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lunes, 30 de diciembre de 2013

El Gran Yo Soy - Paul Wilbur Letra

MARÍA, ELEGIDA Y CONSAGRADA POR LA TRINIDAD


por Lázaro Iriarte, OFMCap

En la época de Francisco de Asís el culto y la devoción a la Madre de Dios había alcanzado una grande expansión y había hallado una noble manifestación en la poesía religiosa de los trovadores, de la cual hará suyas el Santo algunas expresiones de loor a santa María. Efectivamente, después de su conversión «entonaba loores al Señor y a la gloriosa Virgen su Madre» (1 Cel 24). El motivo por el cual escogió para restaurar la iglesia de la Porciúncula fue, como dice el biógrafo, «por la grande devoción que profesaba a la Madre de toda bondad» (1 Cel 21). Más tarde se sentirá feliz de poder fijar junto a Santa María de los Ángeles el centro de encuentro de su fraternidad. Y fue aquí, «en la iglesia de la Virgen Madre de Dios -observa san Buenaventura- donde él suplicaba insistentemente, con gemidos continuados, a aquella que concibió al Verbo lleno de gracia y de verdad, que se dignara ser su abogada. Y la Madre de la misericordia obtuvo con sus méritos que él mismo concibiera y diera a luz el espíritu de la verdad evangélica» (LM 3, 1).

Allí, ante el altar de la misma iglesita, bajo la mirada de la imagen de María, la joven Clara, aquella noche de su fuga de la casa paterna, prometió obediencia a Francisco y se comprometió en el seguimiento del Señor crucificado.

Francisco considera a la Virgen como el instrumento privilegiado del don central de la Encarnación. La contempla formando parte del designio salvífico de la Trinidad: «Te damos gracias, Padre, porque, así como nos creaste por medio de tu Hijo, así también, por el santo amor tuyo con que nos amaste, hiciste nacer a ese mismo verdadero Dios y verdadero hombre de la gloriosa siempre Virgen la beatísima santa María» (1 R 23,3).

De la meditación del evangelio de la Anunciación toma Francisco los conceptos que después él asimila y expresa en formas diversas. Así cuando habla a los cristianos de ese mismo gran don del Padre, su Palabra, Jesucristo: «Esta Palabra del Padre, tan digna, tan santa y gloriosa, la anunció el altísimo Padre desde el cielo por medio de su arcángel san Gabriel a la santa y gloriosa Virgen María, de cuyo seno recibió la verdadera carne de nuestra humanidad y fragilidad» (2CtaF 4-5).

En los salmos natalicios del Oficio de la Pasión canta a este don del Hijo que el Padre nos ha mandado, haciéndolo «nacer de la bienaventurada Virgen María» (OfP 15,3). Y es precisamente esta excelsa maternidad el título por el cual María debe ser honrada (CtaO 21).

En cierto sentido Francisco halla el origen de la hermandad de la familia de Dios en la misma maternidad de María: «Rodeaba de amor indecible a la Madre de Jesús, por haber hecho hermano nuestro al Señor de la majestad. Le tributaba peculiares alabanzas, le multiplicaba oraciones, le ofrecía afectos, tantos y tales como no puede expresar lengua humana» (2 Cel 198).

De esas alabanzas o loores -laudas trovadorescas- han sido conservadas dos de profundo contenido teológico: el Saludo a la Virgen María y la Antífona que Francisco recitaba al final de cada hora del Oficio de la Pasión. En ambas cabe destacar la relación singular de María con las tres personas de la santísima Trinidad, tipo y modelo de la relación que Dios quiere establecer con cada uno de los creyentes.

La santa Virgen, en efecto, es proclamada: elegida por el santísimo Padre del cielo y por él, con su santísimo amado Hijo y con el Espíritu Santo, consagrada (SalVM 2). Conceptos que derivan de la contemplación del diálogo de Gabriel con María.

De la misma contemplación evangélica ha extraído el sentido, tan fecundo para él, de las expresiones del otro texto, si bien no han sido inventadas por él: Hija y esclava del altísimo y sumo Rey, el Padre celestial; Madre de nuestro santísimo Señor Jesucristo; Esposa del Espíritu Santo (OfP Ant).

