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martes, 27 de mayo de 2014

CONTEMPLAR Y VIVIR CON FRANCISCO Y CLARA DE ASÍS EL MISTERIO DE CRISTO EUCARÍSTICO



por Michel Hubaut, franciscano

Celebrar la comida del Señor:
rendirle «el homenaje» de toda nuestra vida

Ante la grandeza y la actualidad del don de la Eucaristía, Francisco apremia a sus hermanos a hacer el vacío en sí mismos para acoger al que es todo: «Nada de vosotros retengáis para vosotros, a fin de que os reciba todo enteros el que se os ofrece todo entero» (CtaO 29). ¿Cómo no dar todo al que se nos da todo? En la Eucaristía, la vida eterna encuentra la historia del hombre, el Viviente encuentra al hombre mortal. ¡Qué prodigioso intercambio!

La respuesta del hombre, en la fe, exige la disponibilidad, la pureza de intención y el homenaje de nuestro amor. Es lo que Francisco expresa con frecuencia mediante las palabras respeto (reverentia) y honor. «Os ruego a todos vosotros, hermanos, besándoos los pies y con la caridad que puedo, que manifestéis toda reverencia y todo honor, tanto cuanto podáis, al santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo... Gran miseria y miserable debilidad, que cuando lo tenéis tan presente a él en persona, vosotros os preocupéis de cualquier otra cosa en todo el mundo» (CtaO 12.25).

El temor respetuoso que siente el Poverello ante la presencia eucarística es el de toda la Biblia ante la transcendencia del Dios Altísimo. Encuentra, por otra parte, espontáneamente el gesto oriental de la adoración: la prosternación, frente en tierra, como Moisés ante la Zarza ardiente.

En una época en que un poco en todas partes, en Italia, sobre todo en Lombardía, estallaban motines populares contra los sacerdotes indignos y en que numerosos herejes ponían en duda la validez de sus sacramentos, Francisco manifiesta un respeto sorprendente por el sacerdocio. Escribe en su Testamento: «Si tuviera tanta sabiduría cuanta Salomón tuvo, y hallara a los pobrecillos sacerdotes de este siglo en las parroquias en que moran, no quiero predicar más allá de su voluntad. Y a éstos y a todos los otros quiero temer, amar y honrar como a mis señores» (Test 7-8).

Expresa, pues, su actitud exactamente con los mismos términos que los empleados para la Eucaristía. ¿Se trata de una sacralización abusiva del sacerdocio? Francisco mismo se explica: «Y lo hago por esto, porque nada veo corporalmente en este siglo del mismo altísimo Hijo de Dios, sino su santísimo cuerpo y su santísima sangre, que ellos reciben y ellos solos administran a los otros. Y quiero que estos santísimos misterios sean sobre todas las cosas honrados, venerados y colocados en lugares preciosos» (Test 10-11).

Este ruego no era superfluo en un tiempo en que se dejaban a veces las iglesias en un estado lamentable y aun enmohecerse el pan consagrado. El concilio IV de Letrán, en 1215, deploraba ya que en algunas iglesias los objetos de culto estaban en un abandono y en un estado de suciedad increíbles. En este sentido predica y escribe Francisco con frecuencia a los clérigos. Frecuentemente se le ve, cuando llega a un lugar, comenzar por barrer la iglesia local. Respeta infinitamente todo cuanto toca de cerca o de lejos a la presencia eucarística de su Señor, cuya dignidad parece salpicar sobre todo lo que le rodea (cf. 2 Cel 202).

Esta fe profunda en la presencia nueva de Cristo hace de él un verdadero apóstol de la eucaristía. Cinco de las ocho cartas que se nos han conservado tienen por tema central el respeto a este sacramento. Suplica a los hermanos, clérigos o laicos, que no pisoteen al Hijo de Dios, que no desdeñen y mancillen la sangre de la Alianza, que no ultrajen al Espíritu de la gracia: «Pues el hombre desprecia, mancha y conculca al Cordero de Dios cuando, como dice el Apóstol, sin diferenciar y discernir el santo pan de Cristo de otros alimentos o ritos, lo come de manera vana e indigna» (CtaO 17-19). Reaccionará siempre con vigor ante la irreverencia al Cristo eucarístico. En particular, frente a los clérigos, a quienes dirige una carta muy sentida (cf. CtaCle).

