Queremos estar despiertos y vigilantes, porque tu traes la luz mas clara, la paz mas profunda y la alegria verdadera ! ven Señor Jesús! ! ven Señor Jesús!
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sábado, 30 de noviembre de 2013

“Ha llegado la hora, nunca pensada en que vendrá el Hijo del hombre”

San Bernardo (1091-1153), monje cisterciense y doctor de la Iglesia
Sermón 4 y 5 para Adviento


Justo es, hermanos, que celebréis con toda devoción el Adviento del Señor, deleitados por tanta consolación, asombrados por tanta dignación, inflamados con tanta dilección. Pero no penséis únicamente en la primera venida, cuando el Señor viene a buscar y a salvar lo que estaba perdido (Lc 19,10), sino también en la segunda, cuando volverá y nos llevará consigo. ¡Ojalá hagáis objeto de vuestras continuas meditaciones estas dos venidas, rumiando en vuestros corazones cuánto nos dio en la primera y cuánto nos ha prometido en la segunda!

Sabemos de una triple venida del Señor. Además de la primera y de la última, hay una venida intermedia. Aquéllas son visibles, pero ésta no. En la primera, el Señor se manifestó en la tierra y convivió con los hombres (Ba 3,38)…; En la última, “todos verán la salvación de Dios y mirarán al que traspasaron” (Lc 3,6; Is 40,5)… La intermedia, en cambio, es oculta, y en ella sólo los elegidos ven al Señor en lo más íntimo de sí mismos, y así sus almas se salvan.

De manera que, en la primera venida, el Señor vino en carne y debilidad; en esta segunda, en espíritu y poder; y en la última, en gloria y majestad.
Esta venida intermedia es como una senda por la que se pasa de la primera a la última: en la primera, Cristo fue nuestra redención; en la última, aparecerá como nuestra vida; en ésta, es nuestro descanso y nuestro consuelo.

EN ADVIENTO RECICLA TU CORAZÓN

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Oración .

Señor Jesús, ilumina los ojos de nuestro corazón, para que comprendamos cuál es la esperanza a la que nos llamas y la misericordia con que nos tratas.

MEDITAR LA PALABRA DE DIOS COMO LA VIRGEN MARÍA


De la catequesis de S. S. Benedicto XVI
en la audiencia general del miércoles 17 de agosto de 2011

¿Qué es la meditación? Quiere decir: «hacer memoria» de lo que Dios hizo, no olvidar sus numerosos beneficios. A menudo vemos sólo las cosas negativas; debemos retener en nuestra memoria también las cosas positivas, los dones que Dios nos ha hecho; estar atentos a los signos positivos que vienen de Dios y hacer memoria de ellos. Así pues, hablamos de un tipo de oración que en la tradición cristiana se llama «oración mental». Nosotros conocemos de ordinario la oración con palabras; naturalmente también la mente y el corazón deben estar presentes en esta oración, pero hoy hablamos de una meditación que no se hace con palabras, sino que es una toma de contacto de nuestra mente con el corazón de Dios. Y María aquí es un modelo muy real. El evangelista san Lucas repite varias veces que María, «por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (2,19; 2,51). Las custodia y no las olvida. Está atenta a todo lo que el Señor le ha dicho y hecho, y medita, es decir, toma contacto con diversas cosas, las profundiza en su corazón.

Así pues, la que «creyó» en el anuncio del ángel y se convirtió en instrumento para que la Palabra eterna del Altísimo pudiera encarnarse, también acogió en su corazón el admirable prodigio de aquel nacimiento humano-divino, lo meditó, se detuvo a reflexionar sobre lo que Dios estaba realizando en ella, para acoger la voluntad divina en su vida y corresponder a ella. El misterio de la encarnación del Hijo de Dios y de la maternidad de María es tan grande que requiere un proceso de interiorización, no es sólo algo físico que Dios obra en ella, sino algo que exige una interiorización por parte de María, que trata de profundizar su comprensión, interpretar su sentido, entender sus consecuencias e implicaciones. Así, día tras día, en el silencio de la vida ordinaria, María siguió conservando en su corazón los sucesivos acontecimientos admirables de los que había sido testigo, hasta la prueba extrema de la cruz y la gloria de la Resurrección. María vivió plenamente su existencia, sus deberes diarios, su misión de madre, pero supo mantener en sí misma un espacio interior para reflexionar sobre la palabra y sobre la voluntad de Dios, sobre lo que acontecía en ella, sobre los misterios de la vida de su Hijo.

En nuestro tiempo estamos absorbidos por numerosas actividades y compromisos, preocupaciones y problemas; a menudo se tiende a llenar todos los espacios del día, sin tener un momento para detenerse a reflexionar y alimentar la vida espiritual, el contacto con Dios. María nos enseña que es necesario encontrar en nuestras jornadas, con todas las actividades, momentos para recogernos en silencio y meditar sobre lo que el Señor nos quiere enseñar, sobre cómo está presente y actúa en nuestra vida: ser capaces de detenernos un momento y de meditar. San Agustín compara la meditación sobre los misterios de Dios a la asimilación del alimento y usa un verbo recurrente en toda la tradición cristiana: «rumiar»; los misterios de Dios deben resonar continuamente en nosotros mismos para que nos resulten familiares, guíen nuestra vida, nos nutran como sucede con el alimento necesario para sostenernos. Y san Buenaventura, refiriéndose a las palabras de la Sagrada Escritura dice que «es necesario rumiarlas para que podamos fijarlas con ardiente aplicación del alma». Así pues, meditar quiere decir crear en nosotros una actitud de recogimiento, de silencio interior, para reflexionar, asimilar los misterios de nuestra fe y lo que Dios obra en nosotros; y no sólo las cosas que van y vienen.

Podemos hacer esta «rumia» de varias maneras, por ejemplo tomando un breve pasaje de la Sagrada Escritura, sobre todo los Evangelios, los Hechos de los Apóstoles, las Cartas de los apóstoles, o una página de un autor de espiritualidad que nos acerca y hace más presentes las realidades de Dios en nuestra actualidad; o tal vez, siguiendo el consejo del confesor o del director espiritual, leer y reflexionar sobre lo que se ha leído, deteniéndose en ello, tratando de comprenderlo, de entender qué me dice a mí, qué me dice hoy, de abrir nuestra alma a lo que el Señor quiere decirnos y enseñarnos. También el santo Rosario es una oración de meditación: repitiendo el Avemaría se nos invita a volver a pensar y reflexionar sobre el Misterio que hemos proclamado. Pero podemos detenernos también en alguna experiencia espiritual intensa, en palabras que nos han quedado grabadas al participar en la Eucaristía dominical. Por lo tanto, como veis, hay muchos modos de meditar y así tomar contacto con Dios y de acercarnos a Dios y, de esta manera, estar en camino hacia el Paraíso.

Queridos amigos, la constancia en dar tiempo a Dios es un elemento fundamental para el crecimiento espiritual; será el Señor quien nos dará el gusto de sus misterios, de sus palabras, de su presencia y su acción; sentir cuán hermoso es cuando Dios habla con nosotros nos hará comprender de modo más profundo lo que quiere de nosotros. En definitiva, este es precisamente el objetivo de la meditación: abandonarnos cada vez más en las manos de Dios, con confianza y amor, seguros de que sólo haciendo su voluntad al final somos verdaderamente felices.

domingo, 24 de noviembre de 2013

Adonai Martin Ramos



Entrevista del programa del día, Comunicación directa y exclusiva con Martín Ramos " Predicador e integrante de Misioneros de Cristo Vivo." desde Lima, Perú, dando su testimonio de Fe.


martes, 12 de noviembre de 2013

D'FE - TOCAME

 
  
 


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D´FE

David Holguín, Faulin Méndez, Emmanuel Burgos Rosario

Ellos son D'FE

Ministerios de música cristiana-católica de República Dominicana, estarán en Adonai el próximo domingo 17 de noviembre , Bienvenidos hermanos !!!!!



domingo, 10 de noviembre de 2013

MARTÍN, POBRE Y HUMILDE


Sulpicio Severo, Carta 3 (6.9-10.11.14-17.21)

Martín conoció con mucha antelación su muerte y anunció a sus hermanos la proximidad de la disolución de su cuerpo. Entretanto, por una determinada circunstancia, tuvo que visitar la diócesis de Candes. Existía en aquella Iglesia una desavenencia entre los clérigos, y, deseando él poner paz entre ellos, aunque sabía que se acercaba su fin, no dudó en ponerse en camino, movido por este deseo, pensando que si lograba pacificar la Iglesia sería éste un buen colofón a su vida.

