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martes, 28 de enero de 2014

¿Gritas cuando tu equipo marca un gol y no alabas al Señor?, cuestiona el Papa Francisco

VATICANO, 28 Ene. 14 / 10:45 am






“¿Sos capaz de gritar cuando tu equipo marca un gol y no sos capaz de cantar alabanzas al Señor? ¡Alabar a Dios es totalmente gratuito! No pedimos, no damos las gracias: ¡alabamos!”, dijo esta mañana el Papa Francisco en la misa matutina celebrada en la capilla de la Casa Santa Marta.

Según señala Radio Vaticano y al comentar, en su homilía, la danza alegre de David al Señor de la que habla la primera lectura, tomada del Segundo Libro de Samuel, el Santo Padre dijo que “David danzaba con todas sus fuerzas delante del Señor”. Todo el Pueblo de Dios estaba en fiesta porque el Arca de la Alianza volvía a casa.

La oración de alabanza de David, explicó, "lo llevó a salir de cualquier compostura y a bailar delante del Señor" con "todas sus fuerzas". ¡Esto era precisamente la oración de alabanza! –exclamó el Papa. Además, indicó que leyendo este pasaje, "pensé enseguida en Sara, después de haber dado a luz a Isaac. ¡El Señor me hizo bailar de alegría!", dijo la anciana.

Por esto, el Papa Francisco señaló que "para nosotros es fácil de entender la oración para pedir algo al Señor, también para dar gracias al Señor" o la "oración de adoración". Pero la oración de alabanza "la dejamos de lado, no nos viene espontánea", precisó.

Y de este modo lo explicó: "'¡Pero, padre, esto es para los de la Renovación Carismática, no para todos los cristianos!' No, ¡la oración de alabanza es una oración cristiana para todos nosotros! En la misa, todos los días, cuando cantamos el Santo. Esta es una oración de alabanza: alabamos a Dios por su grandeza, ¡porque es grande! Y le decimos cosas lindas, porque a nosotros nos gusta que sea así. 'Pero, padre, yo no soy capaz... Yo debo...' ¿Pero sos capaz de gritar cuando tu equipo marca un gol y no sos capaz de cantar alabanzas al Señor? ¿De salir un poco de tu compostura para cantar esto? ¡Alabar a Dios es totalmente gratuito! No pedimos, no damos las gracias: ¡alabamos!"

Debemos rezar "con todo el corazón" y afirmó que "es un acto de justicia, ¡porque Él es grande! ¡Es nuestro Dios!" David, recordó el Santo Padre, "era muy feliz, porque volvía con el Arca, volvía con el Señor: también su cuerpo rezaba con esa danza".

Francisco cuestionó luego: 'Pero ¿cómo va mi oración de alabanza? ¿Sé alabar al Señor? ¿Sé alabar al Señor o cuando rezo el Gloria o rezo el Santo lo hago solamente con la boca y no con todo el corazón?' ¿Qué me dice David, danzando aquí? Y Sara ¿bailando de alegría? Cuando David entra en la ciudad comienza otra cosa: ¡una fiesta!"

"La alegría de la alabanza –explicó el Santo Padre– nos lleva a la alegría de la fiesta. La fiesta de la familia". De este modo el Papa recordó que cuando David entra en el palacio, la hija del rey Saúl, Mical, lo reprende y le pregunta si no le da vergüenza haber bailado de esa forma delante de todos, él que es el rey. Mical, "despreció a David".

"Yo me pregunto ¿cuántas veces nosotros despreciamos en nuestro corazón a personas buenas, gente buena que alaba al Señor como le viene, así espontáneamente, porque no son cultos, no siguen las actitudes formales? ¡Pero, desprecio! ¡Y dice la Biblia que Mical quedó estéril durante toda la vida por esto! ¿Qué quiere decir la Palabra de Dios aquí? ¡Que la alegría, que la oración de alabanza nos hace fecundos! Sara bailaba en el momento grande de su fecundidad, a los noventa años! La fecundidad que nos da la alabanza al Señor, la gratuidad de alabar al Señor. Ese hombre o esa mujer que alaba al Señor, que reza alabando al Señor, que cuando reza el Gloria se alegra de decirlo, cuando canta el Santo en la Misa se alegra de cantarlo, es un hombre o una mujer fecunda".

El Santo Padre dijo además que "aquellos que se cierran en la formalidad de una oración fría, medida, quizá terminan como Mical: en la esterilidad de su formalidad". Por ello, el Papa invitó a imaginar a David que danza "con todas las fuerzas delante del Señor y pensemos qué bello es hacer la oración de alabanza".

Además, dijo, hará bien repetir las palabras del Salmo 23 que rezamos hoy: "Puertas, levanten sus dinteles, levántense, puertas eternas, para que entre el Rey de la gloria! ¿Y quién es ese Rey de la gloria? ¡Es el Señor, el fuerte, el poderoso, el Señor poderoso en los combates!”


Fuente: (ACI/EWTN Noticias).-

jueves, 23 de enero de 2014

SEMANA DE ORACIÓN POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS: REFLEXIÓN DEL PAPA FRANCISCO


«Queridos hermanos y hermanas en Cristo, sintámonos todos íntimamente unidos a la oración de nuestro Salvador en la Última Cena, a su invocación: "Ut unum sint" (que todos sean uno).

Pidamos al Padre misericordioso que sepamos vivir plenamente esa fe que hemos recibido como un don el día de nuestro bautismo, y que demos de ella un testimonio libre, alegre y valiente. Éste será nuestro mejor servicio a la causa de la unidad entre los cristianos, un servicio de esperanza para un mundo todavía marcado por divisiones, contrastes y rivalidades. Cuanto más fieles seamos a Su voluntad en pensamientos, palabras y obras, más caminaremos real y substancialmente hacia la unidad».

Papa Francisco, audiencia a las delegaciones fraternales, 20/3/2013

ORACIÓN POR LA UNIDAD:

Señor nuestro Jesucristo, proclamamos con alegría nuestra común identidad en tu nombre. Abre nuestros corazones para que podamos compartir tu oración al Padre: que todos seamos una cosa sola, de modo que, mientras caminamos juntos, podamos acercarnos los unos a los otros.