Notemos que Francisco no separa jamás palabra y Eucaristía. A sus ojos, cuerpo y palabra de Cristo son dos manifestaciones visibles, actuales del mismo Altísimo, dos modos de su presencia real. Cristo encarnado es, todavía hoy, por su palabra y sus sacramentos, el que revela a Dios y se da a sus hermanos. La Eucaristía es para Francisco redención y revelación a la vez. Coherencia espiritual que el pobrecillo de Asís ha percibido en la adoración silenciosa y en la participación en la vida litúrgica, donde todos los días estamos invitados a la mesa del pan y a la mesa de la palabra.

Y, desde luego, por algo utiliza el mismo verbo: administrar (el latín administrare significa servir), para hablar de la palabra de Dios y de la Eucaristía. Francisco pide la misma actitud de respeto para «administrar» y acoger la palabra que para «administrar» y recibir la comunión.

[Cf. el texto completo en http://www.franciscanos.org/sanfraneucaristia/hubaut.htm]

ADONAI Programa del 25_ 05_ 2014 bendiciones

viernes, 23 de mayo de 2014

EL SEÑOR EXALTA A SUS SANTOS PARA REAVIVAR LA FE DE LOS HOMBRES


De la Constitución Fidélis Dóminus,
del papa Benedicto XIV (25-III-1754)


Fiel es el Señor a su palabra, al decir frecuentemente en la Sagrada Escritura que exaltará a los que se constituyeron en imágenes fieles de su Hijo por el ejercicio de la virtud de la humildad, reservando para ellos todo honor y gloria no sólo en el reino de los cielos, sino también en el mundo presente, para su propia exaltación y aumento de la fe en los demás hombres.
Ejemplo vivo lo hallamos en el bienaventurado Francisco. Este santo varón puso especial empeño en verse pequeño y humilde ante su propia consideración y ante la estima de los demás; y hoy, por declaración expresa de la santa Madre Iglesia, es honrado entre los amigos de Dios en el cielo, y en toda la tierra. Su cuerpo glorioso, fiel trasunto de la mortificación de Cristo hasta el lecho de su muerte, ahora resplandece en sepulcro glorioso, convertido además en santuario famoso, adonde concurren los pueblos de todo el mundo a postrarse con fervor y devoción, mientras se multiplican allí los signos y prodigios.
No habían transcurrido dos años de su muerte, cuando se iniciaron las obras en lugar digno para custodiar con suma piedad sus restos mortales, en las afueras de la ciudad de Asís, junto a las murallas; lugar que el papa Gregorio IX, nuestro predecesor, hizo suyo y transfirió la propiedad a la Santa Sede Apostólica, reservando todos los derechos inherentes a la iglesia que se construiría en dicho lugar en dependencia directa y perpetua de la misma Sede Apostólica.
En la ciudad de Asís el mismo papa Gregorio IX canonizó al patriarca Francisco, y aprovechó esta efemérides para colocar él personalmente la primera piedra de la nueva iglesia, que nombró «Cabeza y Madre» de la Orden de los Menores, concediendo especiales prerrogativas y privilegios a este magnífico templo, que luego acrecentarían los romanos Pontífices.
Terminadas felizmente las obras de este magnífico templo, el 25 de mayo del año 1230, con solemne pompa fue trasladado el cuerpo de san Francisco; y el domingo anterior a la fiesta de la Ascensión del Señor, 25 de mayo de 1253, personalmente, el papa Inocencio IV, con gran solemnidad, celebró el rito de la consagración de esta iglesia.
Así pues, Nos, a ejemplo de nuestros predecesores, deseamos acrecentar su esplendor y gloria, puesto que estamos seguros de que el Patriarca seráfico impetrará del Señor más abundantes bendiciones y gracias celestes para la Iglesia Romana, cuanto la Sede Apostólica más engrandezca su extraordinaria figura. Por tanto, por la presente Constitución, valedera para siempre, erigimos dicha iglesia de San Francisco en Basílica patriarcal y Capilla papal.

