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miércoles, 9 de octubre de 2013

SAN FRANCISCO DE ASÍS Carta S. S. Juan Pablo II

Carta S. S. Juan Pablo II en el VIII centenario
del nacimiento de san Francisco (15-VIII-1982)

San Francisco y la Iglesia

No queremos terminar esta Carta sin recordar la peculiar fidelidad de este Santo hacia la Iglesia y los vínculos de veneración y amistad que, como hijo, lo unieron a los Romanos Pontífices de su tiempo.

Persuadido de que quien no «recoge» con la Iglesia, «desparrama», este hombre de Dios, desde los comienzos, se preocupó de que su obra fuera confirmada y protegida por la aprobación y apoyo de la «Santa Iglesia Romana». Esta intención la expresó así en su Regla: «Para que, siempre sumisos y sujetos a los pies de la misma santa Iglesia, firmes en la fe católica, guardemos la pobreza y la humildad y el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo que firmemente prometimos» (2 R 12,4).

Su primer biógrafo afirma de él: «Pensaba que, entre todas las cosas y sobre todas ellas, se había de guardar, venerar e imitar la fe de la santa Iglesia romana, en la cual solamente se encuentra la salvación de cuantos han de salvarse. Veneraba a los sacerdotes, y su afecto era grandísimo para toda la jerarquía eclesiástica» (1 Cel 62).

La Iglesia correspondió a la confianza depositada en ella por el Pobre de Cristo no sólo aprobando su Regla, sino también rindiéndole un peculiar honor y benevolencia. De este amor de Francisco a la Iglesia, ya hablamos en el citado mensaje de inicio del año jubilar del Santo, diciendo, entre otras cosas: «El carisma y la misión profética del hermano Francisco fueron los de mostrar concretamente que el Evangelio está confiado a la Iglesia y que debe ser vivido y encarnado primaria y ejemplarmente en la Iglesia y con el asentimiento y el apoyo de la Iglesia misma».

Las circunstancias de la vida que atraviesa ahora la Iglesia parecen aconsejar que se investigue con mayor diligencia de qué forma san Francisco tomaba parte activa en los asuntos eclesiales. Aquellos eran tiempos importantes y peculiares, en ellos se realizaba un gran esfuerzo en la renovación litúrgica y moral de la misma Iglesia; este esfuerzo llegó a su culmen con la celebración, el año 1215, del Concilio IV de Letrán. Aunque no consta con certeza que Francisco asistiese a las sesiones de aquel Concilio universal, no cabe duda de que comprendió bien los nobles proyectos y decretos del Concilio y que tanto él como la Orden por él fundada trabajaron en la realización de la reforma promovida por el Concilio. Sin duda, a los cánones de dicho Concilio y a la Carta de Honorio III, corresponde manifiestamente aquella piadosa campaña, referente a la Eucaristía, que realizó el Santo de Asís para que las iglesias, los sagrarios y los vasos sagrados fueran tenidos en mayor decoro y, sobre todo, para que aumentara de nuevo el amor hacia el Cuerpo santísimo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo.

Francisco acogió también el proyecto de renovación de la penitencia, que el papa Inocencio III propuso en la alocución inaugural del Concilio IV de Letrán. En aquella alocución, el Sumo Pontífice, nuestro preclaro antecesor, exhortó a todos los fieles cristianos, especialmente a los clérigos, a la renovación espiritual, a la conversión a Dios y a la reforma de las costumbres; y utilizando las palabras proféticas del capítulo 9 de Ezequiel, afirmó que la tau (la última letra del alfabeto hebreo, que tiene forma de cruz) era el signo de aquellos que «han crucificado la carne con sus pasiones y concupiscencias» (Gál 5,24), de aquellos que lloran y se duelen de que los hombres abandonen a Dios: «Lleva este signo en la frente quien manifiesta en las obras la fuerza de la cruz».

San Francisco recogió de la boca del Romano Pontífice y se aplicó a sí mismo la exhortación de realizar la purificación y renovación de la Iglesia. También desde aquel día -como se ha dicho- tuvo especial veneración por el signo tau: lo escribía con su propia mano al pie de sus breves cartas -como el pequeño pergamino dado al hermano León-, lo grabó en las celdas de los hermanos, lo encomendó en sus exhortaciones, «como si -según dice san Buenaventura- todo su cuidado se cifrara en grabar el signo tau, según el dicho profético, sobre las frentes de los hombres que gimen y se duelen, convertidos de verdad a Cristo Jesús» (Lm 3,9).

Estas y otras cosas muestran que Francisco se propuso que su obra sirviera humildemente a los proyectos de renovación espiritual comenzados por la jerarquía. Para realizarla, él aportó su santidad, ayuda ésta que no podía ser sustituida por nada. Con su total entrega a la obediencia del Espíritu, lo que le hacía semejante a Cristo crucificado, se hizo instrumento por el que el Espíritu mismo pudiera renovar internamente a la Iglesia, para hacerla «santa e inmaculada». Este hombre de Dios, movido por «inspiración divina» -como él mismo solía afirmar-, es decir, impulsado por el fervor del Espíritu Santo, realizó todas estas cosas; buscó en todo el «Espíritu y vida», palabras de san Juan que él empleaba con gusto. De aquí, sin duda, manó aquella fuerza admirable y eficaz de renovación, presente en su persona y en su vida. Y así se convirtió en verdadero promotor de la renovación de la Iglesia, no con la contestación y la crítica, sino con la santidad.

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