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lunes, 30 de septiembre de 2013

SAN JERÓNIMO


De las catequesis de S. S. Benedicto XVI
en las audiencias de los miércoles 7 y 14 de noviembre de 2007

San Jerónimo es un Padre de la Iglesia que puso la Biblia en el centro de su vida: la tradujo al latín, la comentó en sus obras, y sobre todo se esforzó por vivirla concretamente en su larga existencia terrena, a pesar del conocido carácter difícil y fogoso que le dio la naturaleza.

¿Qué podemos aprender de san Jerónimo? Me parece que sobre todo podemos aprender a amar la palabra de Dios en la sagrada Escritura. Dice san Jerónimo: «Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo». Por eso es importante que todo cristiano viva en contacto y en diálogo personal con la palabra de Dios, que se nos entrega en la sagrada Escritura. Este diálogo con ella debe tener siempre dos dimensiones: por una parte, debe ser un diálogo realmente personal, porque Dios habla con cada uno de nosotros a través de la sagrada Escritura y tiene un mensaje para cada uno.

No debemos leer la sagrada Escritura como una palabra del pasado, sino como palabra de Dios que se dirige también a nosotros, y tratar de entender lo que nos quiere decir el Señor. Pero, para no caer en el individualismo, debemos tener presente que la palabra de Dios se nos da precisamente para construir comunión, para unirnos en la verdad a lo largo de nuestro camino hacia Dios. Por tanto, aun siendo siempre una palabra personal, es también una palabra que construye a la comunidad, que construye a la Iglesia.

Así pues, debemos leerla en comunión con la Iglesia viva. El lugar privilegiado de la lectura y de la escucha de la palabra de Dios es la liturgia, en la que, celebrando la Palabra y haciendo presente en el sacramento el Cuerpo de Cristo, actualizamos la Palabra en nuestra vida y la hacemos presente entre nosotros.

No debemos olvidar nunca que la palabra de Dios trasciende los tiempos. Las opiniones humanas vienen y van. Lo que hoy es modernísimo, mañana será viejísimo. La palabra de Dios, por el contrario, es palabra de vida eterna, lleva en sí la eternidad, lo que vale para siempre. Por tanto, al llevar en nosotros la palabra de Dios, llevamos la vida eterna.

San Jerónimo subrayaba la alegría y la importancia de familiarizarse con los textos bíblicos: «¿No te parece que, ya aquí, en la tierra, estamos en el reino de los cielos cuando vivimos entre estos textos, cuando meditamos en ellos, cuando no conocemos ni buscamos nada más?». En realidad, dialogar con Dios, con su Palabra, es en cierto sentido presencia del cielo, es decir, presencia de Dios.

Verdaderamente «enamorado» de la Palabra de Dios, se preguntaba: «¿Cómo es posible vivir sin la ciencia de las Escrituras, a través de las cuales se aprende a conocer a Cristo mismo, que es la vida de los creyentes?». Así, la Biblia, instrumento «con el que cada día Dios habla a los fieles», se convierte en estímulo y manantial de la vida cristiana para todas las situaciones y para todas las personas.

Leer la Escritura es conversar con Dios: «Si oras -escribe a una joven noble de Roma- hablas con el Esposo; si lees, es él quien te habla». El estudio y la meditación de la Escritura hacen sabio y sereno al hombre. Ciertamente, para penetrar de una manera cada vez más profunda en la palabra de Dios hace falta una aplicación constante y progresiva. Por eso, san Jerónimo recomendaba al sacerdote Nepociano: «Lee con mucha frecuencia las divinas Escrituras; más aún, que el Libro santo no se caiga nunca de tus manos. Aprende en él lo que tienes que enseñar».

Para san Jerónimo, un criterio metodológico fundamental en la interpretación de las Escrituras era la sintonía con el magisterio de la Iglesia. Nunca podemos leer nosotros solos la Escritura. Encontramos demasiadas puertas cerradas y caemos fácilmente en el error. La Biblia fue escrita por el pueblo de Dios y para el pueblo de Dios, bajo la inspiración del Espíritu Santo. Sólo en esta comunión con el pueblo de Dios podemos entrar realmente con el «nosotros» en el núcleo de la verdad que Dios mismo nos quiere comunicar. Para él una auténtica interpretación de la Biblia tenía que estar siempre en armonía con la fe de la Iglesia católica.

IGNORAR LAS ESCRITURAS ES IGNORAR A CRISTO


San Jerónimo, Prólogo al Comentario
sobre el libro del profeta Isaías (núms. 1. 2)

Cumplo con mi deber obedeciendo los preceptos de Cristo, que dice: Estudiad las Escrituras, y también: Buscad, y encontraréis, para que no tenga que decirme, como a los judíos: Estáis muy equivocados, porque no comprendéis las Escrituras ni el poder de Dios. Pues si, como dice el apóstol Pablo, Cristo es el poder de Dios y la sabiduría de Dios, y el que no conoce las Escrituras no conoce el poder de Dios ni su sabiduría, de ahí se sigue que ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo.

Por esto, quiero imitar al padre de familia que del arca va sacando lo nuevo y lo antiguo, y a la esposa que dice en el Cantar de los cantares: He guardado para ti, mi amado, lo nuevo y lo antiguo; y, así, expondré el libro de Isaías, haciendo ver en él no sólo al profeta, sino también al evangelista y apóstol. Él, en efecto, refiriéndose a sí mismo y a los demás evangelistas, dice: ¡Qué hermosos son los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la Buena Nueva! Y Dios le habla como a un apóstol, cuando dice: ¿A quién mandaré? ¿Quién irá a ese pueblo? Y él responde: Aquí estoy, mándame.

Nadie piense que yo quiero resumir en pocas palabras el contenido de este libro, ya que él abarca todos los misterios del Señor: predice, en efecto, al Emmanuel que nacerá de la Virgen, que realizará obras y signos admirables, que morirá, será sepultado y resucitará del país de los muertos, y será el Salvador de todos los hombres.

¿Para qué voy a hablar de física, de ética, de lógica? Este libro es como un compendio de todas las Escrituras y encierra en sí cuanto es capaz de pronunciar la lengua humana y sentir el hombre mortal. El mismo libro contiene unas palabras que atestiguan su carácter misterioso y profundo: Cualquier visión se os volverá -dice- como el texto de un libro sellado: se lo dan a uno que sabe leer, diciéndole: «Por favor, lee esto», Y él responde: «No puedo, porque está sellado». Y se lo dan a uno que no sabe leer, diciéndole: «Por favor, lee esto». Y él responde: «No sé leer».

Y si a alguno le parece débil esta argumentación, que oiga lo que dice el Apóstol: De los profetas, que prediquen dos o tres, los demás den su opinión. Pero en caso que otro, mientras está sentado, recibiera una revelación, que se calle el de antes. ¿Qué razón tienen los profetas para silenciar su boca, para callar o hablar, si el Espíritu es quien habla por boca de ellos? Por consiguiente, si recibían del Espíritu lo que decían, las cosas que comunicaban estaban llenas de sabiduría y de sentido. Lo que llegaba a oídos de los profetas no era el sonido de una voz material, sino que era Dios quien hablaba en su interior, como dice uno de ellos: El ángel que hablaba en mí, y también: Que clama en nuestros corazones: «¡Abbá! (Padre)», y asimismo: Voy a escuchar lo que dice el Señor.

domingo, 29 de septiembre de 2013

SANTOS ARCÁNGELES MIGUEL, GABRIEL y RAFAEL.

En la Biblia, desde el AT, aparecen los ángeles y sus jefes, los arcángeles, criaturas espirituales, como ministros o servidores de Dios, bien sea para llevar a los hombres los mensajes y la protección divina, bien sea para alabar al Señor y presentarle las preces de los hombres. La Iglesia celebra a tres arcángeles. Miguel, que significa «¿Quién como Dios?», es el defensor de los derechos divinos y el protector del pueblo de Dios y de la Iglesia contra las asechanzas del mal; a él se refieren Dan 10-12, Ap 12 y la carta de Judas. Gabriel, «Fuerza de Dios», es sobre todo el ángel que interviene, enviado por Dios, en los acontecimientos de la Anunciación y del nacimiento de Juan Bautista y de Jesús (Lc 1). Rafael, «Medicina de Dios», aparece en el libro de Tobías, como compañero y protector del hijo en su largo y peligroso viaje y como médico de la ceguera del padre. Con el Salmo 102 podemos rezar: «Bendecid al Señor, ángeles suyos, poderosos ejecutores de sus órdenes, prontos a la voz de su palabra».- Oración: Oh Dios, que con admirable sabiduría distribuyes los ministerios de los ángeles y los hombres, te pedimos que nuestra vida esté siempre protegida en la tierra por aquellos que te asisten continuamente en el cielo. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
Ya casi en el aire !!!

sábado, 28 de septiembre de 2013

Presentación del libro" Francisco el Papa de todos" Pbro Jose Antonio Medina Pellegrini.



Dentro del programa de actividades del III Encuentro Internacional de “Blogueros con el Papa”, este sábado 5 de octubre, a las 18:30 hs. presentaré mi libro “Francisco el Papa de todos”.

La conferencia se realizará en el Museo Patio Herreriano, Calle Jorge Guillén, 6, de Valladolid, España.

La entrada a la misma es libre, abierta a todos los públicos (aunque no se participe del Congreso) y gratuita.

Al finalizar habrá venta y firma de libros.

¡Les espero!






viernes, 27 de septiembre de 2013

EL SERVICIO A LOS POBRES HA DE SER PREFERIDO A TODO


San Vicente de Paúl, Carta 2.546

Nosotros no debemos estimar a los pobres por su apariencia externa o su modo de vestir, ni tampoco por sus cualidades personales, ya que, con frecuencia, son rudos e incultos. Por el contrario, si consideráis a los pobres a la luz de la fe, os daréis cuenta de que representan el papel del Hijo de Dios, ya que él quiso también ser pobre. Y así, aun cuando en su pasión perdió casi la apariencia humana, haciéndose necio para los gentiles y escándalo para los judíos, sin embargo, se presentó a éstos como evangelizador de los pobres: Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres. También nosotros debemos estar imbuidos de estos sentimientos e imitar lo que Cristo hizo, cuidando de los pobres, consolándolos, ayudándolos y apoyándolos.

Cristo, en efecto, quiso nacer pobre, llamó junto a sí a unos discípulos pobres, se hizo él mismo servidor de los pobres, y de tal modo se identificó con ellos, que dijo que consideraría como hecho a él mismo todo el bien o el mal que se hiciera a los pobres. Porque Dios ama a los pobres y, por lo mismo, ama también a los que aman a los pobres, ya que, cuando alguien tiene un afecto especial a una persona, extiende este afecto a los que dan a aquella persona muestras de amistad o de servicio. Por esto, nosotros tenemos la esperanza de que Dios nos ame, en atención a los pobres. Por esto, al visitarlos, esforcémonos en cuidar del pobre y desvalido, compartiendo sus sentimientos, de manera que podamos decir como el Apóstol: Me he hecho todo a todos. Por lo cual, todo nuestro esfuerzo ha de tender a que, conmovidos por las inquietudes y miserias del prójimo, roguemos a Dios que infunda en nosotros sentimientos de misericordia y compasión, de manera que nuestros corazones estén siempre llenos de estos sentimientos.

El servicio a los pobres ha de ser preferido a todo, y hay que prestarlo sin demora. Por esto, si en el momento de la oración hay que llevar a algún pobre un medicamento o un auxilio cualquiera, id a él con el ánimo bien tranquilo y haced lo que convenga, ofreciéndolo a Dios como una prolongación de la oración. Y no tengáis ningún escrúpulo ni remordimiento de conciencia si, por prestar algún servicio a los pobres, habéis dejado la oración; salir de la presencia de Dios por alguna de las causas enumeradas no es ningún desprecio a Dios, ya que es por él por quien lo hacemos.

