su palabra, podamos vencer las pruebas cotidianas de la vida y ser en medio del mundo testigos de su gloria.