Parece que Francisco haya sido el primero, entre los escritores, en dar a la Virgen María el título de Esposa del Espíritu Santo, hoy normal en la teología mariana. No sólo en María, sino aun en la unión mística de cada cristiano con Dios, la relación nupcial se realiza, según un concepto repetidamente expresado por él, por obra del Espíritu Santo. Es interesante, a este respecto, el paralelismo con la Forma de vida dada a Clara y a las hermanas pobres: «Por inspiración divina os habéis hecho hijas y esclavas del altísimo sumo Rey el Padre celestial y os habéis desposado con el Espíritu Santo» (FVCl 1). La elección divina de una mujer consagrada es vista por Francisco según el tipo ideal de la Virgen María. Más aún, parece directamente inspirada en la misma Forma de vida la hermosa carta de Gregorio IX de 1228 a Clara y a las hermanas, que comienza: «Dios Padre, al cual os habéis ofrecido como esclavas, os ha adoptado en su misericordia como hijas, y os ha desposado, por obra y gracia del Espíritu Santo, con su Hijo unigénito Jesucristo...».

[L. Iriarte, Vocación Franciscana, Valencia 1989, pp. 107-110].

EL EJEMPLO DE NAZARET


Pablo VI, Alocución en Nazaret (5 enero 1964)

Nazaret es la escuela donde empieza a entenderse la vida de Jesús, es la escuela donde se inicia el conocimiento de su Evangelio.

Aquí aprendemos a observar, a escuchar, a meditar, a penetrar en el sentido profundo y misterioso de esta sencilla, humilde y encantadora manifestación del Hijo de Dios entre los hombres. Aquí se aprende incluso, quizá de una manera casi insensible, a imitar esta vida.

Aquí se nos revela el método que nos hará descubrir quién es Cristo. Aquí comprendemos la importancia que tiene el ambiente que rodeó su vida durante su estancia entre nosotros, y lo necesario que es el conocimiento de los lugares, los tiempos, las costumbres, el lenguaje, las prácticas religiosas, en una palabra, de todo aquello de lo que Jesús se sirvió para revelarse al mundo. Aquí todo habla, todo tiene un sentido.

Aquí, en esta escuela, comprendemos la necesidad de una disciplina espiritual si queremos seguir las enseñanzas del Evangelio y ser discípulos de Cristo.

¡Cómo quisiéramos ser otra vez niños y volver a esta humilde pero sublime escuela de Nazaret! ¡Cómo quisiéramos volver a empezar, junto a María, nuestra iniciación a la verdadera ciencia de la vida y a la más alta sabiduría de la verdad divina!

Pero estamos aquí como peregrinos y debemos renunciar al deseo de continuar en esta casa el estudio, nunca terminado, del conocimiento del Evangelio. Mas no partiremos de aquí sin recoger rápida, casi furtivamente, algunas enseñanzas de la lección de Nazaret.

Su primera lección es el silencio. Cómo desearíamos que se renovara y fortaleciera en nosotros el amor al silencio, este admirable e indispensable hábito del espíritu, tan necesario para nosotros, que estamos aturdidos por tanto ruido, tanto tumulto, tantas voces de nuestra ruidosa y en extremo agitada vida moderna. Silencio de Nazaret, enséñanos el recogimiento y la interioridad, enséñanos a estar siempre dispuestos a escuchar las buenas inspiraciones y la doctrina de los verdaderos maestros. Enséñanos la necesidad y el valor de una conveniente formación, del estudio, de la meditación, de una vida interior intensa, de la oración personal que sólo Dios ve.

Se nos ofrece además una lección de vida familiar. Que Nazaret nos enseñe el significado de la familia, su comunión de amor, su sencilla y austera belleza, su carácter sagrado e inviolable, lo dulce e irreemplazable que es su pedagogía y lo fundamental e incomparable que es su función en el plano social.

Finalmente, aquí aprendemos también la lección del trabajo. Nazaret, la casa del hijo del artesano: cómo deseamos comprender más en este lugar la austera pero redentora ley del trabajo humano y exaltarla debidamente; restablecer la conciencia de su dignidad, de manera que fuera a todos patente; recordar aquí, bajo este techo, que el trabajo no puede ser un fin en sí mismo, y que su dignidad y la libertad para ejercerlo no provienen tan sólo de sus motivos económicos, sino también de aquellos otros valores que lo encauzan hacia un fin más noble.

Queremos finalmente saludar desde aquí a todos los trabajadores del mundo y señalarles al gran modelo, al hermano divino, al defensor de todas sus causas justas, es decir: a Cristo, nuestro Señor.

