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viernes, 27 de diciembre de 2013

«Y EL VERBO SE HIZO CARNE» Fr. José Rodríguez Carballo,


Fr. José Rodríguez Carballo,
Ministro General de la OFM (Carta de Navidad 2008)

Queridos hermanos y hermanas:

Es Navidad: la fiesta de las fiestas para el padre san Francisco (2 Cel 199). Es Navidad: finalmente Dios ha plantado su tienda entre nosotros, desposándose para siempre con la humanidad. Es Navidad: «Cuando llegó la plenitud de los tiempos», la omnipotencia y soberanía de Dios se ha revelado en un niño. «Alegrémonos y gocémonos» en el Señor.

Hagamos fiesta: la Palabra se hace carne. Con razón es Noche Buena. En este día, hecho por el Señor, brote del corazón y de los labios de cada hermano y hermana un canto de gozo, pues el Poderoso, cuyo nombre es santo, ha hecho cosas grandes por nosotros, y la gloria del Señor habita nuestra tierra.

En este tiempo de gracia miremos, hermanos y hermanas, al Poverello para aprender de él a acoger y celebrar el misterio de la encarnación y del nacimiento de nuestro Señor Jesucristo.

«Y el Verbo se hizo carne» (Jn 1,14). El Hijo de Dios se hizo carne, asumió nuestra naturaleza humana en su debilidad y fragilidad. Finalmente el proyecto divino se ha realizado en un hombre, es visible, accesible, palpable. El Verbo encarnado no es un mito, es una persona, que se insertó totalmente en la historia humana, asumiendo nuestra misma carne. La vieja Tienda del encuentro, morada de Dios entre los israelitas durante su peregrinación por el desierto, ha sido sustituida definitivamente. Desde ahora la tienda de Dios, el lugar donde él habita en medio de los hombres, es una persona, una «carne», y se llama «Emmanuel [...], Dios con nosotros» (Mt 1,23).

Los profetas habían anunciado días de ira, de juicio, de venganza y de castigo. Se podría decir que Dios había perdido la paciencia, y al hombre pareciera que no le quedaba otra salida que hundirse en el polvo. Y cuando parece que todo había terminado, Dios toma la iniciativa: «Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado» (Is 9,5), es el «Hijo del Altísimo», cuyo nombre es Jesús, el Salvador (cf. Lc 1,31-32). Esta es la gran sorpresa de la Navidad: el día que teníamos que rendir cuentas, «se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor a los hombres» (Tt 3,4). Y aquí está también la «noticia, motivo de alegría» de la Navidad: «Con amor eterno te he amado» (Jer 31,3), ¡tú has vuelto a ser alguien porque alguien te ama!

A un cierto momento de su vida, Francisco descubre el significado profundo de la encarnación del Verbo: el Padre ama tanto a la humanidad que envía al Hijo. Desde entonces ese misterio de amor será para él motivo de contemplación constante, porque no deja de asombrarle y, al mismo tiempo, de entusiasmarle: la «Palabra del Padre, tan digna, tan santa y gloriosa, fue anunciada por el mismo altísimo Padre desde el cielo, por medio del santo ángel Gabriel, y vino al seno de la santa y gloriosa Virgen María en el que recibió la carne verdadera de nuestra humanidad y fragilidad. Y, siendo sobremanera rico, quiso escoger la pobreza en este mundo, junto con la bienaventurada Virgen, su madre» (2CtaF 4-5). Misterio de amor, de pobreza extrema y de humana fragilidad, eso es la encarnación, el misterio que celebramos en estos días de Navidad.

Por la encarnación, el Hijo de Dios, sin dejar de serlo, asume todas nuestras debilidades, excepto el pecado, y el que era sobremanera rico, se hace pobre y siervo por nosotros, para redimirnos por su pasión y muerte: «Y te damos gracias porque así como nos creaste por tu Hijo, así también por el santo amor con que nos amaste, hiciste que él, verdadero Dios y verdadero hombre, naciera de la gloriosa siempre Virgen beatísima Santa María, y quisiste que nosotros, cautivos, fuéramos redimidos por su cruz y sangre y muerte» (1 R 23,3). Aquí está la razón más profunda por la que Francisco amaba la Navidad más que las demás fiestas. Aquí está la única razón que justifica el que celebremos la Navidad: El Padre ha querido salvarnos y redimirnos, por eso nos envía al Hijo.

Pero Francisco no se queda en la admiración, sino que la contemplación de este misterio de abajamiento y humillación es determinante en su modo de seguir a Jesús: «La suprema aspiración de Francisco, su más vivo deseo y su más elevado propósito, era observar en todo y siempre el santo Evangelio y seguir la doctrina de nuestro Señor Jesucristo y sus pasos con suma atención, con todo cuidado, con todo el anhelo de su mente, con todo el fervor de su corazón. En asidua meditación recordaba sus palabras y con agudísima consideración repasaba sus obras. Tenía tan presente en su memoria la humildad de la encarnación y la caridad de la pasión, que difícilmente quería pensar en otra cosa» (1 Cel 84).

Para comunicarse a los hombres, la Palabra ha escogido la kénosis, el anonadamiento, el vacío, el despojo. El camino que trae Dios a los hombres empieza en Belén y termina en el Calvario, comienza en el pesebre y acaba en la cruz. Esto lo entendió muy bien Francisco. Desde entonces ya no hay otro camino para que el hombre se pueda comunicar con Dios, ya no hay otra manera de celebrar cristiana y franciscanamente la Navidad que no sea vaciándonos de nosotros mismos, asumiendo la minoridad como la forma concreta que califique todos nuestros ministerios, y la lógica del don, como capacidad de salir de nosotros mismos para ir al encuentro del otro, del distinto, como entrega gratuita a los otros, similar al constante entregarse de Dios a nosotros.

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