Así pues, si dejáis la oración para acudir con presteza en ayuda de algún pobre, recordad que aquel servicio lo prestáis al mismo Dios. La caridad, en efecto, es la máxima norma, a la que todo debe tender: ella es una ilustre señora, y hay que cumplir lo que ordena. Renovemos, pues, nuestro espíritu de servicio a los pobres, principalmente para con los abandonados y desamparados, ya que ellos nos han sido dados para que los sirvamos como a señores.

jueves, 26 de septiembre de 2013

El sumo bien está en la plegaria y en el diálogo con Dios, porque equivale a una íntima unión con él: y así como los ojos del cuerpo se iluminan cuando contemplan la luz, así también el alma dirigida hacia Dios se ilumina con su inefable luz. Una plegaria, por supuesto, que no sea de rutina, sino hecha de corazón; que no esté limitada a un tiempo concreto o a unas horas determinadas, sino que se prolongue día y noche sin interrupción.

San Crisostomo.

«El Señor me llevó entre los leprosos»



por Lázaro Iriarte, OFMCap

«LA POBREZA Y HUMILDAD
DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO»


El ideal de pobreza evangélica no se le descubrió a Francisco de Asis en la fiesta de san Matías de 1209. Antes que en el Evangelio, había encontrado ya a Cristo en el hermano que sufre. En la película Francesco di Assisi, Liliana Cavani se ha servido de un recurso muy acertado para sensibilizar ese descubrimiento progresivo del rostro de Cristo en el pobre: cada vez que Francisco da un paso más en su afán de fraternizar con los necesitados, al volver a su crucifijo de San Damián tea en mano, se le muestran más claros los rasgos del rostro del Salvador. Y ese Cristo, pobre y paciente, no es una creación teológica ni un mero cauce del culto o de la piedad, sino una existencia real, como la de cualquier hombre que padece necesidad o humillación; pero es el Hijo del Dios Altísimo, «tan digno, tan santo y glorioso..., que tomó... la verdadera carne de nuestra humanidad y fragilidad y que, siendo rico sobre todas las cosas, quiso no obstante escoger la pobreza» (cf. 2CtaF 4-5).

El mismo Evangelio no es primariamente para Francisco una doctrina; es una vida, la del Cristo pobre; es un mensaje, el que Él trae a los pobres. Y esta pobreza captada en el Evangelio no es un sistema de vida ascética, como el que ya estaba acuñado por el monaquismo tradicional, ni un programa de reforma de la Iglesia, ni siquiera un medio de testimonio. La pobreza de Francisco es fruto de un amor. Como para Jesús, la pobreza es esa vida pobre que yo tengo delante: el mendigo que tiende la mano, el trabajador mal retribuido, el enfermo, el incomprendido, el angustiado, el degenerado...

Francisco no dio nunca una definición teórica de su ideal de pobreza. Para cuantos le pedían una formulación de ese ideal tuvo siempre su respuesta precisa, suficientemente clara para él: «La pobreza y humildad de nuestro Señor Jesucristo». La pobreza sola no daba el contenido completo; su expresión usual, intencionada, era: «pobreza y humildad».

La fe de Francisco siguió vivificada toda su vida por la primera experiencia del «sacramento» del Cristo presente en el necesitado: «Cuanto hallaba de deficiencia o de penuria en cualquiera que fuese, lo refería a Cristo con rapidez y espontaneidad. De este modo veía en todos los pobres al Hijo de la Señora pobre... Cuando ves un pobre -decía a sus hermanos-, tienes delante un espejo donde ver al Señor y a su Madre pobre. Y asimismo en los enfermos debes considerar las enfermedades que Él tomó por nosotros» (2 Cel 83 y 85).

No es san Francisco el único gran convertido que halló a Cristo a través del prójimo. De la hagiografía cristiana podría sacarse un largo catálogo de grandes seguidores de Cristo en quienes la gracia siguió la misma vía. Pensemos en santa Isabel de Hungría, mezclada con los pordioseros y acostando a los leprosos hasta en su propio lecho. En santa Margarita de Cortona, repartiendo limosnas a manos llenas y alternando con los pobres, cuando todavía estaba unida en concubinato con el Marqués de Montepulciano; no admite muestra alguna de agradecimiento, porque es ella la que se siente favorecida por los socorridos; y una vez convertida, tiene prisa por experimentar, junto con su hijito, el rigor de la miseria. En san Juan de Dios, dedicándose al servicio de los enfermos en el hospital de Ayamonte y después en Ceuta trabajando duramente para ayudar a una familia probada por la enfermedad y reducida a la indigencia; el primer efecto de su aparatosa conversión en Granada es fingirse loco hasta hacerse recluir en el manicomio, con el fin de sentir en sí la suerte de los infelices privados de razón. En san Camilo de Lellis, pasando de enfermo a enfermero en el hospital de Santiago de Roma. En san Vicente de Paúl, saliendo vencedor de su crisis de fe cuando decide consagrar su vida al servicio del prójimo. En san Ignacio de Loyola, ya en pleno proceso de transformación, cambiando sus vestidos con los de un pobre en Montserrat y alternando, en Manresa, sus jornadas de contemplación luminosa con el servicio en los hospitales.

LA ORACIÓN ES LUZ DEL ALMA


San Juan Crisóstomo, Homilía 6 sobre la oración


El sumo bien está en la plegaria y en el diálogo con Dios, porque equivale a una íntima unión con él: y así como los ojos del cuerpo se iluminan cuando contemplan la luz, así también el alma dirigida hacia Dios se ilumina con su inefable luz. Una plegaria, por supuesto, que no sea de rutina, sino hecha de corazón; que no esté limitada a un tiempo concreto o a unas horas determinadas, sino que se prolongue día y noche sin interrupción.

Conviene, en efecto, que elevemos la mente a Dios no sólo cuando nos dedicamos expresamente a la oración, sino también cuando atendemos a otras ocupaciones, como el cuidado de los pobres o las útiles tareas de la munificencia, en todas las cuales debemos mezclar el anhelo y el recuerdo de Dios, de modo que todas nuestras obras, como si estuvieran condimentadas con la sal del amor de Dios, se conviertan en un alimento dulcísimo para el Señor. Pero sólo podremos disfrutar perpetuamente de la abundancia que de Dios brota, si le dedicamos mucho tiempo.

La oración es luz del alma, verdadero conocimiento de Dios, mediadora entre Dios y los hombres. Hace que el alma se eleve hasta el cielo y abrace a Dios con inefables abrazos, apeteciendo la leche divina, como el niño que, llorando, llama a su madre; por la oración, el alma expone sus propios deseos y recibe dones mejores que toda la naturaleza visible.

Pues la oración se presenta ante Dios como venerable intermediaria, alegra nuestro espíritu y tranquiliza sus afectos. Me estoy refiriendo a la oración de verdad, no a las simples palabras: la oración que es un deseo de Dios, una inefable piedad, no otorgada por los hombres, sino concedida por la gracia divina, de la que también dice el Apóstol: Nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables.

El don de semejante súplica, cuando Dios lo otorga a alguien, es una riqueza inagotable y un alimento celestial que satura el alma; quien lo saborea se enciende en un deseo indeficiente del Señor, como en un fuego ardiente que inflama su alma.

Cuando quieras reconstruir en ti aquella morada que Dios se edificó en el primer hombre, adórnate con la modestia y la humildad y hazte resplandeciente con la luz de la justicia; decora tu ser con buenas obras, como con oro acrisolado, y embellécelo con la fe y la grandeza de alma, a manera de muros y piedras; y, por encima de todo, como quien pone la cúspide para coronar un edificio, coloca la oración, a fin de preparar a Dios una casa perfecta y poderle recibir en ella como si fuera una mansión regia y espléndida, ya que, por la gracia divina, es como si poseyeras la misma imagen de Dios colocada en el templo del alma.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

PARA SANAR DEL PECADO, MIREMOS A CRISTO CRUCIFICADO


S. Agustín, Tratado 12 sobre el evangelio de S. Juan (8.10-11)

Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo. Así pues, Cristo estaba en la tierra y estaba a la vez en el cielo: aquí estaba con la carne, allí estaba con la divinidad, mejor dicho, con la divinidad estaba en todas partes. Nacido de madre, no se apartó del Padre. Sabido es que en Cristo se dan dos nacimientos: uno divino, humano el otro; uno por el que nos creó y otro por el que nos recreó. Ambos nacimientos son admirables: aquél sin madre, éste sin padre. Y puesto que había recibido un cuerpo de Adán -ya que María había recibido un cuerpo de Adán, pues María desciende de Adán- y este cuerpo él habría de resucitarlo, se refirió a la realidad terrena cuando dijo: Destruid este templo y en tres días lo levantaré. Pero se refirió a la realidad celeste, al decir: El que no nazca de agua y de Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. ¡Animo, hermanos! Dios ha querido ser Hijo del hombre y ha querido que los hombres sean hijos de Dios. Él bajó por nosotros; subamos nosotros por él.

Efectivamente, bajó y murió, y su muerte nos libró de la muerte. La muerte lo mató y él mató a la muerte. Y ya lo sabéis, hermanos: por envidia del diablo entró esta muerte en el mundo. Dios no hizo la muerte: es la Escritura la que habla; ni se recrea -insiste- en la destrucción de los vivientes; todo lo creó para que subsistiera. Pero, ¿qué es lo que dice poco después? Por envidia del diablo entró la muerte en el mundo. El hombre no se hubiera acercado, coaccionado, a la muerte con que el diablo le brindaba: el diablo no tiene efectivamente poder coactivo, pero sí astucia persuasiva. Sí no hubieses consentido, nada te hubiera hecho el diablo: tu consentimiento, oh hombre, te condujo a la muerte. De un mortal nacimos mortales: de inmortales nos hicimos mortales. Todos los hombres nacidos de Adán son mortales: y Jesús, Hijo de Dios, Verbo de Dios, por quien todo fue hecho, Unigénito igual al Padre, se hizo mortal: pues el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros.

Asumió, pues, la muerte y la suspendió en la cruz, librando así a los mortales de esa misma muerte. Lo que en figura sucedió a los antiguos, lo recuerda el Señor: Lo mismo que Moisés -dice- elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Gran misterio éste, ya conocido por quienes han leído la Escritura. Oiganlo también los que no la han leído y los que, habiéndola leído o escuchado, la han olvidado. Estaba siendo diezmado el pueblo de Israel en el desierto a causa de las mordeduras de las serpientes, y la muerte hacía verdaderos estragos: era castigo de Dios, que corrige y flagela para instruir.

Con aquel misterioso signo se prefiguraba lo que iba a suceder en el futuro. Lo afirma el mismo Señor en este pasaje, a fin de que nadie pueda interpretarlo de modo diverso al que nos indica la misma Verdad, refiriéndolo a sí mismo en persona. En efecto, el Señor ordenó a Moisés que hiciera una serpiente de bronce, la colocara en un estandarte en medio del desierto, y advirtiera al pueblo de Israel que si alguno era mordido por una serpiente, mirara a la serpiente alzada en el madero.

¿Qué representa la serpiente levantada en alto? La muerte del Señor en la cruz. Por la efigie de una serpiente era representada la muerte, precisamente porque de la serpiente provenía la muerte. La mordedura de la serpiente es mortal; la muerte del Señor es vital. ¿No es Cristo la vida? Y, sin embargo, Cristo murió. Pero en la muerte de Cristo encontró la muerte su muerte. Si, muriendo, la Vida mató la muerte, la plenitud de la vida se tragó la muerte; la muerte fue absorbida en el cuerpo de Cristo. Lo mismo diremos nosotros en la resurrección, cuando cantemos ya triunfalmente: ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?

Mientras tanto, hermanos, miremos a Cristo crucificado para sanar de nuestro pecado.