Permaneció por un tiempo en aquella población o comunidad, donde había establecido su morada. Una vez restablecida la paz entre los clérigos, cuando ya pensaba regresar a su monasterio, de repente empezaron a faltarle las fuerzas; llamó entonces a los hermanos y les indicó que se acercaba el momento de su muerte. Ellos, todos a una, empezaron a entristecerse y a decirle entre lágrimas:

«¿Por qué nos dejas, padre? ¿A quién nos encomiendas en nuestra desolación? Invadirán tu grey lobos rapaces; ¿quién nos defenderá de sus mordeduras, si nos falta el pastor? Sabemos que deseas estar con Cristo, pero una dilación no hará que se pierda ni disminuya tu premio; compadécete más bien de nosotros, a quienes dejas».

Entonces él, conmovido por este llanto, lleno como estaba siempre de entrañas de misericordia en el Señor, se cuenta que lloró también; y, vuelto al Señor, dijo tan sólo estas palabras en respuesta al llanto de sus hermanos:

«Señor, si aún soy necesario a tu pueblo, no rehuyo el trabajo; hágase tu voluntad».

¡Oh varón digno de toda alabanza, nunca derrotado por las fatigas ni vencido por la tumba, igualmente dispuesto a lo uno y a lo otro, que no tembló ante la muerte ni rechazó la vida! Con los ojos y las manos continuamente levantados al cielo, no cejaba en la oración; y como los presbíteros que por entonces habían acudido a él le rogasen que aliviara un poco su cuerpo cambiando de posición, les dijo:

«Dejad, hermanos, dejad que mire al cielo y no a la tierra, y que mi espíritu, a punto ya de emprender su camino, se dirija al Señor».

Dicho esto, vio al demonio cerca de él, y le dijo:

«¿Por qué estas aquí, bestia feroz? Nada hallarás en mí, malvado; el seno de Abrahán está a punto de acogerme».

Con estas palabras entregó su espíritu al cielo. Martín, lleno de alegría, fue recibido en el seno de Abrahán; Martín, pobre y humilde, entró en el cielo, cargado de riquezas.

SAN MARTÍN DE TOURS


Benedicto XVI, Ángelus del 11 de noviembre de 2007

Queridos hermanos y hermanas:

La Iglesia recuerda hoy, 11 de noviembre, a san Martín, obispo de Tours, uno de los santos más célebres y venerados de Europa. Nacido de padres paganos en Panonia, en la actualidad Hungría, en torno al año 316, fue orientado por su padre a la carrera militar. Todavía adolescente, san Martín conoció el cristianismo y, superando muchas dificultades, se inscribió entre los catecúmenos para prepararse al bautismo. Recibió el sacramento en torno a los 20 años, pero debió permanecer aún mucho tiempo en el ejército, donde dio testimonio de su nuevo estilo de vida: respetuoso y comprensivo con todos, trataba a su sirviente como a un hermano, y evitaba las diversiones vulgares.

Cumplido el servicio militar, se fue a Poitiers, en Francia, junto al santo obispo Hilario, que lo ordenó diácono y presbítero. Eligió la vida monástica y fundó, con algunos discípulos, el más antiguo monasterio conocido de Europa, en Ligugé. Alrededor de diez años después, los cristianos de Tours, que se habían quedado sin pastor, lo aclamaron como su obispo. Desde entonces san Martín se dedicó con ardiente celo a la evangelización de las zonas rurales y a la formación del clero.

Aunque se le atribuyen muchos milagros, san Martín es famoso sobre todo por un acto de caridad fraterna. Siendo aún un joven soldado, encontró en su camino a un pobre aterido y temblando de frío. Tomó entonces su capa y, cortándola en dos con la espada, le dio la mitad a aquel hombre. Durante la noche se le apareció en sueños Jesús, sonriente, envuelto en aquella misma capa.

Queridos hermanos y hermanas, el gesto caritativo de san Martín se inscribe en la misma lógica que impulsó a Jesús a multiplicar los panes para las multitudes hambrientas y, sobre todo, a entregarse él mismo como alimento para la humanidad en la Eucaristía, signo supremo del amor de Dios, Sacramentum caritatis. Es la lógica de la comunión, con la que se expresa de modo auténtico el amor al prójimo.

Que san Martín nos ayude a comprender que solamente a través de un compromiso común de solidaridad es posible responder al gran desafío de nuestro tiempo: construir un mundo de paz y de justicia, en el que todos los hombres puedan vivir con dignidad. Esto puede suceder si prevalece un modelo mundial de auténtica solidaridad, que permita garantizar a todos los habitantes del planeta el alimento, el agua, la asistencia médica necesaria, pero también el trabajo y los recursos energéticos, así como los bienes culturales, el saber científico y tecnológico.

Nos dirigimos ahora a la Virgen María, para que ayude a todos los cristianos a ser, como san Martín, testigos generosos del evangelio de la caridad y constructores incansables de comunión solidaria.

sábado, 9 de noviembre de 2013

El Espíritu Santo y la Revelación



Dios, que es invisible, ha querido manifestarse a los hombres y darles a conocer el misterio de su voluntad (cf. Ef 1,9). Y esto la ha hecho de muchas maneras desde el origen mismo del mundo.

En primer lugar, al crear y conservar el universo por su Palabra, ha ofrecido a los hombres en la creación un testimonio perenne de sí mismo. Como dice San Pablo, «lo invisible de Dios, su eterno poder y su divinidad, se deja ver a la inteligencia desde la creación del mundo a través de sus obras» (Rom 1,20). Además, queriendo abrir el camino de la salvación, Dios se reveló desde el principio a nuestros primeros padres. Y, después de su caída, los levantó a la esperanza de la salvación con la promesa de la redención.

Después, ha cuidado continuamente del género humano, ha inscrito su ley en la conciencia de todo hombre para que sepa discernir entre el bien y el mal, y ha ofrecido su salvación a todos los que le buscan con sincero corazón. Por eso no es extraño que los hombres de todos los tiempos hayan tenido una cierta percepción de esa fuerza misteriosa que dirige el mundo y los acontecimientos de la vida humana; y que muchos incluso hayan reconocido a Dios y hayan impregnado toda su vida de un íntimo sentido religioso. Así lo atestigua la historia de las religiones.

Pero, como a causa del pecado, los hombres se ofuscaron en sus razonamientos, adoraron y sirvieron a las criaturas en vez del Creador, y cayeron en todo tipo de perversiones (cf. Rom 1,18-25), Dios, movido por su amor, decidió manifestarse más claramente a los hombres, hablarles como amigos y tratar con ellos para invitarlos y recibirlos en su compañía.