Oración del día

Eterno, Omnipotente, Omnipresente Dios de Abraham, Isaac,y de Jacob, el de ayer el de hoy el de siempre, Jesus nuestro Dios, guíanos hacia ti,enséñanos a ser mejores,abre nuestros ojos, nuestros oídos y sana nuestra lengua para que solo de alabanza a tu nombre, tu misericordia es eterna, tu amor es eterno. Amen , Amen, Amen

Paul Wilbur - Dios de Abraham con letra

viernes, 27 de diciembre de 2013

«Y EL VERBO SE HIZO CARNE» Fr. José Rodríguez Carballo,


Fr. José Rodríguez Carballo,
Ministro General de la OFM (Carta de Navidad 2008)

Queridos hermanos y hermanas:

Es Navidad: la fiesta de las fiestas para el padre san Francisco (2 Cel 199). Es Navidad: finalmente Dios ha plantado su tienda entre nosotros, desposándose para siempre con la humanidad. Es Navidad: «Cuando llegó la plenitud de los tiempos», la omnipotencia y soberanía de Dios se ha revelado en un niño. «Alegrémonos y gocémonos» en el Señor.

Hagamos fiesta: la Palabra se hace carne. Con razón es Noche Buena. En este día, hecho por el Señor, brote del corazón y de los labios de cada hermano y hermana un canto de gozo, pues el Poderoso, cuyo nombre es santo, ha hecho cosas grandes por nosotros, y la gloria del Señor habita nuestra tierra.

En este tiempo de gracia miremos, hermanos y hermanas, al Poverello para aprender de él a acoger y celebrar el misterio de la encarnación y del nacimiento de nuestro Señor Jesucristo.

«Y el Verbo se hizo carne» (Jn 1,14). El Hijo de Dios se hizo carne, asumió nuestra naturaleza humana en su debilidad y fragilidad. Finalmente el proyecto divino se ha realizado en un hombre, es visible, accesible, palpable. El Verbo encarnado no es un mito, es una persona, que se insertó totalmente en la historia humana, asumiendo nuestra misma carne. La vieja Tienda del encuentro, morada de Dios entre los israelitas durante su peregrinación por el desierto, ha sido sustituida definitivamente. Desde ahora la tienda de Dios, el lugar donde él habita en medio de los hombres, es una persona, una «carne», y se llama «Emmanuel [...], Dios con nosotros» (Mt 1,23).

Los profetas habían anunciado días de ira, de juicio, de venganza y de castigo. Se podría decir que Dios había perdido la paciencia, y al hombre pareciera que no le quedaba otra salida que hundirse en el polvo. Y cuando parece que todo había terminado, Dios toma la iniciativa: «Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado» (Is 9,5), es el «Hijo del Altísimo», cuyo nombre es Jesús, el Salvador (cf. Lc 1,31-32). Esta es la gran sorpresa de la Navidad: el día que teníamos que rendir cuentas, «se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor a los hombres» (Tt 3,4). Y aquí está también la «noticia, motivo de alegría» de la Navidad: «Con amor eterno te he amado» (Jer 31,3), ¡tú has vuelto a ser alguien porque alguien te ama!

A un cierto momento de su vida, Francisco descubre el significado profundo de la encarnación del Verbo: el Padre ama tanto a la humanidad que envía al Hijo. Desde entonces ese misterio de amor será para él motivo de contemplación constante, porque no deja de asombrarle y, al mismo tiempo, de entusiasmarle: la «Palabra del Padre, tan digna, tan santa y gloriosa, fue anunciada por el mismo altísimo Padre desde el cielo, por medio del santo ángel Gabriel, y vino al seno de la santa y gloriosa Virgen María en el que recibió la carne verdadera de nuestra humanidad y fragilidad. Y, siendo sobremanera rico, quiso escoger la pobreza en este mundo, junto con la bienaventurada Virgen, su madre» (2CtaF 4-5). Misterio de amor, de pobreza extrema y de humana fragilidad, eso es la encarnación, el misterio que celebramos en estos días de Navidad.