LA EUCARISTÍA Y LA CARIDAD


Benedicto XVI, Ángelus del día 25 de septiembre de 2005

Queridos hermanos y hermanas:

Prosiguiendo la reflexión sobre el misterio eucarístico, corazón de la vida cristiana, hoy quisiera ilustrar el vínculo entre la Eucaristía y la caridad. «Caridad» -en griego ágape, en latín cáritas- no significa en primer lugar el acto o el sentimiento benéfico, sino el don espiritual, el amor de Dios que el Espíritu Santo infunde en el corazón humano y que lo impulsa a entregarse a su vez a Dios mismo y al prójimo (cf. Rom 5,5).

Toda la existencia terrena de Jesús, desde su concepción hasta su muerte en la cruz, fue un único acto de amor, hasta tal punto que podemos resumir nuestra fe con estas palabras: Iesus Cáritas, Jesús Amor. En la última Cena, sabiendo que «había llegado su hora» (Jn 13,1), el divino Maestro dio a sus discípulos el ejemplo supremo de amor, lavándoles los pies, y les confió su más preciosa herencia, la Eucaristía, en la que se concentra todo el misterio pascual, como escribió el venerado Papa Juan Pablo II en la encíclica Ecclesia de Eucharistía (cf. n. 5).

«Tomad, comed: esto es mi cuerpo... Bebed de ella todos, porque esta es mi sangre» (Mt 26,26-28). Las palabras de Jesús en el Cenáculo anticipan su muerte y manifiestan la conciencia con que la afrontó, transformándola en el don de sí, en el acto de amor que se entrega totalmente. En la Eucaristía, el Señor se entrega a nosotros con su cuerpo, su alma y su divinidad, y nosotros llegamos a ser una sola cosa con él y entre nosotros. Por eso, nuestra respuesta a su amor debe ser concreta, debe expresarse en una auténtica conversión al amor, en el perdón, en la acogida recíproca y en la atención a las necesidades de todos. Numerosas y múltiples son las formas del servicio que podemos prestar al prójimo en la vida diaria, con un poco de atención. Así, la Eucaristía se transforma en el manantial de la energía espiritual que renueva nuestra vida de cada día y renueva así también el mundo en el amor de Cristo.

Ejemplares testigos de este amor son los santos, que han sacado de la Eucaristía la fuerza de una caridad activa y, a menudo, heroica. Pienso ahora sobre todo en san Vicente de Paúl, cuya memoria litúrgica celebraremos pasado mañana [27 de septiembre]. San Vicente de Paúl dijo: «¡Qué alegría servir a la persona de Jesucristo en sus miembros pobres!». Y lo hizo con toda su vida. Pienso también en la beata madre Teresa [de Calcuta], fundadora de las Misioneras de la Caridad, que en los más pobres de entre los pobres amaba a Jesús, recibido y contemplado cada día en la Hostia consagrada.

Antes y más que todos los santos, la caridad divina colmó el corazón de la Virgen María. Después de la Anunciación, impulsada por Aquel que llevaba en su seno, la Madre del Verbo encarnado fue deprisa a visitar y ayudar a su prima Isabel. Oremos para que todo cristiano, alimentándose del Cuerpo y de la Sangre del Señor, crezca cada vez más en el amor a Dios y en el servicio generoso a los hermanos.

[Después del Ángelus] Saludo a los peregrinos de lengua española... Ante las catástrofes que afligen a tantos seres humanos, tened sentimientos de solidaridad y fraternidad, colaborando eficazmente, con espíritu generoso y caridad cristiana, a mitigar el dolor y superar las adversidades.

ALZARÉ FUERTE MI VOZ A ÉL Y NO CESARÉ De las Cartas de San Pío de Pietrelcina



En fuerza de esta obediencia me resuelvo a manifestarle lo que sucedió en mí desde el día 5 por la tarde que se prolongó durante todo el 6 del corriente mes de agosto [de 1918].

No soy capaz de decirle lo que pasó a lo largo de este tiempo de superlativo martirio. Me hallaba confesando a nuestros muchachos la tarde del 5, cuando de repente me llené de un espantoso terror ante la visión de un personaje celeste que se me presenta ante los ojos de la inteligencia. Tenía en la mano una especie de dardo, semejante a una larguísima lanza de hierro con una punta muy afilada y parecía como si de esa punta saliese fuego. Ver todo esto y observar que aquel personaje arrojaba con toda violencia tal dardo sobre el alma fue todo uno. A duras penas exhalé un gemido, me parecía morir. Le dije al seráfico que se marchase, porque me sentía mal y no me encontraba con fuerzas para continuar. Este martirio duro sin interrupción hasta la mañana del día siete. No sabría decir cuánto sufrí en este periodo tan luctuoso. Sentía también las entrañas como arrancadas y desgarradas por aquel instrumento mientras todo quedaba sometido a hierro y fuego.

Y ¿qué decirle con respecto a lo que me pregunta sobre cómo sucedió mi crucifixión? ¡Dios mío, qué confusión y humillación experimento al tener que manifestar lo que tú has obrado en esta tu mezquina criatura!

Era la mañana del 20 del pasado mes de septiembre [de 1918] en el coro, después de la celebración de la santa misa, sentí una sensación de descanso, semejante a un dulce sueño. Todos los sentidos internos y externos, incluso las mismas facultades del alma se encontraron en una quietud indescriptible. Durante todo esto se hizo un silencio total en torno a mí y dentro de mí; siguió luego una gran paz y abandono en la más completa privación de todo, como un descanso dentro de la propia ruina. Todo esto sucedió con la velocidad del rayo.

Y mientras sucedía todo esto, me encontré delante de un misterioso personaje, semejante al que había visto la tarde del 5 de agosto, que se diferenciaba de éste solamente en que tenía las manos, los pies y el costado manando sangre. Sólo su visión me aterrorizó; no sabría expresar lo que sentí en aquel momento. Creí morir y habría muerto si el Señor no hubiera intervenido para sostener mi corazón, el cual latía como si se quisiera salir del pecho. La visión del personaje desapareció y yo me encontré con las manos, los pies y el costado traspasados y manando sangre. Imaginad qué desgarro estoy experimentando continuamente casi todos los días. La herida del corazón mana asiduamente sangre, sobre todo desde el jueves por la tarde hasta el sábado.

Padre mío, yo muero de dolor por el desgarro y la subsiguiente confusión que yo sufro en lo más íntimo del corazón. Temo morir desangrado, si el Señor no escucha los gemidos de mi corazón y retira de mí este peso. ¿Me concederá esta gracia Jesús que es tan bueno? ¿Me quitará al menos esta confusión que experimento por estas señales externas? Alzaré fuerte mi voz a él sin cesar, para que por su misericordia retire de mí la aflicción, no el desgarro ni el dolor, porque lo veo imposible y yo deseo embriagarme de dolor, sino estas señales externas que son para mí de una confusión y humillación indescriptible e insostenible.

El personaje del que quería hablarle en mi anterior, no es otro que el mismo del que le hablé en otra carta mía y que vi el 5 de agosto. Él continúa su actividad sin parar, con gran desgarro del alma. Siento en mi interior como un continuo rumor, como el de una cascada, que está siempre echando sangre. ¡Dios mío!

Es justo el castigo y recto tu juicio, pero trátame al fin con misericordia. Señor -te diré siempre con tu profeta-: Señor, no me corrijas con ira, no me castigues con cólera (Sal 6,2; 37,1). Padre mío, ahora que conoces toda mi interioridad, no desdeñes de hacer llegar hasta mí la palabra de consuelo, en medio de tan feroz y dura amargura.

SAN PÍO DE PIETRELCINA


De la Homilía de Juan Pablo II en la canonización (16-VI-2002)

1. «Mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mt 11,30).

Las palabras de Jesús a los discípulos que acabamos de escuchar podemos considerarlas como una magnífica síntesis de toda la existencia del padre Pío de Pietrelcina. La imagen evangélica del «yugo» evoca las numerosas pruebas que el humilde capuchino de San Giovanni Rotondo tuvo que afrontar. Hoy contemplamos en él cuán suave es el yugo de Cristo y cuán ligera es realmente su carga cuando se lleva con amor fiel. La vida y la misión del padre Pío testimonian que las dificultades y los dolores, si se aceptan por amor, se transforman en un camino privilegiado de santidad, que se abre a perspectivas de un bien mayor, que sólo el Señor conoce.

2. «En cuanto a mí, Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (Gál 6,14).

¿No es precisamente el gloriarse de la cruz lo que más resplandece en el padre Pío? ¡Cuán actual es la espiritualidad de la cruz que vivió el humilde capuchino de Pietrelcina! Nuestro tiempo necesita redescubrir su valor para abrir el corazón a la esperanza. En toda su existencia buscó una identificación cada vez mayor con Cristo crucificado, pues tenía una conciencia muy clara de haber sido llamado a colaborar de modo peculiar en la obra de la redención. Sin esta referencia constante a la cruz no se comprende su santidad.

En el plan de Dios, la cruz constituye el verdadero instrumento de salvación para toda la humanidad y el camino propuesto explícitamente por el Señor a cuantos quieren seguirlo. Lo comprendió muy bien el santo fraile del Gargano, el cual, en la fiesta de la Asunción de 1914, escribió: «Para alcanzar nuestro fin último es necesario seguir al divino Guía, que quiere conducir al alma elegida sólo a través del camino recorrido por él, es decir, por el de la abnegación y el de la cruz» (Epistolario II, p. 155).

3. «Yo soy el Señor, que hago misericordia» (Jer 9,23).

El padre Pío fue generoso dispensador de la misericordia divina, poniéndose a disposición de todos a través de la acogida, la dirección espiritual y especialmente la administración del sacramento de la penitencia. También yo, durante mi juventud, tuve el privilegio de aprovechar su disponibilidad hacia los penitentes. El ministerio del confesonario, que constituye uno de los rasgos distintivos de su apostolado, atraía a multitudes innumerables de fieles al convento de San Giovanni Rotondo. Aunque aquel singular confesor trataba a los peregrinos con aparente dureza, estos, tomando conciencia de la gravedad del pecado y sinceramente arrepentidos, volvían casi siempre para recibir el abrazo pacificador del perdón sacramental. Ojalá que su ejemplo anime a los sacerdotes a desempeñar con alegría y asiduidad este ministerio, tan importante también hoy.

4. «Tú, Señor, eres mi único bien».

Así hemos cantado en el Salmo responsorial. Con estas palabras el nuevo santo nos invita a poner a Dios por encima de todas las cosas, a considerarlo nuestro único y sumo bien. En efecto, la razón última de la eficacia apostólica del padre Pío, la raíz profunda de tan gran fecundidad espiritual se encuentra en la íntima y constante unión con Dios, de la que eran elocuente testimonio las largas horas pasadas en oración y en el confesonario. Solía repetir: «Soy un pobre fraile que ora», convencido de que «la oración es la mejor arma que tenemos, una llave que abre el Corazón de Dios». Además de la oración, el padre Pío realizaba una intensa actividad caritativa, de la que es extraordinaria expresión la «Casa de alivio del sufrimiento». Oración y caridad: he aquí una síntesis muy concreta de la enseñanza del padre Pío, que hoy se vuelve a proponer a todos.

5. «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque (...) has revelado estas cosas a los pequeños» (Mt 11,25).

¡Cuán apropiadas resultan estas palabras de Jesús, cuando te las aplicamos a ti, humilde y amado padre Pío! Enséñanos también a nosotros, te lo pedimos, la humildad de corazón, para ser considerados entre los pequeños del Evangelio, a los que el Padre prometió revelar los misterios de su Reino.

