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martes, 10 de septiembre de 2013

LA PASCUA DE UN SANTO, La fidelidad y alegría de san Francisco








por Ignace Étienne Motte y Gérald Hégo, OFM


La penitencia, que había sido un sí al llamamiento del Señor y caracterizó la larga etapa de la conversión, en adelante se va a llamar fidelidad. Pasan los años entre claridades y sombras, entre revelaciones y silencios, entre señales y carencia de ellas. Llora Francisco la pasión del Crucificado y busca una conformidad lo más estricta posible con Él. Francisco comunica su pasión a los hombres y funda fraternidades, sacudiendo a los pueblos adormecidos. Y sobrevienen las grandes pruebas: pruebas dentro de su propia Orden en la que, a su vuelta de Tierra Santa, se ofende a dama Pobreza; fracasos y sinsabores en las misiones extranjeras; luchas difíciles en las que, agotado Francisco a sus cuarenta años, conserva todavía joven su corazón y fresca su desenfrenada pasión por Dios.

El temor de que todo se haya perdido no roza su conciencia, y, al final de su vida como en los albores de la llamada de Dios, aun en medio de fracasos, él cree; cree contra toda esperanza, porque, en su prodigiosa y sublime pasión de la fe, sabe que Dios se ha comprometido con él para siempre, que Dios está con él y con su obra a pesar de todas las apariencias en contra.

Así vemos que el misterio mismo de su fe es la causa y origen de su más cruel penitencia, y todos los ejercicios voluntarios de mortificación que forman la trama de su vida pretenden únicamente ayudar a esta otra penitencia más profunda, más orgánica, es decir, al cumplimiento de la voluntad del Padre. «Castigar su cuerpo», «reducirlo a servidumbre», son expresiones que se suceden en casi todas las páginas de las biografías primitivas. «Sometía su cuerpo -de veras inocente- a azotes y privaciones y multiplicaba sobre él castigos sin motivo» (2 Cel 129).

Lo admirable es que una vida tan áspera, tan colmada de penas y sufrimientos, condujera a Francisco a una actitud contraria a lo que humanamente debiera haberse producido: el desgaste espiritual y la neurastenia. Nos encontramos con un hombre cada vez más feliz. Es el milagro cristiano, el milagro de la liberación. En él se va imponiendo cada vez más el descubrimiento de la presencia y de la riqueza de Dios. Como el pueblo de Dios realizó su paso y su liberación a través del Mar Rojo y el desierto, así Francisco es conducido poco a poco a la montaña, al lugar donde Dios habita. En las cumbres de Fonte Colombo, de Poggio Bustone y principalmente del Alverna, gusta ya el inefable misterio de Dios, como quien, sublimemente embriagado, bebe a copa llena. Nuestras pálidas experiencias del amor de Dios nos llevan de vez en cuando a una relativa contemplación de su misterio. Imposible expresar esta incomunicable experiencia de Francisco. La barruntamos, nada más. Su alegría fue completa una vez conquistada la libertad.

Porque quizá no ha habido en la tierra un hombre más liberado, un hombre más libre que Francisco, en quien habían sido aniquiladas las potencias del mal en virtud de la resurrección de Cristo. Todas sus palabras evidencian la conciencia viva que él tenía de su liberación, verificada por el misterio de Jesús.

¿Se le ha llamado a Francisco juglar de Dios solamente por su religiosidad y por un diluido y jovial sentimentalismo? No; y aquí llegamos a topar con la fuente de su alegría: era cantor y juglar de Dios por algo bien diferente, por una razón mucho más profunda, más real y más existencial. Lo que él cantaba era su pascua y la pascua de la Iglesia entera. Lo que le hacía saltar de alegría era esta liberación realizada por Jesucristo. Su acción de gracias y su alegría no eran otra cosa que la alegría y la acción de gracias de la misa, en la que, actualizando su liberación, el pueblo cristiano la canta y la proclama. «Aseguraba el Santo que la alegría espiritual es el remedio más seguro contra las mil asechanzas y astucias del enemigo... Por eso, el Santo procuraba vivir siempre con júbilo del corazón, conservar la unción del espíritu y el óleo de la alegría... Y decía: "El siervo de Dios conturbado, como suele, por alguna cosa, debe inmediatamente recurrir a la oración y permanecer ante el soberano Padre hasta que le devuelva la alegría de su salvación» (2 Cel 125).

[La pascua de san Francisco. Oñate (Guipúzcoa), 1978, pp. 55-57]

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