Por la encarnación, el Hijo de Dios, sin dejar de serlo, asume todas nuestras debilidades, excepto el pecado, y el que era sobremanera rico, se hace pobre y siervo por nosotros, para redimirnos por su pasión y muerte: «Y te damos gracias porque así como nos creaste por tu Hijo, así también por el santo amor con que nos amaste, hiciste que él, verdadero Dios y verdadero hombre, naciera de la gloriosa siempre Virgen beatísima Santa María, y quisiste que nosotros, cautivos, fuéramos redimidos por su cruz y sangre y muerte» (1 R 23,3). Aquí está la razón más profunda por la que Francisco amaba la Navidad más que las demás fiestas. Aquí está la única razón que justifica el que celebremos la Navidad: El Padre ha querido salvarnos y redimirnos, por eso nos envía al Hijo.

Pero Francisco no se queda en la admiración, sino que la contemplación de este misterio de abajamiento y humillación es determinante en su modo de seguir a Jesús: «La suprema aspiración de Francisco, su más vivo deseo y su más elevado propósito, era observar en todo y siempre el santo Evangelio y seguir la doctrina de nuestro Señor Jesucristo y sus pasos con suma atención, con todo cuidado, con todo el anhelo de su mente, con todo el fervor de su corazón. En asidua meditación recordaba sus palabras y con agudísima consideración repasaba sus obras. Tenía tan presente en su memoria la humildad de la encarnación y la caridad de la pasión, que difícilmente quería pensar en otra cosa» (1 Cel 84).

Para comunicarse a los hombres, la Palabra ha escogido la kénosis, el anonadamiento, el vacío, el despojo. El camino que trae Dios a los hombres empieza en Belén y termina en el Calvario, comienza en el pesebre y acaba en la cruz. Esto lo entendió muy bien Francisco. Desde entonces ya no hay otro camino para que el hombre se pueda comunicar con Dios, ya no hay otra manera de celebrar cristiana y franciscanamente la Navidad que no sea vaciándonos de nosotros mismos, asumiendo la minoridad como la forma concreta que califique todos nuestros ministerios, y la lógica del don, como capacidad de salir de nosotros mismos para ir al encuentro del otro, del distinto, como entrega gratuita a los otros, similar al constante entregarse de Dios a nosotros.

LA MISMA VIDA SE HA MANIFESTADO EN LA CARNE


De los tratados de san Agustín
sobre la primera carta de san Juan

Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos: la Palabra de la vida. ¿Quién es el que puede tocar con sus manos a la Palabra, si no es porque la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros?

Esta Palabra, que se hizo carne, para que pudiera ser tocada con las manos, comenzó siendo carne cuando se encarnó en el seno de la Virgen María; pero no en ese momento comenzó a existir la Palabra, porque el mismo san Juan dice que existía desde el principio. Ved cómo concuerdan su carta y su evangelio, en el que hace poco oísteis: En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios.

Quizá alguno entienda la expresión «la Palabra de la vida» como referida a la persona de Cristo y no al mismo cuerpo de Cristo, que fue tocado con las manos. Fijaos en lo que sigue: Pues la vida se hizo visible. Así, pues, Cristo es la Palabra de la vida.

¿Y cómo se hizo visible? Existía desde el principio, pero no se había manifestado a los hombres, pero sí a los ángeles, que la contemplaban y se alimentaban de ella, como de su pan. Pero, ¿qué dice la Escritura? El hombre comió pan de ángeles.

Así, pues, la Vida misma se ha manifestado en la carne, para que, en esta manifestación, aquello que sólo podía ser visto con el corazón fuera también visto con los ojos, y de esta forma sanase los corazones. Pues la Palabra se ve sólo con el corazón, pero la carne se ve también con los ojos corporales. Éramos capaces de ver la carne, pero no lo éramos de ver la Palabra. La Palabra se hizo carne, a la cual podemos ver, para sanar en nosotros aquello que nos hace capaces de ver la Palabra.

Os damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba con el Padre y se nos manifestó, es decir, se ha manifestado entre nosotros, y, para decirlo aún más claramente, se manifestó en nosotros.

Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos. Que vuestra caridad preste atención: Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos. Ellos vieron al mismo Señor presente en la carne, oyeron las palabras de su boca y lo han anunciado a nosotros. Por tanto, nosotros hemos oído, pero no hemos visto.

Y por ello, ¿somos menos afortunados que aquellos que vieron y oyeron? ¿Y cómo es que añade: Para que estéis unidos con nosotros? Aquéllos vieron, nosotros no; y, sin embargo, estamos en comunión, pues poseemos una misma fe.