Ayúdanos a orar sin cansarnos jamás, con la certeza de que Dios conoce lo que necesitamos, antes de que se lo pidamos. Alcánzanos una mirada de fe capaz de reconocer prontamente en los pobres y en los que sufren el rostro mismo de Jesús. Sosténnos en la hora de la lucha y de la prueba y, si caemos, haz que experimentemos la alegría del sacramento del perdón. Transmítenos tu tierna devoción a María, Madre de Jesús y Madre nuestra. Acompáñanos en la peregrinación terrena hacia la patria feliz, a donde esperamos llegar también nosotros para contemplar eternamente la gloria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

LA VÍA DE LA CONVERSIÓN EN SAN FRANCISCO DE ASÍS


«El Señor me llevó entre los leprosos»

por Lázaro Iriarte, OFMCap

La conversión, en sentido teológico, puede entenderse como el triunfo de la acción salvífica de Dios, que logra la respuesta del hombre en un grado tal de disponibilidad que éste experimenta «el arrancarse del pecado y ser introducido en el misterio del amor del Creador, de quien se siente llamado a iniciar una comunicación con Él en Cristo. El nuevo convertido, en efecto, por la acción de la gracia divina, emprende un camino espiritual por el que, participando ya por la fe del misterio de la muerte y de la resurrección, pasa del hombre viejo al nuevo hombre perfecto en Cristo» (Vaticano II: Ad gentes 13).

Francisco tuvo conciencia clara de este cambio total de postura que se produjo en su vida por obra de la gracia. Quedaba atrás un pasado de pecados -no importa cuántos ni cuales- y daba comienzo una vida nueva, iluminada plenamente por el misterio del amor del Padre celestial y por la presencia de Cristo en su camino. Esa experiencia, reflejada un poco en todos sus escritos, hállase plasmada en términos inequívocos al comienzo del Testamento:

El Señor me dio de esta manera a mí, hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia: porque, como estaba en pecados, me parecía extremadamente amargo ver a los leprosos. Y el Señor mismo me condujo entre ellos, y practiqué la misericordia con ellos. Y al apartarme de los mismos, aquello que me parecía amargo, se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo; y después me detuve un poco, y salí del siglo (Test 1-3).

No se ve claro si la locución «al apartarme de los mismos» se refiere a los leprosos o a los pecados. En el contexto parece más probable lo segundo, es decir: Francisco ve en la transformación experimentada -lo amargo en dulce- un efecto de la liberación de los pecados, que antes le impedían una apreciación recta y un gusto cabal de las cosas. Es lo que había expresado ya en su Carta a todos los fieles: «Todos aquellos que no viven en penitencia, y no reciben el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo, y se dedican a vicios y pecados; y los que andan tras la mala concupiscencia y los malos deseos... están ciegos, porque no ven la verdadera luz, nuestro Señor Jesucristo. No tienen la sabiduría espiritual... Ved, ciegos, que al cuerpo le es dulce hacer el pecado y amargo servir a Dios» (2CtaF 63-69).

Los biógrafos modernos no han dejado de notar la importancia de la aproximación progresiva del joven Francisco a los pobres en el proceso de su conversión; pero ninguno, que yo sepa, ha puesto de relieve el papel de esos hechos en cuanto respuesta a una revelación cada vez más clara, cada vez más apremiante del Salvador, y en cuanto descubrimiento del ideal de la «pobreza y humildad de nuestro Señor Jesucristo», que llegaría a ser el centro de su vida según el Evangelio. En san Pablo el «Yo soy Jesús a quien tú persigues» fue un rompiente de luz insospechada que vivificaría toda su visión teológica del misterio de Cristo presente en sus miembros los fieles; así también para Francisco el hecho de haber llegado al encuentro con Cristo a través del pobre, sobre todo a través del leproso, iluminaría su concepción total de la Encarnación y del seguimiento del «Cristo pobre y crucificado».

La trayectoria seguida por la gracia en el caso del hijo de Pedro Bernardone no es una excepción, sino estilo muy normal en la economía de la salvación. «La elección de Israel y su historia muestran que Dios se revela en la pobreza», ha escrito el padre Congar. Es, sobre todo, vía auténtica de conversión: «Día tras día me buscan y quieren saber mis caminos, como si fueran un pueblo que ama la justicia... ¿Sabéis qué ayuno quiero yo? Dice el Señor: romper las ataduras inicuas, dejar ir libres a los oprimidos..., partir el pan con el hambriento, albergar al pobre sin abrigo, vestir al desnudo y no volver tu rostro ante tu hermano. Entonces brillará tu luz como la aurora, y se dejará ver pronto tu salud... Entonces llamarás y Dios te oirá; le invocarás, y Él dirá: Aquí me tienes...» (Is 58,2-9).

Lo que era pauta de aproximación a Dios para el pueblo escogido lo es mucho más, en la doctrina del Nuevo Testamento, para la entrada de cada redimido en la comunión con Dios. «El que no ama al prójimo a quien ve, ¿cómo amará a Dios a quien no ve?» (1 Jn 4,20). Ir al hermano, al hermano pobre en el más amplio sentido de la palabra, es ir a Dios. El camino para ir al Padre es Cristo, el «hijo del hombre», y el camino para encontrar a Cristo es el pobre, como Él mismo lo ha afirmado (Mt 25,31-46). El pobre es el «sacramento» de la presencia de Cristo en medio de nosotros, en medio de la Iglesia mientras dura su peregrinación en el tiempo.

MI CORAZÓN SE ALEGRA EN EL SEÑOR


San Gregorio de Agrigento,
Comentario sobre el Eclesiastés (Libro 8, 6)

Anda, come tu pan con alegría y bebe contento tu vino,
porque Dios ya ha aceptado tus obras (Ecl 9,7).

Si queremos explicar estas palabras en su sentido obvio e inmediato, diremos, con razón, que nos parece justa la exhortación del Eclesiastés, de que, llevando un género de vida sencillo y adhiriéndonos a las enseñanzas de una fe recta para con Dios, comamos nuestro pan con alegría y bebamos contentos nuestro vino, evitando toda maldad en nuestras palabras y toda sinuosidad en nuestra conducta, procurando, por el contrario, hacer objeto de nuestros pensamientos todo aquello que es recto, y procurando, en cuanto nos sea posible, socorrer a los necesitados con misericordia y liberalidad; es decir, entregándonos a aquellos afanes y obras en que Dios se complace.

Pero la interpretación mística nos eleva a consideraciones más altas y nos hace pensar en aquel pan celestial y místico, que baja del cielo y da la vida al mundo; y nos enseña asimismo a beber contentos el vino espiritual, aquel que manó del costado del que es la vid verdadera, en el tiempo de su pasión salvadora. Acerca de los cuales dice el Evangelio de nuestra salvación: Jesús tomó pan, dio gracias, y dijo a sus santos discípulos y apóstoles: «Tomad y comed, esto es mi cuerpo, que será entregado por vosotros para el perdón de los pecados». Del mismo modo, tomó el cáliz, y dijo: «Bebed todos de él, éste es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados». En efecto, los que comen de este pan y beben de este vino se llenan verdaderamente de alegría y de gozo y pueden exclamar: Has puesto la alegría en nuestro corazón.

Además, la Sabiduría divina en persona, Cristo, nuestro salvador, se refiere también, creo yo, a este pan y este vino, cuando dice en el libro de los Proverbios: Venid a comer de mi pan y a beber el vino que he mezclado, indicando la participación sacramental del que es la Palabra. Los que son dignos de esta participación tienen en toda sazón sus ropas, es decir, las obras de la luz, blancas como la luz, tal como dice el Señor en el Evangelio: Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo. Y tampoco faltará nunca sobre su cabeza el ungüento rebosante, es decir, el Espíritu de la verdad, que los protegerá y los preservará de todo pecado.

viernes, 20 de septiembre de 2013

Adonaí

Adonai Conversación con el padre Jose Antonio Medina Pellegrini desde Es...

LA PERFECCIÓN CONSISTE EN EL AMOR DE DIOS


De las máximas de san José de Copertino

A toda persona piadosa le corresponde amar a Dios sobre todas las cosas, alabarle con sus palabras y distinguirse con el buen ejemplo. Quien desee emprender la vida de piedad o religiosa, sepa que sólo llegará a la perfección si logra el amor de Dios. Quien posee la caridad, aunque sea ignorante, se enriquece; careciendo de ella, nunca será feliz. Aprendamos del sol, que con los mismos rayos da verdor a las plantas y a la fronda de los árboles, manteniéndolos, sin embargo, a cada uno de ellos en su propia naturaleza: así la gracia de Dios, con la misma luz embellece al hombre con la perfección moral y también le enciende en el amor de caridad, haciéndole grato a sus ojos, y, sin dañar su naturaleza humana, le sublima.

Por otra parte, poseemos la voluntad, que el hombre puede ejercer a su pleno albedrío y que recibió su don gratuito del mismo Dios desde la creación, pero de la que tendrá que rendir estrecha cuenta a su Señor. Siempre que el hombre se ejercita en actos de virtud, ayudado de la divina gracia, de la que procede todo bien, tenga presente esto: que ejerciendo el pleno dominio de su libertad complace a Dios, pero, si renuncia a su voluntad para colocarse en los brazos amorosos del Señor, le agrada más y se perfecciona en mayor escala.

Como árbol fértil, que cultivado con esmero produce abundantes frutos, así también el hombre, esforzándose cuidadosamente en seguir las huellas de Cristo, cosechará obras consumadas de santidad y se enriquecerá de virtudes cristianas, que servirán a su vez de ejemplo y aliento al prójimo en el servicio de Dios. Es provechoso saber que es un signo especial de predilección, que Dios concede a los que ama, el soportar con valentía y por su amor las adversidades y contratiempos que ofrece la vida presente. Nuestro Señor Jesucristo fue el modelo perfecto, que sufrió acerbísimos dolores por nosotros, y nos dio ejemplo acabado, queriendo también asociarnos a su pasión con los nuestros. No olvides tampoco: si quieres ser oro, sólo la tribulación purifica las escorias; si hierro, también el sufrimiento desprende el orín.

Contempla las aves del cielo: para alimentarse necesitan bajar al suelo, pero se remontan pronto con vuelo veloz hacia las alturas. Del mismo modo, los siervos de Dios, cuando la necesidad les urja, que se ocupen de los asuntos de este mundo, pero a condición de que sepan elevarse cuanto antes con la mente hacia su Señor para alabarle y glorificarle. Fíjate de nuevo en las aves, las cuales también pisan tierras encenagadas, pero lo hacen con tanto cuidado que consiguen no enfangarse en ellas. De la misma forma, el hombre, que no se manche en lo que pueda inquietar el alma; manteniendo incontaminados los afectos del corazón, elévela hacia lo alto, y con santa operación glorifique al Altísimo Señor.

DE POCO VALE LA FRAGANCIA DE LA FLOR, SI NO VA ACOMPAÑADA DE LA CARIDAD


San Buenaventura, "Vitis mystica", cap. 32

La caridad, que nunca puede estar ociosa, se manifiesta siempre por las obras, como afirma san Gregorio: «La prueba del amor está en sus frutos». Y san Juan, el discípulo predilecto de Jesús, dice: Si alguno que posee bienes de la tierra ve a su hermano padecer necesidad y le cierra el corazón, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios? El que no ama a su hermano, a quien ve, ¿cómo puede amar a Dios, a quien no ve?

La misma Verdad, el buen Jesús, se cuidó de expresar con claridad las obras de misericordia, que demuestran el amor al prójimo, y que servirán, al final de los tiempos, de salvación o de reprobación, al decir: Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo y en la cárcel, y vinisteis a verme. Pues cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis. Éstas son las obras de misericordia, que tienen su raíz en la caridad. Es bueno, pues, pararse despacio a considerar cuál sea la dignidad de estas obras de caridad, que adquieren, en el juicio final, la categoría máxima de la salvación. Incluso de nada valdrá entonces la fragancia de la flor, es decir, la integridad de la virginidad, si a ésta le falta el aroma de las obras de caridad.

Examine cada uno su conciencia y vea si tiene esta disposición de mente. Cuando te encuentras con un pobre, con un enfermo, con un forastero, y pasas delante de ellos sin que te muevas a compasión, ni ruegas por sus necesidades, ni te unes a sus lamentos, ¿crees que estás lleno de compasión? Si no eres capaz de compartir tus bienes con el necesitado, tampoco sabes lo que es padecer privaciones. Recuerda que Cristo está presente en el pobre porque es miembro suyo, y, cuando te pide socorro, ayúdale, porque es él mismo quien te lo suplica; además el pobre es tu hermano. No cierres tus sentimientos a la verdadera compasión, que por la amplitud de ésta conocerás cuál es la medida de tu amor a Dios.