Danos el valor de testimoniar la verdad y de incluir también en nuestro diálogo a quienes hacen perdurar la división. Envía tu Espíritu para que nos haga capaces de afrontar las situaciones en las que faltan la dignidad y la compasión en nuestras sociedades, en nuestras naciones y en el mundo. Señor Dios de la vida, guíanos hacia la justicia, la paz y la unidad Amén.


Imagen: el Papa Francisco con Tawadros II, Patriarca de la Sede de San Marcos y cabeza de la Iglesia Ortodoxa Copta de Egipto.

Francisco: "Los celos, envidias y chimentos destruyen a nuestra comunidad".

Francisco: "Los celos, envidias y chimentos destruyen a nuestra comunidad".





El papa Francisco pidió hoy a los cristianos que cierren las puertas a los "celos, envidias y chimentos que destruye a nuestra comunidad".

"Los chimentos dividen a la comunidad, destruyen la comunidad, son las armas del diablo", subrayó Jorge Bergoglio en la misa habitual que ofrece en de Santa Marta. En la homilía, difundida por la radio Vaticana, comentando fragmentos bíblicos Francisco apuntó contra el "gusano de los celos y de la envidia" que se instaló en el corazón de Caín contra Abel, como en el del rey Saúl contra David que mató a Goliat", y destacó que como Caín con Abel, "el rey decidió matar a David".

"Así hacen los celos en nuestros corazones. Es una inquietud mala, que no tolera que un hermano o una hermana tenga algo que yo no tengo", opinó Francisco.

"Los celos llevan a matar. La envidia lleva a matar. Fue esta puerta, la puerta de la envidia, por la cual el diablo entró en el mundo. La Biblia afirma: 'Por la envidia del diablo entró el mal en el mundo'. Los celos y la envidia abren las puertas a todas las cosas malas", manifestó.

"También divide a la comunidad. Una comunidad cristiana, cuando sufre -algunos de los miembros- de envidia, de celos, termina dividida: una contra la otra. Es un veneno fuerte este, es un veneno que encontramos en la primera página de la Biblia con Caín", dijo el Papa.

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miércoles, 22 de enero de 2014

Oración del día






Padre bueno que has enviado a tu Hijo al mundo para formar un solo rebaño bajo un solo pastor, líbranos de todo principio de discordia y haznos fermento de unidad con todos, sana el egoísmo y el desamor que nos impiden la plena comunión en tu nombre. Amen

SOBRE EL MARTIRIO DE SAN VICENTE

Del Sermón 276 de san Agustín

A vosotros se os ha concedido la gracia -dice el Apóstol- de estar del lado de Cristo, no sólo creyendo en él, sino sufriendo por él.

Una y otra gracia había recibido el diácono Vicente; las había recibido y, por esto, las tenía. Si no las hubiese recibido, ¿cómo hubiera podido tenerlas? En sus palabras tenía la fe, en sus sufrimientos la paciencia.

Nadie confíe en sí mismo al hablar; nadie confíe en sus propias fuerzas al sufrir la prueba, ya que, si hablamos con rectitud y prudencia, nuestra sabiduría proviene de Dios y, si sufrimos los males con fortaleza, nuestra paciencia es también don suyo.

Recordad qué advertencias da a los suyos Cristo, el Señor, en el Evangelio; recordad que el Rey de los mártires es quien equipa a sus huestes con las armas espirituales, quien les enseña el modo de luchar, quien les suministra su ayuda, quien les promete el remedio, quien, habiendo dicho a sus discípulos: En el mundo tendréis luchas, añade inmediatamente, para consolarlos y ayudarlos a vencer el temor: Pero tened valor: yo he vencido al mundo.

¿Por qué admirarnos, pues, amadísimos hermanos, de que Vicente venciera en aquel por quien había sido vencido el mundo? En el mundo -dice- tendréis luchas; se lo dice para que estas luchas no los abrumen, para que en el combate no sean vencidos. De dos maneras ataca el mundo a los soldados de Cristo: los halaga para seducirlos, los atemoriza para doblegarlos. No dejemos que nos domine el propio placer, no dejemos que nos atemorice la ajena crueldad, y habremos vencido al mundo.

En uno y otro ataque sale al encuentro Cristo, para que el cristiano no sea vencido. La constancia en el sufrimiento que contemplamos en el martirio que hoy conmemoramos es humanamente incomprensible, pero la vemos como algo natural si en este martirio reconocemos el poder divino.

Era tan grande la crueldad que se ejercitaba en el cuerpo del mártir y tan grande la tranquilidad con que él hablaba, era tan grande la dureza con que eran tratados sus miembros y tan grande la seguridad con que sonaban sus palabras, que parecía como si el Vicente que hablaba no fuera el mismo que sufría el tormento.

Es que, en realidad, hermanos, así era: era otro el que hablaba. Así lo había prometido Cristo a sus testigos, en el Evangelio, al prepararlos para semejante lucha. Había dicho, en efecto: No os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis. No seréis vosotros los que habléis, el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros.

Era, pues, el cuerpo de Vicente el que sufría, pero era el Espíritu quien hablaba, y, por estas palabras del Espíritu, no sólo era redargüida la impiedad, sino también confortada la debilidad.


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sábado, 18 de enero de 2014

Nuevo tema de Carmen Elisa "Tu eres mi luz.


Escuchalo Primicia para Adonai.

Grabando el vídeo de la cancion que realice junto a mi hijo Jose Miguel, "Tu eres mi luz.



http://es.gloria.tv/?media=557387



Gracias Carmen Elisa por acercarnos tu nuevo material

Papa Francisco a cristianos: Resistan tentación del “complejo de inferioridad”

VATICANO, 17 Ene. 14 / 11:18 am

La fidelidad del cristiano no se puede “vender” por un mal entendido sentido de “normalidad”, que induce a lo mundano y a olvidar la Palabra de Dios y a vivir como si Él no existiera. Fue la reflexión que el Papa Francisco propuso esta mañana en su homilía de la Misa que presidió en la capilla de la Casa Santa Marta.