En esa unión que tenemos con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto, para que nuestra alegría sea completa. La alegría completa es la que se encuentra en la misma comunión, la misma caridad, la misma unidad.

sábado, 21 de diciembre de 2013

DIOS TE BENDIGA Y TE GUARDE



NUEVO SEGMENTO DE ORACIÓN A CARGO DEL
 FRAY MATEO KRUPSKY






TODO EL MUNDO ESPERA LA RESPUESTA DE MARÍA


San Bernardo de Claraval, Homilía 4, 8-9,
sobre las excelencias de la Virgen Madre

Oíste, Virgen, que concebirás y darás a luz a un hijo; oíste que no será por obra de varón, sino por obra del Espíritu Santo. Mira que el ángel aguarda tu respuesta, porque ya es tiempo que se vuelva al Señor que lo envió. También nosotros, los condenados infelizmente a muerte por la divina sentencia, esperamos, Señora, esta palabra de misericordia.

Se pone entre tus manos el precio de nuestra salvación; en seguida seremos librados si consientes. Por la Palabra eterna de Dios fuimos todos creados, y a pesar de eso morimos; mas por tu breve respuesta seremos ahora restablecidos para ser llamados de nuevo a la vida.

Esto te suplica, oh piadosa Virgen, el triste Adán, desterrado del paraíso con toda su miserable posteridad. Esto Abraham, esto David, con todos los santos antecesores tuyos, que están detenidos en la región de la sombra de la muerte; esto mismo te pide el mundo todo, postrado a tus pies.

Y no sin motivo aguarda con ansia tu respuesta, porque de tu palabra depende el consuelo de los miserables, la redención de los cautivos, la libertad de los condenados, la salvación, finalmente, de todos los hijos de Adán, de todo tu linaje.

Da pronto tu respuesta. Responde presto al ángel, o, por mejor decir, al Señor por medio del ángel; responde una palabra y recibe al que es la Palabra; pronuncia tu palabra y concibe la divina; emite una palabra fugaz y acoge en tu seno a la Palabra eterna.

¿Por qué tardas? ¿Qué recelas? Cree, di que sí y recibe. Que tu humildad se revista de audacia, y tu modestia de confianza. De ningún modo conviene que tu sencillez virginal se olvide aquí de la prudencia. En este asunto no temas, Virgen prudente, la presunción; porque, aunque es buena la modestia en el silencio, más necesaria es ahora la piedad en las palabras.

Abre, Virgen dichosa, el corazón a la fe, los labios al consentimiento, las castas entrañas al Creador. Mira que el deseado de todas las gentes está llamando a tu puerta. Si te demoras en abrirle, pasará adelante, y después volverás con dolor a buscar al amado de tu alma. Levántate, corre, abre. Levántate por la fe, corre por la devoción, abre por el consentimiento.

Aquí está -dice la Virgen- la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.

lunes, 16 de diciembre de 2013

3° Domingo de Adviento


Oración: Señor Jesús, ves con cuanta fe y amor esperamos tu nacimiento; purifica nuestra mente y nuestro corazón para que te acojamos en plenitud. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

VENDRÁ EL SEÑOR Y SU DOCTRINA SUPERARÁ A LA LEY


San Cirilo de Alejandría,
Comentario sobre el libro del profeta Malaquías, 3

Mirad, yo envío a mi mensajero, para que prepare el camino ante mí. Estas palabras proféticas han sido muy oportunamente acomodadas al misterio de Cristo. Dios Padre le hizo para nosotros Emmanuel: justicia, santificación y redención, purificación de toda inmundicia, liberación del pecado, rechazo de la deshonestidad, camino hacia un modo de vivir más santo y digno, puerta de acceso a la vida eterna; por él fueron enderezadas todas las cosas, derrocado el poder del diablo, reencontrada la justicia.

Mirad, yo envío a mi mensajero, para que prepare el camino ante mí. Estas palabras parecen anunciar al Bautista. Pues el mismo Cristo dijo en otro lugar: Él es de quien está escrito: «Yo envío mi mensajero delante de mí para que prepare el camino ante ti». Esto mismo lo confirma san Juan cuando interpelaba a los que acudían a él para recibir el bautismo de conversión de esta manera: Yo os bautizo con agua, pero detrás de mí viene uno, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias: él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.