Mayor compasión merecen los que se apartaron de la fe o del recto proceder, o los que se sumergieron voluntaria o involuntariamente en el pecado; éstos precisan más del pan celestial de los ángeles, el dulce Jesús; dádselo con ardientes súplicas, con gemidos, con los ardores de vuestra caridad. Igualmente, quienes recibieron del Espíritu el don de la ciencia y de la sabiduría les deben dispensar el alimento de la palabra de Dios, que se contiene en los libros sagrados, para que, junto con su ferviente oración elevada al Señor, se digne abrirles los ojos del entendimiento, le conozcan y le saboreen, degustando la suavidad y dulzura del buen Dios, y se les abran de nuevo los ojos en la fracción del pan, es decir, al proporcionarles el recto conocimiento de esa palabra divina, que se desprende de la sabia interpretación de las sagradas Escrituras.

martes, 17 de septiembre de 2013

Himno

Lo ha tocado el Señor;
mirad palma con palma,
manos de dos amigos
en una cruz clavadas.

Hermano de los hombres
y aun de las bestias bravas,
hermano de Jesús
que en sí todo lo hermana.

¡Oh cuánto el corazón
contempla, gime y ama!
¡Cuán alto en la montaña,
cuán cerca en la llanada!

La norma, el Evangelio;
su vida, las pisadas
de aquel Jesús que quiso
pisar donde mi planta.

Francisco, el de las calles
por él enamoradas...,
Francisco, a quien el mundo
hoy alza su esperanza.

¡Loado, mi Señor,
por tan cercana gracia:
por el humilde hermano
marcado con tus llagas! Amén.

POR LAS LLAGAS SE CONVIRTIÓ FRANCISCO EN IMAGEN DEL CRUCIFICADO


San Buenaventura, "Leyenda menor" 6,1-4

Francisco, fiel siervo y ministro de Cristo, dos años antes de entregar su espíritu a Dios, habiendo iniciado en un lugar elevado y solitario, llamado monte Alverna, la cuaresma de ayuno en honor del arcángel san Miguel -inundado más abundantemente que de ordinario por la dulzura de la suprema contemplación y abrasado en una llama más ardiente de deseos celestiales-, comenzó a experimentar un mayor cúmulo de dones y gracias divinas.

Elevándose, pues, a Dios a impulsos del ardor seráfico de sus deseos y transformado, por el afecto de su tierna compasión, en aquel que, en aras de su extremada caridad, aceptó ser crucificado, una mañana próxima a la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, mientras oraba en uno de los flancos del monte, vio bajar de lo más alto del cielo así como la figura de un serafín, que tenía seis alas tan ígneas como resplandecientes. En vuelo rapidísimo avanzó hacia el lugar donde se hallaba el varón de Dios, deteniéndose en el aire. Y apareció no sólo alado, sino también crucificado: tenía las manos y los pies extendidos y clavados a la cruz, y las alas dispuestas, de una parte a otra, en forma tan maravillosa, que dos de ellas se alzaban sobre su cabeza, las otras dos estaban extendidas para volar, y las dos restantes rodeaban y cubrían todo el cuerpo.

Ante tal visión quedó lleno de estupor y experimentó en su corazón un gozo mezclado de dolor. En efecto, el aspecto gracioso de Cristo, que se le presentaba de forma tan misteriosa como familiar, le producía una intensa alegría, al par que la contemplación de la terrible crucifixión atravesaba su alma con la espada de un dolor compasivo.

Al desaparecer la visión después de un arcano y familiar coloquio, quedó su alma interiormente inflamada en ardores seráficos y exteriormente se le grabó en su carne la efigie conforme al Crucificado, como si a la previa virtud licuefactiva del fuego le hubiera seguido una cierta grabación configurativa.

Al instante comenzaron a aparecer en sus manos y pies las señales de los clavos, viéndose las cabezas de los mismos en la parte interior de las manos y en la superior de los pies, mientras que sus puntas se hallaban al lado contrario.

Asimismo, el costado derecho -como si hubiera sido traspasado por una lanza- llevaba una roja cicatriz, que derramaba con frecuencia sangre sagrada.

Y, luego que este hombre nuevo Francisco fue marcado con este nuevo y portentoso milagro -singular privilegio no concedido en los siglos pretéritos-, descendió del monte el angélico varón llevando consigo la efigie del Crucificado, no esculpida por mano de algún artífice en tablas de piedra o de madera, sino impresa por el dedo de Dios vivo en los miembros de su carne.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Alabanzas del Dios altísimo que compuso san Francisco después de su estigmatización:



«Tú eres santo, Señor Dios único, que haces maravillas... Tú eres belleza, mansedumbre; tú eres protector, custodio y defensor nuestro; tú eres fortaleza, refrigerio. Tú eres esperanza nuestra, fe nuestra, caridad nuestra, toda dulzura nuestra, vida eterna nuestra: Grande y admirable Señor, Dios omnipotente, misericordioso Salvador» (AlD 5-6).

SAN CIPRIANO


De la catequesis de S. S. Benedicto XVI
en la audiencia general del miércoles 6 de junio de 2007

Nacido en Cartago en el seno de una rica familia pagana, después de una juventud disipada, Cipriano se convierte al cristianismo a la edad de 35 años. Él mismo narra su itinerario espiritual: «Cuando me encontraba aún en una noche oscura -escribe algunos meses después de su bautismo-, me parecía sumamente difícil y arduo realizar lo que la misericordia de Dios me proponía... Estaban tan arraigados en mí los muchos errores de mi vida pasada, que no creía que podía liberarme de ellos; me arrastraban los vicios, tenía malos deseos... Pero luego, con la ayuda del agua regeneradora, quedó lavada la miseria de mi vida anterior; una luz de lo alto se difundió en mi corazón; un segundo nacimiento me restauró en un ser totalmente nuevo. De un modo maravilloso comenzó entonces a disiparse toda duda... Comprendí claramente que era terreno lo que antes vivía en mí, en la esclavitud de los vicios de la carne, y que, en cambio, era divino y celestial lo que el Espíritu Santo ya había generado en mí». Inmediatamente después de la conversión, Cipriano fue elegido para el oficio sacerdotal y para la dignidad episcopal. En circunstancias realmente difíciles, mostró notables dotes de gobierno.

San Cipriano compuso numerosos tratados y cartas, siempre relacionados con su ministerio pastoral. Poco inclinado a la especulación teológica, escribía sobre todo para la edificación de la comunidad y para el buen comportamiento de los fieles. De hecho, la Iglesia es con mucho el tema que más trató. Distingue entre Iglesia visible, jerárquica, e Iglesia invisible, mística, pero afirma con fuerza que la Iglesia es una sola, fundada sobre Pedro. No se cansa de repetir que «quien abandona la cátedra de Pedro, sobre la que está fundada la Iglesia, se engaña si cree que se mantiene en la Iglesia». San Cipriano sabe bien, y lo formuló con palabras fuertes, que «fuera de la Iglesia no hay salvación» y que «no puede tener a Dios como padre quien no tiene a la Iglesia como madre».

Una característica esencial de la Iglesia es la unidad, simbolizada por la túnica de Cristo sin costuras: unidad de la que dice que tiene su fundamento en Pedro y su perfecta realización en la Eucaristía. «Hay un solo Dios y un solo Cristo -afirma san Cipriano-; una sola es su Iglesia, una sola fe, un solo pueblo cristiano, que se mantiene fuertemente unido con el cemento de la concordia; y no se puede separar lo que es uno por naturaleza».

Hemos hablado de su pensamiento sobre la Iglesia, pero no podemos dejar de referirnos a la enseñanza de san Cipriano sobre la oración. A mí me gusta especialmente su libro sobre el «Padre nuestro», que me ha ayudado mucho a comprender mejor y a rezar mejor la «oración del Señor». San Cipriano enseña que en el «Padre nuestro» se da al cristiano precisamente el modo correcto de orar, y subraya que esa oración está en plural, «para que quien reza no ore únicamente por sí mismo. Nuestra oración -escribe- es pública y comunitaria; y, cuando rezamos, no oramos por uno solo, sino por todo el pueblo, porque junto con todo el pueblo somos uno».

De esta forma, oración personal y litúrgica se presentan estrechamente unidas entre sí. Su unidad proviene del hecho de que responden a la misma palabra de Dios. El cristiano no dice «Padre mío», sino «Padre nuestro», incluso en lo más secreto de su recámara cerrada, porque sabe que en todo lugar, en toda circunstancia, es miembro de un mismo cuerpo.

«Oremos, pues, hermanos amadísimos -escribe el Obispo de Cartago-, como Dios, el Maestro, nos ha enseñado. Es oración confidencial e íntima orar a Dios con lo que es suyo, elevar hasta sus oídos la oración de Cristo. Que el Padre reconozca las palabras de su Hijo, cuando rezamos una oración: el que habita en lo más íntimo del alma debe estar presente también en la voz... Además, cuando se reza, hay que tener un modo de hablar y orar que, con disciplina, mantenga la calma y la reserva. Pensemos que estamos en la presencia de Dios. Debemos ser gratos a los ojos divinos tanto con la postura del cuerpo como con el tono de la voz... Y cuando nos reunimos con los hermanos y celebramos los sacrificios divinos con el sacerdote de Dios, debemos recordar el temor reverencial y la disciplina, sin lanzar al viento nuestras oraciones con voz descompuesta, ni hacer con mucha palabrería una petición que más bien debemos elevar a Dios con moderación, porque Dios no escucha la voz sino el corazón». Se trata de palabras que siguen siendo válidas hoy y nos ayudan a celebrar bien la sagrada liturgia.

DIOS NO PERDONÓ A SU PROPIO HIJO, SINO QUE LO ENTREGÓ A LA MUERTE POR NOSOTROS


San Juan Crisóstomo, Tratado sobre la Providencia (17, 1-8)

Honrando como honramos por tan diversos motivos a nuestro común Señor, ¿no debemos, sobre todo, honrarlo, glorificarlo y admirarlo por la cruz, por aquella muerte tan ignominiosa? ¿O es que Pablo no aduce una y otra vez la muerte de Cristo como prueba de su amor por nosotros? Y morir, ¿por quiénes? Silenciando todo lo que Cristo ha hecho para nuestra utilidad y solaz, vuelve casi obsesivamente al tema de la cruz, diciendo: La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros pecadores, murió por nosotros. De este hecho, san Pablo intenta elevarnos a las más halagüeñas esperanzas, diciendo: Si cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida! El mismo Pablo tiene esto por motivo de gozo y de orgullo, y salta de alegría escribiendo a los Gálatas: Dios me libre de gloriarme si no en la cruz de nuestro Señor Jesucristo.

Y ¿por qué te admiras de que esto haga saltar, brincar y alegrarse a Pablo? El mismo que padeció tales sufrimientos llama al suplicio su gloria: Padre -dice-, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo.

Y el discípulo que escribió estas cosas, decía: Todavía no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado, llamando gloria a la cruz. Y cuando quiso poner en evidencia la caridad de Cristo, ¿de qué echó mano Juan? ¿De sus milagros?, ¿de las maravillas que realizó?, ¿de los prodigios que obró? Nada de eso: saca a colación la cruz, diciendo: Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Y nuevamente Pablo: El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él?

Y cuando desea incitarnos a la humildad, de ahí toma pie su exhortación y se expresa así: Tened entre vosotros los sentimientos de una vida en Cristo Jesús. Él, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz.

En otra ocasión, dando consejos acerca de la caridad, vuelve sobre el mismo tema, diciendo: Vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave olor.