Para reunir a la humanidad dispersa, comenzó llamando a Abrahán para hacerlo padre de un gran pueblo (cf. Gén 12,2-3). Y, en efecto, después de la época de los patriarcas, Dios constituyó a Israel como su pueblo, salvándolo de la esclavitud de Egipto, y lo fue instruyendo por medio de Moisés y los profetas para que lo reconocieran a él como Dios único y verdadero, como Padre providente y justo juez. Además, fue despertando en ese pueblo una gran esperanza: un día, Dios purificaría todas las infidelidades de la humanidad y ofrecería la salvación definitiva, no sólo al pueblo de Israel, sino a todos los hombres (cf. Ez 36; Is 49,5-6). De este modo, Dios, a través de su «aliento» misterioso, fue preparando a través de los siglos el camino del Evangelio.

Y, por fin, llegó el día de la manifestación definitiva: «Dios habló a nuestros padres en distintas ocasiones y de muchas maneras; en estos últimos tiempos nos ha hablado por su Hijo» (Heb 1,1-2). Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre que actuó y habló movido por el Espíritu de Dios, es la Palabra única, perfecta e insuperable del Padre. En él, Dios nos lo ha dicho ya todo, no le queda más por decir. Con sus palabras y obras, con sus signos y milagros, y, sobre todo, con su muerte y gloriosa resurrección, Jesús nos ha revelado toda la hondura del amor que es Dios y su designio admirable sobre nosotros.

Pero la plenitud de la revelación de Jesús sólo se produjo cuando él envió al Espíritu de la verdad. Ya lo anunció a los apóstoles en el Cenáculo: «Muchas cosas tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ellas. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga» (Jn 16,12-13). Fue, pues, el Espíritu Santo quien concedió luz a los apóstoles para que conocieran la «verdad completa» del Evangelio de Cristo, para que ellos y sus sucesores pudieran anunciarla a todas las gentes (cf. Mt 28,19).

2. El Espíritu Santo y la transmisión de la Revelación

La revelación definitiva de Dios en Jesús, nosotros sólo la conocemos a través del testimonio de los apóstoles.

Como lo que Dios había revelado tenía que servir para la salvación de toda la humanidad, Dios mismo estableció la manera de conservarlo íntegro para siempre y transmitirlo a todas las edades.

a) La transmisión de los Apóstoles

Cristo mandó a los apóstoles predicar el Evangelio a todos los hombres, como fuente de toda verdad salvadora y de toda norma de conducta (cf. Mt 28,19-20). Los apóstoles cumplieron fielmente este mandato, transmiténdonos todo lo que habían aprendido de las obras y palabras de Jesús y lo que el Espíritu Santo les había enseñado. Y lo hicieron de dos maneras: oralmente, es decir, con su predicación, y por escrito, ya que los mismos apóstoles y otros de su generación pusieron por escrito el mensaje de la salvación.

Tanto la transmisión oral como la escrita, se hicieron bajo la inspiración y la asistencia del Espíritu Santo. Sólo él es capaz de garantizar que la verdad transmitida coincida con la verdad revelada. Esta intervención del Espíritu en la predicación de los apóstoles comenzó ya el día de Pentecostés: «... quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse» (Hch 2,4). San Pedro tiene plena conciencia de esta acción del Espíritu, cuando escribe: «... éste es el mensaje que ahora os anuncian quienes os predican el Evangelio, en el Espíritu Santo enviado desde el cielo» (1 Pe 1,12).

b) La transmisión de la Iglesia

Después de la muerte de los apóstoles, la Revelación tenía que darse a conocer a los hombres de todos los tiempos. Y esta es la tarea asignada a la Iglesia. Por eso San Pablo escribía a sus discípulos: «Así, pues, hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta» (2 Tes 2,15).

Las últimas palabra del Apóstol ya nos indican que la Iglesia tendrá que conservar lo transmitido por los apóstoles de dos modos:

1) En la Sagrada Escritura conservará lo que ellos escribieron.

2) En la Tradición, es decir, en su enseñanza, su vida y su culto, conservará lo que ellos hicieron y enseñaron oralmente.

Sagrada Escritura y Tradición son para nosotros las fuentes donde encontramos la Revelación. Ambas están estrechamente unidas, ya que manan del mismo manantial, se unen en un mismo caudal y corren hacia el mismo fin (cf. Dei Verbum, 8). Y ambas constituyen el depósito sagrado de la palabra de Dios, confiado a la Iglesia.

Ya hemos dicho que el Espíritu Santo está en el origen de este depósito de la fe, por cuanto que ha inspirado tanto la Sagrada Escritura como la predicación oral de los apóstoles que nos transmite la Tradición. Pero, para que este depósito sea conservado y transmitido por la Iglesia, el Espíritu necesita hacer aún otras dos operaciones:

1) Ayudar a que los creyentes acojan con fe y crezcan en la comprensión de las palabras e instituciones transmitidas. Esta acción interna del Espíritu Santo nos acompaña cuando contemplamos y estudiamos estas verdades, cuando profundizamos en los misterios que vivimos, y cuando escuchamos su proclamación por parte de los sucesores de los apóstoles.

2) Asistir al Magisterio de la Iglesia para que enseñe e interprete auténticamente la palabra de Dios, oral o escrita. Porque los obispos, en comunión con el sucesor de Pedro, el obispo de Roma, tienen por mandato divino la misión de custodiar celosamente y explicar con fidelidad el depósito de la fe. Y, en el ejercicio de esta misión, cuentan con la asistencia del Espíritu Santo.

Gracias a esta doble acción del Espíritu Santo, la Iglesia es infalible, no se puede equivocar al presentar e interpretar la doctrina revelada. Este don de la infalibilidad está concedido, en primer lugar, a todo el pueblo de Dios: la totalidad de los creyentes no puede equivocarse cuando, desde los obispos hasta el último de los laicos cristianos, muestran estar totalmente de acuerdo en cuestiones de fe y moral. Y esta infalibilidad reside también en aquellos que, por voluntad de Jesús, tienen la capacidad de representar a todo el pueblo de Dios: en el Papa, cuando como Pastor supremo enseña definitivamente una doctrina, y en el Cuerpo Episcopal, cuando ejerce el magisterio supremo presidido por el sucesor de Pedro.




UNGIDOS POR EL ESPÍRITU

por Miguel Payá Andrés



Ven, Creador, Espíritu amoroso



Ven, Creador, Espíritu amoroso,
ven y visita el alma que a ti clama
y con tu soberana gracia inflama
los pechos que criaste poderoso.

Tú, que abogado fiel eres llamado,
del Altísimo don, perenne fuente,
de vida eterna, caridad ferviente,
espiritual unción, fuego sagrado.

Tú te infundes al alma en siete dones,
fiel promesa del Padre soberano;
tú eres el dedo de su diestra mano;
tú nos dictas palabras y razones.

Ilustra con tu luz nuestros sentidos,
del corazón ahuyenta la tibieza,
haznos vencer la corporal flaqueza
con tu eterna virtud fortalecidos.

Por ti nuestro enemigo desterrado,
gocemos de paz santa duradera,
y siendo nuestro guía en la carrera,
todo daño evitemos y pecado.

Por ti al eterno Padre conozcamos,
y al Hijo, soberano omnipotente,
y a ti, Espíritu, de ambos procedente
con viva fe y amor siempre creamos.

(Fray Diego González)

DIOS HABLA EN EL SILENCIO


De la catequesis de S. S. Benedicto XVI
en la audiencia general del miércoles 10 de agosto de 2011

Queridos hermanos y hermanas:

En cada época, hombres y mujeres que consagraron su vida a Dios en la oración -como los monjes y las monjas- establecieron sus comunidades en lugares particularmente bellos, en el campo, sobre las colinas, en los valles de las montañas, a la orilla de lagos o del mar, o incluso en pequeñas islas. Estos lugares unen dos elementos muy importantes para la vida contemplativa: la belleza de la creación, que remite a la belleza del Creador, y el silencio, garantizado por la lejanía respecto a las ciudades y a las grandes vías de comunicación.