La tentación de querer ser “normales”, cuando en cambio se es hijo de Dios. Que en esencia quiere decir ignorar la Palabra del Padre y seguir sólo la humana, la “palabra del propio deseo”, escogiendo en cierto modo “vender” el don de una predilección para sumergirse en una “uniformidad mundana”. Esta tentación el pueblo judío del Antiguo Testamento la experimentó más de una vez, dijo el Papa, que se detuvo en el episodio propuesto por el pasaje del primer Libro de Samuel.

En él, los jefes del pueblo piden al mismo Samuel, ya viejo, establecer para ellos un nuevo rey, de hecho pretendiendo autogobernarse. En aquel momento, observó el Pontífice, “el pueblo rechaza a Dios: no sólo no escucha la Palabra de Dios, sino que la rechaza”.

La frase reveladora de este desapego, subrayó el Papa, es aquella proferida por los ancianos de Israel: queremos un “rey juez”, porque así “también nosotros seremos como todos los pueblos”. O sea, observó Francisco, “rechazan al Señor del amor, rechazan la elección y buscan el camino de la mundanidad”, de forma parecida a tantos cristianos de hoy.

“La normalidad de la vida exige del cristiano fidelidad a su elección y no venderla para ir hacia una uniformidad mundana. Esta es la tentación del pueblo y también la nuestra. Tantas veces, olvidamos la Palabra de Dios, aquello que nos dice el Señor, y tomamos la palabra que está de moda, ¿no?, también aquella de la telenovela está de moda, tomemos esa, ¡es más divertida! La apostasía es precisamente el pecado de la ruptura con el Señor, pero es clara: la apostasía se ve claramente. Esto es más peligroso, la mundanidad, porque es más sutil”.

“Es verdad que el cristiano debe ser normal, como son normales las personas”, reconoció el Santo Padre, “pero existen valores que el cristiano no puede tomar para sí. El cristiano debe retener sobre él la Palabra de Dios que le dice: ‘tú eres mi hijo, tú eres elegido, yo estoy contigo, yo camino contigo’”. Por lo tanto resistiendo a la tentación –como en el episodio de la Biblia – de considerarse víctimas de “un cierto complejo de inferioridad”, de no sentirse un “pueblo normal”.

“La tentación viene y endurece el corazón y cuando el corazón es duro, cuando el corazón no está abierto, la Palabra de Dios no puede entrar. Jesús decía a los de Emaús: ‘¡Necios y lentos de corazón!’. Tenían el corazón duro, no podían entender la Palabra de Dios. Y la mundanidad ablanda el corazón, pero mal: un corazón blando ¡jamás es una cosa buena! El bueno es el corazón abierto a la Palabra de Dios, que la recibe. Como la Virgen, que meditaba todas estas cosas en su corazón, dice el Evangelio. Recibir la Palabra de Dios para no alejarse de la elección”.

Pidamos, entonces “la gracia de superar nuestros egoísmos: el egoísmo de querer hacer de las mías, como yo quiero”.

“Pidamos la gracia de superarlos y pidamos la gracia de la docilidad espiritual, o sea abrir el corazón a la Palabra de Dios y no hacer como han hecho estos nuestros hermanos, que cerraron el corazón porque se alejaron de Dios y desde hacía tiempo no sentían y no entendían la Palabra de Dios. Que el Señor nos de la gracia de un corazón abierto para recibir la Palabra de Dios y para meditarla siempre. Y de ahí tomar el verdadero camino”.





Fuente: (ACI/EWTN Noticias).

Dijo Jesús a sus discípulos:

--Os aseguro que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos (Mt 18,19-20).

SEMANA DE ORACIÓN POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS Benedicto XVI, Audiencia general del 18-I-06



«Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20).

«Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos» (Mt 18,19). Esta solemne afirmación de Jesús a sus discípulos sostiene también nuestra oración. Hoy comienza la tradicional «Semana de oración por la unidad de los cristianos», cita importante para reflexionar sobre el drama de la división de la comunidad cristiana y pedir juntos a Jesús mismo «que todos sean uno, para que el mundo crea» (Jn 17,21). Lo hacemos hoy también nosotros, aquí, en sintonía con una gran multitud en el mundo. En efecto, la oración «por la unión de todos» implica en formas, tiempos y modos diversos a los católicos, a los ortodoxos y a los protestantes, unidos por la fe en Jesucristo, único Señor y Salvador.

La oración por la unidad forma parte del núcleo central que el concilio Vaticano II llama «el alma de todo el movimiento ecuménico» (Unitatis redintegratio, 8), núcleo que incluye precisamente las oraciones públicas y privadas, la conversión del corazón y la santidad de vida. Esta convicción nos lleva al centro del problema ecuménico, que es la obediencia al Evangelio para hacer la voluntad de Dios, con su ayuda, necesaria y eficaz. El Concilio lo señaló explícitamente a los fieles al declarar: «Cuanto más estrecha sea su -nuestra- comunión con el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo, más íntima y fácilmente podrán aumentar la fraternidad mutua» (ib., 7).

Los elementos que, a pesar de la división permanente, unen aún a los cristianos permiten elevar una oración común a Dios. Esta comunión en Cristo sostiene todo el movimiento ecuménico e indica la finalidad misma de la búsqueda de la unidad de todos los cristianos en la Iglesia de Dios. Eso distingue el movimiento ecuménico de cualquier otra iniciativa de diálogo y de relaciones con otras religiones e ideologías. También en esto fue precisa la enseñanza del decreto sobre el ecumenismo del concilio Vaticano II: «Participan en este movimiento de unidad, llamado ecuménico, los que invocan al Dios Trino y confiesan a Jesús como Señor y Salvador» (ib., 1).

