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viernes, 11 de octubre de 2013

EL BUEN PASTOR OFRECE LA VIDA POR SUS OVEJAS


Del «Diario del Alma» del beato Juan XXIII
santoral@franciscanos.org

Es interesante que la Providencia me haya conducido allí donde mi vocación sacerdotal tomó los primeros impulsos, es decir, el servicio pastoral. Ahora me encuentro del todo entregado al ministerio de las almas. En verdad, siempre he pensado que para un eclesiástico la así llamada diplomacia debe estar imbuida de espíritu pastoral; de lo contrario, no sirve para nada y convierte en ridícula una misión tan santa. Ahora estoy puesto al frente de los verdaderos intereses de las almas y de la Iglesia en relación con aquello que constituye su verdadera finalidad, que es la de salvar las almas y guiarlas al cielo. Esto me basta y doy por ello gracias al Señor. Lo dije aquí en Venecia, en San Marcos, el mismo día de mi toma de posesión. No deseo ni pienso en otra cosa que en vivir y morir por las almas que me han sido confiadas. El buen pastor ofrece la vida por sus ovejas... He venido para que tengan vida y la tengan abundante.

Comienzo mi ministerio directo [como Patriarca de Venecia] a una edad -setenta y dos años- con la que otros lo terminan. Me encuentro, por tanto, en el umbral de la eternidad. Jesús mío, primer pastor y obispo de nuestras almas, pongo en tus manos y junto a tu corazón el misterio de mi vida y de mi muerte. Por una parte tiemblo al acercarse la hora extrema; pero por otra, confío y la miro con paz día tras día. Me siento en la condición de san Luis Gonzaga. Continuar mis ocupaciones esforzándome por adquirir la perfección, pero pensando más y más en la divina providencia.

Para los pocos años que me resten de vida, quiero ser un pastor santo, en el pleno sentido del término, como el beato Pío X, mi antecesor, como el venerado cardenal Ferrari, como mi querido monseñor Radini Tedeschi, como si todavía me quedasen muchos años de vida. «Que el Señor así me ayude». En estos días estoy leyendo a san Gregorio y a san Bernardo, ambos preocupados por la vida interior y por la pastoral que no deben sufrir merma, y por el cuidado de las cosas materiales. Mi jornada debe ser siempre plena de oración; la oración es mi respiración. Me propongo recitar cada día el Rosario entero de los quince misterios, procurando de esta manera encomendar al Señor y a la Virgen -si me es posible en la capilla y ante el Santísimo Sacramento- las necesidades más grandes de mis hijos de Venecia y de la Diócesis: clero, jóvenes seminaristas, vírgenes consagradas, autoridades públicas y pobres pecadores.

Tengo aquí dos temas dolorosos, en medio de tanto esplendor y de dignidad eclesiástica y de respeto, como cardenal y patriarca: la escasez de rentas y el gran número de pobres y de solicitaciones de puestos de trabajo y de subsidios. Por lo que respecta a las rentas tan exiguas, eso no me ha impedido mejorar en algo las condiciones materiales para mí y también para el servicio de mis sucesores. Quiero, no obstante, bendecir al Señor por esta pobreza un poco humillante y con frecuencia incómoda. Así me ofrece la oportunidad de asemejarme más a Jesús pobre y a san Francisco, seguro como estoy de que no moriré de hambre. Oh bienaventurada pobreza que me asegura una bendición mucho más grande en todos mis quehaceres y sobre todo en mi ministerio pastoral.

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