El silencio es la condición ambiental que mejor favorece el recogimiento, la escucha de Dios y la meditación. Ya el hecho mismo de gustar el silencio, de dejarse, por decirlo así, «llenar» del silencio, nos predispone a la oración. El gran profeta Elías, sobre el monte Horeb -es decir, el Sinaí- presencia un huracán, luego un terremoto, y, por último, relámpagos de fuego, pero no reconoce en ellos la voz de Dios; la reconoce, en cambio, en una brisa suave (cf. 1 Re 19,11-13). Dios habla en el silencio, pero es necesario saberlo escuchar. Por eso los monasterios son oasis en los que Dios habla a la humanidad; y en ellos se encuentra el claustro, lugar simbólico, porque es un espacio cerrado, pero abierto hacia el cielo.

Mañana, queridos amigos, haremos memoria de santa Clara de Asís. Por ello me complace recordar uno de estos «oasis» del espíritu apreciado de manera especial por la familia franciscana y por todos los cristianos: el pequeño convento de San Damián, situado un poco más abajo de la ciudad de Asís, en medio de los olivos que descienden hacia Santa María de los Ángeles. Junto a esta pequeña iglesia, que san Francisco restauró después de su conversión, Clara y las primeras compañeras establecieron su comunidad, viviendo de la oración y de pequeños trabajos. Se llamaban las «Hermanas pobres», y su «forma de vida» era la misma que llevaban los Frailes Menores: «Observar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo» (RCl 1,1), conservando la unión de la caridad recíproca (cf. RCl 10,7) y observando en particular la pobreza y la humildad vividas por Jesús y por su santísima Madre (cf. RCl 12,13).

El silencio y la belleza del lugar donde vive la comunidad monástica -belleza sencilla y austera- constituyen como un reflejo de la armonía espiritual que la comunidad misma intenta realizar. El mundo está lleno de estos oasis del espíritu, algunos muy antiguos, sobre todo en Europa, otros recientes, otros restaurados por nuevas comunidades. Mirando las cosas desde una perspectiva espiritual, estos lugares del espíritu son la estructura fundamental del mundo. Y no es casualidad que muchas personas, especialmente en los períodos de descanso, visiten estos lugares y se detengan en ellos durante algunos días: ¡también el alma, gracias a Dios, tiene sus exigencias!

Recordemos, por tanto, a santa Clara. Pero recordemos también a otras figuras de santos que nos hablan de la importancia de dirigir la mirada a las «cosas del cielo», como santa Edith Stein, Teresa Benedicta de la Cruz, carmelita, copatrona de Europa, que celebramos ayer.

Y hoy, 10 de agosto, no podemos olvidar a san Lorenzo, diácono y mártir, con una felicitación especial a los romanos, que desde siempre lo veneran como uno de sus patronos. Por último, dirijamos nuestra mirada a la santísima Virgen María, para que nos enseñe a amar el silencio y la oración.

[Saludos] Invito a todos en este tiempo a descubrir y contemplar la belleza de la creación, que a su vez revela al Creador, y a cultivar también el silencio interior, que dispone al recogimiento, a la meditación y a la oración, para favorecer el progreso espiritual mediante la escucha de la voz divina en lo profundo del alma.

Mañana se celebra la memoria de santa Clara. Nuestro pensamiento se dirige a Asís, a la iglesia de San Damián, cuna de las monjas Clarisas, oasis del silencio, de la belleza de la naturaleza, de la oración. Os deseo a todos que las sendas de vuestra peregrinación os lleven a muchos lugares, descubiertos ya por los santos, donde podáis experimentar la cercanía de Dios.

jueves, 7 de noviembre de 2013

BEATO JUAN DUNS ESCOTO,MAESTRO Y GUÍA DE LA ESCUELA FRANCISCANA


De la Carta Apostólica de S. S. Benedicto XVI
con ocasión del VII centenario de su muerte (28-X-2008)

Duns Escoto, uniendo la piedad y la investigación científica, de acuerdo con su invocación: «Que el primer Principio de los seres me conceda creer, gustar y expresar todo lo que sea grato a su majestad y que eleve nuestra mente a su contemplación», con su fino ingenio penetró tan profundamente en los secretos de la verdad natural y revelada, y formuló una doctrina tan elevada, que fue llamado «Doctor de la Orden», «Doctor sutil» y «Doctor mariano», llegando a ser maestro y guía de la escuela franciscana, luz y ejemplo para todo el pueblo cristiano.

Por tanto, deseo invitar a los estudiosos y a todos, creyentes y no creyentes, a seguir el itinerario y el método que Escoto recorrió para establecer la armonía entre fe y razón, al definir de tal manera la naturaleza de la teología que exaltaba constantemente la acción, el influjo, la práctica, el amor, más que la pura especulación. Al llevar a cabo este trabajo, se dejó guiar por el Magisterio de la Iglesia y por un sano sentido crítico con respecto al crecimiento en el conocimiento de la verdad, y estaba convencido de que la ciencia tiene valor en la medida en que se lleve a la práctica.

Muy firme en la fe católica, se esforzó por comprender, explicar y defender la verdad de la fe a la luz de la razón humana. Por eso, lo único que pretendió fue demostrar la armonía de todas las verdades, naturales y sobrenaturales, que brotan de una única fuente.

Al lado de la Sagrada Escritura, divinamente inspirada, se sitúa la autoridad de la Iglesia. Duns Escoto parece seguir el dicho de san Agustín: «No creería en el Evangelio, si antes no creyera en la Iglesia». En efecto, nuestro doctor a menudo pone de relieve la autoridad suprema del Sucesor de Pedro. Decía: «Aunque el Papa no pueda dispensar del derecho natural y divino, pues su poder es inferior a ambos, al ser el Sucesor de Pedro, el Príncipe de los Apóstoles, tiene la misma autoridad que tuvo Pedro».

Por consiguiente, la Iglesia católica, que tiene como cabeza invisible a Cristo mismo, el cual dejó como vicarios a san Pedro y sus sucesores, guiada por el Espíritu de verdad, es custodia auténtica del depósito revelado y regla de la fe. La Iglesia es criterio firme y estable de la canonicidad de la Sagrada Escritura pues «es ella la que estableció de forma autorizada cuáles son los libros que forman el canon de la Biblia».

En otro lugar afirma que «las Escrituras han sido expuestas con el mismo Espíritu con el que fueron escritas, y así se debe considerar que la Iglesia católica las presentó con el mismo Espíritu con que se ha transmitido la fe, es decir, instruida por el Espíritu de verdad».

Después de probar con diversos argumentos, tomados de la razón teológica, el hecho mismo de que la santísima Virgen María fue preservada del pecado original, estaba completamente dispuesto a renunciar incluso a esta convicción, si no estuviera en sintonía con la autoridad de la Iglesia, diciendo: «Si no se opone a la autoridad de la Iglesia o a la autoridad de la Escritura, parece probable que se debe atribuir a María lo que es más excelente».

El primado de la voluntad pone de manifiesto que Dios es ante todo caridad. Duns Escoto tiene presente esta caridad, este amor, cuando quiere reconducir la teología a una sola expresión, es decir, a la teología práctica. Según su pensamiento, al ser Dios «formalmente amor y formalmente caridad», irradia con grandísima generosidad fuera de sí los rayos de su bondad y de su amor. Y, en realidad, por amor Dios «nos ha elegido antes de la creación del mundo para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor, predestinándonos para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo» (Ef 1,4-5).

