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jueves, 5 de septiembre de 2013

EL ALMA DEVOTA ES REINA, ESPOSA E HIJA DEL REY ETERNO


Del "Solilóquium", de san Buenaventura (Cap. IV, núms. 2-3)

Siempre que contemplo el gozo que me espera, desfallezco de admiración, porque «este gozo lo encuentro dentro, fuera, debajo, arriba, rodeándome por todas partes». Gozarás de todo, gozarás en todo. Tu gozo, según creo, fue anunciado, por el Apocalipsis en aquella bendita mujer, rodeada del sol, con la luna a sus pies y coronada de doce estrellas. Esta mujer, pienso, es el alma devota, hija del Rey eterno y esposa y reina: hija en la creación, esposa en la adopción de la gracia, reina en la perfección de la gloria. Se la nombra rodeada del sol por hallarse adornada del esplendor de la caridad divina, y está coronada por la magnificencia de la eterna felicidad; a esta felicidad le pertenecen los doce placeres figurados en las doce estrellas del Apocalipsis, que embellecen y complementan su dicha imperecedera.

Alma devota, busca incansable este placer divino, despreciando toda consolación humana, y aprende a soportar con paz toda contradicción de este mundo, en la esperanza del disfrute seguro de aquella dicha celestial.

Escribe Bernardo: «Corre veloz, alma, con la premura del ardiente deseo del espíritu y el afecto del corazón, ya que al encuentro te sale el Señor de los bienaventurados y tu Maestro, y no sólo el coro de los ángeles ni el de los bienaventurados del cielo. Te espera el Dios Padre como a su hija queridísima, el Dios Hijo como a su predilecta esposa, el Dios Espíritu Santo como a su compañera entrañable. Te espera impaciente el Padre Dios, para constituirte heredera universal de sus bienes; el Hijo de Dios, para ofrecerte al Padre como conquista de su encarnación y recompensa de su sangre preciosísima; el Dios Espíritu Santo, para que participes de su misma dulzura y bondad permanentes. Toda la familia celestial del eterno Rey de los santos y de los espíritus bienaventurados te espera para nombrarte conciudadano suyo».

Alma devota, créeme: si eres capaz de saturarte desde ahora de tanto gozo divino como te espera, juzgarás las dichas humanas como el suburbio de la ciudad celeste, y te remontarás con veloz vuelo en el deseo de aquel disfrute permanente y seguro de las dulzuras de la eterna bienaventuranza del cielo.

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