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martes, 3 de septiembre de 2013

EL ESPÍRITU DEL SEÑOR Y SU SANTA OPERACIÓN

por Lázaro Iriarte, OFMCap

Como discernir el Espíritu de Dios

Francisco está persuadido de que no es sólo él quien experimenta la presencia y la acción del Espíritu, sino que la sienten igualmente todos cuantos se han unido a él en virtud de una vocación que él llama inspiración divina, como también la llamará santa Clara. Y dentro de la común vocación evangélica, cada hermano puede sentirse movido por inspiración divina para una realización especial, como en el caso de la vocación misionera.

Más aún, la fraternidad como tal goza de la presencia unificante y vitalizante del Espíritu Santo, al que él proclama el ministro general de la Orden: reposa igualmente sobre todos los hermanos, sin aceptación de personas; y le deben dar acogida y escucharle todos sin distinción, el hermano que manda y el que obedece, el docto y el indocto.

Cada hermano posee su gracia particular. Francisco incluye en este concepto, no sólo los impulsos sobrenaturales, sino aun las cualidades y la propensión de cada uno, que para él son manifestaciones del espíritu del Señor. De ahí el profundo miramiento hacia la individualidad personal, aun con el riesgo de dar margen a la indisciplina. Así, habla de la «gracia de la asistencia fraterna», de la «gracia de trabajar», de la «gracia de guardar silencio». Todas esas «gracias» deben estar al servicio del «espíritu de oración y de devoción» (2 R 10,9). Nada más hermoso, decía, que «una familia tan feliz, adornada de dones multiformes, y, por lo mismo, sumamente grata al Padre de familia».

El grupo inicial de Rivotorto, libre de los afanes terrenos y bajo el entusiasmo del primer fervor, experimentaba visiblemente «el ardor del Espíritu Santo»; y los hermanos tenían la certeza de que el joven fundador conocía, «por revelación del Espíritu», lo más recóndito de sus hechos y pensamientos, aun estando ausente.

Pero tenía el don de intuir cuándo un hermano se dejaba guiar del espíritu de Dios o más bien de «la carne y de la sangre». El criterio seguro para esta suerte de discernimiento de espíritus lo hallamos en la admonición titulada: Cómo conocer el espíritu del Señor: «Así se puede conocer si el siervo de Dios tiene el espíritu del Señor: si, cuando el Señor obra por medio de él algún bien, no por eso su carne se exalta, porque siempre es contraria a todo lo bueno, sino que, más bien, se tiene por más vil ante sus propios ojos y se estima menor que todos los otros hombres» (Adm 12).

La contraposición entre espíritu y carne, frecuentísima en la terminología de san Francisco, guarda estrecha dependencia de la doctrina de san Pablo sobre este tema. La carne no comprende sólo ni principalmente el cuerpo con sus inclinaciones desordenadas, sino todo el conjunto de elementos que, en la actual situación del hombre, ofrecen resistencia a la invasión del espíritu: es el hombre viejo, que debe ir muriendo para que tenga vida pujante el hombre nuevo en Cristo. En concreto, se trata del propio yo, con su propensión insaciable a «apropiarse» el bien y la gloria que a sólo Dios pertenece. El egoísmo, en cualquiera de sus manifestaciones, es el «espíritu de la carne».

Por el contrario, el espíritu del Señor designa el plan divino sobre cada hombre, la acción salvífica de Cristo por el Espíritu Santo, la gracia, la caridad hecha santidad y servicio al prójimo. «El espíritu de la carne quiere y se esfuerza mucho en tener palabras, pero poco en las obras; y no busca la religión y santidad en el espíritu interior, sino que quiere y desea tener una religión y santidad que aparezca exteriormente a los hombres. Y éstos son aquellos de quienes dice el Señor: En verdad os digo, recibieron su recompensa. Por el contrario, el espíritu del Señor quiere que la carne sea mortificada y despreciada, vil y abyecta. Y se aplica con empeño a la humildad y la paciencia y a la pura y simple y verdadera paz del espíritu. Y siempre desea, sobre todas las cosas, el temor divino y la sabiduría divina y el amor divino del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (1 R 17,11-16).

Francisco tiene presente el texto de san Juan: «El espíritu es el que da vida, la carne no sirve de nada». Vivir espiritualmente, vivir carnalmente, dice relación al predominio que en cada uno logra el espíritu o la carne, y, por consiguiente, al grado que alcanza el desapropio del yo, la pobreza interior.

En la fraternidad todos son hermanos espirituales, porque es el espíritu del Señor el que los ha congregado y el que dirige sus mutuas relaciones. Si hubiere hermanos, aunque sean los superiores, que «viven carnalmente y no espiritualmente, conforme a la rectitud de nuestra vida», deben ser amonestados; y si algún hermano llega a cometer pecado, ha de ser «ayudado espiritualmente». Dar testimonio ante los hombres es «conducirse espiritualmente entre ellos». Los bienhechores de la fraternidad son «amigos espirituales».

Así, pues, la suprema aspiración del hermano menor ha de ser llegar a «poseer el espíritu del Señor y su santa operación». Es decir, la plena docilidad bajo la luz y la llamada de Dios. Es lo que expresa de manera insuperable la oración con que se cierra la Carta a la Orden: «Omnipotente, eterno, justo y misericordioso Dios, danos a nosotros, miserables, hacer por ti mismo lo que sabemos que tú quieres, y siempre querer lo que te place, para que, interiormente purificados, interiormente iluminados y abrasados por el fuego del Espíritu Santo, podamos seguir las huellas de tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo, y por sola tu gracia llegar a ti, Altísimo, que, en Trinidad perfecta y en simple Unidad, vives y reinas y eres glorificado, Dios omnipotente, por todos los siglos de los siglos. Amén» (CtaO).

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