El beato Juan, fiel discípulo de san Francisco de Asís, contempló y predicó asiduamente la encarnación y la pasión salvífica del Hijo de Dios. Pero la caridad o el amor de Cristo no sólo se manifiesta de modo especial en el Calvario, sino también en el santísimo sacramento de la Eucaristía, sin el cual «desaparecería toda piedad en la Iglesia, y no se podría tributar a Dios el culto de latría, salvo por la veneración del mismo sacramento». Además, la Eucaristía es sacramento de unidad y de amor; nos impulsa a amarnos mutuamente y a amar a Dios como bien común, que debe ser amado también por los demás.

Y del mismo modo que este amor, esta caridad, fue el inicio de todo, así también sólo en el amor y en la caridad estará nuestra felicidad: «El querer, o la voluntad amorosa, es simplemente la vida eterna, feliz y perfecta».

ESENCIA Y UNICIDAD DE LA CARIDAD


De la «Ordinatio», del beato Juan Duns Escoto

La caridad es la virtud por la que amamos a Dios. Puede amarse a Dios con un amor exclusivo y sin querer tener ningún co-amante (a la manera que un hombre celoso y enamorado de su mujer no quiere que ésta sea amada por otros). Pero tal actitud no sería ni ordenada ni perfecta.

Ciertamente no sería ordenada, porque Dios, que es un bien común, no quiere ser un bien exclusivo de nadie; ni conforme a la recta razón, nadie debe apropiarse de este bien común. Por eso, el amor que tienda a este común bien como si fuera un bien propio en exclusiva, que no debe ser amado y poseído simultáneamente por otros, sería un amor desordenado.

Sería, además, una actitud imperfecta, pues quien ama con perfección quiere que aquel a quien ama sea amado por los otros. Por eso, al infundir Dios esta virtud, por la cual el alma tiende a Él de manera ordenada y perfecta, infunde la virtud de amarle como bien común y, al mismo tiempo, como objeto de amor por parte de otros. Así pues, la virtud de la caridad, que proviene de Dios, induce también a desear que Dios sea amado y querido por otros.

Y del mismo modo que la virtud de la caridad induce a la persona a amar a Dios en sí mismo de manera ordenada y perfecta, así también le induce a querer que Dios sea amado tanto por ella misma cuanto por cualquier otra persona cuya amistad le sea grata.

De ello resulta evidente en qué sentido la virtud de la caridad es una única virtud, porque no tiende en primer término a varios objetos, sino que considera a solo Dios como objeto primario en sí mismo; y, secundariamente, la caridad quiere que todos amen a Dios y, por el amor, Él sea poseído por quienquiera, tal como es en sí, pues en esto consiste el amor perfecto y ordenado. Y, al querer esto así, me amo a mí mismo y amo al prójimo por caridad, al desear que tanto yo como mi prójimo amemos y poseamos por medio de la caridad a Dios en sí mismo.

Por tanto, es evidente que por la virtud de la caridad amo a Dios y quiero que tú ames a Dios. Y esto lo quiero por caridad, pues de acuerdo con esto quiero para ti un bien que te corresponde en justicia.

Y en consecuencia de esto, no se designa al prójimo como segundo objeto de la caridad, sino como objeto totalmente accidental, en cuanto que es alguien que puede amar junto conmigo al Amado, de manera perfecta y ordenada; y lo amo precisamente para que él ame a Dios junto conmigo. Al actuar así, lo amo como accidentalmente, no por él mismo, sino en razón del objeto que quiero que sea co-amado por él. Y queriendo que Dios sea amado por él, le estoy deseando implícitamente el bien: un bien que le corresponde por justicia.

NO SABEMOS PEDIR LO QUE NOS CONVIENE


De la carta de san Agustín a Proba (130,14,25-26)

Quizá me preguntes aún por qué razón dijo el Apóstol que no sabemos pedir lo que nos conviene, siendo así que podemos pensar que tanto el mismo Pablo como aquellos a quienes él se dirigía conocían la oración dominical.

Porque el Apóstol experimentó seguramente su incapacidad de orar como conviene, por eso quiso manifestarnos su ignorancia; en efecto, cuando, en medio de la sublimidad de sus revelaciones, le fue dado el aguijón de su carne, el ángel de Satanás que lo apaleaba, desconociendo la manera conveniente de orar, Pablo pidió tres veces al Señor que lo librara de esta aflicción. Y oyó la respuesta de Dios y el porqué no se realizaba ni era conveniente que se realizase lo que pedía un hombre tan santo: Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad.

Ciertamente, en aquellas tribulaciones que pueden ocasionarnos provecho o daño no sabemos cómo debemos orar; pues como dichas tribulaciones nos resultan duras y molestas y van contra nuestra débil naturaleza, todos coincidimos naturalmente en pedir que se alejen de nosotros. Pero, por el amor que nuestro Dios y Señor nos tiene, no debemos pensar que si no aparta de nosotros aquellos contratiempos es porque nos olvida; sino más bien, por la paciente tolerancia de estos males, esperemos obtener bienes mayores, y así la fuerza se realiza en la debilidad. Esto, en efecto, fue escrito para que nadie se enorgullezca si, cuando pide con impaciencia, es escuchado en aquello que no le conviene, y para que nadie decaiga ni desespere de la misericordia divina si su oración no es escuchada en aquello que pidió y que, posiblemente, o bien le sería causa de un mal mayor o bien ocasión de que, engreído por la prosperidad, corriera el riesgo de perderse. En tales casos, ciertamente, no sabemos pedir lo que nos conviene.

Por tanto, si algo acontece en contra de lo que hemos pedido, tolerémoslo con paciencia y demos gracias a Dios por todo, sin dudar en lo más mínimo de que lo más conveniente para nosotros es lo que acaece según la voluntad de Dios y no según la nuestra. De ello nos dio ejemplo aquel divino Mediador, el cual dijo en su pasión: Padre, si es posible, que pase y se aleje de mí ese cáliz, pero, con perfecta abnegación de la voluntad humana que recibió al hacerse hombre, añadió inmediatamente: Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres. Por lo cual, entendemos perfectamente que por la obediencia de uno todos se convertirán en justos.

martes, 5 de noviembre de 2013

NO SEAS DE LOS QUE DICEN UNA COSA Y HACEN OTRA.


San Carlos Borromeo, Sermón pronunciado
en el último sínodo que convocó

Todos somos débiles, lo admito, pero el Señor ha puesto en nuestras manos los medios con que poder ayudar fácilmente, si queremos, esta debilidad. Algún sacerdote querría tener aquella integridad de vida que sabe que se le demanda, querría ser continente y vivir una vida angélica, como exige su condición, pero no piensa en emplear los medios requeridos para ello: ayunar, orar, evitar el trato con los malos y las familiaridades dañinas y peligrosas.

Algún otro se queja de que, cuando va a salmodiar o a celebrar la misa, al momento le acuden a la mente mil cosas que lo distraen de Dios; pero éste, antes de ir al coro o a celebrar la misa, ¿qué ha hecho en la sacristía, cómo se ha preparado, qué medios ha puesto en práctica para mantener la atención?

¿Quieres que te enseñe cómo irás progresando en la virtud y, si ya estuviste atento en el coro, cómo la próxima vez lo estarás más aún y tu culto será más agradable a Dios? Oye lo que voy a decirte. Si ya arde en ti el fuego del amor divino, por pequeño que éste sea, no lo saques fuera enseguida, no lo expongas al viento, mantén el fogón protegido para que no se enfríe y pierda el calor; esto es, aparta cuanto puedas las distracciones, conserva el recogimiento, evita las conversaciones inútiles.

¿Estás dedicado a la predicación y la enseñanza? Estudia y ocúpate en todo lo necesario para el recto ejercicio de este cargo; procura antes que todo predicar con tu vida y costumbres, no sea que, al ver que una cosa es lo que dices y otra lo que haces, se burlen de tus palabras meneando la cabeza.

