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viernes, 1 de noviembre de 2013

LA VÍA SERÁFICA DE LA ESPIRITUALIDAD FRANCISCANA


por Lázaro Iriarte, OFMCap

«Tú eres amor, caridad»; así se expresa Francisco en las Alabanzas del Dios Altísimo y en la Paráfrasis del Padrenuestro. Esta noción de Dios, dada por san Juan, ha calado muy adentro en el ánimo del Poverello. Cuando quiere inculcar a los hermanos algo que lleva muy en el corazón lo hace en estos términos: «Suplico en la santa caridad, que es Dios». De forma similar lo dice en el testamento lírico para Clara y las hermanas: «os ruego por el grande Amor...».

Siente el reclamo del amor del Creador en toda manifestación de su bondad, en todo ser creado. Se mira a sí mismo como puro don de ese amor infinito, que lo convirtió sacándolo de los pecados, que le mostró la vía evangélica, le dio hermanos y lo llenó de su gracia... Por eso su piedad es una respuesta gozosa de puro amor. El amor es la atmósfera en que se mueve su contemplación, el sello de su piedad, la ley primera de la fraternidad y el mensaje fundamental que los hermanos menores han de llevar al mundo, como lo dejó escrito en el capítulo 23 de la primera Regla:

«Amemos todos con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con toda la fuerza y firmeza, con todo el entendimiento, con todas las energías, con todo el empeño, con todo el afecto, con todas las entrañas, con todos los deseos y anhelos, al Señor Dios, que a todos nosotros nos ha dado y nos da todo el cuerpo, toda el alma y toda la vida, que nos ha creado, nos ha redimido y, por sola su misericordia, nos salvará, que nos ha hecho y nos hace todo bien...» (1 R 23,8).

Se estremecía con sólo oír mencionar el amor de Dios. «Súbitamente se excitaba, se conmovía, se inflamaba, como si al sonido de la voz exterior vibrasen las fibras interiores de su corazón... Y, lleno de afecto, decía: ¡Mucho se ha de amar el amor de quien tanto nos ha amado!». Meditaba y glosaba el primero y más grande mandamiento: Amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma...; y pedía poder «emplear todas sus energías y todos los sentidos del alma y del cuerpo exclusivamente al servicio del amor de Dios, en amar al prójimo y en atraer a todos al amor del Señor» (ParPN 5). No sabía rehusar nada que se le pidiera por amor de Dios, y era arriesgado usar esta fórmula hablando con él (LP 90).

«Todo seráfico en ardor», definirá Dante a Francisco, aludiendo al distintivo que ya entonces se aplicaba a la familia franciscana: llamada a representar en la Iglesia la función que se atribuye a los serafines en el cielo de arder ante Dios en amor. Todo lo franciscano ha venido recibiendo el calificativo de seráfico.

Las oraciones personales del Poverello han vuelto a ser de actualidad. La inspiración eminentemente bíblica, fruto de la detenida contemplación de los misterios revelados, y la unción singular que las anima, sin ceder al sentimentalismo, les comunican perennidad. Te invito, hermano, a identificarte silenciosamente con algunas de ellas: el capítulo 23 de la Regla no bulada, la Paráfrasis del Padrenuestro, las Alabanzas del Dios Altísimo, el Saludo a la Virgen María... Detente, de modo especial, en el estribillo personalísimo que aparece hasta cinco veces: «Tú eres el bien, todo bien, sumo bien, fuente de todo bien...». Para quien vive, como Francisco, la opción de la pobreza radical, resulta particularmente grato descubrir en Dios el BIEN total, «toda nuestra riqueza a saciedad» (AlD 5).

De santa Clara no nos han llegado oraciones personales, pero sus escritos delatan la elevación y el ardor de sus contemplaciones amorosas, en especial de su amor esponsal a Cristo. En su pedagogía con las jóvenes formandas les enseñaba, ante todo, a «amar a Dios sobre todas las cosas» (Proc 10,2). Se veía a sí misma como un don del amor creador y santificador de Dios, un amor tiernamente materno. Las hermanas le oyeron alentar a su alma, antes de su muerte, con estas palabras: «Parte segura y en paz, al encuentro de aquel que te creó, te santificó y puso en ti al Espíritu Santo, y siempre ha tenido cuidado de ti como una madre del hijo que ama» (Proc 3,20).

[L. Iriarte, Ejercicios espirituales, Valencia 1998, pp. 83-85]

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