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lunes, 2 de septiembre de 2013

EL ESPÍRITU DEL SEÑOR Y SU SANTA OPERACIÓN


por Lázaro Iriarte, OFMCap

Santa Clara, mujer del Espíritu

Como sucede con algunos textos de san Pablo, no siempre es fácil saber cuándo en la expresión espíritu de Dios el término «espíritu» se ha de escribir con minúscula y cuándo con mayúscula, es decir, cuándo denota la acción de Dios con su luz, con sus impulsos, con su gracia, y cuándo por el contrario designa a la tercera Persona de la Trinidad. Desde el punto de vista de la teología bíblica no parece que exista diferencia: se trata de una misma realidad, la del Espíritu que mora en nosotros, que obra en nosotros, que nos transforma en hombres «espirituales», poseídos y guiados por el mismo Espíritu.

Es verdaderamente significativa la imagen que quedó de santa Clara en la literatura simbólica del primer siglo franciscano. En la compilación Actus beati Francisci se dice que Gregorio IX gustaba de visitarla «para escuchar de ella coloquios celestiales y divinos, ya que la consideraba sagrario del Espíritu Santo». Efectivamente, la plantita de san Francisco se sintió siempre «unida nupcialmente con el Espíritu Santo», como el mismo fundador se había expresado en la Forma de vida: «Ya que por divina inspiración os habéis hecho hijas y siervas del altísimo y sumo Rey, el Padre celestial, y os habéis desposado con el Espíritu Santo, eligiendo vivir según la perfección del santo Evangelio, quiero y prometo tener siempre, por mí mismo y por mis hermanos, un cuidado amoroso y una solicitud especial de vosotras como de ellos» (FVCl).

Tomás de Celano, al relatar el origen de las «damas pobres», hace resaltar, como lo hace la misma Clara en su Testamento, en qué modo obraba Francisco «bajo la guía del Espíritu Santo» cuando restauraba la iglesia de San Damián, al profetizar la futura fundación de una «Orden de santas vírgenes»; y afirma que, mientras el santo, por motivos que el biógrafo insinúa, «sustraía poco a poco su presencia física» en San Damián, «intensificaba su solicitud amándolas (a Clara y a las hermanas) todavía más en el Espíritu Santo». Antes de morir encargó con insistencia a los hermanos que tuvieran siempre muy en cuenta las promesas hechas por él a las damas pobres, y añadía que «un mismo Espíritu había sacado de este siglo a los hermanos y a las damas pobres» (2 Cel 204; TestCl 9-14).

En la escuela del mismo Francisco, Clara vivía el don y la presencia del Espíritu en toda su vida. Al dar gracias, como hemos visto, por el beneficio de la existencia, próxima a la muerte, las daba también por la infusión del Espíritu Santo en el bautismo: «Vete segura en paz, porque tendrás buena escolta: el que te creó, antes te santificó, y después que te creó puso en ti el Espíritu Santo, y siempre te ha mirado como la madre al hijo a quien ama» (Proc 3,20). Los testimonios de las hermanas en el Proceso reflejan la íntima convicción de la santa de la parte del Espíritu Santo en su itinerario evangélico: «Era opinión común que desde el principio había sido inspirada por el Espíritu Santo» (Proc 20,5).

El autor de la Leyenda de santa Clara escribe: «De labios de su madre recibió con dócil corazón los primeros conocimientos de la fe e, inspirándole y a la vez moldeándole en su interior el Espíritu, aquel vaso, en verdad purísimo, se reveló como vaso de gracias... Y cuando empezó a sentir los primeros estímulos del amor, comprendió, ilustrada por la unción del Espíritu, que debía desdeñar la apariencia caduca de los adornos mundanos, tasando en su vil precio las cosas viles» (LCl 3-4). El mismo biógrafo escribe, al hablar de la fuga de Inés, la hermana de Clara: «Movida por el Espíritu divino, se apresura a juntarse a su hermana» (LCl 24). Clara misma escribirá más tarde a Inés de Praga: «No creas ni consientas a nadie que quiera apartarte de este propósito o que te ponga algún obstáculo en el camino para que no cumplas tus votos al Altísimo en aquella perfección a la que te ha llamado el Espíritu del Señor» (2CtaCl 14).

Se sabía, como Francisco, puro instrumento del mismo Espíritu en la dirección de las hermanas; era Él quien las disponía a la docilidad espiritual. Estando para morir, una de las hermanas logró percibir que decía con un hilo de voz: «En tanto conservaréis en la mente lo que ahora os digo en cuanto os lo conceda Aquel que me lo hace decir» (Proc 3,2).

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