Las oraciones comunes que se realizan en el mundo entero, especialmente en este período o en torno a Pentecostés, expresan, además, la voluntad de compromiso común por el restablecimiento de la comunión plena de todos los cristianos. «Estas oraciones en común son un medio sumamente eficaz para pedir la gracia de la unidad» (ib., 8). Con esta afirmación, el concilio Vaticano II interpreta fundamentalmente lo que dice Jesús a sus discípulos, asegurándoles que si dos se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo al Padre que está en los cielos, él se lo concederá «porque» donde dos o tres se reúnen en su nombre él está en medio de ellos.

Después de la resurrección les asegura también que estará siempre con ellos «todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). La presencia de Jesús en la comunidad de los discípulos y en nuestra oración es lo que garantiza su eficacia, hasta el punto de prometer: «Todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo» (Mt 18,18).

Pero no nos limitemos a pedir. También podemos dar gracias al Señor por la nueva situación que, con gran esfuerzo, se ha creado en las relaciones ecuménicas entre los cristianos, con una renovada fraternidad, por los fuertes vínculos de solidaridad que se han establecido, por el crecimiento de la comunión y por las convergencias alcanzadas -ciertamente de modo desigual- entre los diversos diálogos. Hay muchos motivos para dar gracias. Y aunque queda mucho por esperar y por hacer, no olvidemos que Dios nos ha dado mucho en el camino hacia la unión. Por eso, le agradecemos esos dones. El futuro está ante nosotros. El Santo Padre Juan Pablo II, de feliz memoria, que tanto hizo y sufrió por la cuestión ecuménica, nos enseñó oportunamente que «reconocer lo que Dios ya ha concedido es condición que nos predispone a recibir aquellos dones aún indispensables para llevar a término la obra ecuménica de la unidad» (Ut unum sint, 41). Por tanto, hermanos y hermanas, sigamos orando para que seamos conscientes de que la santa causa del restablecimiento de la unidad de los cristianos supera nuestras pobres fuerzas humanas y que, en último término, la unidad es don de Dios.

jueves, 16 de enero de 2014

Dijo Jesús a sus apóstoles:

--Mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, prudentes como las serpientes, y sencillos como las palomas. Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los tribunales y os azotarán en sus sinagogas; y por mi causa seréis llevados ante gobernadores y reyes, para que deis testimonio ante ellos y ante los gentiles (Mt 10,16-18).

REFLEJAR LA MIRADA DEL SEÑOR


por Martín Steiner, o.f.m.

Desde el día en que los rasgos del Crucificado se grabaron en su corazón, Francisco hizo de su vida entera una búsqueda de ese rostro. Lo descubre en toda la creación: tanto en el gusano de la tierra como en el cordero, lo mismo en la piedra que en las flores (cf. 1 Cel 77 y 81). Pero es el hombre, y sobre todo el hombre más desamparado, el que le hace llegar mejor el reflejo de ese rostro. Esto lo comprobamos desde su servicio a los leprosos, servicio que marcó el inicio de su conversión.

Así nos lo asegura san Buenaventura: «... Ahora, por amor a Cristo crucificado, que, según la expresión del profeta, apareció despreciable como un leproso..., les prestaba con benéfica piedad a los leprosos sus humildes y humanitarios servicios. Visitaba con frecuencia sus casas, les proporcionaba generosas limosnas y can gran afecto y compasión les besaba la mano y hasta la misma boca» (LM 1,6). «El alma de Francisco -explica Celano- desfallecía a la vista de los pobres; y a los que no podía echar una mano, les mostraba el afecto. Toda indigencia, toda penuria que veía, lo arrebataba hacia Cristo, centrándolo plenamente en él. En todos los pobres veía al Hijo de la Señora pobre llevando desnudo en el corazón a quien ella llevaba desnudo en los brazos» (2 Cel 83). Y añade Celano que, por esta razón, Francisco no consiguió desprenderse de la envidia a los que le parecían más pobres que él. A un hermano que había hablado mal de un pobre, le impuso una severa penitencia, y luego le dijo: «Hermano, cuando ves a un pobre, ves un espejo del Señor y de su madre pobre. Y mira igualmente en los enfermos las enfermedades que tomó él sobre sí por nosotros» (2 Cel 85). «Quien dice mal de un pobre, ofende a Cristo, de quien lleva la enseña de nobleza y que se hizo pobre por nosotros en este mundo» (1 Cel 76). Celano concluye: «En suma: Francisco llevaba siempre consigo el hacecillo de mirra (cf. Ct 1, 13); estaba siempre contemplando el rostro de su Cristo (cf. Sal 83, 10); estaba siempre acariciando al varón de dolores y conocedor de todo quebranto (cf. Is 53,3; Heb 4,15)» (2 Cel 85).

Pero Francisco no sólo busca incesantemente el Rostro de su Señor, sino que, iluminado él mismo por la claridad de ese Rostro, comulga cada vez más con la mirada del Señor sobre los seres y las cosas, y pide también a sus hermanos que se desposen con la mirada de bondad y de misericordia de Cristo sobre todos y cada uno de los hombres.

Francisco, que había acogido a cada hermano como un don del Señor (Test 14), tenía siempre una mirada admirativa hacia todos ellos, pensando en las cualidades propias de cada uno (cf. EP 85). Considerándolos a todos como «hermanos espirituales» (2 R 6,8), los quería animados por la «santa operación» del Espíritu (2 R 10,9) y, especialmente, unidos por la «caridad del Espíritu» (1 R 5,14).

Por eso les recomendaba que, en cualquier circunstancia, tuvieran los unos para con los otros la mirada que el Espíritu del Señor Jesús iba creando en ellos: «Y, dondequiera que estén o en cualquier lugar en que se encuentren unos con otros, los hermanos deben tratarse (la ed. crítica de Esser dice: se revidere) espiritual y amorosamente (es decir, con la mirada de bondad del Señor, suscitada en ellos por el Espíritu) y honrarse mutuamente sin murmuración» (1 R 7,15).