¿Ejerces la cura de almas? No por ello olvides la cura de ti mismo, ni te entregues tan pródigamente a los demás que no quede para ti nada de ti mismo; porque es necesario, ciertamente, que te acuerdes de las almas a cuyo frente estás, pero no de manera que te olvides de ti.

Sabedlo, hermanos, nada es tan necesario para los clérigos como la oración mental; ella debe preceder, acompañar y seguir nuestras acciones: Salmodiaré -dice el salmista- y entenderé. Si administras los sacramentos, hermano, medita lo que haces; si celebras la misa, medita lo que ofreces; si salmodias en el coro, medita a quién hablas y qué es lo que hablas; si diriges las almas, medita con qué sangre han sido lavadas, y así, todo lo que hagáis, que sea con amor; así venceremos fácilmente las innumerables dificultades que inevitablemente experimentamos cada día (ya que esto forma parte de nuestra condición); así tendremos fuerzas para dar a luz a Cristo en nosotros y en los demás.

SIEMPRE NUESTRO AMIGO DE EDUARDO MEANA

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EL CORDERO INMACULADO NOS SACÓ DE LA MUERTE A LA VIDA


De la Homilía sobre la Pascua (Núms. 65-71)
de Melitón de Sardes

Muchas predicciones nos dejaron los profetas en torno al misterio de la Pascua, que es Cristo; a Él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Él vino desde los cielos a la tierra a causa de los sufrimientos humanos; se revistió de la naturaleza humana en el vientre virginal y apareció como hombre; hizo suyas las pasiones y sufrimientos humanos con su cuerpo, sujeto al dolor, y destruyó las pasiones de la carne, de modo que quien por su espíritu no podía morir acabó con la muerte homicida.

Se vio arrastrado como un cordero y degollado como una oveja, y así nos redimió de idolatrar al mundo, como en otro tiempo libró a los israelitas de Egipto, y nos salvó de la mano del Faraón; y marcó nuestras almas con su propio Espíritu y los miembros de nuestro cuerpo con su sangre.

Éste es el que cubrió a la muerte de confusión y dejó sumido al demonio en el llanto, como Moisés al Faraón. Éste es el que derrotó a la iniquidad y a la injusticia, como Moisés castigó a Egipto con la esterilidad.

Éste es que nos sacó de la servidumbre a la libertad, de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida, de la tiranía al recinto eterno, e hizo de nosotros un sacerdocio nuevo y un pueblo elegido y eterno. Él es la Pascua de nuestra salvación.

Éste es el que tuvo que sufrir mucho y en muchas ocasiones: el mismo que fue asesinado en Abel y atado de pies y manos en Isaac, el mismo que peregrinó en Jacob y fue vendido en José, expuesto en Moisés y sacrificado en el cordero, perseguido en David y deshonrado en los profetas.

Éste es el que se encarnó en la Virgen, fue colgado del madero y fue sepultado en tierra, y el que, resucitado de entre los muertos, subió al cielo.

Éste es el cordero que enmudecía y que fue inmolado; el mismo que nació de María, la hermosa cordera; el mismo que fue arrebatado del rebaño, empujado a la muerte, inmolado al atardecer y sepultado por la noche; aquel que no fue quebrantado en el leño, ni se descompuso en la tierra; el mismo que resucitó de entre los muertos e hizo que el hombre surgiera desde lo más hondo del sepulcro.

domingo, 3 de noviembre de 2013

EL PADRENUESTRO


ARQUETIPO DE LA ORACIÓN DEL CRISTIANO
(San Francisco: Paráfrasis del Padrenuestro)
por Lázaro Iriarte, OFMCap


Cuando Jesús se retiraba a orar, se alejaba de sus discípulos; en ciertas ocasiones llevaba consigo a los tres confidentes Pedro, Santiago y Juan; pero aun éstos quedaban a cierta distancia; y esperaban a que regresara. El Maestro no tuvo prisa por introducirlos en la práctica de la oración personal. Ciertamente acudía con ellos a la sinagoga cada sábado para el recitado de los salmos y la lectura de los libros sagrados; santificaba con el rezo la comida y demás momentos de la jornada, como lo hacía todo buen israelita. Les había hecho comprender el valor de la oración secreta, a puerta cerrada, bajo la sola mirada del Padre del cielo, muy preferible a la recitación mecánica de multitud de fórmulas exteriores (Mt 6,5-8).

Había de venir de ellos el deseo de orar, como una maduración de las enseñanzas recibidas de él. Por fin un día en que, como tantas veces, volvía de la oración, uno de ellos se aventuró a decirle: Señor, enséñanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos (Lc 11,1-3). Ese momento esperaba Jesús. Pedagogía digna de tenerse en cuenta: de poco sirve iniciar en la oración a quien no siente hambre de orar. Fue entonces cuando, según Lucas, Jesús enseñó a los apóstoles el Padrenuestro, que Mateo coloca en el contexto del sermón de la montaña. En efecto, la intención del Maestro no fue proporcionarles una fórmula ideal para recitarla, sino más bien facilitarles el paradigma esencial del diálogo filial con el Padre.

Puede ser muy útil una meditación pausada, parte por parte, de ésta que viene llamada «la oración del Señor»; es ella la que une a todos los cristianos. Nos servirá de guía el seráfico Padre que, con los primeros hermanos que le dio el Señor, hizo del Padrenuestro la expresión permanente de su piedad: «Movidos por el fuego del Espíritu Santo, rezaban cantando el Padrenuestro, adaptándole una melodía espiritual, no sólo en los tiempos prescritos (de las horas canónicas), sino a cualquier hora» (1 Cel 47). Pero Francisco nutría su contemplación con cada una de las peticiones; fruto de esa luz infusa es la profunda paráfrasis que ha llegado hasta nosotros.

Padre nuestro que estás en el cielo. La primera palabra es la más importante: Padre nuestro. Jesús, como primogénito de la multitud de hermanos (Rom 8,29), se une a nosotros en comunión de amor al Padre. Comprendemos la emoción del joven Francisco cuando, viéndose repudiado por su padre terreno, exclamó: «De ahora en adelante podré decir a boca llena: ¡Padre nuestro que estás en el cielo!» (2 Cel 12).

En el cielo. El alma del Poverello se llena de suavidad trasladándose con el deseo a esa morada celestial, llena del resplandor de la gloria de Dios, de la cual todos estamos llamados a ser ciudadanos:

«Que estás en el cielo: en los ángeles y en los santos; iluminándolos para el conocimiento, porque tú, Señor, eres luz; inflamándolos para el amor, porque tú, Señor, eres amor; habitando en ellos y colmándolos para la bienaventuranza, porque tú, Señor, eres sumo bien, eterno bien, del cual viene todo bien, sin el cual no hay ningún bien» (ParPN 2).

Siguen las peticiones distribuidas en dos planos, uno que tiene por mira la gloria de Dios y su plan salvífico, otro que se proyecta sobre la tarea del existir humano aquí abajo.

Una oración bien ordenada no pone en primer plano nuestra persona, nuestros afanes, nuestras necesidades, nuestros temores..., sino que piensa ante todo en Dios y sus intereses. Pero, sabiendo que nos ama como Padre y tiene sus ojos fijos en nuestra situación, es muy justo que, en un segundo tiempo, se la expongamos con confianza.

Santificado sea tu nombre. El nombre de Dios, en la Biblia, es un término que encierra todo cuanto es para los hombres el ser de Dios. Y pedimos que él sea conocido, celebrado, respetado, bendecido... El Hijo de Dios se hizo hombre, ante todo, para glorificar al Padre. Pudo decir al final de su vida: Yo te he glorificado sobre la tierra... He dado a conocer tu nombre a los hombres que tú me has dado... (Jn 17,5s).

