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viernes, 6 de septiembre de 2013

SE LE CONFIERE A PEDRO EL PRIMADO PARA ASEGURAR LA UNIDAD DE LA IGLESIA



De la Homilía 22 de san Beda el Venerable

Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?". Él le contestó: "Sí, Señor, tú sabes que te quiero" ...

Esta perícopa del santo evangelio nos recomienda la virtud del amor perfecto. En realidad, el amor perfecto es aquel con que se nos manda amar al Señor con todo el corazón, con toda el alma, con todo nuestro ser, y al prójimo como a nosotros mismos. Ninguno de estos dos amores sin el otro alcanza la cota de la perfección, pues no es posible amar de verdad a Dios sin el prójimo, ni al prójimo sin Dios. Por eso, el Señor, después de preguntar repetidas veces a Pedro si le amaba, y habiendo él respondido que el Señor mismo era testigo de que de veras lo amaba, agregó como conclusión cada una de las veces: Apacienta mis ovejas o apacienta mis corderos. Que es como si abiertamente le dijera: la única y verdadera prueba del auténtico amor a Dios consiste en el ejercicio de una diligente y laboriosa solicitud para con los hermanos.

Con calculada bondad pregunta el Señor por tres veces a Pedro si lo ama, para que con esta trina confesión rompa las cadenas que lo tenían aherrojado con su triple negación, y cuantas veces, bajo el terror de su pasión, había negado conocerlo, otras tantas, reconfortado por su resurrección, afirme que lo ama de todo corazón. Con calculada economía encomienda justamente por tres veces el cuidado de apacentar sus ovejas al que por tres veces le ha confesado su amor, pues era conveniente que cuantas veces había vacilado en la fidelidad al Pastor, otras tantas veces le fuera encomendado cuidar, con renovada fidelidad, incluso los miembros de su Pastor.

Lo que ahora le dice: Apacienta mis ovejas, es exactamente lo que con mayor claridad se le había dicho antes de la pasión: Yo he pedido por ti, para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te recobres, da firmeza a tus hermanos. Por tanto, apacentar las ovejas de Cristo consiste en confirmar a los creyentes en él para que no desfallezcan en la fe, y trabajar incesantemente para que más y más se afiancen en la fe. Si bien conviene tener muy presente que este apacentar el rebaño del Señor ha de llevarse a cabo con una solicitud no uniforme, sino diversificadora. Pues el superior debe procurar diligentemente que no falten a los súbditos incluso los subsidios materiales, y ha de ser solícito en ofrecerles, junto con la palabra de la predicación, ejemplos de virtud; y si descubriera que hay quienes bloquean los intereses espirituales o incluso los comunes, opóngase en la medida de lo posible a tales presiones. Y si sus mismos súbditos llegaren alguna vez a errar, según el consejo del salmista, que el justo me golpee, que el bueno me reprenda, guárdese muy mucho de halagar sus corazones con el ungüento de una condescendencia perjudicial, pues también esto cae dentro de las incumbencias del buen pastor. En efecto, quien descuidare corregir los errores de los súbditos y curar, en la medida de sus posibilidades, las heridas que les han inferido los pecados, ¿con qué cara pretenderá ser contado entre los pastores de las ovejas de Cristo?

Otra cosa debe tener el pastor bien grabada en el corazón: ha de recordar que a quienes preside debe tratarlos no como si fueran propios, sino como a rebaño de su Señor, según lo que se le dijo a Pedro: si me amas, apacienta mis ovejas. Las mías -dice-, no las tuyas. Has de saber que se te han confiado mis ovejas, a las que has de pastorear como mías, si es que me amas correctamente; recuerda que en ellas has de buscar mi gloria, mi dominio, mis intereses y no los tuyos propios.

Y lo que se dijo a Pedro: Pastorea mis ovejas, se dijo a todos. Lo que fue efectivamente Pedro, lo eran asimismo el resto de los apóstoles, pero a Pedro se le confiere el primado para salvaguardar la unidad de la Iglesia.

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