Se trata de la mirada que refleja toda la capacidad de acogida y de don que, por su Espíritu, el Señor quiere infundir en nosotros para re-crearnos a su imagen. Para caracterizarla, habrá que repetir todo lo que Francisco dice sobre el amor fraterno. Bástenos recordar aquí algunos consejos o directrices que se refieren de manera más explícita a la mirada.

En la carta de Francisco a un Ministro que, desanimado por el comportamiento de sus hermanos, pedía irse a un eremitorio, leemos: «Y en esto quiero conocer que amas al Señor y me amas a mí, siervo suyo y tuyo, si procedes así: que no haya en el mundo hermano que, por mucho que hubiere pecado, se aleje jamás de ti después de haber contemplado tus ojos (=de haberse encontrado con tu mirada) sin haber obtenido tu misericordia, si es que la busca. Y, si no busca tu misericordia, pregúntale tú si la quiere. Y, si mil veces volviere a pecar ante tus propios ojos, ámale más que a mí, para atraerlo al Señor; y compadécete siempre de los tales» (CtaM 9-11). Poder encontrar en la mirada de un hermano la certeza de la misericordia, por enorme que haya sido la falta cometida; ver que el perdón es ofrecido aun cuando no haya sido pedido; sentirse amado más que el mejor amigo por aquel bajo cuya mirada se ha caído una vez más en la misma falta; esto es verdaderamente encontrar en esa mirada fraterna la misericordia insondable, invencible del Señor. Sin duda alguna, en esta carta Francisco, de quien Chesterton pudo decir que fue el perdón mismo de Dios pasando sobre nuestra tierra, se ha revelado al máximo él mismo.

domingo, 12 de enero de 2014

LOS MISTERIOS DEL BAUTISMO DEL SEÑOR


De los sermones de san Máximo de Turín

Nos refiere el texto evangélico que el Señor acudió al Jordán para bautizarse y que allí mismo quiso verse consagrado con los misterios celestiales.

Era, por tanto, lógico que después del día del nacimiento del Señor -por el mismo tiempo, aunque la cosa sucediera años después- viniera esta festividad, que pienso que debe llamarse también fiesta del nacimiento.

Pues, entonces, el Señor nació en medio de los hombres; hoy, ha renacido en virtud de los sacramentos; entonces, le dio a luz la Virgen; hoy, ha vuelto a ser engendrado por el misterio. Entonces, cuando nació como hombre, María, su madre, lo acogió en su regazo; ahora, que el misterio lo engendra, Dios Padre lo abraza con su voz y dice: Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto; escuchadlo. La madre acaricia al recién nacido en su blando seno; el Padre acude en ayuda de su Hijo con su piadoso testimonio; la madre se lo presenta a los Magos para que lo adoren, el Padre se lo manifiesta a las gentes para que lo veneren.

De manera que tal día como hoy el Señor Jesús vino a bautizarse y quiso que el agua bañase su santo cuerpo.

No faltará quien diga: «¿Por qué quiso bautizarse, si es santo?» Escucha. Cristo se hace bautizar, no para santificarse con el agua, sino para santificar el agua y para purificar aquella corriente con su propia purificación y mediante el contacto de su cuerpo. Pues la consagración de Cristo es la consagración completa del agua.

Y así, cuando se lava el Salvador, se purifica toda el agua necesaria para nuestro bautismo, y queda limpia la fuente, para que pueda luego administrarse a los pueblos que habían de venir a la gracia de aquel baño. Cristo, pues, se adelanta mediante su bautismo, a fin de que los pueblos cristianos vengan luego tras él con confianza.

Así es como entiendo yo el misterio: Cristo precede, de la misma manera que la columna de fuego iba delante a través del mar Rojo, para que los hijos de Israel siguieran intrépidamente su camino; y fue la primera en atravesar las aguas, para preparar la senda a los que seguían tras ella. Hecho que, como dice el Apóstol, fue un símbolo del bautismo. Y en un cierto modo aquello fue verdaderamente un bautismo, cuando la nube cubría a los israelitas y las olas les dejaban paso.

Pero todo esto lo llevó a cabo el mismo Cristo Señor que ahora actúa, quien, como entonces precedió a través del mar a los hijos de Israel en figura de columna de fuego, así ahora, mediante el bautismo, va delante de los pueblos cristianos con la columna de su cuerpo. Efectivamente, la misma columna, que entonces ofreció su resplandor a los ojos de los que la seguían, es ahora la que enciende su luz en los corazones de los creyentes: entonces, hizo posible una senda para ellos en medio de las olas del mar; ahora, corrobora sus pasos en el baño de la fe.

Decía Francisco a sus hermanos:



--Ninguna otra cosa deseemos, ninguna otra queramos, ninguna otra nos plazca y deleite, sino nuestro Creador y Redentor y Salvador, el solo verdadero Dios, que es pleno bien, todo bien, total bien, verdadero y sumo bien, que es el solo bueno, piadoso, manso, suave y dulce, que es el solo santo, justo, verdadero, santo y recto, que es el solo benigno, inocente, puro, de quien y por quien y en quien es todo el perdón, toda la gracia, toda la gloria (1 R 23,9).

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EL QUE POR NOSOTROS QUISO NACER NO QUISO SER IGNORADO POR NOSOTROS


De los sermones de san Pedro Crisólogo.

Aunque en el mismo misterio del nacimiento del Señor se dieron insignes testimonios de su divinidad, sin embargo, la solemnidad que celebramos [la Epifanía] manifiesta y revela de diversas formas que Dios ha asumido un cuerpo humano, para que nuestra inteligencia, ofuscada por tantas obscuridades, no pierda por su ignorancia lo que por gracia ha merecido recibir y poseer.

Pues el que por nosotros quiso nacer no quiso ser ignorado por nosotros; y por esto se manifestó de tal forma que el gran misterio de su bondad no fuera ocasión de un gran error.

Hoy el mago encuentra llorando en la cuna a aquel que, resplandeciente, buscaba en las estrellas. Hoy el mago contempla claramente entre pañales a aquel que, encubierto, buscaba pacientemente en los astros.

