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sábado, 26 de octubre de 2013

APRENDER A ORAR CON FRANCISCO Y CLARA DE ASÍS


por Michel Hubaut, OFM

Cuando el deseo se torna plegaria y actúa el Espíritu

Sin duda, el hombre creado para la vida de Dios no podrá jamás, aquí abajo, en los límites de su condición terrestre, abrazar totalmente la dicha tan ansiada. Francisco y Clara tuvieron algunos días viva conciencia dolorosa de ello. Pero sus vidas testimonian la grandeza del hombre, de este ser inacabado que aspira al absoluto del amor para el que ha sido concebido. Como los ríos que, por largos e innumerables meandros, prosiguen incansables su curso al océano, así mismo manifiestan sus vidas la hondura y la finalidad de nuestros deseos: el amor del Creador. Francisco y Clara son de los que esclarecen el enigma de nuestros deseos humanos, insaciables, invisibles, impregnados de Dios que ha querido hacer de sus criaturas seres de deseo, con el fin de tener el gozo de colmarlos. El hombre es un deseo de plenitud.

San Agustín, tras una búsqueda tan tumultuosa de la dicha, decía: «Nos has hecho para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». El Espíritu viene a habitar el deseo del hombre para hacerlo deseo de Dios, búsqueda de lo infinito, plegaria.

Finalmente, ¿es la plegaria otra cosa que el encuentro de dos deseos: el de Dios, que desea colmar a su criatura, y el del hombre que desea encontrar la dicha? «Tu plegaria es el deseo. Y en Dios, el deseo de dar es todavía mayor que nuestro deseo de recibir», escribía san Agustín.

Por eso, nada comprenderíamos de la vida de Francisco y de Clara, menos todavía su vida interior, si olvidáramos la acogida incondicional del Espíritu. Su seguimiento radical de Jesucristo, su fidelidad a veces heroica, su intimidad con el Bien Amado y el Esposo, la irradiación contagiosa de su vida, son una manifestación de lo que el poder del Espíritu es capaz de realizar cuando el hombre y la mujer, unas frágiles criaturas, se dejan moldear.

Nosotros, infatigables buscadores de la dicha, creemos llamar a la puerta del Señor, cuando somos nosotros, en realidad, los que le abrimos la puerta por nuestra plegaria. Porque Dios no tiene más que un deseo: colmar el nuestro de vivir y de ser dichosos. «Mira, estoy de pie a la puerta y llamo. Si alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,20).

Quisiera concluir con una de las más bellas plegarias de Francisco y probablemente una de las obras maestras de los escritos espirituales del siglo XIII. Encontramos en ella una síntesis admirable de toda su vida interior:

«Omnipotente, eterno, justo y misericordioso Dios, danos a nosotros, miserables, hacer por ti mismo lo que sabemos que tú quieres, y siempre querer lo que te place, para que, interiormente purificados, interiormente iluminados y abrasados por el fuego del Espíritu Santo, podamos seguir las huellas de tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo, y por sola tu gracia llegar a ti, Altísimo, que, en Trinidad perfecta y en simple Unidad, vives y reinas y eres glorificado, Dios omnipotente, por todos los siglos de los siglos. Amén» (CtaO 50-52).

Prosternado ante la omnipotencia eterna de Dios, Francisco tiene una conciencia aguda de los límites del hombre. Aunque establecido en el culmen de la creación, el hombre sigue siendo un ser marcado por la finitud, incapaz de entrar por sí en relación con el infinito, con la realidad invisible.

Dios solo, por su misericordia, puede colmar este abismo infranqueable, tomar la iniciativa de este encuentro, permitir este diálogo entre él, el Creador, y su criatura. Todo es gracia. Por lo demás, Francisco nada pide para sí mismo. No pide sino una cosa: estar siempre de acuerdo con el deseo de Dios, con su santa voluntad de amor y poder cumplirla siempre. Su plegaria no es sino un deseo de conformidad en el amor. Y esto no puede ser sino un don de su gracia.

La escucha misma de esta plegaria será también la obra de Dios, actuando por las tres personas de la Santísima Trinidad. Notemos con qué profundidad describe Francisco la estructura trinitaria de la vida cristiana. El Espíritu Santo es su fuente dinámica. Es el fuego interior que purifica, ilumina e inflama el corazón del hombre.

Espléndida plegaria que, en su brevedad, resume toda la espiritualidad franciscana: acoger al Espíritu del Señor a fin de poder seguir los pasos de Jesucristo y llegar así al reino del Padre. El Espíritu es el soplo interior, fe-luz y amor-fuego de esta aventura. Cristo es el itinerario obligado. Y el Padre es la meta última. ¿No está aquí toda la santidad cristiana? Recalquemos cómo Francisco insiste sobre la gracia acogida en la plegaria y sin la que el «retorno» a Dios es imposible para el hombre.

[Cf. M. Hubaut, Cristo nuestra dicha. Aprender a orar con Francisco y Clara de Asís. Aránzazu, 1990, pp. 9-26]

(dirfran@franciscanos.org)

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