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miércoles, 4 de septiembre de 2013

FRANCISCO, HOMBRE DE FE


por Gilbert Forel, ofmcap

La fe es encuentro, movimiento, vida: vida que se desarrolla y se profundiza al filo de las experiencias, de las reflexiones y de los progresos que estas experiencias provocan. Francisco fue fiel a las lecciones de la vida, que él se esforzó en leer e interpretar a la luz del Evangelio. Si copiaba a Cristo, era para impregnarse de su espíritu. En esta lectura de los signos de Dios, la fe se hace incesantemente más profunda; a cada nuevo hallazgo, los precedentes deben ser asumidos en el plano de la vida concreta con una fidelidad nueva. Rechazar este movimiento, este progreso, es rechazar la fe. Pues la fe progresa o desaparece; no es estática, jamás es el objeto inerte de una posesión definitiva o de una comprensión inmediata.

La fe es movimiento, el encuentro de una persona, es decir, de un misterio que es necesario penetrar sin descanso. Si se alcanzara el final de este misterio, no habría ya vida, tanto en Dios como en el hombre. Si Dios estuviera al alcance del hombre, ya no sería el todo-otro que Jesucristo nos ha revelado, ya no sería inalcanzable. Cuando se ha descubierto la presencia de Dios en un acontecimiento, Él está ya en el acontecimiento siguiente donde nos espera para revelársenos un poco más, aunque jamás totalmente.

Es a través de las mil y una experiencias de la vida como las nociones del Credo nos devuelven el rostro de una Persona viva. Los acontecimientos de la vida y de este mundo son los signos actuales de la presencia y de las intenciones de Dios. Pero estos signos no son legibles si no es mediante su referencia al Evangelio.

Encuentro con una Persona presente en el mundo, la fe está constantemente en evolución, constituye una marcha ininterrumpida en presencia de esta Persona. Detenerse sería necesariamente alejarse de Dios y del mundo.

El Señor se lo hizo comprender a los discípulos la mañana de Pascua: ellos le creían muerto y enterrado en la tumba, Él los cita en Galilea (Mt 28,9). Para encontrarlo, pues, deben ponerse de nuevo en marcha. Del mismo modo, le dice al joven de Espoleto: «Vuelve a la tierra que te vio nacer». Francisco comprendió, como Abraham, padre de la fe, a quien Dios ordenó también partir, que será un nómada, «peregrino y extranjero en este mundo». Mientras la fe no haya alcanzado el pleno conocimiento de Dios y de su Designio de salvación, tendrá al creyente proyectado hacia adelante, a la búsqueda de un nuevo descubrimiento. Ella deja en su corazón una tensión e insatisfacción profundas, que impulsaron a Francisco a desear el martirio (LM 9) y, en su defecto, a compartir en su propio cuerpo los sufrimientos de la Pasión. A través de este signo de identificación, que son las llagas, pudo él comprender aún más la profundidad del Amor de su Señor (LM 13). El deseo del «cara a cara», término normal de la fe en lo invisible, le lleva a celebrar «nuestra hermana la muerte» como «la puerta de la vida» (2 Cel 217).

Francisco fue caballero mucho más allá de sus sueños de juventud. Su fe fue la de un hombre totalmente bajo el dominio de Dios. Ante cada interrogante de la vida, ante cada viraje hacia lo desconocido, Francisco, como San Juan de la Cruz, hubiera podido responder: «Al amor que se te lleva, no le preguntes dónde va».

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