Hoy el mago discierne con profundo asombro lo que allí contempla: el cielo en la tierra, la tierra en el cielo; el hombre en Dios, y Dios en el hombre; y a aquel que no puede ser encerrado en todo el universo incluido en un cuerpo de niño. Y, viendo, cree y no duda; y lo proclama con sus dones místicos: el incienso para Dios, el oro para el Rey, y la mirra para el que morirá.

Hoy el gentil, que era el último, ha pasado a ser el primero, pues entonces la fe de los magos consagró la creencia de las naciones.

Hoy Cristo ha entrado en el cauce del Jordán para lavar el pecado del mundo. El mismo Juan atestigua que Cristo ha venido para esto: Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Hoy el siervo recibe al Señor, el hombre a Dios, Juan a Cristo; el que no puede dar el perdón recibe a quien se lo concederá.

Hoy, como afirma el profeta, la voz del Señor sobre las aguas. ¿Qué voz? Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto.

Hoy el Espíritu Santo se cierne sobre las aguas en forma de paloma, para que, así como la paloma de Noé anunció el fin del diluvio, de la misma forma ésta fuera signo de que ha terminado el perpetuo naufragio del mundo. Pero a diferencia de aquélla, que sólo llevaba un ramo de olivo caduco, ésta derramará la enjundia completa del nuevo crisma en la cabeza del Autor de la nueva progenie, para que se cumpliera aquello que predijo el profeta: Por eso el Señor, tu Dios, te ha ungido con aceite de júbilo entre todos tus compañeros.

Hoy Cristo, al convertir el agua en vino, comienza los signos celestes. Pero el agua había de convertirse en el misterio de la sangre, para que Cristo ofreciese a los que tienen sed la pura bebida del vaso de su cuerpo, y se cumpliese lo que dice el profeta: Y mi copa rebosa.

jueves, 9 de enero de 2014

El amor cristiano es concreto y generoso, no es el de las telenovelas, dijo el Papa en su homilía

El amor cristiano tiene siempre la característica de ser “concreto”. Por tanto, es un amor que “está más en las obras que en las palabras”, está “más en el dar que en el recibir”. Lo dijo esta mañana el Papa Francisco en la homilía de la Misa celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta.
Ninguna sensiblería: o es un amor altruista y solícito, que se arremanga y mira a los pobres, que prefiere dar más que recibir, o no tiene nada que ver con el amor cristiano. El Papa Francisco fue neto sobre la cuestión y se dejó guiar en su reflexión ante todo por las palabras contenidas en la primera Carta de Juan, en la que el Apóstol insiste en repetir: “Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y el amor de él es perfecto en nosotros”. A la vez que observó que la experiencia de la fe, está precisamente en este “doble permanecer”:
“Nosotros en Dios y Dios en nosotros: ésta es la vida cristiana. No permanecer en el espíritu del mundo, no permanecer en la superficialidad, no permanecer en idolatría, no permanecer en vanidad. No, no: permanecer en el Señor. Y Él retribuye esto: Él permanece en nosotros. Pero, primero, permanece Él en nosotros. Tantas veces lo echamos y nosotros no podemos permanecer en Él. Es el Espíritu el que permanece”.
Una vez aclarada la dinámica del espíritu que mueve el amor cristiano, el Papa Francisco pasó a considerar la carne. “Permanecer en el amor” de Dios, afirmó, no es tanto un éxtasis del corazón, “una cosa bella que sentimos”:
“¡Miren que el amor del que habla Juan no es el amor de las telenovelas! No, es otra cosa. El amor cristiano tiene siempre una cualidad: la concreción. El amor cristiano es concreto. El mismo Jesús, cuando habla del amor, nos habla de cosas concretas: dar de comer a los hambrientos, visitar a los enfermos y tantas cosas concretas. El amor es concreto. La concreción cristiana. Y cuando no existe esta concreción, se puede vivir un cristianismo de ilusiones, porque no se comprende bien dónde está el centro del mensaje de Jesús. Este amor no llega a ser concreto: es un amor de ilusiones, como estas ilusiones que tenían los discípulos cuando, viendo a Jesús, creían que era un fantasma”.
El “fantasma” es aquel que precisamente – en el episodio del Evangelio – los discípulos vislumbran maravillados y temerosos que va hacia ellos caminando sobre el mar. Pero su estupor nace de una dureza del corazón, porque – como dice el mismo Evangelio – “no habían comprendido” la multiplicación de los panes que había tenido lugar poco antes. “Si tú tienes el corazón endurecido – comentó el Papa Francisco –no puedes amar y piensas que el amor es eso de figurarse cosas. No, el amor es concreto”. Y esta concreción, añadió, se funda en dos criterios:
“El primer criterio: amar con las obras, no con las palabras. ¡A las palabras se las lleva el viento! Hoy estoy, mañana no estoy. El segundo criterio de concreción es que en el amor es más importante dar que recibir. El que ama da, da... Da cosas, da vida, se da a sí mismo a Dios y a los demás. En cambio quien no ama, quien es egoísta, siempre trata de recibir, siempre trata de tener cosas, tener ventajas. Permanecer con el corazón abierto, no como era el de los discípulos, que estaba cerrado, que no entendían nada: permanecer en Dios y Dios permanece en nosotros; permanecer en el amor”.



EL SEÑOR NOS AYUDA EN LA TRIBULACIÓN Y NOS DA FORTALEZA EN LOS COMBATES


De los escritos de san Eulogio de Córdoba

El malestar en que vivía la Iglesia cordobesa por causa de su situación religiosa y social hizo crisis en el año 851. Aunque tolerada, se sentía amenazada de extinción, si no reaccionaba contra el ambiente musulmán que la envolvía. La represión fue violenta, y llevó a la jerarquía y a muchos cristianos a la cárcel y, a no pocos, al martirio.

