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jueves, 16 de enero de 2014

REFLEJAR LA MIRADA DEL SEÑOR


por Martín Steiner, o.f.m.

Desde el día en que los rasgos del Crucificado se grabaron en su corazón, Francisco hizo de su vida entera una búsqueda de ese rostro. Lo descubre en toda la creación: tanto en el gusano de la tierra como en el cordero, lo mismo en la piedra que en las flores (cf. 1 Cel 77 y 81). Pero es el hombre, y sobre todo el hombre más desamparado, el que le hace llegar mejor el reflejo de ese rostro. Esto lo comprobamos desde su servicio a los leprosos, servicio que marcó el inicio de su conversión.

Así nos lo asegura san Buenaventura: «... Ahora, por amor a Cristo crucificado, que, según la expresión del profeta, apareció despreciable como un leproso..., les prestaba con benéfica piedad a los leprosos sus humildes y humanitarios servicios. Visitaba con frecuencia sus casas, les proporcionaba generosas limosnas y can gran afecto y compasión les besaba la mano y hasta la misma boca» (LM 1,6). «El alma de Francisco -explica Celano- desfallecía a la vista de los pobres; y a los que no podía echar una mano, les mostraba el afecto. Toda indigencia, toda penuria que veía, lo arrebataba hacia Cristo, centrándolo plenamente en él. En todos los pobres veía al Hijo de la Señora pobre llevando desnudo en el corazón a quien ella llevaba desnudo en los brazos» (2 Cel 83). Y añade Celano que, por esta razón, Francisco no consiguió desprenderse de la envidia a los que le parecían más pobres que él. A un hermano que había hablado mal de un pobre, le impuso una severa penitencia, y luego le dijo: «Hermano, cuando ves a un pobre, ves un espejo del Señor y de su madre pobre. Y mira igualmente en los enfermos las enfermedades que tomó él sobre sí por nosotros» (2 Cel 85). «Quien dice mal de un pobre, ofende a Cristo, de quien lleva la enseña de nobleza y que se hizo pobre por nosotros en este mundo» (1 Cel 76). Celano concluye: «En suma: Francisco llevaba siempre consigo el hacecillo de mirra (cf. Ct 1, 13); estaba siempre contemplando el rostro de su Cristo (cf. Sal 83, 10); estaba siempre acariciando al varón de dolores y conocedor de todo quebranto (cf. Is 53,3; Heb 4,15)» (2 Cel 85).

Pero Francisco no sólo busca incesantemente el Rostro de su Señor, sino que, iluminado él mismo por la claridad de ese Rostro, comulga cada vez más con la mirada del Señor sobre los seres y las cosas, y pide también a sus hermanos que se desposen con la mirada de bondad y de misericordia de Cristo sobre todos y cada uno de los hombres.

Francisco, que había acogido a cada hermano como un don del Señor (Test 14), tenía siempre una mirada admirativa hacia todos ellos, pensando en las cualidades propias de cada uno (cf. EP 85). Considerándolos a todos como «hermanos espirituales» (2 R 6,8), los quería animados por la «santa operación» del Espíritu (2 R 10,9) y, especialmente, unidos por la «caridad del Espíritu» (1 R 5,14).

Por eso les recomendaba que, en cualquier circunstancia, tuvieran los unos para con los otros la mirada que el Espíritu del Señor Jesús iba creando en ellos: «Y, dondequiera que estén o en cualquier lugar en que se encuentren unos con otros, los hermanos deben tratarse (la ed. crítica de Esser dice: se revidere) espiritual y amorosamente (es decir, con la mirada de bondad del Señor, suscitada en ellos por el Espíritu) y honrarse mutuamente sin murmuración» (1 R 7,15).

Se trata de la mirada que refleja toda la capacidad de acogida y de don que, por su Espíritu, el Señor quiere infundir en nosotros para re-crearnos a su imagen. Para caracterizarla, habrá que repetir todo lo que Francisco dice sobre el amor fraterno. Bástenos recordar aquí algunos consejos o directrices que se refieren de manera más explícita a la mirada.

En la carta de Francisco a un Ministro que, desanimado por el comportamiento de sus hermanos, pedía irse a un eremitorio, leemos: «Y en esto quiero conocer que amas al Señor y me amas a mí, siervo suyo y tuyo, si procedes así: que no haya en el mundo hermano que, por mucho que hubiere pecado, se aleje jamás de ti después de haber contemplado tus ojos (=de haberse encontrado con tu mirada) sin haber obtenido tu misericordia, si es que la busca. Y, si no busca tu misericordia, pregúntale tú si la quiere. Y, si mil veces volviere a pecar ante tus propios ojos, ámale más que a mí, para atraerlo al Señor; y compadécete siempre de los tales» (CtaM 9-11). Poder encontrar en la mirada de un hermano la certeza de la misericordia, por enorme que haya sido la falta cometida; ver que el perdón es ofrecido aun cuando no haya sido pedido; sentirse amado más que el mejor amigo por aquel bajo cuya mirada se ha caído una vez más en la misma falta; esto es verdaderamente encontrar en esa mirada fraterna la misericordia insondable, invencible del Señor. Sin duda alguna, en esta carta Francisco, de quien Chesterton pudo decir que fue el perdón mismo de Dios pasando sobre nuestra tierra, se ha revelado al máximo él mismo.

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