sábado, 17 de mayo de 2014

GUARDÉMONOS DE TODA SOBERBIA Y VANAGLORIA


San Francisco de Asís, Primera Regla 17,5-19

Suplico en la caridad que es Dios a todos mis hermanos predicadores, orantes, trabajadores, tanto clérigos como laicos, que se esfuercen por humillarse en todas las cosas, por no gloriarse ni gozarse en sí mismos ni ensalzarse interiormente por las palabras y obras buenas, más aún, por ningún bien, que Dios hace o dice y obra alguna vez en ellos y por medio de ellos, según lo que dice el Señor: Pero no os gocéis porque los espíritus se os someten (Lc 10,20). Y sepamos firmemente que no nos pertenecen a nosotros sino los vicios y pecados. Y debemos gozarnos más bien cuando vayamos a dar en diversas tentaciones y cuando soportemos, por la vida eterna, cualquier clase de angustias o tribulaciones del alma o del cuerpo en este mundo.

Todos los hermanos, por consiguiente, guardémonos de toda soberbia y vanagloria. Y protejámonos de la sabiduría de este mundo y de la prudencia de la carne. Pues el espíritu de la carne quiere y se esfuerza mucho en tener palabras, pero poco en las obras; y no busca la religión y santidad en el espíritu interior, sino que quiere y desea tener una religión y santidad que aparezca exteriormente a los hombres. Y éstos son aquellos de quienes dice el Señor: En verdad os digo, recibieron su recompensa (Mt 6,2). Por el contrario, el espíritu del Señor quiere que la carne sea mortificada y despreciada, vil y abyecta. Y se aplica con empeño a la humildad y la paciencia y a la pura y simple y verdadera paz del espíritu. Y siempre desea, sobre todas las cosas, el temor divino y la sabiduría divina y el amor divino del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Y devolvamos todos los bienes al Señor Dios altísimo y sumo, y reconozcamos que todos los bienes son de él, y démosle gracias por todos a él, de quien proceden todos los bienes. Y el mismo altísimo y sumo, solo Dios verdadero, tenga y a él se le tributen y él reciba todos los honores y reverencias, todas las alabanzas y bendiciones, todas las gracias y gloria, de quien es todo bien, solo el cual es bueno.

Y cuando veamos u oigamos decir o hacer el mal o blasfemar contra Dios, nosotros bendigamos y hagamos bien y alabemos a Dios, que es bendito por los siglos (Rom 1,25).

martes, 13 de mayo de 2014

MARÍA SOLA ABRAZA AL QUE TODO EL UNIVERSO NO ABARCA



San Efrén, del Sermón 3 de diversis

María fue hecha cielo en favor nuestro al llevar la divinidad que Cristo, sin dejar la gloria del Padre, encerró en los angostos límites de un seno para conducir a los hombres a una dignidad mayor. Eligió a ella sola entre toda la asamblea de las vírgenes para que fuese instrumento de nuestra salvación.

En ella encontraron su culmen los vaticinios de todos los justos y profetas. De ella nació aquella brillantísima estrella bajo cuya guía vio una gran luz el pueblo, que caminaba en tinieblas.

María puede ser denominada de forma adecuada con diversos títulos. Ella es el templo del Hijo de Dios, que salió de ella de manera muy distinta a como había entrado, porque, aunque había entrado en su seno sin cuerpo, salió revestido de un cuerpo.

Ella es el nuevo cielo místico, en el que el Rey de reyes habitó como en su morada. De él bajó a la tierra mostrando ostensiblemente una forma y semejanza terrena.

Ella es la vid que da como fruto un suave olor. Su fruto, como difería absolutamente por la naturaleza del árbol, necesariamente cambiaba su semejanza por causa del árbol.

Ella es la fuente que brota de la casa del Señor, de la que fluyeron para los sedientos aguas vivas que, si alguien las gusta aunque sea con la punta de los labios, jamás sentirá sed.

