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jueves, 26 de septiembre de 2013

«El Señor me llevó entre los leprosos»



por Lázaro Iriarte, OFMCap

«LA POBREZA Y HUMILDAD
DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO»


El ideal de pobreza evangélica no se le descubrió a Francisco de Asis en la fiesta de san Matías de 1209. Antes que en el Evangelio, había encontrado ya a Cristo en el hermano que sufre. En la película Francesco di Assisi, Liliana Cavani se ha servido de un recurso muy acertado para sensibilizar ese descubrimiento progresivo del rostro de Cristo en el pobre: cada vez que Francisco da un paso más en su afán de fraternizar con los necesitados, al volver a su crucifijo de San Damián tea en mano, se le muestran más claros los rasgos del rostro del Salvador. Y ese Cristo, pobre y paciente, no es una creación teológica ni un mero cauce del culto o de la piedad, sino una existencia real, como la de cualquier hombre que padece necesidad o humillación; pero es el Hijo del Dios Altísimo, «tan digno, tan santo y glorioso..., que tomó... la verdadera carne de nuestra humanidad y fragilidad y que, siendo rico sobre todas las cosas, quiso no obstante escoger la pobreza» (cf. 2CtaF 4-5).

El mismo Evangelio no es primariamente para Francisco una doctrina; es una vida, la del Cristo pobre; es un mensaje, el que Él trae a los pobres. Y esta pobreza captada en el Evangelio no es un sistema de vida ascética, como el que ya estaba acuñado por el monaquismo tradicional, ni un programa de reforma de la Iglesia, ni siquiera un medio de testimonio. La pobreza de Francisco es fruto de un amor. Como para Jesús, la pobreza es esa vida pobre que yo tengo delante: el mendigo que tiende la mano, el trabajador mal retribuido, el enfermo, el incomprendido, el angustiado, el degenerado...

Francisco no dio nunca una definición teórica de su ideal de pobreza. Para cuantos le pedían una formulación de ese ideal tuvo siempre su respuesta precisa, suficientemente clara para él: «La pobreza y humildad de nuestro Señor Jesucristo». La pobreza sola no daba el contenido completo; su expresión usual, intencionada, era: «pobreza y humildad».

La fe de Francisco siguió vivificada toda su vida por la primera experiencia del «sacramento» del Cristo presente en el necesitado: «Cuanto hallaba de deficiencia o de penuria en cualquiera que fuese, lo refería a Cristo con rapidez y espontaneidad. De este modo veía en todos los pobres al Hijo de la Señora pobre... Cuando ves un pobre -decía a sus hermanos-, tienes delante un espejo donde ver al Señor y a su Madre pobre. Y asimismo en los enfermos debes considerar las enfermedades que Él tomó por nosotros» (2 Cel 83 y 85).

No es san Francisco el único gran convertido que halló a Cristo a través del prójimo. De la hagiografía cristiana podría sacarse un largo catálogo de grandes seguidores de Cristo en quienes la gracia siguió la misma vía. Pensemos en santa Isabel de Hungría, mezclada con los pordioseros y acostando a los leprosos hasta en su propio lecho. En santa Margarita de Cortona, repartiendo limosnas a manos llenas y alternando con los pobres, cuando todavía estaba unida en concubinato con el Marqués de Montepulciano; no admite muestra alguna de agradecimiento, porque es ella la que se siente favorecida por los socorridos; y una vez convertida, tiene prisa por experimentar, junto con su hijito, el rigor de la miseria. En san Juan de Dios, dedicándose al servicio de los enfermos en el hospital de Ayamonte y después en Ceuta trabajando duramente para ayudar a una familia probada por la enfermedad y reducida a la indigencia; el primer efecto de su aparatosa conversión en Granada es fingirse loco hasta hacerse recluir en el manicomio, con el fin de sentir en sí la suerte de los infelices privados de razón. En san Camilo de Lellis, pasando de enfermo a enfermero en el hospital de Santiago de Roma. En san Vicente de Paúl, saliendo vencedor de su crisis de fe cuando decide consagrar su vida al servicio del prójimo. En san Ignacio de Loyola, ya en pleno proceso de transformación, cambiando sus vestidos con los de un pobre en Montserrat y alternando, en Manresa, sus jornadas de contemplación luminosa con el servicio en los hospitales.

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