La misión fundamental que Francisco asigna a sus hermanos es la de ir por el mundo como testigos y pregoneros del nombre de Dios (CtaO 8s). En su paráfrasis refleja su propia experiencia contemplativa de ese conocimiento del misterio de Dios en todas sus dimensiones, evocando un profundo texto de san Pablo (Ef 3,18):

«Clarificada sea en nosotros tu noticia, para que conozcamos cuál es la anchura de tus beneficios, la largura de tus promesas, la sublimidad de tu majestad y la profundidad de tus juicios» (ParPN 3).

Venga a nosotros tu reino. En la perspectiva de Jesús, que es la del Padre, los intereses de Dios se centran en el establecimiento de su Reino. El pueblo de Israel venía esperando desde siglos el advenimiento del reino de Dios, meta de las esperanzas mesiánicas. La misión de Jesús es anunciar la llegada de ese reino, abrir las puertas del mismo a los hombres, un reino por cierto muy diferente del que esperaba el pueblo. Este reino está ya presente: es una levadura destinada a hacer fermentar toda la masa, un grano de mostaza que se ha de transformar en un árbol; ese reino inicial es acogido por una pequeña grey de elegidos (Lc 12,32). Se manifiesta, ante todo, en la misma persona de Cristo y se manifestará después por medio de su Iglesia, cuya misión es anunciarlo e instaurarlo en todos los pueblos. Tendrá su consumación en la Jerusalén del cielo.

Jesús nos enseña que pidamos la aceleración de la venida de ese reino, en cada uno mediante la santidad de vida, y en el mundo entero como fermento de conversión y de apertura al amor. Francisco lo contempla hecho consoladora realidad en cada alma en gracia y objeto de esperanza en la posesión eterna del sumo Bien:

«Venga a nosotros tu reino: para que tú reines en nosotros por la gracia y nos hagas llegar a tu reino, donde la visión de ti es manifiesta, la dilección de ti perfecta, la compañía de ti bienaventurada, la fruición de ti sempiterna» (ParPN 4).

Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. El reino del Padre en realidad se identifica con el designio del Padre, con el éxito del Padre. Jesús proclamará que él ha venido para cumplir la voluntad del Padre y para que, aquí en la tierra, esa santa voluntad se realice como se realiza en el cielo. El querer del Padre es su alimento (Jn 4,34).

En la contemplación de Francisco la voluntad de Dios se centra en el máximo precepto del amor a Dios y al prójimo; en efecto, como enseña san Pablo, la plenitud de la ley es el amor (Rom 13,10):

«Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo: para que te amemos con todo el corazón, pensando siempre en ti; con toda el alma, deseándote siempre a ti; con toda la mente, dirigiendo todas nuestras intenciones a ti, buscando en todo tu honor; y con todas nuestras fuerzas, gastando todas nuestras fuerzas y los sentidos del alma y del cuerpo en servicio de tu amor y no en otra cosa; y para que amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos, atrayéndolos a todos a tu amor según nuestras fuerzas, alegrándonos del bien de los otros como del nuestro y compadeciéndolos en sus males y no dando a nadie ocasión alguna de tropiezo» (ParPN 5).

Danos hoy nuestro pan de cada día. En la segunda parte del Padrenuestro Jesús nos ha enseñado a pedir la ayuda divina en las tres necesidades más vitales de toda persona humana: los medios de subsistencia, la paz con Dios y con los demás y la lucha contra el mal.

Con el pan pedimos todo cuanto se requiere para una vida digna: alimento, vestido, casa, trabajo, salud, desarrollo personal...

Francisco, pobre voluntario que ha dejado en manos del amor providente del Padre el cuidado corporal, piensa más bien en el Pan de vida: la persona de Jesús, su doctrina, su pasión, el alimento eucarístico:

«Danos hoy nuestro pan de cada día: tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo: para memoria e inteligencia y reverencia del amor que tuvo por nosotros, y de lo que por nosotros dijo, hizo y padeció» (ParPN 6).

Es la intención que la liturgia insinúa al dar comienzo al rito de la comunión en la misa con la recitación del Padrenuestro.

[L. Iriarte, Ejercicios espirituales, Valencia 1998, pp. 91-93]

SAN MARTÍN DE PORRES, «MARTÍN DE LA CARIDAD»

Juan XXIII, Homilía pronunciada en su canonización el 6-V-1962

Martín nos demuestra, con el ejemplo de su vida, que podemos llegar a la salvación y a la santidad por el camino que nos enseñó Cristo Jesús: a saber, si, en primer lugar, amamos a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con todo nuestro ser; y si, en segundo lugar, amamos a nuestro prójimo como a nosotros mismos.

Él sabía que Cristo Jesús padeció por nosotros y, cargado con nuestros pecados, subió al leño, y por esto tuvo un amor especial a Jesús crucificado, de tal modo que al contemplar sus atroces sufrimientos, no podía evitar el derramar abundantes lágrimas. Tuvo también una singular devoción al santísimo sacramento de la Eucaristía, al que dedicaba con frecuencia largas horas de oculta adoración ante el sagrario, deseando nutrirse de él con la máxima frecuencia que le era posible.

Además, san Martín, obedeciendo el mandato del divino Maestro, se ejercitaba intensamente en la caridad para con sus hermanos, caridad que era fruto de su fe íntegra y de su humildad. Amaba a sus prójimos, porque los consideraba verdaderos hijos de Dios y hermanos suyos; y los amaba aun más que a sí mismo, ya que, por su humildad, los tenía a todos por más justos y perfectos que él.

Disculpaba los errores de los demás; perdonaba las más graves injurias, pues estaba convencido de que era mucho más lo que merecía por sus pecados; ponía todo su empeño en retornar al buen camino a los pecadores; socorría con amor a los enfermos; procuraba comida, vestido y medicinas a los pobres; en la medida que le era posible, ayudaba a los agricultores y a los negros y mulatos, que, por aquel tiempo, eran tratados como esclavos de la más baja condición, lo que le valió, por parte del pueblo, el apelativo de «Martín de la caridad».

Este santo varón, que con sus palabras, ejemplos y virtudes impulsó a sus prójimos a una vida de piedad, también ahora goza de un poder admirable para elevar nuestras mentes a las cosas celestiales. No todos, por desgracia, son capaces de comprender estos bienes sobrenaturales, no todos los aprecian como es debido, al contrario, son muchos los que, enredados en sus vicios, los menosprecian, los desdeñan o los olvidan completamente. Ojalá que el ejemplo de Martín enseñe a muchos la dulzura y felicidad que se encuentra en el seguimiento de Jesucristo y en la sumisión a sus divinos mandatos.

A CASI COMIENZA ADONAI


YA CASI EN EL AIRE !!!!!

viernes, 1 de noviembre de 2013

JUDAS QUISO SABER POR QUÉ JESÚS SE MANIFESTABA A LOS DISCÍPULOS Y NO AL MUNDO


San Agustín, Tratado 76, 1-2, sobre el evangelio de san Juan

Con las preguntas formuladas por los discípulos y las respuestas dadas por Jesús, el Maestro, es como si nosotros aprendiéramos a la par de ellos cuando leemos o escuchamos el santo evangelio. Habiendo, pues, dicho el Señor: Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis, le dijo Judas -no el Iscariote-: «Señor, ¿qué ha sucedido para que te muestres a nosotros y no al mundo?». Considerémonos también nosotros del número de los discípulos que le interrogan, y escuchemos al Maestro común. Judas, el apóstol santo, no el inmundo, no el perseguidor, preguntó por qué motivo se había Jesús de manifestar a los suyos y no al mundo; por qué dentro de poco el mundo ya no lo vería, mientras que los discípulos sí le verían.

