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sábado, 5 de octubre de 2013

«TE DOY GRACIAS, PADRE»

De la homilía pronunciada por el beato Juan Pablo II
en la fiesta de San Francisco de Asís (4-X-1988)

1. «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla» (Mt 11,25).

Estas palabras de Jesús, vibrantes de emoción, las ha escogido la Iglesia para presentarnos a Francisco de Asís en el día de su fiesta. ¡Qué elocuentes nos resultan a la luz del «Poverello»! Él fue ciertamente uno de esos «pequeños» a los que el Padre reveló los misterios de su Reino.

Se los reveló de forma tan profunda y conmovedora que la experiencia espiritual del Santo de Asís se ha convertido en punto de referencia y fuente luminosa de inspiración para innumerables falanges de creyentes a lo largo de los siglos. El movimiento franciscano, basado en esa experiencia, se ha extendido por Europa, ha cruzado los océanos, ha penetrado culturas diversas, ha suscitado un florecimiento ininterrumpido de iniciativas benéficas, se ha enriquecido de frutos maravillosos de santidad cristiana.

«Te doy gracias, Padre...». Contemplando las espléndidas manifestaciones de la espiritualidad franciscana en tiempos pasados y en el presente, también nosotros nos sentimos empujados a repetir las palabras de Jesús y a dar gracias al Padre por el don inestimable que, en el «Poverello», ha hecho a la Iglesia.

2. Francisco conoció verdaderamente el misterio de Cristo. Iluminado por la fe entendió que, en el centro de ese misterio, estaban la pasión, muerte y resurrección del Verbo encarnado. Lo entendió y de ahí sacó las consecuencias, con audaz coherencia, sin ceder a «glosas» deformantes o, en cualquier caso, reductivas. Nadie mejor que él ha podido hacer suyas y repetir, con la elocuencia de una vida calcada en el Evangelio, las palabras de Pablo: «Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en la cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo» (Gál 6,14).

Precisamente de esta participación en la pasión de Cristo, Francisco sacó ese sentido de libertad interior en el anuncio del Evangelio, gracias al cual -como escribe su biógrafo- «no temía reproche alguno y predicaba la verdad con plena seguridad» (LM 12,8). También él podía, de hecho, repetir con el Apóstol: «En adelante, que nadie me venga con molestias, porque llevo en mi cuerpo las marcas de Cristo» (Gál 6,17).

5. (...) El Señor estará junto a ti para que no vaciles si tratas de hacer tuyas, siguiendo el ejemplo de Pablo y de Francisco, las características del verdadero apóstol: la humildad de los «pequeños» a los que el Padre revela sus secretos; el gozo del que no tiene otra cosa que anunciar más que la cruz de Cristo; la libertad interior que deriva de llevar en el propio espíritu los «estigmas» de los múltiples desprendimientos requeridos por la fidelidad al Evangelio; la certeza de que en el anuncio de la Cruz está la fuente de la paz y la misericordia «para todo el Israel de Dios».

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