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lunes, 19 de agosto de 2013

De la biografía de San Luis, obispo, escrita por un contemporáneo

FUE DADO AL MUNDO PARA SALVACIÓN
Y CONSUELO DE TODO EL PUEBLO FIEL

De la biografía de San Luis, obispo,
escrita por un contemporáneo

Dispuso el Señor en su sabiduría llevarse con él en temprana edad al bienaventurado Luis, quien vivió para ser luz de los pueblos, librándole de la seducción del mal y de las tentaciones de este mundo, asociándole al coro de los ángeles, pero queriendo al mismo tiempo que sus cortos años fueran ejemplo acabado de perfección para consuelo de todo el pueblo fiel.

Luis fue aquella luz colocada por el mismo Dios sobre el candelabro para iluminar con su esplendor a los que moran en la casa del Señor, que es la Iglesia, para atractivo de tantos corazones que se dejarían llevar del amor divino por su ejemplo. Fue elegido también como el arca mística de salvación del mundo, para confundir la infidelidad, abatir el error, para fortalecimiento de la Iglesia católica y como modelo de la verdadera fe.

Este angelical joven, de rostro celestial, era admirable en sus obras, espejo de buenas costumbres. Toda clase de personas, de cualquier condición y edad, acudían a él en tropel, corriendo peligro en ocasiones su integridad física ante el acoso multitudinario que le rodeaba. Los fieles quedaban extasiados contemplándole en las celebraciones litúrgicas, escuchando su palabra fervorosa y penetrante, cargada de profunda humildad y de afectuosa caridad; siendo, además, su conversación honesta y su comportamiento edificante en todo momento. ¿Quién podía quedar indiferente ante un joven, hijo de un rey, con cualidades humanas eminentes, humilde y sin jactancia en el ejercicio episcopal, mortificado, sabio, y elocuente, virtuoso, afable y simplicísimo? Cuantos le contemplaban, veían un ángel vestido de hombre.

Después de quince días de grave enfermedad, la mañana misma de su muerte, oró así al Señor: «Dios todopoderoso, que me hiciste llegar a disfrutar del día de hoy...».

Y pronunció otras súplicas que durante las fechas anteriores no pudo hacer por el estado agónico en que se hallaba. Hacia las tres de la tarde, pidió que le sentaran en el lecho, elevó sus ojos al cielo, manteniendo en sus manos el crucifijo, o haciendo que se lo presentaran, porque su debilidad, a veces, ni esto le permitía, y, hasta la caída de la noche, recitaba sin interrupción: «Te adoramos, oh Cristo... No tengas en cuenta, Señor, los delitos de mi juventud...».

Recitaba también otras fervientes súplicas a la Virgen María, persignándose frecuentemente con la señal de la cruz. Alguno de los presentes le sugirió que no se fatigara repitiendo tantas veces el Ave María; a lo que contestó: «Muy pronto me he de morir, y la Virgen María me salvará».

El bienaventurado Luis, amado de Dios y de los hombres, habiéndose cumplido en él todos los planes amorosos de la divina providencia, entregó su alma al Señor para disfrutar eternamente las delicias de la plenitud de la gracia y de la luz.

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