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miércoles, 25 de septiembre de 2013

LA VÍA DE LA CONVERSIÓN EN SAN FRANCISCO DE ASÍS


«El Señor me llevó entre los leprosos»

por Lázaro Iriarte, OFMCap

La conversión, en sentido teológico, puede entenderse como el triunfo de la acción salvífica de Dios, que logra la respuesta del hombre en un grado tal de disponibilidad que éste experimenta «el arrancarse del pecado y ser introducido en el misterio del amor del Creador, de quien se siente llamado a iniciar una comunicación con Él en Cristo. El nuevo convertido, en efecto, por la acción de la gracia divina, emprende un camino espiritual por el que, participando ya por la fe del misterio de la muerte y de la resurrección, pasa del hombre viejo al nuevo hombre perfecto en Cristo» (Vaticano II: Ad gentes 13).

Francisco tuvo conciencia clara de este cambio total de postura que se produjo en su vida por obra de la gracia. Quedaba atrás un pasado de pecados -no importa cuántos ni cuales- y daba comienzo una vida nueva, iluminada plenamente por el misterio del amor del Padre celestial y por la presencia de Cristo en su camino. Esa experiencia, reflejada un poco en todos sus escritos, hállase plasmada en términos inequívocos al comienzo del Testamento:

El Señor me dio de esta manera a mí, hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia: porque, como estaba en pecados, me parecía extremadamente amargo ver a los leprosos. Y el Señor mismo me condujo entre ellos, y practiqué la misericordia con ellos. Y al apartarme de los mismos, aquello que me parecía amargo, se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo; y después me detuve un poco, y salí del siglo (Test 1-3).

No se ve claro si la locución «al apartarme de los mismos» se refiere a los leprosos o a los pecados. En el contexto parece más probable lo segundo, es decir: Francisco ve en la transformación experimentada -lo amargo en dulce- un efecto de la liberación de los pecados, que antes le impedían una apreciación recta y un gusto cabal de las cosas. Es lo que había expresado ya en su Carta a todos los fieles: «Todos aquellos que no viven en penitencia, y no reciben el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo, y se dedican a vicios y pecados; y los que andan tras la mala concupiscencia y los malos deseos... están ciegos, porque no ven la verdadera luz, nuestro Señor Jesucristo. No tienen la sabiduría espiritual... Ved, ciegos, que al cuerpo le es dulce hacer el pecado y amargo servir a Dios» (2CtaF 63-69).

Los biógrafos modernos no han dejado de notar la importancia de la aproximación progresiva del joven Francisco a los pobres en el proceso de su conversión; pero ninguno, que yo sepa, ha puesto de relieve el papel de esos hechos en cuanto respuesta a una revelación cada vez más clara, cada vez más apremiante del Salvador, y en cuanto descubrimiento del ideal de la «pobreza y humildad de nuestro Señor Jesucristo», que llegaría a ser el centro de su vida según el Evangelio. En san Pablo el «Yo soy Jesús a quien tú persigues» fue un rompiente de luz insospechada que vivificaría toda su visión teológica del misterio de Cristo presente en sus miembros los fieles; así también para Francisco el hecho de haber llegado al encuentro con Cristo a través del pobre, sobre todo a través del leproso, iluminaría su concepción total de la Encarnación y del seguimiento del «Cristo pobre y crucificado».

La trayectoria seguida por la gracia en el caso del hijo de Pedro Bernardone no es una excepción, sino estilo muy normal en la economía de la salvación. «La elección de Israel y su historia muestran que Dios se revela en la pobreza», ha escrito el padre Congar. Es, sobre todo, vía auténtica de conversión: «Día tras día me buscan y quieren saber mis caminos, como si fueran un pueblo que ama la justicia... ¿Sabéis qué ayuno quiero yo? Dice el Señor: romper las ataduras inicuas, dejar ir libres a los oprimidos..., partir el pan con el hambriento, albergar al pobre sin abrigo, vestir al desnudo y no volver tu rostro ante tu hermano. Entonces brillará tu luz como la aurora, y se dejará ver pronto tu salud... Entonces llamarás y Dios te oirá; le invocarás, y Él dirá: Aquí me tienes...» (Is 58,2-9).

Lo que era pauta de aproximación a Dios para el pueblo escogido lo es mucho más, en la doctrina del Nuevo Testamento, para la entrada de cada redimido en la comunión con Dios. «El que no ama al prójimo a quien ve, ¿cómo amará a Dios a quien no ve?» (1 Jn 4,20). Ir al hermano, al hermano pobre en el más amplio sentido de la palabra, es ir a Dios. El camino para ir al Padre es Cristo, el «hijo del hombre», y el camino para encontrar a Cristo es el pobre, como Él mismo lo ha afirmado (Mt 25,31-46). El pobre es el «sacramento» de la presencia de Cristo en medio de nosotros, en medio de la Iglesia mientras dura su peregrinación en el tiempo.

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