Y, finalmente, el mismo Cristo, para demostrar cómo la cruz era su principal preocupación y cómo su pasión primaba en él, escucha qué es lo que le dijo al príncipe de los apóstoles, al fundamento de la Iglesia, al corifeo del coro de los apóstoles, cuando, desde su ignorancia, le decía: ¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte: Quítate -le dijo- de mi vista, Satanás, que me haces tropezar. Con lo exagerado del reproche y de la reprimenda, quiso dejar bien sentado la gran importancia que a sus ojos tenía la cruz.

¿Por qué te maravillas, pues, de que en esta vida sea la cruz tan célebre como para que Cristo la llame su «gloria» y Pablo en ella se gloríe?

domingo, 15 de septiembre de 2013

NUESTRA SEÑORA, LA VIRGEN DE LOS DOLORES.



Después de la fiesta de la Exaltación de la Cruz, la Iglesia ha venido celebrando la participación de María en la pasión de su Hijo. En la actualidad, lo que celebramos es sobre todo el dolor de María en sentido global al compartir tan de cerca la suerte de Cristo. Tiempo hubo en que la mirada se centraba principalmente en la compasión de María al pie de la cruz, la Dolorosa, la Piedad. Esta visión se fue ampliando hasta abarcar los siete dolores de la Virgen o las siete espadas clavadas en su corazón: la espada de dolor anunciada por el anciano Simeón, la huida a Egipto, la pérdida y hallazgo del niño Jesús en el templo, el camino del calvario, la crucifixión, el descendimiento de la cruz y la sepultura de Cristo y soledad de su Madre. Refiriéndose a esta celebración, escribía Pablo VI que es «ocasión propicia para revivir un momento decisivo de la historia de la salvación y para venerar junto con el Hijo exaltado en la Cruz a la Madre que comparte su dolor».-

Oración: Señor, tú has querido que la Madre compartiera los dolores de tu Hijo al pie de la cruz; haz que la Iglesia, asociándose con María a la pasión de Cristo, merezca participar de su resurrección. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

LA MADRE ESTABA JUNTO A LA CRUZ


San Bernardo, Sermón en el domingo
infraoctava de la Asunción, 14-15

El martirio de la Virgen queda atestiguado por la profecía de Simeón y por la misma historia de la pasión del Señor. Éste -dice el santo anciano, refiriéndose al niño Jesús- está puesto como una bandera discutida; y a ti -añade, dirigiéndose a María- una espada te traspasará el alma.

En verdad, Madre santa, una espada traspasó tu alma. Por lo demás, esta espada no hubiera penetrado en la carne de tu Hijo sin atravesar tu alma. En efecto, después que aquel Jesús -que es de todos, pero que es tuyo de un modo especialísimo- hubo expirado, la cruel espada que abrió su costado, sin perdonarlo aun después de muerto, cuando ya no podía hacerle mal alguno, no llegó a tocar su alma, pero sí atravesó la tuya. Porque el alma de Jesús ya no estaba allí, en cambio la tuya no podía ser arrancada de aquel lugar. Por tanto, la punzada del dolor atravesó tu alma, y, por esto, con toda razón, te llamamos más que mártir, ya que tus sentimientos de compasión superaron las sensaciones del dolor corporal.

¿Por ventura no fueron peores que una espada aquellas palabras que atravesaron verdaderamente tu alma y penetraron hasta la separación del alma y del espíritu: Mujer, ahí tienes a tu hijo? ¡Vaya cambio! Se te entrega a Juan en sustitución de Jesús, al siervo en sustitución del Señor, al discípulo en lugar del Maestro, al hijo de Zebedeo en lugar del Hijo de Dios, a un simple hombre en sustitución del Dios verdadero. ¿Cómo no habían de atravesar tu alma, tan sensible, estas palabras, cuando aun nuestro pecho, duro como la piedra o el hierro, se parte con sólo recordarlas?

No os admiréis, hermanos, de que María sea llamada mártir en el alma. Que se admire el que no recuerde haber oído cómo Pablo pone entre las peores culpas de los gentiles el carecer de piedad. Nada más lejos de las entrañas de María, y nada más lejos debe estar de sus humildes servidores.

Pero quizá alguien dirá: «¿Es que María no sabía que su Hijo había de morir?». Sí, y con toda certeza. ¿«Es que no sabía que había de resucitar al cabo de muy poco tiempo?». Sí, y con toda seguridad. «¿Y, a pesar de ello, sufría por el Crucificado?». Sí, y con toda vehemencia. Y si no, ¿qué clase de hombre eres tú, hermano, o de dónde te viene esta sabiduría, que te extrañas más de la compasión de María que de la pasión del Hijo de María? Este murió en su cuerpo, ¿y ella no pudo morir en su corazón? Aquélla fue una muerte motivada por un amor superior al que pueda tener cualquier otro hombre; esta otra tuvo por motivo un amor que, después de aquél, no tiene semejante.

sábado, 14 de septiembre de 2013

LA EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ.



Para la Iglesia es una fiesta del Señor, en la que celebramos el misterio de la cruz, la obra realizada por Cristo en ella. La imagen predominante es la de Jesús elevado en la cruz, que marca profundamente la vida y espiritualidad de los cristianos. Según la tradición, hoy es el aniversario del hallazgo de la santa Cruz (14 de septiembre del 320, por Santa Elena, madre del emperador Constantino) y de la dedicación de la basílica constantiniana levantada en el mismo lugar de la crucifixión del Señor. Cada año se celebraban en Jerusalén solemnes ceremonias que culminaban con la elevación del sagrado leño para que lo contemplase y adorase la multitud de fieles que se congregaba. En mayo del 614, Cosroas, rey de los persas, saqueó Jerusalén y se llevó la cruz a su país. Pero el emperador Heraclio derrotó a los persas, recuperó la cruz y la entregó solemnemente al patriarca de Jerusalén el 3 de mayo del 630. Esta recuperación llenó de entusiasmo a la Iglesia y particularmente a los latinos, que no tardaron en celebrar la fiesta de la santa Cruz en esta última fecha.-

Oración: Señor, Dios nuestro, que has querido realizar la salvación de todos los hombres por medio de tu Hijo, muerto en la cruz, concédenos, te rogamos, a quienes hemos conocido en la tierra este misterio, alcanzar en el cielo los premios de la redención. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

LA CRUZ ES LA GLORIA Y EXALTACIÓN DE CRISTO


San Andrés de Creta, Sermón 10
sobre la Exaltación de la santa cruz

Por la cruz, cuya fiesta celebramos, fueron expulsadas las tinieblas y devuelta la luz. Celebramos hoy la fiesta de la cruz y, junto con el Crucificado, nos elevamos hacia lo alto, para, dejando abajo la tierra y el pecado, gozar de los bienes celestiales; tal y tan grande es la posesión de la cruz. Quien posee la cruz posee un tesoro. Y, al decir un tesoro, quiero significar con esta expresión a aquel que es, de nombre y de hecho, el más excelente de todos los bienes, en el cual, por el cual y para el cual culmina nuestra salvación y se nos restituye a nuestro estado de justicia original.

Porque, sin la cruz, Cristo no hubiera sido crucificado. Sin la cruz, aquel que es la vida no hubiera sido clavado en el leño. Si no hubiese sido clavado, las fuentes de la inmortalidad no hubiesen manado de su costado la sangre y el agua que purifican el mundo, no hubiese sido rasgado el documento en que constaba la deuda contraída por nuestros pecados, no hubiéramos sido declarados libres, no disfrutaríamos del árbol de la vida, el paraíso continuaría cerrado. Sin la cruz, no hubiera sido derrotada la muerte, ni despojado el lugar de los muertos.

Por esto, la cruz es cosa grande y preciosa. Grande, porque ella es el origen de innumerables bienes, tanto más numerosos cuanto que los milagros y sufrimientos de Cristo juegan un papel decisivo en su obra de salvación. Preciosa, porque la cruz significa a la vez el sufrimiento y el trofeo del mismo Dios: el sufrimiento, porque en ella sufrió una muerte voluntaria; el trofeo, porque en ella quedó herido de muerte el demonio y, con él, fue vencida la muerte. En la cruz fueron demolidas las puertas de la región de los muertos, y la cruz se convirtió en salvación universal para todo el mundo.

La cruz es llamada también gloria y exaltación de Cristo. Ella es el cáliz rebosante de que nos habla el salmo, y la culminación de todos los tormentos que padeció Cristo por nosotros. El mismo Cristo nos enseña que la cruz es su gloria, cuando dice: Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él, y pronto lo glorificará. Y también: Padre, glorifícame con la gloria que yo tenía cerca de ti, antes que el mundo existiese. Y asimismo dice: «Padre, glorifica tu nombre». Entonces vino una voz del cielo: «Lo he glorificado y volveré a glorificarlo», palabras que se referían a la gloria que había de conseguir en la cruz.

También nos enseña Cristo que la cruz es su exaltación, cuando dice: Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí. Está claro, pues, que la cruz es la gloria y exaltación de Cristo.

viernes, 13 de septiembre de 2013

SAN JUAN CRISÓSTOMO


De las catequesis de S. S. Benedicto XVI
en las audiencias generales de los días 19 y 26 de septiembre de 2007

Queridos hermanos y hermanas:

Juan, nacido en torno al año 349 en Antioquía de Siria (actualmente Antakya, en el sur de Turquía), desempeñó allí su ministerio presbiteral durante cerca de once años, hasta el año 397, cuando, nombrado obispo de Constantinopla, ejerció en la capital del Imperio el ministerio episcopal antes de los dos destierros, que se sucedieron a breve distancia uno del otro, entre los años 403 y 407.

Huérfano de padre en tierna edad, vivió con su madre, Antusa, que le transmitió una exquisita sensibilidad humana y una profunda fe cristiana. Después de los estudios primarios y superiores, coronados por los cursos de filosofía y de retórica, tuvo como maestro a Libanio, pagano, el más célebre retórico de su tiempo. En su escuela, san Juan se convirtió en el mayor orador de la antigüedad griega tardía.

Bautizado en el año 368 y formado en la vida eclesiástica por el obispo Melecio, fue por él instituido lector en el año 371. Este hecho marcó la entrada oficial de Crisóstomo en la carrera eclesiástica. Del año 367 al 372, frecuentó el Asceterio, una especie de seminario de Antioquía, junto a un grupo de jóvenes, algunos de los cuales fueron después obispos, bajo la guía del famoso exegeta Diodoro de Tarso, que encaminó a san Juan a la exégesis histórico-literal, característica de la tradición antioquena.

Después se retiró durante cuatro años entre los eremitas del cercano monte Silpio. Prosiguió aquel retiro otros dos años, durante los cuales vivió solo en una caverna bajo la guía de un «anciano». En ese período se dedicó totalmente a meditar «las leyes de Cristo», los evangelios y especialmente las cartas de Pablo. Al enfermarse y ante la imposibilidad de curarse por sí mismo, tuvo que regresar a la comunidad cristiana de Antioquía. El Señor -explica su biógrafo- intervino con la enfermedad en el momento preciso para permitir a Juan seguir su verdadera vocación.

En efecto, escribirá él mismo que, ante la alternativa de elegir entre las vicisitudes del gobierno de la Iglesia y la tranquilidad de la vida monástica, preferiría mil veces el servicio pastoral: precisamente a este servicio se sentía llamado san Juan Crisóstomo. Y aquí se realiza el giro decisivo de la historia de su vocación: pastor de almas a tiempo completo. La intimidad con la palabra de Dios, cultivada durante los años de la vida eremítica, había madurado en él la urgencia irresistible de predicar el Evangelio, de dar a los demás lo que él había recibido en los años de meditación. El ideal misionero lo impulsó así, alma de fuego, a la solicitud pastoral. Entre los años 378 y 379 regresó a la ciudad. Diácono en el 381 y presbítero en el 386, se convirtió en un célebre predicador en las iglesias de su ciudad.

San Juan Crisóstomo es uno de los Padres más prolíficos: de él nos han llegado 17 tratados, más de 700 homilías auténticas, los comentarios a san Mateo y a san Pablo (cartas a los Romanos, a los Corintios, a los Efesios y a los Hebreos) y 241 cartas. No fue un teólogo especulativo. Sin embargo, transmitió la doctrina tradicional y segura de la Iglesia en una época de controversias teológicas suscitadas sobre todo por el arrianismo, es decir, por la negación de la divinidad de Cristo.

