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viernes, 1 de noviembre de 2013

JUDAS QUISO SABER POR QUÉ JESÚS SE MANIFESTABA A LOS DISCÍPULOS Y NO AL MUNDO


San Agustín, Tratado 76, 1-2, sobre el evangelio de san Juan

Con las preguntas formuladas por los discípulos y las respuestas dadas por Jesús, el Maestro, es como si nosotros aprendiéramos a la par de ellos cuando leemos o escuchamos el santo evangelio. Habiendo, pues, dicho el Señor: Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis, le dijo Judas -no el Iscariote-: «Señor, ¿qué ha sucedido para que te muestres a nosotros y no al mundo?». Considerémonos también nosotros del número de los discípulos que le interrogan, y escuchemos al Maestro común. Judas, el apóstol santo, no el inmundo, no el perseguidor, preguntó por qué motivo se había Jesús de manifestar a los suyos y no al mundo; por qué dentro de poco el mundo ya no lo vería, mientras que los discípulos sí le verían.

Respondió Jesús y les dijo: El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guardará mis palabras. Aquí se nos expone la razón por la que se manifestará a los suyos y no a los ajenos, comprendidos bajo la denominación de «mundo». La razón es que los primeros le aman, y los segundos, no. Es la misma razón invocada por el sagrado salmo: Hazme justicia, Señor, defiende mi causa contra la gente sin piedad. Los que lo aman, son elegidos precisamente porque lo aman; en cambio, los que no lo aman, aunque hablen las lenguas de los hombres y de los ángeles, no pasan de ser un metal que resuena o unos platillos que aturden; y aun cuando tuvieran el don de predicción y conocieran todos los secretos y todo el saber; aunque tuvieran fe como para mover montañas, no son nada; y aunque repartieran en limosnas todo lo que tienen y se dejaran quemar vivos, de nada les sirve.

El amor distingue del mundo a los santos, y hace que vivan armónicamente en una misma casa. Y en esta casa establecen el Padre y el Hijo su morada: ellos son los que ahora gratifican con la dilección a quienes, al final del mundo, les gratificarán con su misma manifestación. De esta manifestación interrogó el discípulo a su Maestro, de modo que no sólo los que entonces le escuchaban de viva voz, sino también nosotros que lo escuchamos por medio del evangelio, pudiéramos conocer la respuesta del Maestro sobre este particular.

Judas centró su pregunta sobre el tema de la manifestación, y escuchó una respuesta que hablaba de amor y de inhabitación. Existe, pues, una cierta manifestación interior de Dios, absolutamente desconocida de los impíos, quienes no poseen ninguna manifestación de Dios Padre y del Espíritu Santo, por más que pudieran tenerla del Hijo, aunque sólo fuera en la carne. Pero una tal manifestación es muy diferente de aquella interior; de todas formas, y sea cual fuere esta manifestación, en ellos no puede ser permanente, sino por breve tiempo; y esto para condenación no para gozo; para tormento y no para premio.

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