De pronto entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis, el mensajero de la alianza que vosotros deseáis. Fíjate cómo Cristo vino de improviso después de su Precursor: se mantuvo oculto a todos los judíos, apareciendo entre ellos de un modo repentino e inesperado. Decimos que al santo Bautista se le llama «ángel»: no por naturaleza, ya que Juan nació de una mujer, hombre como nosotros, sino porque se le confió la misión de predicarnos y anunciarnos a Cristo, misión típicamente angélica. Juan es «ángel» por su oficio, no por su condición de ángel.

Se dice que entrará en el santuario, bien porque la Palabra se hizo carne y en ella habitó como en un santuario, santuario que asumió del castísimo cuerpo de la santísima Virgen; bien en cuanto hombre perfecto, alma y cuerpo, que según la fe fue formado sin intermediario, por la divina providencia; o sencillamente por santuario se entiende Jerusalén, como ciudad santa y consagrada a Dios; o también la Iglesia de la que Jerusalén era tipo. Por lo demás, su venida o presencia Cristo la promulgó mediante muchas y estupendas obras: Proclamando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo, como está escrito. Entrará, pues, el Señor -dice-, a quien vosotros buscáis, los que decís en vuestro apocamiento: ¿Dónde está el Dios de la justicia? Vendrá, pues, y su doctrina superará a la ley, a los símbolos y a las figuras. Y será el mensajero de la alianza, otrora anunciado por boca de Dios Padre. En cierto pasaje de los libros santos se le dice al doctor Moisés: Suscitaré un profeta de entre sus hermanos, como tú. Pondré mis palabras en su boca y les dirá lo que yo le mande.

Que Cristo es el mensajero del nuevo Testamento, lo atestigua Isaías de esta manera hablando de él: Porque la bota que pisa con estrépito y la túnica empapada en sangre serán combustible, pasto del fuego. Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva a hombros el principado, y es su nombre: maravilla de Consejero. Consejero indudablemente de Dios Padre.

jueves, 5 de diciembre de 2013

SOBRE EL TIEMPO DE ADVIENTO


De las Cartas pastorales de san Carlos Borromeo

Ha llegado, amadísimos hermanos, aquel tiempo tan importante y solemne, que, como dice el Espíritu Santo, es tiempo favorable, día de la salvación, de la paz y de la reconciliación; el tiempo que tan ardientemente desearon los patriarcas y profetas y que fue objeto de tantos suspiros y anhelos; el tiempo que Simeón vio lleno de alegría, que la Iglesia celebra solemnemente y que también nosotros debemos vivir en todo momento con fervor, alabando y dando gracias al Padre eterno por la misericordia que en este misterio nos ha manifestado. El Padre, por su inmenso amor hacia nosotros, pecadores, nos envió a su Hijo único, para librarnos de la tiranía y del poder del demonio, invitarnos al cielo e introducirnos en lo más profundo de los misterios de su reino, manifestarnos la verdad, enseñarnos la honestidad de costumbres, comunicarnos el germen de las virtudes, enriquecernos con los tesoros de su gracia y hacernos sus hijos adoptivos y herederos de la vida eterna.

La Iglesia celebra cada año el misterio de este amor tan grande hacia nosotros, exhortándonos a tenerlo siempre presente. A la vez nos enseña que la venida de Cristo no sólo aprovechó a los que vivían en el tiempo del Salvador, sino que su eficacia continúa, y aún hoy se nos comunica si queremos recibir, mediante la fe y los sacramentos, la gracia que él nos prometió, y si ordenamos nuestra conducta conforme a sus mandamientos.

La Iglesia desea vivamente hacernos comprender que así como Cristo vino una vez al mundo en la carne, de la misma manera está dispuesto a volver en cualquier momento, para habitar espiritualmente en nuestra alma con la abundancia de sus gracias, si nosotros, por nuestra parte, quitamos todo obstáculo.

Por eso, durante este tiempo, la Iglesia, como madre amantísima y celosísima de nuestra salvación, nos enseña, a través de himnos, cánticos y otras palabras del Espíritu Santo y de diversos ritos, a recibir convenientemente y con un corazón agradecido este beneficio tan grande, a enriquecernos con su fruto y a preparar nuestra alma para la venida de nuestro Señor Jesucristo con tanta solicitud como si hubiera él de venir nuevamente al mundo. No de otra manera nos lo enseñaron con sus palabras y ejemplos los patriarcas del antiguo Testamento para que en ello los imitáramos.