Su teología es exquisitamente pastoral; en ella es constante la preocupación de la coherencia entre el pensamiento expresado por la palabra y la vivencia existencial. Este es, en particular, el hilo conductor de las espléndidas catequesis con las que preparaba a los catecúmenos para recibir el bautismo. Poco antes de su muerte, escribió que el valor del hombre está en el «conocimiento exacto de la verdadera doctrina y en la rectitud de la vida». Las dos cosas, conocimiento de la verdad y rectitud de vida, van juntas: el conocimiento debe traducirse en vida. Todas sus intervenciones se orientaron siempre a desarrollar en los fieles el ejercicio de la inteligencia, de la verdadera razón, para comprender y poner en práctica las exigencias morales y espirituales de la fe.

San Juan Crisóstomo se preocupó de acompañar con sus escritos el desarrollo integral de la persona, en sus dimensiones física, intelectual y religiosa. Compara las diversas etapas del crecimiento a otros tantos mares de un inmenso océano.

Por su solicitud en favor de los pobres, san Juan fue llamado también «el limosnero». Como administrador atento logró crear instituciones caritativas muy apreciadas. Su espíritu emprendedor en los diferentes campos hizo que algunos lo vieran como un peligroso rival. Sin embargo, como verdadero pastor, trataba a todos de manera cordial y paterna. En particular, siempre tenía gestos de ternura con respecto a la mujer y dedicaba una atención especial al matrimonio y a la familia. Invitaba a los fieles a participar en la vida litúrgica, que hizo espléndida y atractiva con creatividad genial.

PARA MÍ LA VIDA ES CRISTO, Y UNA GANANCIA EL MORIR


San Juan Crisóstomo, Homilía antes de partir para el exilio (1-3)

Muchas son las olas que nos ponen en peligro, y una gran tempestad nos amenaza: sin embargo, no tememos ser sumergidos porque permanecemos de pie sobre la roca. Aun cuando el mar se desate, no romperá esta roca; aunque se levanten las olas, nada podrán contra la barca de Jesús. Decidme, ¿qué podemos temer? ¿La muerte? Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir. ¿El destierro? Del Señor es la tierra y cuanto la llena. ¿La confiscación de los bienes? Sin nada vinimos al mundo, y sin nada nos iremos de él. Yo me río de todo lo que es temible en este mundo y de sus bienes. No temo la muerte ni envidio las riquezas. No tengo deseos de vivir, si no es para vuestro bien espiritual. Por eso, os hablo de lo que sucede ahora exhortando vuestra caridad a la confianza.

¿No has oído aquella palabra del Señor: Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos? Y, allí donde un pueblo numeroso esté reunido por los lazos de la caridad, ¿no estará presente el Señor? Él me ha garantizado su protección, yo no me apoyo en mis fuerzas. Tengo en mis manos su palabra escrita. Este es mi báculo, ésta es mi seguridad, éste es mi puerto tranquilo. Aunque se turbe el mundo entero, yo leo esta palabra escrita que llevo conmigo, porque ella es mi muro y mi defensa. ¿Qué es lo que ella me dice? Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.

Cristo está conmigo, ¿qué puedo temer? Que vengan a asaltarme las olas del mar y la ira de los poderosos; todo eso no pesa más que una tela de araña. Si no me hubiese retenido el amor que os tengo, no hubiese esperado a mañana para marcharme. En toda ocasión yo digo: «Señor, hágase tu voluntad: no lo que quiere éste o aquél, sino lo que tú quieres que haga». Este es mi alcázar, ésta es mi roca inamovible, éste es mi báculo seguro. Si esto es lo que quiere Dios, que así se haga. Si quiere que me quede aquí, le doy gracias. En cualquier lugar donde me mande, le doy gracias también.

Además, donde yo esté estaréis también vosotros, donde estéis vosotros estaré también yo: formamos todos un solo cuerpo, y el cuerpo no puede separarse de la cabeza, ni la cabeza del cuerpo. Aunque estemos separados en cuanto al lugar, permanecemos unidos por la caridad, y ni la misma muerte será capaz de desunirnos. Porque, aunque muera mi cuerpo, mi espíritu vivirá y no echará en olvido a su pueblo.

Vosotros sois mis conciudadanos, mis padres, mis hermanos, mis hijos, mis miembros, mi cuerpo y mi luz, una luz más agradable que esta luz material. Porque, para mí, ninguna luz es mejor que la de vuestra caridad. La luz material me es útil en la vida presente, pero vuestra caridad es la que va preparando mi corona para el futuro.

jueves, 12 de septiembre de 2013

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EL ROSTRO MATERNO DE MARÍA EN LOS PRIMEROS SIGLOS


De la catequesis del beato Juan Pablo II
en la audiencia general del miércoles 13-IX-1995

1. En la constitución Lumen gentium, el Concilio Vaticano II afirma que «los fieles unidos a Cristo, su Cabeza, en comunión con todos los santos, conviene también que veneren la memoria "ante todo de la gloriosa siempre Virgen María, Madre de Jesucristo nuestro Dios y Señor"» (LG 52). La constitución conciliar utiliza los términos del canon romano de la misa, destacando así el hecho de que la fe en la maternidad divina de María está presente en el pensamiento cristiano ya desde los primeros siglos.

En la Iglesia naciente, a María se la recuerda con el título de Madre de Jesús. Es el mismo Lucas quien, en los Hechos de los Apóstoles, le atribuye este título, que, por lo demás, corresponde a cuanto se dice en los evangelios: «¿No es éste (...) el hijo de María?», se preguntan los habitantes de Nazaret, según el relato del evangelista san Marcos (6,3). «¿No se llama su madre María?», es la pregunta que refiere san Mateo (13,55).

2. A los ojos de los discípulos, congregados después de la Ascensión, el título de Madre de Jesús adquiere todo su significado. María es para ellos una persona única en su género: recibió la gracia singular de engendrar al Salvador de la humanidad, vivió mucho tiempo junto a él, y en el Calvario el Crucificado le pidió que ejerciera una nueva maternidad con respecto a su discípulo predilecto y, por medio de él, con relación a toda la Iglesia.

Para quienes creen en Jesús y lo siguen, Madre de Jesús es un título de honor y veneración, y lo seguirá siendo siempre en la vida y en la fe de la Iglesia. De modo particular, con este título los cristianos quieren afirmar que nadie puede referirse al origen de Jesús, sin reconocer el papel de la mujer que lo engendró en el Espíritu según la naturaleza humana. Su función materna afecta también al nacimiento y al desarrollo de la Iglesia. Los fieles, recordando el lugar que ocupa María en la vida de Jesús, descubren todos los días su presencia eficaz también en su propio itinerario espiritual.

3. Ya desde el comienzo, la Iglesia reconoció la maternidad virginal de María. Como permiten intuir los evangelios de la infancia, ya las primeras comunidades cristianas recogieron los recuerdos de María sobre las circunstancias misteriosas de la concepción y del nacimiento del Salvador. En particular, el relato de la Anunciación responde al deseo de los discípulos de conocer de modo más profundo los acontecimientos relacionados con los comienzos de la vida terrena de Cristo resucitado. En última instancia, María está en el origen de la revelación sobre el misterio de la concepción virginal por obra del Espíritu Santo.

Los primeros cristianos captaron inmediatamente la importancia significativa de esta verdad, que muestra el origen divino de Jesús, y la incluyeron entre las afirmaciones básicas de su fe. En realidad, Jesús, hijo de José según la ley, por una intervención extraordinaria del Espíritu Santo, en su humanidad es hijo únicamente de María, habiendo nacido sin intervención de hombre alguno.

Así, la virginidad de María adquiere un valor singular, pues arroja nueva luz sobre el nacimiento y el misterio de la filiación de Jesús, ya que la generación virginal es el signo de que Jesús tiene como padre a Dios mismo.

La maternidad virginal, reconocida y proclamada por la fe de los Padres, nunca jamás podrá separarse de la identidad de Jesús, verdadero hombre y verdadero Dios, dado que nació de María, la Virgen, como profesamos en el símbolo niceno-constantinopolitano. María es la única virgen que es también madre. La extraordinaria presencia simultánea de estos dos dones en la persona de la joven de Nazaret impulsó a los cristianos a llamar a María sencillamente la Virgen, incluso cuando celebran su maternidad.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

LA SANTA CRUZ Y LA EUCARISTÍA


Benedicto XVI, Ángelus del día 11-IX-2005

Queridos hermanos y hermanas:

El próximo 14 de septiembre celebraremos la fiesta litúrgica de la Exaltación de la Santa Cruz. En el Año dedicado a la Eucaristía, esta fiesta adquiere un significado particular: nos invita a meditar en el profundo e indisoluble vínculo que une la celebración eucarística y el misterio de la cruz. En efecto, toda santa misa actualiza el sacrificio redentor de Cristo. Al Gólgota y a la «hora» de la muerte en la cruz -escribió el amado Juan Pablo II en la encíclica Ecclesia de Eucharistia- «vuelve espiritualmente todo presbítero que celebra la santa misa, junto con la comunidad cristiana que participa en ella» (n. 4).

Por tanto, la Eucaristía es el memorial de todo el misterio pascual: pasión, muerte, descenso a los infiernos, resurrección y ascensión al cielo, y la cruz es la conmovedora manifestación del acto de amor infinito con el que el Hijo de Dios salvó al hombre y al mundo del pecado y de la muerte. Por eso, la señal de la cruz es el gesto fundamental de nuestra oración, de la oración del cristiano. Hacer la señal de la cruz -como haremos ahora con la bendición- es pronunciar un sí visible y público a Aquel que murió por nosotros y resucitó, al Dios que en la humildad y debilidad de su amor es el Todopoderoso, más fuerte que todo el poder y la inteligencia del mundo.

Después de la consagración, la asamblea de los fieles, consciente de estar en la presencia real de Cristo crucificado y resucitado, aclama: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!». Con los ojos de la fe la comunidad reconoce a Jesús vivo con los signos de su pasión y, como Tomás, llena de asombro, puede repetir: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20,28). La Eucaristía es misterio de muerte y de gloria como la cruz, que no es un accidente, sino el paso a través del cual Cristo entró en su gloria (cf. Lc 24,26) y reconcilió a la humanidad entera, derrotando toda enemistad. Por eso, la liturgia nos invita a orar con confianza y esperanza: Mane nobiscum, Domine! ¡Quédate con nosotros, Señor, que con tu santa cruz redimiste al mundo!

María, presente en el Calvario junto a la cruz, está también presente, con la Iglesia y como Madre de la Iglesia, en cada una de nuestras celebraciones eucarísticas (cf. Ecclesia de Eucharistia, 57). Por eso, nadie mejor que ella puede enseñarnos a comprender y vivir con fe y amor la santa misa, uniéndonos al sacrificio redentor de Cristo. Cuando recibimos la sagrada comunión también nosotros, como María y unidos a ella, abrazamos el madero que Jesús con su amor transformó en instrumento de salvación, y pronunciamos nuestro «amén», nuestro «sí» al Amor crucificado y resucitado.

[Después del Ángelus] Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, especialmente a los mexicanos. La Virgen María, que junto a la cruz se unió íntimamente al sacrificio redentor del Hijo de Dios, os ayude a participar en la celebración eucarística con fe plena y amor ferviente.

