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domingo, 2 de marzo de 2014

SANTA INÉS DE PRAGA O DE BOHEMIA De la Homilía de S. S. Juan Pablo II


en la misa de su canonización el 12 de noviembre de 1989

La beata Inés de Bohemia, a pesar de haber vivido en un período tan lejano del nuestro, sigue siendo también hoy un resplandeciente ejemplo de fe cristiana y de caridad heroica, que invita a la reflexión y a la imitación.

Se pueden aplicar perfectamente a su vida y a su espiritualidad las palabras de la Primera Carta de Pedro: «Sed, pues, sensatos y sobrios para daros a la oración». Así escribía el Jefe de los Apóstoles a los cristianos de su tiempo, y añadía: «Ante todo, tened entre vosotros intenso amor... Sed hospitalarios unos con otros sin murmurar» (1 Pe 4,7-9). Precisamente este fue el programa de vida de santa Inés: desde la más tierna edad orientó su propia existencia a la búsqueda de los bienes celestes. Después de haber rechazado algunas propuestas de matrimonio, decidió consagrarse totalmente a Dios, para que en su vida fuese Él glorificado por medio de Jesucristo (cf. 1 Pe 4,11).

Habiendo conocido por medio de los Hermanos Menores, llegados por entonces a Praga, la experiencia espiritual de santa Clara de Asís, quiso seguir su ejemplo de franciscana pobreza: con los propios bienes dinásticos fundó en Praga el hospital de san Francisco y un convento para las «Hermanas Pobres» o «Damianitas», donde ella misma hizo su ingreso el día de Pentecostés del año 1234, profesando los votos solemnes de castidad, pobreza y obediencia.

Se han hecho célebres las cartas que santa Clara de Asís le dirigió para animarla a seguir en el camino emprendido. Surgió así una amistad espiritual que duró casi veinte años, sin que las dos mujeres se encontrasen nunca.

«Sed hospitalarios unos con otros sin murmurar» (1 Pe 4,9). Fue la norma en la que santa Inés inspiró constantemente su acción, aceptando siempre con plena confianza los acontecimientos que la Providencia permitía, con la seguridad de que todo pasa, pero la Verdad permanece para siempre.

Esta es la enseñanza que la nueva santa os ofrece también a vosotros, queridos compatriotas suyos, y que ofrece a todos. La historia humana está en continuo movimiento; los tiempos cambian con las diversas generaciones y con los descubrimientos científicos; nuevas técnicas, pero también nuevos afanes se asoman al horizonte de la humanidad, que se halla siempre en camino: pero la Verdad de Cristo, que ilumina y salva, perdura al cambiar los acontecimientos. ¡Todo lo que sucede sobre la tierra es querido o permitido por el Altísimo para que los hombres sientan la sed o la nostalgia de la Verdad, tiendan a ella, la busquen y la alcancen!

«Que cada cual ponga al servicio de los demás la gracia que ha recibido», así escribía más adelante san Pedro, y concluía: «Si alguno presta un servicio, hágalo en virtud del poder recibido de Dios, para que Dios sea glorificado en todo por Jesucristo» (1 Pe 4,10-11). En su larga vida, atribulada también por enfermedades y sufrimientos, santa Inés realmente prestó con energía su servicio de caridad, por amor de Dios, contemplando como en un espejo a Jesucristo, como le había sugerido santa Clara: «En este espejo resplandecen la bienaventurada pobreza, la santa humildad y la inefable caridad» (4CtaCl).

Y así, Inés de Bohemia, que hoy tenemos el gozo de invocar como «santa», a pesar de haber vivido en siglos tan lejanos a los nuestros, desempeñó un destacado papel en el desarrollo civil y cultural de su nación y permanece contemporánea nuestra por su fe cristiana y por su caridad: es ejemplo de valor y es ayuda espiritual para las jóvenes que generosamente se consagran a la vida religiosa; es ideal de santidad para todos los que siguen a Cristo; es estímulo hacia la caridad, practicada con total entrega a todos, superando toda barrera de raza, de pueblo y de mentalidad; es celeste protectora de nuestro fatigoso camino diario. A ella podemos, por tanto, dirigirnos con gran confianza y esperanza.

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