Amadísimos, se equivoca quien piensa que el día de la renovación de María puede ser comparado con otro día de la creación. En el inicio fue creada la tierra; por medio de ella es renovada. En el inicio fue maldita en su actividad por el pecado de Adán, por medio de ella le es devuelta la paz y la seguridad. En el inicio, la muerte se extendió a todos los hombres por el pecado de los primeros padres, pero ahora hemos sido trasladados de la muerte a la vida. En el inicio, la serpiente se adueñó de los oídos de Eva, y el veneno se extendió a todo el cuerpo; ahora María acoge en sus oídos al defensor de la perpetua felicidad. Lo que fue instrumento de muerte, ahora se alza como instrumento de vida.

El que se sienta sobre los Querubines es sostenido ahora por los brazos de una mujer; Aquel al que todo el orbe no puede abarcar, María sola lo abraza; Aquel al que temen los Tronos y las Dominaciones, una joven lo protege; Aquel cuya morada es eterna, se sienta en las rodillas de una virgen; Aquel que tiene la tierra por escabel de sus pies, la pisa con pies de niño.

domingo, 11 de mayo de 2014

Programa del 11/05/2013 !! EL BUEN PASTOR !!!




QUE EL ALMA SE EJERCITE EN LA ORACIÓN CONSTANTE


San Buenaventura, de la "Vida perfecta para religiosas"

A quien eligió a Cristo por esposo y desea adelantar en espíritu, le es en gran manera necesario que ejercite su alma en constantes prácticas de oración y en devociones; porque, a la verdad, el religioso indevoto y tibio, que no frecuenta asiduamente la oración, no sólo es miserable e inútil, sino que delante de Dios lleva un alma muerta dentro de un cuerpo vivo.

Y tiene tanto poder la devota oración, que sirve para todo, y en todo tiempo puede el hombre ganar por medio de su ejercicio: en invierno y en verano, en tiempo sereno y de lluvias, de noche y de día, en días festivos y feriales, en enfermedad y en salud, en la juventud y en la ancianidad, estando de pie, sentado y caminando, en el coro y fuera del coro; aún más: a veces se gana más orando una hora que todo lo que pueda valer el mundo, porque con una pequeña oración devota gana el hombre el reino de los cielos.

Tres cosas te son necesarias para la perfecta oración.

La primera es que, cuando estuvieres puesta en oración, entonces, con levantado ánimo y corazón, cerrados todos los sentidos, debes sin ruido pensar con corazón dolorido y contrito en todas tus miserias, a saber, las presentes, las pasadas y las futuras.

Lo segundo que es necesario en la oración a la esposa de Dios es la acción de gracias, esto es, que con toda humildad dé gracias a Dios su Creador, por los beneficios de él recibidos ya y de los que ha de recibir en adelante. Pues nada hay que haga al hombre más digno de las gracias del Señor como el manifestársele siempre reconocido y darle gracias por los dones recibidos.

Lo tercero que necesariamente se requiere para la perfecta oración es que tu alma en la oración no piense más que en esto solo: que estás orando. Puesto que es muy indecoroso que uno hable con Dios con la boca, y el corazón esté pensando en otras cosas; que medio corazón se dirija al cielo y el otro medio se quede en la tierra.

No te engañes, no te decepciones, no pierdas el gran fruto de tu oración, no pierdas la suavidad, no vayas a frustrar la dulzura que debes sacar de la oración. Pues la oración es un vaso, con el cual se saca la gracia del Espíritu Santo de la fuente que mana de la Santísima Trinidad. Cuando estás en oración, debes recogerte toda en ti misma, y entrar con tu amado en el aposento de tu corazón, y permanecer allí sola con él solo, y olvidarte de todas las cosas exteriores, y levantarte sobre ti con todo el corazón, con toda el alma, con todo el afecto, con todo el deseo, con toda la devoción. Y no debes aflojar el espíritu de la oración, sino, por largo tiempo, subir hacia arriba por medio del ardor de la devoción, hasta que entres en el lugar del tabernáculo admirable, a la casa de Dios.
«Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; no te acuerdes de los pecados ni de las maldades de mi juventud; acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor» (Salmo 24,6-7).



miércoles, 7 de mayo de 2014

Catequesis del papa Francisco