LA PASCUA DE UN SANTO


por Ignace Étienne Motte y Gérald Hégo, OFM

La libertad de san Francisco

La alegría de Francisco tiene poco que ver con la exigua alegría del hombre que se levanta de buen humor por la mañana; cierto que debe exteriorizarse, que debe leerse esta alegría en los ojos, que debe ser participada, comunicada: el día de Navidad, hasta las paredes deben untarse con carne. Pero la alegría de Francisco es la explosión del corazón de aquel para quien cada mañana es mañana de liberación; la alegría de quien está salvado y, con un solo hábito, sin dinero, provisto únicamente de la sonrisa, va por el mundo a compartir su propia liberación pascual y su nostalgia del Reino. Alegría de quien ya no es esclavo sino hijo; alegría de quien, liberado de la ley, ama apasionadamente y hace lo que quiere, porque su ley es la caridad. Su andadura, en el austero caminar sobre la tierra, es una danza ligera y libre porque él sabe, porque él cree que, aun en medio de su búsqueda ansiosa, Dios está presente y Dios lo salva.

Y ocurre entonces que el mundo exterior, a cuyos atractivos había renunciado Francisco por penitencia, se presenta a este hombre liberado con un rostro totalmente nuevo. Si Francisco se había transformado en hombre de interioridad por las prolongadas permanencias en las cuevas (Le Carceri, Trasimeno, Fonte Colombo, Greccio, Poggio Bustone, Alverna: nombres, ante todo, de cavernas, lugares solitarios donde Dios hablaba a su siervo), cuando salía de ellas, de este su mundo interior enteramente sobrenatural, Francisco redescubría la inmensidad y la belleza de la creación con un lirismo único, y no a la manera de un artista. Chesterton ha dicho que Francisco volvía a tomar contacto con la creación como por sorpresa, que ella le fue devuelta enteramente nueva, y que entonces la contemplaba como el juglar de Nuestra Señora, caminando sobre las manos y cabeza abajo. Quiso decir con esto que Francisco admiraba la vasta llanura de Asís, aquel asno, aquellos corderos, aquellos ocasos del sol sobre la piedra rojiza de las casas, las estrellas, todo, como suspendido de Dios, formando un mundo divino, familiar, en el que todos son hermanos y hermanas.

Tras el viraje interior operado a través de los largos coloquios en las grutas, el mundo de las cosas se le presentaba a Francisco como desprendido del hombre y vuelto a Dios. Todo lo contempla desde el punto de vista de Dios. Es, en cuanto al mundo exterior, el resultado del misterio pascual que con acentos y colorido de pobreza se ha realizado en Francisco. Desarrapado y sin techo, olvidado de sí, pone a todas las criaturas bajo el mismo cobijo que su propia persona: al amparo de Dios, a quien pertenece todo bien.

Es entonces cuando brota de sus labios, como no había brotado hasta entonces de labios de ningún hombre, «eso tan noble que se llama la alabanza»; es entonces cuando Francisco, hombre nuevo, contempla con ojos nuevos un universo lavado en la sangre del Salvador que recobra su armonía por esa pascua secreta efectuada en el corazón. Como juglar que marcha cabeza abajo, se encuentra a su gusto en un mundo que mira con ojos distintos de los nuestros humanos y que lo pinta con palabras de príncipe y de rey. Su Cántico de las criaturas es un cántico pascual por excelencia, el cántico de un hombre libre.

Finalmente, la libertad de Francisco es la victoria del Espíritu de Dios sobre su carne: «El Señor me dio de esta manera a mí, hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia: porque, como estaba en pecados, me parecía extremadamente amargo ver a los leprosos. Y el Señor mismo me condujo entre ellos, y practiqué la misericordia con ellos. Y al apartarme de los mismos, aquello que me parecía amargo, se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo» (Test 1-3).

Estas son las primeras palabras de su Testamento, y con ellas nos enseña cómo se inició esta liberación, cómo nació en él el gozo de servir a Dios. ¿Quién podrá decir el grado de libertad a que había llegado en el Alverna en el momento de recibir la imagen corporal del Crucificado? Su amor era la medida de su libertad. Tan íntimamente suya había llegado a ser la ley divina, que someterse a ella y ligarse a esta alianza le resultaba espontáneo, un gozo, un cántico, algo fácil.

Ha llegado a ser príncipe en la libertad del Reino de los cielos. Intentemos comprenderlo quienes, al visitar Le Carceri, el valle de Rieti o el Alverna, nos sentimos un tanto sobrecogidos ante los antros y cuevas a las que gustoso se retiraba Francisco para tratar a solas con Dios.

Ya príncipe, ennoblecido por su libertad de hombre nuevo, se sabía vasallo de su Dios. Descubre y goza de las riquezas de su Dios en la simplicidad desnuda, en el desprendimiento absoluto de la roca y los peñascos, a donde le ha llevado dama Pobreza. Su adhesión incondicional al misterio pascual, la conquista de su libertad le han llevado hasta donde Dios habita, hasta la montaña en la que se inicia de algún modo el cara a cara reservado al más allá.

Aquí ya debemos callar, porque la realidad es indecible, e incomunicable la experiencia de Francisco.

[La pascua de san Francisco. Oñate (Guipúzcoa), 1978, pp. 57-60

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EL TEMPLO DE DIOS ES SANTO: Y ESE TEMPLO SOIS VOSOTROS


San Ambrosio, Comentario sobre el salmo 118, 12.13-14

Yo y el Padre vendremos y haremos morada en él. Que cuando venga encuentre, pues, tu puerta abierta, ábrele tu alma, extiende el interior de tu mente para que pueda contemplar en ella riquezas de rectitud, tesoros de paz, suavidad de gracia. Dilata tu corazón, sal al encuentro del sol de la luz eterna que alumbra a todo hombre. Esta luz verdadera brilla para todos, pero el que cierra sus ventanas se priva a sí mismo de la luz eterna. También tú, si cierras la puerta de tu alma, dejas afuera a Cristo. Aunque tiene poder para entrar, no quiere, sin embargo, ser inoportuno, no quiere obligar a la fuerza.

Él salió del seno de la Virgen como el sol naciente, para iluminar con su luz todo el orbe de la tierra. Reciben esta luz los que desean la claridad del resplandor sin fin, aquella claridad que no interrumpe noche alguna. En efecto, a este sol que vemos cada día suceden las tinieblas de la noche; en cambio, el Sol de justicia nunca se pone, porque a la sabiduría no sucede la malicia.

Dichoso, pues, aquel a cuya puerta llama Cristo. Nuestra puerta es la fe, la cual, si es resistente, defiende toda la casa. Por esta puerta entra Cristo. Por esto, dice la Iglesia en el Cantar de los cantares: Oigo a mi amado que llama a la puerta. Escúchalo cómo llama, cómo desea entrar: ¡Abreme, mi paloma sin mancha, que tengo la cabeza cuajada de rocío, mis rizos, del relente de la noche!

Considera cuándo es principalmente que llama a tu puerta el Verbo de Dios, siendo así que su cabeza está cuajada del rocío de la noche. Él se digna visitar a los que están tentados o atribulados, para que nadie sucumba bajo el peso de la tribulación. Su cabeza, por tanto, se cubre de rocío o de relente cuando su cuerpo está en dificultades. Entonces, pues, es cuando hay que estar en vela, no sea que cuando venga el Esposo se vea obligado a retirarse. Porque, si estás dormido y tu corazón no está en vela, se marcha sin haber llamado; pero, si tu corazón está en vela, llama y pide que se le abra la puerta.

Hay, pues, una puerta en nuestra alma, hay en nosotros aquellas puertas de las que dice el salmo: ¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria. Si quieres alzar los dinteles de tu fe, entrará a ti el Rey de la gloria, llevando consigo el triunfo de su pasión. También el triunfo tiene sus puertas, pues leemos en el salmo lo que dice el Señor Jesús por boca del salmista: Abridme las puertas del triunfo.

Vemos, por tanto, que el alma tiene su puerta, a la que viene Cristo y llama. Abrele, pues; quiere entrar, quiere hallar en vela a su Esposa.

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martes, 10 de septiembre de 2013

LA PASCUA DE UN SANTO, La fidelidad y alegría de san Francisco








por Ignace Étienne Motte y Gérald Hégo, OFM


La penitencia, que había sido un sí al llamamiento del Señor y caracterizó la larga etapa de la conversión, en adelante se va a llamar fidelidad. Pasan los años entre claridades y sombras, entre revelaciones y silencios, entre señales y carencia de ellas. Llora Francisco la pasión del Crucificado y busca una conformidad lo más estricta posible con Él. Francisco comunica su pasión a los hombres y funda fraternidades, sacudiendo a los pueblos adormecidos. Y sobrevienen las grandes pruebas: pruebas dentro de su propia Orden en la que, a su vuelta de Tierra Santa, se ofende a dama Pobreza; fracasos y sinsabores en las misiones extranjeras; luchas difíciles en las que, agotado Francisco a sus cuarenta años, conserva todavía joven su corazón y fresca su desenfrenada pasión por Dios.

El temor de que todo se haya perdido no roza su conciencia, y, al final de su vida como en los albores de la llamada de Dios, aun en medio de fracasos, él cree; cree contra toda esperanza, porque, en su prodigiosa y sublime pasión de la fe, sabe que Dios se ha comprometido con él para siempre, que Dios está con él y con su obra a pesar de todas las apariencias en contra.

Así vemos que el misterio mismo de su fe es la causa y origen de su más cruel penitencia, y todos los ejercicios voluntarios de mortificación que forman la trama de su vida pretenden únicamente ayudar a esta otra penitencia más profunda, más orgánica, es decir, al cumplimiento de la voluntad del Padre. «Castigar su cuerpo», «reducirlo a servidumbre», son expresiones que se suceden en casi todas las páginas de las biografías primitivas. «Sometía su cuerpo -de veras inocente- a azotes y privaciones y multiplicaba sobre él castigos sin motivo» (2 Cel 129).

Lo admirable es que una vida tan áspera, tan colmada de penas y sufrimientos, condujera a Francisco a una actitud contraria a lo que humanamente debiera haberse producido: el desgaste espiritual y la neurastenia. Nos encontramos con un hombre cada vez más feliz. Es el milagro cristiano, el milagro de la liberación. En él se va imponiendo cada vez más el descubrimiento de la presencia y de la riqueza de Dios. Como el pueblo de Dios realizó su paso y su liberación a través del Mar Rojo y el desierto, así Francisco es conducido poco a poco a la montaña, al lugar donde Dios habita. En las cumbres de Fonte Colombo, de Poggio Bustone y principalmente del Alverna, gusta ya el inefable misterio de Dios, como quien, sublimemente embriagado, bebe a copa llena. Nuestras pálidas experiencias del amor de Dios nos llevan de vez en cuando a una relativa contemplación de su misterio. Imposible expresar esta incomunicable experiencia de Francisco. La barruntamos, nada más. Su alegría fue completa una vez conquistada la libertad.

Porque quizá no ha habido en la tierra un hombre más liberado, un hombre más libre que Francisco, en quien habían sido aniquiladas las potencias del mal en virtud de la resurrección de Cristo. Todas sus palabras evidencian la conciencia viva que él tenía de su liberación, verificada por el misterio de Jesús.

¿Se le ha llamado a Francisco juglar de Dios solamente por su religiosidad y por un diluido y jovial sentimentalismo? No; y aquí llegamos a topar con la fuente de su alegría: era cantor y juglar de Dios por algo bien diferente, por una razón mucho más profunda, más real y más existencial. Lo que él cantaba era su pascua y la pascua de la Iglesia entera. Lo que le hacía saltar de alegría era esta liberación realizada por Jesucristo. Su acción de gracias y su alegría no eran otra cosa que la alegría y la acción de gracias de la misa, en la que, actualizando su liberación, el pueblo cristiano la canta y la proclama. «Aseguraba el Santo que la alegría espiritual es el remedio más seguro contra las mil asechanzas y astucias del enemigo... Por eso, el Santo procuraba vivir siempre con júbilo del corazón, conservar la unción del espíritu y el óleo de la alegría... Y decía: "El siervo de Dios conturbado, como suele, por alguna cosa, debe inmediatamente recurrir a la oración y permanecer ante el soberano Padre hasta que le devuelva la alegría de su salvación» (2 Cel 125).

[La pascua de san Francisco. Oñate (Guipúzcoa), 1978, pp. 55-57]