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sábado, 10 de agosto de 2013

¿Cuánto eres tú alimentado por la Eucaristía?


Los Milagros no parecen milagrosos cuando son comunes, verdad?
Nosotros tenemos en cada Misa una comida milagrosa que viene desde el cielo a nutrirnos. Por divina intervención, Jesucristo está completamente presente en cuerpo y alma - su humanidad y su divinidad - tan simple como un pan y un vino. En la Eucaristía, él nos alimenta con él mismo, de modo que nuestro cuerpo y alma sea nutridos mientras caminamos a través del desierto de las dificultades de la vida.
Tristemente, la Eucaristía puede volverse tan común que es fácil perder la admiración y lo maravilloso que realmente pasa en la misa. ¿Por qué más estaríamos reclamando de que Dios no está haciendo suficiente por sanarnos o liberarnos de nuestras dificultades o darnos lo que nos está faltando?
Cuando Jesús multiplicó los panes y peces, él les dio a las personas un anticipo del alimento que él proporcionaría a través de la Eucaristía. Esta comida quitó el hambre física, y sobró mucha comida como prueba de que Dios no solo provee lo que necesitamos, sino mucho más también.
Muchos santos a través de los siglos han vivido por muchos años comiendo nada más que la Eucaristía. Ellos son evidencia de que la presencia de Cristo en el pan consagrado realmente alimenta nuestros cuerpos, no sólo nuestras almas. ¿Cuánto eres tú alimentado por la Eucaristía? La Eucaristía nos alimenta con todo lo que necesitamos ser alimentados si nosotros participamos en ella completamente. Una participación en la misa con medio corazón nos previene de participar completamente de todos los beneficios de la Eucaristía. Cada oración, las canciones, las lecturas, y la experiencia comunal alaban todo el trabajo juntos para hacer la experiencia de la Eucaristía completa.
Una participación completa quiere decir que cuando nosotros consumimos a Jesús, él nos consume a nosotros. Nos parecemos más a él. Nuestra santidad, la cuál está ya en nosotros gracias al Espíritu Santo que recibimos en el Bautismo, es liberada. Cuando el ministro de la Eucaristía nos proclama, "Este es el cuerpo (o la sangre) de Cristo," nuestro "amén" significa que estamos de acuerdo con la presencia de Jesús que cambia vidas. Estamos de acuerdo en dejarnos cambiar!

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