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lunes, 21 de octubre de 2013

NUESTRO SABER SE COMPENDIA EN LA PALABRA «AMOR»

Beato Contardo Ferrini, Pensieri e preghiere, pp. 101-103

La doctrina de la Iglesia se resume en una sola palabra: Amor. Por el contrario, la palabra «odio» produce división y ruina, porque corrompe el corazón de los hombres. Si pensamos que el amor no es sino el encuentro con el objeto amado, ¿sería extraño afirmar que ésa es también la única ley que empuja a los hombres y los centra, como los astros que giran alrededor del sol, y como ese sistema planetario que a su vez es atraído por otro superior, y así indefinidamente, hasta encontrar el punto exacto, desconocido aún para nosotros, que el poder de Dios ha establecido como centro del universo?

La comparación podrá pensarse que es atrevida; pero no lo sería tanto, si lees detenidamente el libro de los Proverbios, en donde la Sabiduría increada, esplendor de la gloria de Dios, la tersura de su claridad e imagen de su bondad, el Verbo inefable del Padre, fija los contornos de la justicia y de la santidad, establece los límites del universo, adorna el firmamento de maravillosas estrellas, y aprisiona los mares embravecidos. Uno mismo es el origen de las leyes físicas y de las morales: esto nos sugeriría que el lenguaje mudo de la naturaleza es escuela fecunda de formación religiosa.

Ésta es también la pedagogía empleada por la Iglesia, y el apóstol Pablo de Tarso -cuya profunda teología debiera ser familiar a todos, muy especialmente entre la juventud- lo expresa con palabras admirables, que servirían incluso de compendio de una vida: Hermanos, todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio, todo eso tenedlo en cuenta, y el Dios de la paz estará con vosotros.

Hagamos nuestras esas palabras. También nuestro dulcísimo Salvador, riqueza nuestra, esperanza nuestra, gozo nuestro, lo reafirma al darnos este mandato: Sed perfectos, como es perfecto vuestro Padre celestial. Y debemos entender que la perfección está en el amor, como maravillosamente escribió el apóstol predilecto de Jesús: Dios es amor.

Supliquemos al Señor del amor, que vino a prender fuego por toda la tierra, que encienda también nuestros corazones en su ardor; supliquemos al Espíritu Consolador, amor consustancial del Padre y del Hijo, que nos dé la caridad que nunca se sacia; supliquemos, finalmente, que nuestra alma, rotas las cadenas que la aprisionan en este mundo, se sumerja con angelical dulzura en la posesión del Amor.

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