San Eulogio fue siempre alivio y estímulo, luz y esperanza para la comunidad cristiana. Como testimonio de su honda espiritualidad, he aquí la bellísima oración que él mismo compuso para las santas vírgenes Flora y María, de la que son estos párrafos:

«Señor, Dios omnipotente, verdadero consuelo de los que en ti esperan, remedio seguro de los que te temen y alegría perpetua de los que te aman: Inflama, con el fuego de tu amor, nuestro corazón y, con la llama de tu caridad, abrasa hasta el hondón de nuestro pecho, para que podamos consumar el comenzado martirio; y así, vivo en nosotras el incendio de tu amor, desaparezca la atracción del pecado y se destruyan los falaces halagos de los vicios; para que, iluminadas por tu gracia, tengamos el valor de despreciar los deleites del mundo; y amarte, temerte, desearte y buscarte en todo momento, con pureza de intención y con deseo sincero.

Danos, Señor, tu ayuda en la tribulación, porque el auxilio humano es ineficaz. Danos fortaleza para luchar en los combates, y míranos propicio desde Sión, de modo que, siguiendo las huellas de tu pasión, podamos beber alegres el cáliz del martirio. Porque tú, Señor, libraste con mano poderosa a tu pueblo, cuando gemía bajo el pesado yugo de Egipto, y deshiciste al Faraón y a su ejército en el mar Rojo, para gloria de tu nombre.

Ayuda, pues, eficazmente a nuestra fragilidad en esta hora de la prueba. Sé nuestro auxilio poderoso contra las huestes del demonio y de nuestros enemigos. Para nuestra defensa, embraza el escudo de tu divinidad y manténnos en la resolución de seguir luchando virilmente por ti hasta la muerte.

Así, con nuestra sangre, podremos pagarte la deuda que contrajimos con tu pasión, para que, como tú te dignaste morir por nosotras, también a nosotras nos hagas dignas del martirio. Y, a través de la espada terrena, consigamos evitar los tormentos eternos; y, aligeradas del fardo de la carne, merezcamos llegar felices hasta ti.

No le falte tampoco, Señor, al pueblo católico, tu piadoso vigor en las dificultades. Defiende a tu Iglesia de la hostigación del perseguidor. Y haz que esa corona, tejida de santidad y castidad, que forman todos tus sacerdotes, tras haber ejercitado limpiamente su ministerio, llegue a la patria celestial. Y, entre ellos, te pedimos especialmente por tu siervo Eulogio, a quien, después de ti, debemos nuestra instrucción; es nuestro maestro; nos conforta y nos anima.

Concédele que, borrado todo pecado y limpio de toda iniquidad, llegue a ser tu siervo fiel, siempre a tu servicio; y que, mostrándose siempre en esta vida tu voluntario servidor, se haga merecedor de los premios de tu gracia en la otra, de modo que consiga un lugar de descanso, aunque sea el último, en la región de los vivos.

Por Cristo Señor nuestro, que vive y reina contigo por los siglos de los siglos. Amén».

San Eulogio, que alentó a todos sus hijos en la hora del martirio, hubo de morir a su vez, reo de haber ocultado y catequizado a una joven conversa, llamada Leocricia.

miércoles, 8 de enero de 2014

ORACIÓN DEL DÍA .



no tengas miedo de la luz de Cristo, Su luz es el esplendor de la verdad, Dejate iluminar por él, pueblos todos de la tierra; dejense envolver por su amor y encontraran el camino de la paz, Amen.

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EL AGUA Y EL ESPÍRITU


Del sermón en la santa Teofanía, atribuido a san Hipólito

Jesús fue a donde Juan y recibió de él el bautismo. Cosa realmente admirable. La corriente inextinguible que alegra la ciudad de Dios es lavada con un poco de agua. La fuente inalcanzable, que hace germinar la vida para todos los hombres y que nunca se agota, se sumerge en unas aguas pequeñas y temporales.

El que se halla presente en todas partes y jamás se ausenta, el que es incomprensible para los ángeles y está lejos de las miradas de los hombres, se acercó al bautismo cuando él quiso. Se abrió el cielo, y vino una voz del cielo que decía: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto».

El amado produce amor, y la luz inmaterial genera una luz inaccesible: «Éste es el que se llamó hijo de José, es mi Unigénito según la esencia divina».

Éste es mi Hijo, el amado: aquel que pasó hambre, y dio de comer a innumerables multitudes; que trabajaba, y confortaba a los que trabajaban; que no tenía dónde reclinar su cabeza, y lo había creado todo con su mano; que padeció, y curaba todos los padecimientos; que recibió bofetadas, y dio al mundo la libertad; que fue herido en el costado, y curó el costado de Adán.

Pero prestadme cuidadosamente atención: quiero acudir a la fuente de la vida, quiero contemplar esa fuente medicinal.

El Padre de la inmortalidad envió al mundo a su Hijo, Palabra inmortal, que vino a los hombres para lavarlos con el agua y el Espíritu: y, para regenerarnos con la incorruptibilidad del alma y del cuerpo, insufló en nosotros el espíritu de vida y nos vistió con una armadura incorruptible.

Si, pues, el hombre ha sido hecho inmortal, también será dios. Y si se ve hecho dios por la regeneración del baño del bautismo, en virtud del agua y del Espíritu Santo, resulta también que después de la resurrección de entre los muertos será coheredero de Cristo.

Por lo cual, grito con voz de pregonero: Venid, las tribus todas de las gentes, al bautismo de la inmortalidad. Ésta es el agua unida con el Espíritu, con la que se riega el paraíso, se fecunda la tierra, las plantas crecen, los animales se multiplican; y, en definitiva, el agua por la que el hombre regenerado se vivifica, con la que Cristo fue bautizado, sobre la que descendió el Espíritu Santo en forma de paloma.

Y el que desciende con fe a este baño de regeneración renuncia al diablo y se entrega a Cristo, reniega del enemigo y confiesa que Cristo es Dios, se libra de la esclavitud y se reviste de la adopción, y vuelve del bautismo tan espléndido como el sol, fulgurante de rayos de justicia; y, lo que es el máximo don, se convierte en hijo de Dios y coheredero de Cristo.

A él la gloria y el poder, junto con el Espíritu Santo, bueno y vivificante, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.