Respondió Jesús y les dijo: El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guardará mis palabras. Aquí se nos expone la razón por la que se manifestará a los suyos y no a los ajenos, comprendidos bajo la denominación de «mundo». La razón es que los primeros le aman, y los segundos, no. Es la misma razón invocada por el sagrado salmo: Hazme justicia, Señor, defiende mi causa contra la gente sin piedad. Los que lo aman, son elegidos precisamente porque lo aman; en cambio, los que no lo aman, aunque hablen las lenguas de los hombres y de los ángeles, no pasan de ser un metal que resuena o unos platillos que aturden; y aun cuando tuvieran el don de predicción y conocieran todos los secretos y todo el saber; aunque tuvieran fe como para mover montañas, no son nada; y aunque repartieran en limosnas todo lo que tienen y se dejaran quemar vivos, de nada les sirve.

El amor distingue del mundo a los santos, y hace que vivan armónicamente en una misma casa. Y en esta casa establecen el Padre y el Hijo su morada: ellos son los que ahora gratifican con la dilección a quienes, al final del mundo, les gratificarán con su misma manifestación. De esta manifestación interrogó el discípulo a su Maestro, de modo que no sólo los que entonces le escuchaban de viva voz, sino también nosotros que lo escuchamos por medio del evangelio, pudiéramos conocer la respuesta del Maestro sobre este particular.

Judas centró su pregunta sobre el tema de la manifestación, y escuchó una respuesta que hablaba de amor y de inhabitación. Existe, pues, una cierta manifestación interior de Dios, absolutamente desconocida de los impíos, quienes no poseen ninguna manifestación de Dios Padre y del Espíritu Santo, por más que pudieran tenerla del Hijo, aunque sólo fuera en la carne. Pero una tal manifestación es muy diferente de aquella interior; de todas formas, y sea cual fuere esta manifestación, en ellos no puede ser permanente, sino por breve tiempo; y esto para condenación no para gozo; para tormento y no para premio.

LA VÍA SERÁFICA DE LA ESPIRITUALIDAD FRANCISCANA


por Lázaro Iriarte, OFMCap

«Tú eres amor, caridad»; así se expresa Francisco en las Alabanzas del Dios Altísimo y en la Paráfrasis del Padrenuestro. Esta noción de Dios, dada por san Juan, ha calado muy adentro en el ánimo del Poverello. Cuando quiere inculcar a los hermanos algo que lleva muy en el corazón lo hace en estos términos: «Suplico en la santa caridad, que es Dios». De forma similar lo dice en el testamento lírico para Clara y las hermanas: «os ruego por el grande Amor...».

Siente el reclamo del amor del Creador en toda manifestación de su bondad, en todo ser creado. Se mira a sí mismo como puro don de ese amor infinito, que lo convirtió sacándolo de los pecados, que le mostró la vía evangélica, le dio hermanos y lo llenó de su gracia... Por eso su piedad es una respuesta gozosa de puro amor. El amor es la atmósfera en que se mueve su contemplación, el sello de su piedad, la ley primera de la fraternidad y el mensaje fundamental que los hermanos menores han de llevar al mundo, como lo dejó escrito en el capítulo 23 de la primera Regla:

«Amemos todos con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con toda la fuerza y firmeza, con todo el entendimiento, con todas las energías, con todo el empeño, con todo el afecto, con todas las entrañas, con todos los deseos y anhelos, al Señor Dios, que a todos nosotros nos ha dado y nos da todo el cuerpo, toda el alma y toda la vida, que nos ha creado, nos ha redimido y, por sola su misericordia, nos salvará, que nos ha hecho y nos hace todo bien...» (1 R 23,8).

Se estremecía con sólo oír mencionar el amor de Dios. «Súbitamente se excitaba, se conmovía, se inflamaba, como si al sonido de la voz exterior vibrasen las fibras interiores de su corazón... Y, lleno de afecto, decía: ¡Mucho se ha de amar el amor de quien tanto nos ha amado!». Meditaba y glosaba el primero y más grande mandamiento: Amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma...; y pedía poder «emplear todas sus energías y todos los sentidos del alma y del cuerpo exclusivamente al servicio del amor de Dios, en amar al prójimo y en atraer a todos al amor del Señor» (ParPN 5). No sabía rehusar nada que se le pidiera por amor de Dios, y era arriesgado usar esta fórmula hablando con él (LP 90).

«Todo seráfico en ardor», definirá Dante a Francisco, aludiendo al distintivo que ya entonces se aplicaba a la familia franciscana: llamada a representar en la Iglesia la función que se atribuye a los serafines en el cielo de arder ante Dios en amor. Todo lo franciscano ha venido recibiendo el calificativo de seráfico.

Las oraciones personales del Poverello han vuelto a ser de actualidad. La inspiración eminentemente bíblica, fruto de la detenida contemplación de los misterios revelados, y la unción singular que las anima, sin ceder al sentimentalismo, les comunican perennidad. Te invito, hermano, a identificarte silenciosamente con algunas de ellas: el capítulo 23 de la Regla no bulada, la Paráfrasis del Padrenuestro, las Alabanzas del Dios Altísimo, el Saludo a la Virgen María... Detente, de modo especial, en el estribillo personalísimo que aparece hasta cinco veces: «Tú eres el bien, todo bien, sumo bien, fuente de todo bien...». Para quien vive, como Francisco, la opción de la pobreza radical, resulta particularmente grato descubrir en Dios el BIEN total, «toda nuestra riqueza a saciedad» (AlD 5).

De santa Clara no nos han llegado oraciones personales, pero sus escritos delatan la elevación y el ardor de sus contemplaciones amorosas, en especial de su amor esponsal a Cristo. En su pedagogía con las jóvenes formandas les enseñaba, ante todo, a «amar a Dios sobre todas las cosas» (Proc 10,2). Se veía a sí misma como un don del amor creador y santificador de Dios, un amor tiernamente materno. Las hermanas le oyeron alentar a su alma, antes de su muerte, con estas palabras: «Parte segura y en paz, al encuentro de aquel que te creó, te santificó y puso en ti al Espíritu Santo, y siempre ha tenido cuidado de ti como una madre del hijo que ama» (Proc 3,20).

[L. Iriarte, Ejercicios espirituales, Valencia 1998, pp. 83-85]

Plegaria de San Francisco








«A la gloriosa madre, la beatísima María siempre Virgen, a los bienaventurados Miguel, Gabriel y Rafael, y a todos los coros celestiales, a los bienaventurados Juan Bautista, Juan Evangelista, Pedro, Pablo, y a los bienaventurados patriarcas, profetas, inocentes, apóstoles, evangelistas, mártires, confesores, vírgenes, y a todos los santos que fueron y que serán y que son, humildemente les suplicamos por tu amor que te den gracias como te place, a ti, sumo y verdadero Dios, eterno y vivo, con tu Hijo carísimo, nuestro Señor Jesucristo, y el Espíritu Santo Paráclito, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya» (cf. 1 R 23,6).

TODOS LOS SANTOS.




La Iglesia celebra esta solemnidad en honor de todos los santos, o sea, de todos los fieles que murieron en Cristo y con Él han sido ya glorificados en el cielo. Esta fiesta nos recuerda, pues, los méritos de todos los cristianos, de cualquier lengua, raza, condición y nación, que están ya en la casa del Padre, aunque no hayan sido canonizados ni beatificados; nos invita a pedirles su ayuda e intercesión ante el Señor; y nos estimula a seguir su ejemplo, múltiple y variado, en nuestra vida cristiana.



Oración: Dios todopoderoso y eterno, que nos has otorgado celebrar en una misma fiesta los méritos de todos los santos, concédenos, por esta multitud de intercesores, la deseada abundancia de tu misericordia y tu perdón. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.