"Una luz en tu vida", un programa dirigido por el Padre José Antonio Medina.

Desde el lunes 13 de enero de 2014 a las 06:55 de la mañana les presentamos por Radio María todos los días (de lunes a domingo): "Una luz en tu vida", un programa dirigido por el Padre José Antonio Medina.

¿Qué es “Una luz en tu vida”? Es un micro-programa radiofónico de casi 4 minutos de duración y de emisión diaria (de lunes a domingo), escrito y dirigido por el Padre José Antonio Medina. Pensado y rezado como programa de evangelización para la reflexión en familia para compartir la Buena Noticia de Jesucristo desde la espiritualidad, como camino de unión y comunión con Dios y con los hermanos.

El contenido del ciclo es eminentemente evangelizador, tocando una amplia gama de temas orientados a una vivencia profunda del mensaje salvador de Jesucristo, expresados de manera clara y sencilla, iluminando a la audiencia desde el aporte de la Sagrada Escritura, el Magisterio de la Iglesia, textos de la Sagrada Tradición y escritos y testimonios de los Santos.

Escúchelo desde cualquier lugar del mundo en: http://www.radiomaria.es/ — en Radio María España.


sábado, 4 de enero de 2014

EL MISTERIO DE LA ENCARNACIÓN


De los escritos de la beata Ángela de Foligno

Dios mío, hazme digna de conocer el altísimo misterio que emana de tu refulgente e inefable amor, del amor de las tres personas de la Trinidad, y el misterio de tu santa encarnación, principio de nuestra salvación.

La encarnación tiene en nosotros dos vertientes: nos colma de amor y nos asegura la certeza de nuestra salvación eterna.

¡Oh amor que supera toda sabiduría! iOh amor supremo! El amor mayor, pues mi Dios se hace hombre y a mí me hace Dios. ¡Oh amor entrañable: te has rebajado, pero no has perdido nada de tu divinidad! El abismo de tu encarnación me obliga a pronunciar estas palabras apasionadas: tú, el incomprensible, hecho comprensión; tú, increado, hecho criatura; tú, inconcebible, hallado concebible; tú, espíritu impalpable, palpado por las manos de los hombres.

Dios mío, hazme digna de penetrar en el misterio insondable del amor manifestado y compartido con los hombres en tu encarnación.

Dios increado, hazme digna de conocer el fondo de tu amor y de comprender tu inefable caridad, por la que tú nos has dado a tu Hijo Jesucristo, y por la que tu Hijo te ha revelado a nosotros como Padre. Hazme digna de conocer y comprender tu inefable amor hacia nosotros; hazme capaz de penetrar en tu inestimable y ardiente caridad, unida al amor profundo con el que siempre has distinguido al género humano para gozar de tu visión.

¡Oh Ser supremo, hazme digna de comprender el valor del don que supera toda otra dádiva y por el que los ángeles y los santos encuentran en el cielo su plena felicidad al verte, contemplarte y amarte! ¡Oh don sobre toda dádiva, tú eres el Amor! ¡Oh Bien sumo, te has dignado manifestarte como Amor y nos capacitas para amar este Amor!

Cuantos lleguen a tu presencia recibirán la recompensa proporcionada al amor. Y sólo el amor verdadero es capaz de elevar hasta la quietud del éxtasis a las almas contemplativas.

Ultimo programa del 2013


jueves, 2 de enero de 2014

EL DOBLE PRECEPTO DE LA CARIDAD


De los tratados de S. Agustín sobre el evangelio de S. Juan

Vino el Señor mismo, como doctor en caridad, rebosante de ella, compendiando, como de él se predijo, la palabra sobre la tierra, y puso de manifiesto que tanto la ley como los profetas radican en los dos preceptos de la caridad.

Recordad conmigo, hermanos, aquellos dos preceptos. Pues, en efecto, tienen que seros en extremo familiares, y no sólo veniros a la memoria cuando ahora os los recordamos, sino que deben permanecer siempre grabados en vuestros corazones. Nunca olvidéis que hay que amar a Dios y al prójimo: a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser; y al prójimo como a sí mismo.

He aquí lo que hay que pensar y meditar, lo que hay que mantener vivo en el pensamiento y en la acción, lo que hay que llevar hasta el fin. El amor de Dios es el primero en la jerarquía del precepto, pero el amor del prójimo es el primero en el rango de la acción. Pues el que te impuso este amor en dos preceptos no había de proponer primero al prójimo y luego a Dios, sino al revés, a Dios primero y al prójimo después.

Pero tú, que todavía no ves a Dios, amando al prójimo haces méritos para verlo; con el amor al prójimo aclaras tu pupila para mirar a Dios, como sin lugar a dudas dice Juan: Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve.

Que no es más que una manera de decirte: Ama a Dios. Y si me dices: «Señálame a quién he de amar», ¿qué otra cosa he de responderte sino lo que dice el mismo Juan: A Dios nadie lo ha visto jamás? Y para que no se te ocurra creerte totalmente ajeno a la visión de Dios: Dios -dice- es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios. Ama por tanto al prójimo, y trata de averiguar dentro de ti el origen de ese amor; en él verás, tal y como ahora te es posible, al mismo Dios.

Comienza, pues, por amar al prójimo. Parte tu pan con el hambriento, y hospeda a los pobres sin techo; viste al que ves desnudo, y no te cierres a tu propia carne.

¿Qué será lo que consigas si haces esto? Entonces romperá tu luz como la aurora. Tu luz, que es tu Dios, tu aurora, que vendrá hacia ti tras la noche de este mundo; pues Dios ni surge ni se pone, sino que siempre permanece.

Al amar a tu prójimo y cuidarte de él, vas haciendo tu camino. ¿Y hacia dónde caminas sino hacia el Señor Dios, el mismo a quien tenemos que amar con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser? Es verdad que no hemos llegado todavía hasta nuestro Señor, pero sí que tenemos con nosotros al prójimo. Ayuda, por tanto, a aquel con quien caminas, para que llegues hasta aquel con quien deseas quedarte para siempre.